martes, 12 de octubre de 2021

"CHICO" PERDIDO

Por. John Montilla

“En ninguna parte hay tantas cosas como en el salón de billar.”

Gabriel García Márquez : “En este pueblo no hay ladrones”.

                                                                  ***

El propietario del billar se rascaba la barriga de manera descuidada, mientras le echaba una miraba de rutina al salón que a esa hora contaba con apenas una media docena de clientes. Después de una larga temporada de haber estado cerrado el local por culpa de la pandemia; el negocio de manera lenta intentaba recobrarse, mientras las deudas seguían su curso sin detenerse y este era uno de los tantos motivos por los que el dueño no tenía cara festiva esa noche.

Uno de los asiduos clientes del local, experto en el juego del taco y las bolas, tampoco estaba de buen humor: al no encontrar a quien “marranear” había optado por sentarse en un rincón junto con un compinche; desde allí miraban también con cierto fastidio a la sala mientras esperaban que algún ingenuo les cayera en las redes del juego de hacerse los pendejos para luego pelarlo. Pero la docena de botellas vacías era un indicador de que la espera iba para largo.

En la única mesa ocupada a esa hora, se disputaba una partida equilibrada y monótona entre una pareja dispareja: un tipo pequeño contra otro muy grande; David contra Goliat jugando billar pool; el juego estaba desnivelado en estatura, pero nivelado por lo bajo, pero a ellos el reto los tenía entretenidos desde hacía más de dos horas.  Aunque la suerte se había inclinado desde el principio a favor del pequeño; su contrincante ya tenía en su haber seis derrotas seguidas contra una sola victoria, y una cuenta pendiente por pagar de una botella de aguardiente y por los menos unas quince cervezas, pero él seguía tacando esperando que la suerte se pusiera de su lado. Un amigo de ellos aburrido del juego estaba concentrado en su celular mientras de manera mecánica se tomaba otra cerveza a nombre de los jugadores.


El único mesero del lugar, un tipo “caracortada”, el menos indicado para ser la cara amable que atendía a los clientes, cantaba casi con rencor la canción que en ese momento se escuchaba en el ambiente, mientras acomodaba unos tacos en sus estantes. Las paredes del local estaban adornadas con unos ya semi desteñidos afiches de unos perros jugando billar y cartas. El letrero del nombre del local, casi a punto de caerse ocupaba el centro de la sala: “Billares El Diluvio”; en el equipo sonaba un tango: “El mundo fue y será una porquería…” Y fue entonces cuando entró el ladrón con pistola en mano, gritando y apuntando a todos lados.

- ¡No se muevan hps o disparo!

Todos en el billar se quedaron expectantes y sorprendidos. El delincuente pasó directo a la caja, que estaba más vacía que su cerebro. Al dueño se le cayó un chorro de babas, no del susto sino de la perplejidad, y le paso los tres pesos y el celular que tenía a mano. El dueño entre la furia y el temor del arma que le apuntaba intentó rezongar, pero otro insulto lo mandó a callar. Luego el asaltante pasó directo a la mesa de los jugadores. Goliat se quedó rígido con el taco agarrado y clavado en el piso. David no tenía su honda sino dos bolas en las manos, mientras el del celular que estaba embobado en la pantalla pareció despertar cuando de un manotazo se lo arrebataban, justo en el momento en que el aparato se puso a timbrar. Quizás una llamada del infierno, porque esto hizo que el ladronzuelo bajara la guardia y por eso no alcanzó a mirar la botella que venía volando y que le dio de lleno en la cabeza; sangre y cerveza se mezclaron. El ladronzuelo no vio estrellas, sino nubes negras, muchas nubes negras y lo que se vino luego no fue una lluvia sino un verdadero diluvio hecho de furia y de golpes que cayeron sin compasión.

El dueño descargó su frustración que llevaba guardada por meses; el tahúr que había sido muy preciso lanzando la botella, sintió que nunca antes había tenido a merced un rival tan fácil para derrotar; Goliat creyó que le había llegado el turno de hacer la jugada de la noche y jamás había usado el taco con tanta destreza; mientras David que había derrotado ya a un gigante le entraba sin compasión al que ya se hallaba tendido en el piso; el del celular también sintió que la sangre lo llamaba a participar, y por supuesto el mesero mostraba ahora su mejor sonrisa siniestra de “caracortada” para atender al  recién llegado.

Nunca antes en ese billar los tacos le habían dado con tanta precisión a las bolas. La suerte estaba echada. Desde que empezó se sabía que ese “chico” estaba perdido.

John Montilla Texto y  fotografías 1 y 3.

Imagen 2 tomada de internet.

jmontideas.blogspot.com 

12-X-2021

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