miércoles, 8 de marzo de 2017

Cañas del recuerdo

Cañas del recuerdo

Por. John Montilla 

“En memoria de Aldemar Bastidas, un amigo de infancia.”

No podría decir con certeza hace cuanto sucedió este episodio, sólo puedo anotar que ocurrió hace ya varios años; tanto así que me sorprende aún poder conservar ese recuerdo y que hoy, precisamente hoy se ha vuelto mucho más claro, porque me enteré que uno de las personas que hicieron parte de ese capítulo de mi vida había fallecido.

Una lejana tarde de antaño dos de mis amigos de barrio uno llamado Aldemar y otro  Pablo, me invitaron a ir a buscar palos de palma o guáduba para elaborar cometas, y de paso pedir frutas y sobretodo, pedir cañas de azúcar a la finca de un pariente de uno de ellos.

En esos tiempos pelar una caña y luego cortarla en trocitos y sentarse a chupar su jugoso néctar era toda una delicia y una diversión por la que uno podía arriesgarse a hacerse corretear por perros bravos o por enfurecidos dueños; por eso cuando se presentaba la oportunidad de hacerse a unas cañas de manera fácil y sin ningún tipo de dificultad; bien valía  la pena una caminada a una finca en la que podías agarrar a tu gusto uno de esos manjares exóticos.

Pues bien, los tres no fuimos a la finca de un primo, un tío, un padrino, o qué sé yo de Aldemar. Cuán lejos me pareció ayer; hoy en  esos terrenos hay varias edificaciones construidas. No queda ni un vestigio de los cañadulzales. Cuando estuvimos allá no se nos negó los pedazos de palma o guáduba para nuestras cometas, pero tuvimos mucha más dificultad para acceder a las apetecidas cañas, los dueños resultaron ser no muy generosos con los productos que sembraban y eso que se veía por todo lado árboles frutales y gran cultivo de cañas de azúcar.

Por mi parte, apenas habíamos llegado a la casa  de tablas de la finca, ya le había perdido el interés a las cañas, porque había divisado sobre una rústica y larga banca de madera un ejemplar sin portada de una vieja revista de dibujos animados; en esos tiempos que no era tan fácil conseguir ese tipo de tesoros, y en los que ardía por la pasión de leer ese tipo de textos, lograr que me la presten aunque sea un momento, se convirtió en mi objetivo desde el momento en que la vi.

La vieja revista sobre la  que yo había puesto los ojos era  un ejemplar de “Periquita”, para quienes esto sea nuevo les puedo contar que: “Periquita era una traviesa chiquilla de 8 años quien era muy soñadora y casi siempre andaba muy confundida, y era famosa por su humor suave y sus chistes visuales surrealistas. Y quien dependiendo de la situación podía llegar a ser  una niñita bonita, pícara y amante de la diversión.”

Pues bien, yo ya había enfocado mi plan en poder disfrutar de esa tira cómica, confieso años después que de haber podido me la habría robado. Por eso en la  primera oportunidad que se me presentó me senté en la banca y de la manera más discreta que pude puse las manos sobre ella y ávidamente comencé a ojearla, pero mis planes se vieron interrumpidos al instante por mis amigos Pablo y Aldemar que me pidieron que fuéramos a conseguir aquello por los que habíamos ido hasta allí.  Con gran pesar por mi parte la dejé de nuevo sobre la banca, pues los dueños de casa que nos habían ofrecido algo de tomar estaban presentes y además también había hecho aparición un chico, probablemente el dueño de la revista quien de manera atenta observaba lo que yo estaba haciendo.

Así que no tuve más opción que dejarla, muy a mi pesar, y seguirlos de mala gana, eso sí, hice lo posible por dejarla en el rincón más disimulado posible, y cerca al borde, rogando en mi interior para que cayera debajo de la banca para que nadie la viera, y poderla encontrar al regreso,  después de la búsqueda de las hojas de palma.

Al rato de deambular por la  finca, dimos con lo que necesitábamos para elaborar nuestras cometas, y el dueño que nos había acompañado a rondar por sus terrenos, nos permitió acceder a unas frutas, y después de tanta insistencia había accedido a obsequiarnos una gruesa y jugosa caña, que el mismo seleccionó y cortó con su machete, la partió en tres partes iguales y nos dio a cada uno de a porción. Con lo cual decidimos que era hora de regresar a nuestras casas.

Ya de vuelta en la casona de la finca, volví a mirar con profundo interés la banca en que había dejado la revista, pero ya no estaba, pensé que quizá había caído al piso, y de manera disimulada como pude eché una mirada, pero tampoco había nada en el suelo, alguien la había tomado. Y ya no teníamos tiempo ni de buscar al chico, que quizá la tenía, ni mucho menos había tiempo para ponerse a leer, mis amigos apremiaban por tomar el camino de regreso. Y me quedó para siempre la frustración de no haber podido leer esa tarde.


Para el regreso a casa, no repartimos la carga, mi amigo Aldemar llevaba las frutas, Pablo los tres trozos de caña y yo llevaba las pedazos de palma. Y cuando estábamos cerca de llegar a casa, se nos apareció como de la nada, el muchacho al que considerábamos algo así como el “matón del barrio” y nos pidió que le regaláramos una caña, por supuesto que nadie quería deshacerse de su porción y se lo hicimos saber, pero a él poco pareció importarle y nos amenazó con “cascarnos”, si no le dábamos lo que pedía, de un jalón le arrebato todas  las cañas a Pablo, ante lo cual Aldemar que era el mayor de los tres , lo enfrentó a pesar de que sabía que tenía las de perder, y le increpó por el abuso, ellos se pusieron a forcejear por las cañas, pero el matón salió triunfante, la pelea ya estaba declarada, y casi que con la mirada nos pusimos de acuerdo en que teníamos que enfrentarlo los tres juntos,  y cuando ya estábamos decididos a ello, nuestro amigo Aldemar, sacó algo que se quedó para siempre conmigo: su NOBLEZA y nos dijo: “Muchachos, no vale la pena pelear por eso, esas cañas las podemos volver a conseguir.” Y dándole la espalda al ladronzuelo, proseguimos nuestro camino a casa en silencio. Cada uno con sus pensamientos, mis amigos quizá pensando en las cañas perdidas, yo en la revista que nunca pude leer ese día; y hoy muchos años después en que fue una fortuna haber tenido como amigo de infancia a una persona tan noble y buena gente como Aldemar.


 John Montilla. 2017
jmontideas.blogspot.com.co




3 comentarios:

  1. Una linda historia y que bueno recordar a Periquita yo también la lei junto con otras como Memín, el aguila solitaria, Kaliman, María en fin tuve la fortuna de que mi tia nos compraba cada 8 dias las revistas

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  2. Ya no me acordaba de periquita, que agradable recuerdo

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