lunes, 1 de abril de 2024

UNA ROSA PARA MAMÁ

 (Crónicas de Mocoa)

Por. John Montilla

“Por qué cantáis la rosa,

¡oh poetas! Hacedla florecer en el poema”. (Vicente Huidobro)

 


Después de que ocurrió la tragedia de Mocoa, afloraron muchas historias de todo tipo: De héroes anónimos, de héroes visibles, de rescates y episodios de supervivencia increíbles, por supuesto innumerables capítulos de dolor y por paradójico que parezca hasta algunos hechos tragicómicos, y junto a lo anterior salieron a flote historias que rayan en lo sobrenatural, lo épico, lo inverosímil y lo místico. Algunas de esas cosas ya forman parte de las leyendas que quedaron después de la noche más triste de nuestro pueblo. Una de esas historias de personajes anónimos que agarré al vuelo por ahí, es la que voy a narrar aquí. 

La doña milagrosamente había sobrevivido a la catástrofe, pero por desgracia había perdido a su hija. Como la tragedia sucedió en marzo, cuando llegó mayo, mes consagrado a las madres; el dolor de la perdida volvió a abrir la herida del recuerdo. Y como al parecer nunca pudieron encontrar el cuerpo de su ser querido, el único consuelo que le quedó a la desconsolada señora fue ir a visitar las ruinas de lo que alguna vez fue la casa donde vivió su hija.

Se fue sola una mañana de un domingo radiante, llevando una sombrilla para protegerse del sol de ese día. Caminó con resignación y nostalgia por lo que alguna vez fueron calles y viviendas. Mientras en la recién azotada ciudad, muchos, más que celebrar esa fecha, agradecían a los santos de su devoción el estar en familia en el día de las madres; un gran número de personas al igual que ella recorrían las sendas de los recuerdos. Bordeando las colosales piedras y escombros que quedaron como vestigio eterno de lo que las aguas desbordadas trajeron. Franqueando todos esos obstáculos finalmente llegó hasta lo que fue su hogar.


Con un escapulario colgado del cuello, al que acariciaba con nerviosas manos, fue recorriendo las ruinas de lo que fue la vivienda. Ese día la nostalgia le pesaba más en el alma. Su hija en mayo le llegaba con un detalle que siempre acompañaba con una radiante rosa roja. Pero ese año como ya no había hija, tampoco habría regalo, y por supuesto tampoco tendría la añorada rosa del amor de sus entrañas. Con profunda tristeza se arrodilló en el piso del lugar que tanto compartieron, y lloró su desconsolada pena.  Con sus ya rugosas manos palpó las pocas desnudas paredes que quedaron en pie como queriendo impregnarse de aromas de antaño. Pero ahora el barro y la naciente maleza eran dueños del lugar. Unos vecinos solidarios al verla en su nostálgico deambular fueron en su rescate en esa triste jornada y le tendieron sus manos y abrazos para sacarla del lúgubre lugar.

Luego cuando llegó a su nueva morada, vacía, fría, en la mesas y paredes hacían faltan los retratos de antaño e imágenes de la familia. Hacía tanta falta el calor humano, que otra vez no pudo reprimir su acongojado llanto, y fue entonces cuando una vecina, llamó a la puerta; y aunque afligida, caminó al baño, se echó agua en la cara para enjugarse el rostro y cuando se miró en el espejo para peinarse los cabellos se llevó la sorpresa más increíble de su vida. El impacto fue tal que le produjo una especie de temblor que la sacudió de cuerpo entero, ya que en el rostro que se reflejaba en el espejo descubrió que llevaba entre una de las pinzas de su cabello un hermoso capullo de una rosa roja. 

***

John Montilla: Texto y fotografías

Crónicas de Mocoa (31-marzo-2024)

Fotomontajes: J.M (Murales pintados en las ruinas de una casa del Barrio San Miguel de Mocoa)

Historias: jmontideas.blogspot.com

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