lunes, 14 de enero de 2019

Babas de perro

Por. John Montilla

“La huella de un sueño no es menos real que la de una pisada.” 
                                                                                George Duby

                                                                    ***

El hombre, cuyo nombre quizá este escrito en algunos de  los papeles de sus escasas y maltrechas pertenencias, había llegado al pueblo a una hora en que el sol arreciaba con sus rayos. No llevaba sombrero, cosa extraña en un hombre cuyo aspecto denotaba estar hecho para meter las manos en la tierra. Su enmarañado cabello dejaba ver las secuelas del día: polvo y sudor. Con paso firme pero cansino se adentró por las primeras callejuelas que se abrían a su paso; su deambular lo llevó a una barriada de casas multicolores; todo era nuevo para  él. Para ser más justos, aquello de los colores de las casas, eran ya borrosas  huellas del pasado, puesto que la pintura de algunas fachadas ya iba quedando en el recuerdo y  algunas viviendas parecían sostenerse en el orgullo de otros tiempos. El calor y  el cansancio junto  a esas calles estrechas y mal acabadas le dieron la sensación de adentrarse en un viejo laberinto de colores ajados.  La suma de lo vivido durante toda esa jornada  le produjo un leve mareo, pero pese a su desorientación decidió aventurarse por el desvencijado barrio.

Empezó a adentrarse por aquellas callejuelas; solitarias  a esa hora, parecía que todo el mundo le huía al reinante calor. Pero él siguió  tranquilo su recorrido. El hombre al poco rato se topó con una vieja pila de agua, que estaba en medio de un cruce de varias calles, lo cual formaba una especie de pequeña  plazoleta;  este encuentro le alegró por un momento el largo día, y aprovechó, ayudándose con sus manos para  beber con fruición el agua que manaba de una vasija que hacía parte del cuadro de una estatua de un niño -casi un serafín- que la sostenía en sus hombros. Con igual deleite metió la cabeza bajo el chorro y dejó que el líquido chorreara por su cara; en esas estaba, cuando de pronto vio venir hacia él, al perro más descomunal que había visto en su vida,

Por un momento sintió que de repente el día se había vuelto frío, puesto que se había erguido con presteza pero con calma, y entonces sintió que de su cabello húmedo caían gotas que le mojaban pecho y espalda; pero él sabía que la verdadera razón de su escalofrió se debía a que la gran bestia que acabada de divisar, venía directamente en  resuelto  trote hacía él. El colosal perro  cuyo color parecía haber sido tomado del polvo amarillo y pisoteado de las calles, se acercó raudo hacia él. Cuando llegó junto al hombre, lo olisqueó de manera rápida  y luego dio una vuelta pausada alrededor de la pileta para  luego orinar a un costado de ella, después volvió, para está vez husmearlo de manera muy inquisidora. Empezó por cada uno de sus zapatos, mientras emitía un constante jadeo, que le hizo derramar algunas babas sobre el  polvoriento calzado del aterrado hombre. Luego fue subiendo de manera gradual a lo largo de sus extremidades inferiores, mientras el hombre no atinaba sino a tragar saliva. Creyó haber llegado al límite de su temor cuando  el descomunal perro le dio un par de golpes rápidos con su hocico en sus testículos. A pesar de que él se consideraba  un hombre hecho para andar todos los terrenos, desde niño guardaba cierto temor por estos animales, malos recuerdos lo ataban a sus miedos. Por eso el ver semejante animal, cuya cabeza con una gran boca provista de terribles dientes, casi que le daban a la altura del pecho le producían un horror que lo paralizaba, y la sensación  llegó a su límite cuando el animal apoyado sobre cuerpo le lamió parte de la humedad de su cuello.

El hombre no atinaba a moverse un milímetro, pero cuando el animal dio otra vuelta a la pila, él de manera casi que instintiva, rápida, pero no brusca, en un gesto casi que de precisión matemática, se había quitado el poncho que llevaba en el hombro, lo había sujetado con la mano izquierda y se lo había enrollado a lo largo del brazo. Alguna vez había visto a alguien defenderse de esa manera de otro que lo atacaba con un machete.
Así que en  sus apresuradas divagaciones, el hombre había pensado que si el perro lo atacaba le haría morder su brazo protegido por la tela, mientras  ganaba tiempo para sacar su machete, pero al instante recordó que esta vez no lo traía consigo; ¿Cómo pudo un hombre como él haber perdido un objeto tan valioso? Pero no tenía tiempo para recriminaciones, si no para buscar una salida pronta a esta patética trampa en la que se había metido. Mentalmente pensó en lo que llevaba en su precaria mochila y sólo atinó a recordar vagamente que llevaba otra camisa, quizá un par de calcetines, su identificación en medio de un pañuelo cuidadosamente doblado, un cepillo de dientes, y una gastada barbera  herencia de su abuelo; sí, eso sería lo que haría, mientras el perro le destrozaba el brazo, el tendría que darse sus mañas para sacar los más pronto posible ese pedazo de cuchilla afilada y degollar de un fino tajo a ese enorme perro que lo apabullaba con su presencia.

Pero, no tenía la certeza de si debía esperar el ataque o pasar él a la ofensiva; o quizá simplemente esperar que el animal se aleje, y él volver sobre sus pasos sin reparar ya en el asunto que lo había traído al lugar. Mientras su mente vagaba con esos pensamientos, ensimismado como estaba no había reparado que había movimiento en la plazoleta, cuando de pronto sintió el ruido de algunos adultos y niños a su alrededor. Entonces algo de tranquilidad le permitió aflojar la tensión de su cuerpo, mientras el gran perro continuaba implacablemente restregándose contra su humanidad y los bordes de la pila.

En ese momento, el hombre se atrevió a decir con los dientes apretados por el terror:
- ¡Auxilio!

Alguien le grito suavemente que no se moviera, que se estuviera quieto. El perro miró con tranquilidad a las personas que con cierta prudencia se acercaban y  hablaban con el hombre: “Si usted no se mueve nada le pasará”. El hombre  de nuevo se atrevió a decir entre dientes: “¿Podrían llamar al dueño?

Para su terrible sorpresa le dijeron que no sabían quién era el dueño; es más que no tenía amo en la región. Le dijeron que ese animal había aparecido  de repente hace unos  meses  por el  pueblo, justo el día que los vecinos sacaban a palo a unos malhechores que habían pretendido tomarse por asalto  la vecindad; que el perro había salido de la nada y que se había unido al tropel con sus terribles ladridos y  su imponente figura y que se había convertido en parte decisiva en la batalla campal que liberó a la localidad de los indeseables. Todo esto se lo decían mientras el perro continuaba con su incesante curiosidad con el extraño y de un momento a otro se había sentado  a muy poca distancia en frente de él y se había puesto a contemplarlo fijamente. Ambos personajes se había quedado por un rato como dos estatuas que se le hubieran agregado a la vieja pileta. El hombre se sentía como moldeado  con argamasa en ese absurdo  drama.

Mientras tanto los lugareños le seguían  contando desde una prudente distancia, y con voces suaves -como para no alarmar a la fiera- que ese animal no les obedecía a ellos, pero que jamás  había atacado a alguno de los vecinos y que incluso guardaba hasta más respeto con los niños, que le daban de comer por turnos al dejar la comida en los patios o las afueras de las casas, que se dormía al caer la tarde en cualquier rincón. Muchas cosas le dijeron, pero que aún así, no tenían manera de hacer que se alejara de allí, para que él pudiera verse libre de tan terrible guardián, y que tal vez sería  muy peligroso intentar moverse

Le repitieron que  no se moviera;  que era la primera vez que el perro actuaba así con un forastero, que quizá ya se cansaría y se iría. Pero el animal completamente inmóvil, ahora parecía más atento que nunca y sus ojos ya fuera por el reflejo del sol o por furia parecían haberse encendido, y su mirada ahora sí que inspiraba miedo, en tanto  que de su continuo jadeo se veía caer su espesa baba que al momento era engullida por el polvo de la calle.  El  desesperado hombre envió esta vez una mirada de suplica por ayuda, pero volvieron a decirle que conservara la calma, que todo era cuestión de esperar un poco, que por ahora él tenía que mantenerse quieto.


Pero no todo el mundo estaba dispuesto a esperar, entre ellos el hijo del carnicero del pueblo, quien desde el balcón de su casa había sido testigo de toda la escena. El chico tenía unos diez años, y  era muy sagaz y decidido. Él quizá más que cualquiera sabía que ese animal, no era fácil de manejar. Como quiera que frecuentemente se había topado con él en la tienda de su padre, y  creía que más de una vez un pedazo de hueso o carne le había salvado la vida. Puesto que ocasiones había tenido que sobornar a la bestia con migajas para él poder escabullirse de su presencia.

Ante esta circunstancia, lo primero que hizo el niño, al percatarse de la situación del pobre forastero, fue correr a la cocina y robarle a su madre unas añejas salchichas de la despensa, luego se había ido hasta el fondo de un callejón retirado y cortándolas  en trocitos, las fue desperdigando por el camino, mientras se dirigía  rumbo a la pila, donde continuaba el drama del hombre bajo la implacable guardia del gigantesco perro sin dueño.
Cuando el chico llegó a la esquina previa antes de divisar al hombre, se asomó con cuidado; sacó de sus reservas un buen pedazo de salchicha, lo puso en el piso, luego con mayor precaución, arrimado a las paredes avanzó otros pasos, mientras seguía dejando sus huellas de carne por el suelo. En ese momento algunos de los lugareños lo vieron y se alarmaron de sus movimientos; algunos quedamente pudieron  gritarle que tuviera cuidado, que no fuera a enfurecer al animal; pero el muchacho ya no iba a dar marcha atrás a su plan.

El hombre en medio del drama, también había alcanzado a divisar al niño y lejos estaba de imaginar lo que él pretendía. Pues quizá de haberlo sabido hasta podría haber cometido una fatal imprudencia. En tanto el chico al llegar a unos pocos pasos de la pila, se detuvo, se subió como pudo sobre la alta ventana de una casa, luego dio un agudo y corto chiflido, y tal como lo suponía el perro giró la cabeza de forma rápida y entonces el niño arrojó con fuerza a la mitad de la calle el último pedazo de salchicha que le quedaba.

El enorme perro con una agilidad impresionante saltó sobre sus cuatros patas y salió disparado como un rayo a la cacería de ese pequeño manjar, lo atrapó en un santiamén y lo engulló de un solo bocado, y entonces abierto ese instinto de cazador e impelido por el hambre y el olor de la carne rancia corrió babeando de placer con igual presteza por otro pedazo que encontró unos pasos más allá. En segundos desanduvo  el camino hecho por el chiquillo y desapareció como el viento al doblar la esquina; a esa velocidad no tardaría mucho en llegar al punto de partida marcado por el niño.

Mientras tanto la gente y el hombre no se habían quedado quietos tampoco. Algunos alarmados,  le habían gritado que corriera por su vida, otros casi que lo empujaron para decirle que corriera por este o aquel lugar. En medio de la algarabía que se armó, le escuchó a alguien decir que corriera camino de la vieja escuela y no parara hasta llegar al otro lado del río. Mientras el chico colgado de la ventana también se desgañitaba pidiendo que se den prisa.

El hombre presa de la ansiedad y desconcierto corrió según las indicaciones, que le daba un histérico acompañante, quien le  hizo doblar por estrechas callejas hasta sacarlo a un descampado y mientras corría a esconderse le gritó que no se detuviera hasta encontrar un portón que había junto a un viejo muro.

En pocos segundos el hombre se vio en medio de la maleza, y en su huida sintió que a parte de sus pertenencias, dejaba cabello, piel y  camisa entre las zarzas, hasta que jadeante se topó con un infranqueable muro que le cerraba el paso; no muy lejanos  ya se alcanzaban a escuchar unos furiosos ladridos; desesperado, el hombre  siguió su frenético recorrido a lo largo del muro, hasta que se encontró con un ruinoso portón casi que completamente oculto por la maleza, como pudo se abrió paso entre las ramas hasta que diviso un candado y una cadena ya decrépitos por la humedad y el óxido; de una violenta patada, desbarató esos artefactos, y mientras escuchaba con más claridad el gruñir de la bestia,  con frenesí descorrió el cerrojo; el perro ya prácticamente estaba a sus espaldas. En un último esfuerzo de desespero, cruzó al otro lado, y escasamente tuvo tiempo de medio  poner el seguro cuando sintió que el enorme perro convertido ya en una fiera se estrellaba de frente contra los herrumbrosos hierros, pero él no se detuvo para contemplarlo y siguió de largo su escabrosa fuga.

Corriendo sin parar por un campo desconocido, llegó hasta la orilla de un ancho  río, y sin pensarlo dos veces se zambulló en el agua y nadó  con ímpetu hasta alcanzar la otra orilla, donde quedó tendido cuan largo era, jadeante, con  su lacerado rostro sobre la arena, la ropa hecha piltrafas, sus pies desnudos, y pensando en lo que tendría que hacer  la gente del pueblo para calmar  la enorme bestia, cuya furia  se había desatado con su llegada.

John Montilla  (2016) Texto y fotomontajes.

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