martes, 2 de junio de 2020

ASÍ FUE COMO PERDÍ MI CÉDULA

Por. John Montilla

"El absurdo y el anti-absurdo son los dos polos de la energía creativa." K. Lagerfeld


Muchos han tenido la desagradable experiencia de extraviar su documento de identidad, para ser precisó la cédula de ciudadanía. Por supuesto, que casi nadie es consciente del momento en que la pierde, salvo que le roben la billetera en un atraco a mano armada, pero yo vi como mi cédula  cayó; el aleteo de ese objeto en su caída, y el acto de ir a recogerla desencadenó en un sorpresivo “efecto mariposa”.  

El caso es este, yo estaba de paseo en la playa, y por cuestiones económicas había rentado un hotel barato, total, yo iba de paseo, no a dormir; “el cuarto es para guardar las maletas”, le escuché alguna vez decir a un amigo. Con que haya cama y un baño es suficiente. Esta vez me habían asignado una habitación en un quinto  piso, por supuesto no había ascensor. Estando yo subiendo las escaleras, cuando iba en el tercer piso me dio por asomar la cabeza y mirar hacia abajo al  escuchar una algarabía femenina, pero no vi nada. No sé porque tenía mi documento en mano, quizá me lo pidieron al entrar para identificarme y no lo había guardado, y estando allí asomado, un movimiento involuntario hizo que mi cédula se me escabullera de las manos, y cual mariposa herida fue revoloteando en picada hacía el vacío.

En un principio intente agarrarla de un manotazo, pero fue un esfuerzo vano, mi cédula, inexorablemente ya iba en caída libre y sólo pude atinar a seguirla con mirada incrédula y ansiosa. Por unos eternos segundos la vi planear en el aire y luego fue a caer por el hueco de lo que alguna vez había sido una claraboya que daba directamente a una habitación. Como el espacio era visible desde el aire, no había ninguna cama a la vista, y en vez de eso, ese rincón los usaban los huéspedes que allí estaban para acomodar, maletas y cestas de  ropa.

Con resignación vi que mi cédula caía justo de manera vertical sobre una de esas canastas plásticas llena de ropa  y aun en la distancia percibí que se metía por un resquicio y se perdió dentro de ella. A pesar del impase, me di por bien servido, pues sólo bastaba con desandar el camino e ir a pedir permiso para poder recuperarla, pero las cosas no salen siempre como una piensa.  


2.


Cuando, llegué al primer piso, me dijo el administrador del hotel que el cuarto 103 al que me dirigía estaba ocupado y que si me esperaba un poco me acompañaba en la diligencia, así que opté por hacer la vuelta por mi mismo. Cuando llegué allí, me encontré que la  tal habitación era una de las llamadas algo así como de cama general, y que más que un cuarto de huéspedes parecía, un alojamiento militar y que había sido copado por al menos una docena de mujeres jóvenes, un grupo alegre, de esos que arman planes de bajo costo para irse de paseo a la playa.

Eso lo noté porque cuando toque a la puerta, y tras varios intentos por hacerme escuchar, pues adentro se escuchaban risas y  bulla, me abrió una chica envuelta en una toalla con estampado de palmeras, con cocos incluidos  y me preguntó que qué necesitaba. Entonces recordé el bullicio de unos minutos antes y me dije: ¡No puede ser, me tocó venir al cuarto de todas estas mujeres! Por el pequeño espacio que me dejaba ver la chica, pude ver bastante movimiento y barullo dentro del recinto. Un tanto azarado le expliqué a la dama mi problema y ella entre sorprendida y burlona, me miro de arriba abajo y luego sin decirme nada, se dirigió con un tremendo grito a sus compañeras. ¡Vaya si tenía voz de mando ¡ Les dijo: ¡Muchachas, acá afuera hay un señor que dice que se le cayó la cédula dentro de este cuarto, que si se la ayudamos a buscar !

Una carcajada general fue la respuesta, y luego otra voz se oyó dentro del tumulto: ¿Cómo así nos estaba espiando?- La chica entonces me miró con desconfianza- confieso que me desconcertó un poco, pero no perdí la compostura y le repetí la historia. Le rogué, que me ayudara, que necesitaba ese documento. Que yo lo había visto caer en una canasta, que sabía cuál era, que únicamente me permitiera indicarle, para que ella  buscara  mi cédula y me la entregara. Ella, volvió a gritarle a sus compañeras, que si le permitían entrar para que busque su cédula dentro de una canasta de ropa, una voz entre más condescendiente y burlona se dejó oír entre el tumulto: “Dígale que entre, pero que no se demore”, y entonces, la chica abrió la puerta y me autorizó  a pasar y es aquí donde las cosas se complican:

Al entrar, lo primero que me percató, es que casi todas ellas estaban en plan de meterse a la ducha, la gran mayoría envueltas en toallas y una que otra, despreocupadamente con sus cuerpos desnudos y por supuesto dejando ver sus  traseros, y senos al aire sin ningún reparo ni pudor, las chicas que acababan de llegar de la playa, estaban más  curiosas  que  sorprendidas por mi presencia, y entre risas y chanzas, me invitaban a que siguiera tranquilo y tomara lo que había ido a buscar. Azarado y apremiado, me dirigí al lugar  donde sabía que había caído mi cédula, y entonces me encuentro que las chicas habían movido de su sitio las canastas y que todas eran similares; y no sólo eso, también habían empezado a sacar su contenido, había ropa desperdigada por todas partes, ahora si completamente aturdido, ni siquiera reparaba en que algunas de ellas andaban en cueros, me  sentí urgido de encontrar lo que buscaba y salir pronto de allí.

La chica, que me había abierto la puerta me había acompañado y preguntó a mis espaldas: ¿Bueno, donde es que va a buscar? Yo rascándome la cabeza, no sabía por dónde empezar. Las cosas habían sido movidas de su sitio, pero me decidí por una canasta. Sabía que tenía que buscar por los contornos, metí las manos alrededor de la canasta y nada, las  muchachas me miraban curiosas desde sus sitios. Pero, nada, lo único con que lo se topaban mis manos era ropa femenina, y ni rastros de mi documento. Luego, intenté con otra y tampoco, nada. Sentía que el ambiente ya se estaba volviendo hostil contra mí, y creía escuchar ya murmullos de desaprobación, de repente sentí que estaba sudando en esta situación tan ridícula  en la que me había metido. Un par de gotas de sudor resbalaron de mi frente, cuando de pronto se desató el caos.

De un momento a otro las chicas parecieron ver mi apuro, y  en un apremio por  ayudarme empezaron a sacar las cosas de todas  las canastas y lo que empezó como algo solidario fue agarrando fuerza y de repente me vi envuelto en una nube de trapos que volaban de un lado a otro. Las muchachas le agarraron gusto al asunto y empezaron a arrojarme a la cara todas sus prendas, por doquier volaban calzones, sostenes, camisetas, y lo que cabe en la maleta de una dama. Un tsunami de ropa femenina me cayó encima,  mientras las carcajadas llenaban el cuarto.  A punto de ahogarme en un mar de trapos, decidí dar marcha atrás mientras las chicas continuaban en un pandemónium de prendas. La última imagen que de soslayo  vi es que ya todas estaban como cuando llegaron al mundo, pero no me quedé para contemplarlo.  

Dando un portazo salí de la habitación.  Resignado y pensando que quizá nadie más había perdido antes un documento de esa absurda manera. En la distancia aún se podía escuchar la algarabía de las damas que continuaba.



John Montilla:   Relato
Imagenes 1 y 3 tomadas de internet
Imagen 2.  Fotomontaje con un dibujo de Daniel Cerro. 
jmontideas.blogspot.com
(1-VI-2020) 




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