miércoles, 28 de agosto de 2013

El  Buque en el Río Mocoa (Colombia)

Por: John Montilla:


¡El Buque en el Río Mocoa! …Me pregunto  cuántos de sus  habitantes  tienen la fortuna de recordarlo o de haberlo visto, y a aquellos que no lo han hecho los invito a conocerlo. No es un buque cualquiera hecho de madera o de metal, este es especial, pues está hecho de roca pura. Puesto a la orilla del río por obra y gracia de la naturaleza.

Ignoró quienes fueron los primeros en descubrirlo, y mucho menos sé, quien fue  el que bautizó a esta bella y maciza roca con el nombre de “El Buque” ya que se asemeja  a un antiguo y poderoso buque semihundido, el cual queda ubicado  río arriba a la salida del Barrio La Independencia en Mocoa (Colombia) ; en otras épocas el peñasco era de un tamaño más imponente, pero los años han hecho mella en su superficie y  se nota la roca más desgastada y erosionada por la acción de la lluvia, el sol, el viento y  lógico la corriente de su misma agua; el inexorable peso del tiempo ha caído sobre el gigante de piedra.

Seguramente todos aquellos que tuvieron el privilegio de posar sus pies sobre su “cubierta de piedra”, también debieron haber gozado el pozo que así se denominaba. En otras épocas era muy usual escuchar la expresión: “Vamos a bañarnos al Buque”. Por supuesto, eso era cuando las aguas del Río Mocoa aún eran suficientes y sobre todo no estaban tan contaminadas.  Pues bien, para la gente de la localidad este era uno de los lugares de esparcimiento de las tardes y los fines de semana.



Antaño caminar por el sendero que llevaba  al viejo Buque encallado era una aventura diaria, por ejemplo para llegar hasta el lugar había que pasar por   un potrero lleno de vacas; cuantas veces tocó correr a campo traviesa cuando uno de estos animales lo correteaba a uno, ya sea porque eran muy ariscos o porque algún osado bromista le diera por provocarlos.

Sendero arriba solía haber al pie del camino un veterano y frondoso árbol de limas, eternamente  cargado; por años brindó sombra al ganado y sus jugosas frutas a cuanto transeúnte pasara. Aún hoy me sorprende el vigor de ese árbol  que soportó estoicamente a cuanta mano inquieta se le posara encima.

En ese recorrido hacia El Buque, no faltaban los audaces que cruzaban el río buscando las dulces cañas de azúcar y las  suculentas naranjas en los terrenos de un indígena  popularmente llamado “el amigo Daniel”;  muchas veces lo vimos salir azuzando a los perros y blandiendo su machete contra los atrevidos. No con la intención de herir sino simplemente de asustar a más de un travieso invasor de sus terrenos.

Nunca olvido la anécdota que me contaron acerca de una ingenua propuesta que le hicieron a un amigo:  “Anda a decirle al amigo Daniel que me regale dos cañas y te doy una”,  como si eso hubiera sido cosa fácil en esos tiempos.

También en el camino que llevaba al destino del Buque; ya sea a las orillas del río o adentrándose un poco por los matorrales no podía faltar  ese fruto exótico que llamábamos vulgarmente “churimbas” (para los que no la conocen es una especie de guama pequeña cuyos  frutos se hallan contenidos en una vaina de color verde oscuro, sobre las que tengo un capítulo aparte), con las cuales en épocas de cosecha solíamos atiborrar las camisetas o cuanto  recipiente tuviéramos a mano. Algunos simplemente  quebraban las parcas de los árboles y se echaban al hombro las ramas llenas de frutos.

Para darle un toque más realista a la aventura no podía faltar una cabaña en el bosque  construida básicamente con ramas de caña brava, planta que posee por flor un hermoso penacho semejante o quizá más bello que una flor de maíz; del árbol de cachimbo  solíamos recoger sus flores que parecen pequeños gallos  para simular hacer peleas, no podía faltar las piedras con formas curiosas o colores llamativos; con todo esto, no perdíamos el objetivo del recorrido que era llegar hasta “el barco de piedra” en el que cual piratas depositábamos todos los pequeños tesoros que habíamos recogido en el camino.

Pero el inapreciable tesoro de esos tiempos era poder disfrutar de las aguas del Río Mocoa; y eso, al igual que el milenario Buque es algo que va camino a desaparecer, aquella  imponente peña de antaño , se ve nostálgicamente  enterrada entre piedras y arena  en lo que otrora fuera un mar de diversiones para la gente de Mocoa.


John Montilla: Texto y fotografías

Esp. Procesos lecto-escritores

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