domingo, 1 de mayo de 2016

Quijote de la pala

Quijote de la pala

Por. John Montilla 

Rememoro con una mirada cercana a un personaje que se ganaba la vida tapando  los huecos de nuestras viejas y deterioradas carreteras.



En la principal y única vía que de Mocoa conduce a Puerto  Asís, en el departamento del Putumayo (Colombia),  era familiar entre los conductores  y viajeros frecuentes, encontrarse con un personaje que a diario y de manera voluntaria  trabajaba tapando huecos en la carretera, como forma de ganarse el sustento para su familia.

Sandro, un humilde hombre, por aquel entonces de unos 33 años de edad, localizaba los sitios más  precarios de la vía e iniciaba su trabajo de tapar huecos. El día que lo entrevistamos nos dijo:  “Vivo con mi esposa, cuatro hijos y un entenado  y tengo que rebuscarme la vida por ellos”, refirió además  que creció gracias a una madre adoptiva, que tenía parientes con mejor suerte que él, pero que nunca le habían colaborado. 

Contó que antes se dedicaba a la agricultura y que también  trabajó una temporada como recolector de hoja de coca o “raspachin”, pero que las cosas se pusieron difíciles y que un día desesperado por  no encontrar que hacer, le había dicho a su compañera: “Me voy para la carretera”; Y desde entonces había encontrado en los huecos de la vía un medio para tapar el hueco de sus necesidades.

Por esas épocas Sandro llevaba trajinando en la  carretera, según sus propias  palabras aproximadamente   cuatro años. Y recordaba que el primer día  había conseguido un poco más de  cinco mil pesos, pero que dada su precaria situación había decidido continuar,  dijo no haber tenido ningún inconveniente con los conductores  en sus inicios, y  que luego   muchos lo habían apoyado  y que aunque otros simplemente lo habían ignorado,  el había continuado tranquilamente su trabajo.

Aquella remota tarde de polvo y sol en que nos abrió su corazón y nos contó detalles de su vida, nos dijo que en promedio  se ganaba entre diez mil y veinte mil pesos por día; de los cuales debía pagar su pasaje para llegar a su destino de trabajo ya que algunos conductores le cobraban por ello, manifestaba que así como podían haber días buenos, también  los había habido cuando escasamente recibía muy poco;  refería que lo mínimo que había  hecho después de un arduo día de trabajo habían sido ocho mil pesos, y lo máximo que había logrado recibir  fueron treinta mil pesos; en  jornadas que generalmente él empezaba a las nueve de la mañana  y que iba a veces hasta tempranas horas de la noche, incluidos sábados y domingos.


Cuando un vehículo se acercaba al lugar escogido por él para trabajar, unos de sus hijos que a veces lo acompañaba, levantaba una señal de pare, que consistía en un viejo trapo rojo colgado de una cuerda que estaba amarrada a un extremo a una estaca o alambre de púa de la cercas a orilla de la carretera.  Y él tímidamente esperaba  que el conductor le hiciera un aporte voluntario, algunos le arrojaban a la vía   billetes o monedas, y cuando ellos se iban, él se agachaba a recoger el pequeño tesoro sucio de polvo y tierra tirado en la carretera. Otros conductores se detenían y le entregaban en la mano. Sandro relataba con franqueza, mientras se limpiaba con el dorso de la mano el sudor y el polvo que se acumulaba en sus sienes; que  algunos de ellos le decían:  “No le ha rendido nada compañero” y que él les contestaba “Pues bajen a ayudar”.

Mencionaba  en esa oportunidad en que el sol ya iba en su ocaso, que lo máximo que le había regalado una sola persona habían sido diez mil pesos y lo mínimo que le daban eran  cien pesos, recordaba que por suerte nunca le habían dado billetes falsos, aunque  no había faltado quien le había dejado tirando en la carretera monedas falsas. También  mencionaba que existían  personas solidarias que le obsequiaban diversas cosas, entre ellas  comida, tales como pollo asado, carne, frutas, gaseosas o galletas.

En aquella improvisada charla que sostuvimos esa remota tarde entres paladas de tierra, polvo de los carros, sol de la tarde y miradas curiosas de algunos conductores, le había preguntado si se alegraba del mal estado de la carretera, me respondió que no, que lo ideal era que esta  estuviera en buenas condiciones,  pero que gracias a ello era que  él podía  trabajar. Pero como en esa época, ya  la  carretera estaba en proceso de pavimentación, también  recuerdo haberle  preguntado sobre lo que él iba a hacer  cuando la obra estuviera terminada y me había contestado: “Siempre habrán  carreteras malas, iré a otra parte”.
 

Por eso fue que mientras la vía estuvo  en malas condiciones  pudimos seguir
encontrando a Sandro  a lo largo de ella, con su pala  y su  vieja carreta buscando ganar el sustento para su familia.

Un lejano viernes, a eso de las seis de la tarde, en que yo iba de pasajero en un vehículo  de trasporte público,  nuestro personaje estaba  trabajando como siempre en la ruta. El conductor había seguido  de largo su  rumbo sin reparar en la descolorida señal de pare y sin inmutarse  ante la mirada cansina y casi suplicante  del “Quijote de la pala” a quien dejó envuelto en una nube de polvo. Quizás en esa ocasión Sandro seguramente siguió resignado en su labor, con la esperanza de contar con mejor suerte con el próximo carro que pasara por la otrora destartalada carretera.



En esa ocasión yo lo único que alcance a hacer fue repetir en  mente algunos versos de la “Carretera Vieja” de Quique Palacios. Mientras a través de los vidrios cerrados y empañados por el polvo  pude divisar de nuevo el sudoroso  rostro de aquel noble y sufrido  personaje.

“Carretera vieja  con destino al desafió,
recorre los malos tragos de un paisaje abandonado…
llena de grandes baches de vacíos empapados.
carretera vieja que alimentas  a muchos pueblos… ”

Luego, cuando llegaron las máquinas a pavimentar la vía, desaparecieron los huecos, desapareció el polvo,  y con ellos se fueron la pala, la carreta y su dueño. Me pregunto  dónde estará  ahora ganándose el sustento  de su vida.





John Montilla. Texto y fotografías







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