sábado, 9 de mayo de 2026

CARNAVAL DESDE LA VENTANA

Por: John Montilla

El radiante sol de la tarde rebota en el pavimento de la calle.

Un grupo de personas, todas vestidas de negro, pasan frente a mi ventana.

Todos llevan sus rostros y brazos untados de cosmético negro.

Es día de carnaval. Enero cinco, “Día de los Negros”, se decía antes.

Luego pasa otro grupo: jóvenes. Ellos van ataviados con gorras, ponchos y pañoletas, y van pintados con cosmético multicolor.

Ahora se dice: el carnaval del cinco de enero.

Sigo observando la calle desde la ventana.

Desde aquí puedo ver a uno de los inquilinos de la casa grande de enfrente.

El dueño, por desgracia, hace unos años sufrió un accidente y quedó postrado en silla de ruedas.

La renta de la casa le sirve como medio de vida.

Mientras pienso en él, contemplo mis muletas; la vida nos puede cambiar en un instante.

Recuerdo al vecino como un hombre fuerte que trabajaba en trasteos.

Y ahora carga con el peso de su discapacidad.

Vuelvo a contemplar al inquilino: un anciano que se la rebusca como puede:

Recogiendo cartón, latas, plástico y cosas así; pero hoy he descubierto algo más: el señor está tejiendo.

Veo unos ovillos de lana blanca y roja que descansan en el piso, mientras él, caladas sus lentes y sentado en su silla, hábilmente sigue en su proceso de tejer.

Alguien me comenta que él elabora bolsos de lana.

Lo he visto temprano en las mañanas empujando un carrito de ruedas, en el que lleva su mercancía y en el que recoge el material para vender.

Pero hoy, que estoy sentado junto a la ventana, he reparado más en su presencia.

A veces somos invisibles ante los demás.

Me gustaría encontrar la forma de hacerlo más visible para que lo apoyen comprándole su arte.

Donde él está sentado, en otros tiempos había un espacio verde.

Por allí solían volar incontables mariposas blancas y amarillas.

Hoy lamento haberlas perseguido y cazado cuando niño.

En ese prado también solía haber diversas flores y hierbas de formas bonitas.

Los seis de enero, como nuestros padres no nos llevaban al parque a jugar el carnaval, en casa, desde temprano, íbamos a recoger hierbas, flores y ramitas para hacer nuestro propio desfile.

Teníamos varios muñecos de caucho de diversas y bonitas figuras.

Recuerdo un Pinocho de varios colores y un hermoso gato blanco con una corbata azul.

Poníamos los muñecos en nuestros carritos de juguete y los adornábamos con los elementos que habíamos previamente recogido; luego, jalando con una cuerda los carritos, dábamos vueltas por la casa.

Esas eran nuestras carrozas del seis de enero.

Fue un ritual que repetimos varios años, mientras fuimos creciendo.

Después, cuando tuvimos edad de salir, comprendimos a nuestros padres.

En ese carnaval de antaño casi no había espacio para un niño:

había mucha gente y talco hasta la asfixia en el ambiente, y algunos que, adrede, no jugaban, sino que agredían a los demás.

Más que un juego, parecía una guerra en la que los pequeños eran víctimas fáciles.

Nos protegieron dejándonos en casa.

De niño imaginaba el carnaval; años después, esa imaginación me ha servido para participar en él varias veces.

Es temprano en la mañana y veo pasar a una señora con una caja de cartón en la mano, y dos niños y una niña ataviados para lidiar con el día.

Busos de manga larga, gafas y gorras; la niña lleva una bella trenza.

Deduzco que ellos no madrugaron a jugar, sino a trabajar, por un par de frases en voz alta que la mamá les dice a los niños.

Los recuerdos del carnaval desfilan frente a mi ventana.

***

John Montilla (6-I-2026)  Relatos de mis memorias

Imagen: AI generated   //    jmontideas.blogspot.com

ACCIDENTE: Como cada vez que saludo a alguien me toca repetir la historia; decidí usar el absurdo para crear un poema inverosímil y un tanto cómico y así poder contar el suceso de una manera menos aburrida. (J.M)

ACCIDENTE

Trepado en una bicicleta

atropellé un armadillo,

salí volando de jeta

y me lastimé un tobillo.

 

Montando un monopatín

doblando una esquina

choqué con un puercoespín

y me clavé una espina.

 

Al bajar de un autobús

mordiendo una rosquilla

tropecé con un avestruz

y me raspé la rodilla.

 

Manejando un camión

yendo por una ladera

me chocó un ratón

y me dañó la cadera.

 

En patines por la acera

persiguiendo una ardilla

me enredó una manguera

y me torcí la pantorrilla.

 

En un carro sin luces,

guiado por una luciérnaga

arrollé unos avestruces

y me fracturé una pierna.

 

Arando con un tractor

en la finca de mis abuelos

choqué con un velociraptor

y terminé por los suelos.

 

Saltando desde un portón

correteando una gallina

caí sobre un gran dragón

y me quemó la bilirrubina.

 

Remando en un bote,

llegando a la orilla,

rocé un pez espada

y me corté la barbilla.

 

Caminando al trabajo,

resbalé sobre un gran queso,

pisé la cola a un gato

y acabé con la pierna en yeso.

 

Con la alfombra de Aladino

pasando sobre una villa,

topé la copa de un pino

y me lesioné la espinilla.

 

Volando en un avión

Colisioné con una mariposa

Me estropeé un talón.

¡Qué situación desastrosa!

 

Viajando en un globo

por no querer caminar

quise bajar a lo bobo

y me lastimé “las de andar”.

 

Montando en motocicleta,

doblando por la glorieta,

al ver de un perro la silueta

¡Me astillé la tibia completa!

 

Después de “meter las patas”

me propuse dos metas:

volver a las caminatas

y decir: ¡adiós, muletas!

*** 

John Montilla (26-III-2026)   // Divagaciones

jmontideas.blogspot.com    // divagacionesjm.blogspot.com 

***

UN PASO

Andaba con dos,

Pero una voz susurró:

“Toma otro camino.”

así que he decidido por fin

dar el paso

y dejar a una.

 

Ellas,

calladas,

impasibles,

testigos de mi tropiezo.

Resignadas al nuevo destino,

bajaban la escalera al sótano del adiós.

 

Pongo mis pies sobre la tierra

para avanzar,

no se puede vivir

aferrado para siempre

a lo que alguna vez nos sostuvo.

 

Hoy saldré un poco más solo,

con menos miedo que nostalgia.

Hoy,

suelto…

una muleta.

*** 

John Montilla (1-V-2026)   Divagaciones

jmontideas.blogspot.com  // Imagen: AI generated

TERNURA EN EL DESASTRE

(Crónicas de la tragedia de  Mocoa, 2017)

Por: John Montilla

Un día después del desastre

Vi a la señora parada en una esquina abrazando un tierno oso de peluche.

Me sorprendió la imagen.

Fue como divisar una radiante flor entre el fango.

Alrededor todo era caos, destrucción, llanto, desconsuelo.

Casi todo el mundo iba untado de barro,

pero ella permanecía silenciosa, impávida en la esquina.

Observaba.

La calle del mercado era un testigo de lo ocurrido la noche anterior.

Horas antes se había convertido en el cauce por donde discurrió la desgracia.

Un torrente espeso e incontrolable había pasado por encima de todo,

arrastrando casas, vidas, recuerdos.

En la calle, el eco de los gritos de la pesadilla de la noche seguía vivo.

Por allí había salido corriendo descalzo un vendedor ambulante de zapatos.

Por allí había navegado un náufrago agarrado de una nevera.

Por allí, según los rumores bajó entre el lodo una caja fuerte repleta de dinero.

Por allí miré a un tímido vecino sin camisa, dando una entrevista a un noticiero internacional, mientras apuntaba con la mano el lugar donde antes hubo un gran taller de maderas y en el que trabajó tantos años.

De eso no quedó nada, tan sólo las bases donde alguna vez estuvieron ancladas las máquinas cortadoras.

Calle abajo mientras unos buscaban entre los escombros, otros se lamentaban.

Por allí divisé gente que agarraba y desechaba cuanta cosa había desperdigada: bolsos, maletas, ropa. Objetos de muchas casas arrastrados por el agua. 

Por allí miré a alguien agarrar una billetera, sacar unos cuantos pesos y luego tirarla entre el barro. Recuerdo haberla recogido y ver que contenía unos documentos estropeados. La abrí y la puse a secar en la parte alta de unas paredes que habían soportado la furia de las aguas.

En ese instante no fui capaz de concluir que el dueño debía estar desaparecido.

Lo terrible del desastre nos desconcertó a todos.

Esa vía llena de lodo y escombros fue testigo mudo de la lluviosa noche que arrasó nuestro pueblo.

Y en un amanecer triste, a lo largo de esa calle, en una esquina, estaba esa señora abrazada a un tierno oso de peluche sin ninguna mancha de barro.

Intacto, limpio, ajeno a la desgracia.

Era una escena casi imposible para ese día:

la ternura en medio del desastre,

como si el tiempo se hubiera detenido solo para ella,

mientras el resto del mundo se deshacía en urgencias.

Cuando la señora decidió cruzar la calle, sus zapatos también se untaron de lodo, pero el oso de peluche se mantuvo impecable.

Me imaginé la tierna escena de un niño feliz recibiendo un regalo en medio de una catástrofe.

La avalancha no lo arrasó todo.

John Montilla (31-III-2026)   Crónicas de Mocoa

Imagen: J.M

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sábado, 14 de marzo de 2026

HE CAMINADO, HE CAMINADO TANTO

 Por: John Montilla

He caminado, he caminado tanto.

Maniobrando mis muletas a un costado,

sentado en mi silla

o recostado en mi cama.

He caminado, he viajado tanto

pisando con mis manos páginas de varios libros.

He entrado a una vieja tienda de libros

y me he llevado el más antiguo y valioso.

Me he escondido en un viejo desván de la escuela para leerlo en solitario.

Una historia interminable.

Me he metido en un ropero hecho con la madera de un antiguo árbol de manzano y he aparecido en mundos mágicos,

donde hay nieves, brujas, faunos, centauros y leones dorados.

He navegado por ríos de chocolate en barcos hechos de galletas.

He posado mis pies en hierba de azúcar verde y comido rosas de caramelo.

He caminado por un camino de flores que lleva a la humilde morada de la bella profesora Miel.

He entrado con seres pequeños en un Bosque Negro.

Un lugar donde se perdía la esperanza

y el miedo se deslizaba entre los árboles.

He visto a “Baya de Oro”, la más bella del bosque,

adornada con flores y hojas doradas.

He tenido la fortuna de llegar a Rivendel, paraíso de la Tierra Media,

lugar donde los árboles emanan aromas perfumados

y donde la primavera parece detenerse más tiempo.

Y allí mis ojos han tenido la dicha de contemplar a Arwen.

Arwen, la más hermosa y sabia, verdadera majestad,

la que pocos mortales han podido ver.

Pero yo la he podido ver varias veces tan solo con regresar las páginas.

Arwen: la Estrella del Atardecer.

Vestida con guirnaldas de hojas cinceladas en plata.

Arwen, en cuyo rostro hay luz de estrellas.

He estado en la tierra de ensueño de Lothlórien,

donde los árboles son altos y rectos y de corteza plateada.

Donde parecía que el tiempo no pasaba,

como si el sol viviera allí.

He caminado por el más hermoso de los refugios,

donde el aire era limpio y fragante

y del cual lloran los personajes al despedirse.

Aragorn dijo: “Mi corazón vivirá aquí para siempre”.

Pero el escritor decidió que a ese paraíso

“él nunca volvería en su vida”.

Yo no corro la página;

me regreso y vuelvo a recorrer sus senderos.

El escritor también, con su pluma, dejó otra sentencia:

“Frodo no vería nunca más aquel hermoso país”.

Pero yo me regreso cuantas veces quiera.

Con un suave movimiento de mis manos,

entro y salgo del paraíso.

He caminado, he caminado tanto.

***

John Montilla (23-I-2026) Relatos de mis memorias

Imagen: AI generated. //   jmontideas.blogspot.com


NOVENTA Y CINCO

Por: John Montilla


Padre.

Atado aún a unas muletas, me conformo con los recuerdos.

La fecha del calendario familiar dice que hoy cumplirías 95 años de existencia.

Hace ya casi tres años partiste en el viaje a la eternidad.

Hoy fue la familia a honrar tu memoria

No pude asistir, pero los acompañé en mis pensamientos.

Y también con los recuerdos.

Recuerdo que de niño tenía que pasar junto al cementerio.

Y por supuesto tenía miedo, mucho miedo.

Pero el sentido del deber era más fuerte.

Tenía que llevar tu cena en esas portacomidas de antaño.

A veces ya iba cerrando la noche cuando tenía que hacer ese mandado.

Un tiempo fuiste asignado al antiguo taller municipal que quedaba junto al cementerio.

Ese sitio sabía estar lleno de maquinaria amarilla, volquetas, hierros, llantas, grasa, aceite, herramientas y todo tipo de cacharros donde uno no se animaba a jugar.

El tramo difícil para el recorrido de un niño era desde el puente del Río Mulato hasta el taller.

A mano derecha en la parte alta de la peña queda el cementerio.

El recorrido era quizás de unos trescientos metros o más, pero lleno de curvas.

A mano izquierda quedaba un vacío en el cual muchos accidentes ocurrieron en otros tiempos: culpa de la antigua vía estrecha y sinuosa.

Cuando yo pasaba con la comida recorría ese trecho a paso rápido, sin correr para evitar que se me fuera a caer la comida.

A veces cuando llegaba donde mi padre y no era tan tarde esperaba que él terminara de comer para regresar con las portacomidas.

Pero cuando él miraba que ya estaba un tanto oscuro me mandaba a casa de regreso y me decía que él las llevaría a casa.

En ocasiones me obsequiaba una moneda por llevarle su comida.

El problema era el reto de regreso.

El temor a lo desconocido y a las historias que se escuchaban de ese sitio era muy grande.

En esos tiempos no teníamos energía eléctrica aún en nuestro pueblo.

La oscuridad se adueñaba pronto del entorno.

Me despedía de mi padre y apenas salía al borde de la carretera pegaba una carrera que me duraba hasta llegar de nuevo al puente.

En alguna vieja grabadora casi siempre sonaban los acordes de una nostálgica canción en el bar que queda a la entrada del cementerio.

“La Última Lágrima”, se llama.

Ahora comprendo más el porqué de ese nombre.

En tu aniversario padre.

Otro recuerdo.

***

John Montilla (22-II-2026)

Relatos de mis memorias

Imagen: AI generated

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lunes, 29 de diciembre de 2025

ODA A LAS MULETAS

 Por: John Montilla

En la mañana, al despertarme,

las veo inmóviles junto a mi cama

como dos perros guardianes impasibles

que han pasado la noche despiertos.

No duermen, no sueñan.

Tan solo esperan.

Heladas al tacto,

guardan la memoria de la noche.

Las tomo,

y ella aceptan otro pulso.

Con un ritmo aprendido a la fuerza,

entonan una música rústica

donde cada golpe contra el suelo

es una sílaba que marca el compás del breve avance.

Un sonido monótono de caucho.

En cada “toc-toc” dialogando con el piso

hay un eco de herida que se cierra

y un suspiro de libertad que se pospone.

Sois la jaula que me protege,

el castigo que me salva.

Me habéis enseñado la lentitud,

a mirar las baldosas una a una,

a saludar a las hormigas.

También me habéis robado

la carrera impaciente,

el salto hacia el charco,

la danza sin aviso.

Con ellas, el mundo se acerca lento.

El cuarto se vuelve un territorio posible.

La ventana, una conquista pequeña.

En la tarde, cuando el sol cae despacio,

y me apoyo en ellas para verlo,

comprendo que, a veces

la libertad no es correr,

sino llegar,

porque, aún roto,

se puede mirar el cielo.

Y cuando, al anochecer, las dejo descansar,

no como quien abandona,

sino como quien agradece.

Mis dos silenciosas compañeras

quedan allí, en silencio,

como dos signos de pausa,

dos brazos que me abrazan sin calor,

dos puntales de mi paciencia

que esperan el momento exacto

en que ya no las necesite,

porque no están hechas

para quedarse.

Son el puente.

Y todo puente

existe

para ser cruzado.

Ese día vendrá.

Lo saben ellas.

Lo sabe el cuerpo.

Con tranquilidad espero

el día de la despedida.

***

John Montilla (20-XII-2025)    Divagaciones

Imagen: IA generated

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LA RODADA DEL TERROR

“Tú no haces nada. Te dejas llevar. Te contentas con esperar.

Ya no esperas nada. Ya no esperas siquiera que algo cambie.

Todo es igual. Los días se suceden, idénticos, inmóviles.”

— Georges Perec

Estás acostado en una camilla, en el centro de ese frío cuarto de cirugías, semidesnudo, únicamente cubierto con una incipiente bata que parece de papel.

A pesar del dolor que sientes en la pierna estropeada, te piden que te sientes y escuchas una voz que te ordena:

—Agache la cabeza hacia adelante.

Sientes que te frotan un gel helado en la espalda.

Te estremeces, pero no de frío; tiemblas, piensas que son solo nervios.

Nunca antes habías estado en una situación semejante.

Te sientes solo en el mundo.

Te dicen que te van a aplicar anestesia en la médula espinal.

Pides unos segundos para hacer ejercicios de respiración y relajarte.

Un sutil pinchazo en la espalda te deja inerme en el mundo.

Hay varias voces a tu alrededor; sientes una mano que te adhiere al cuerpo algunos electrodos.

Tu pierna siente leves corrientazos y, momentos después, comienzas a flotar en el espacio.

Te imaginas que así deben de sentirse los astronautas.

Antes de que la anestesia te robe del todo la conciencia, un pensamiento te arrastra al día anterior: entras acostado en una camilla a la clínica, ya de noche. Te ves en un pasillo lleno de pacientes en sus camas, y en las paredes y techos, un sinnúmero de espantajos. Las paredes están tapizadas con telarañas y arañas artificiales, docenas de murciélagos, monstruos ahorcados, brujas volando en escobas, burlonas calaveras junto a irónicos mensajes.

Por algunos minutos recorres ese tramo, y entonces concluyes que ese sí es una “verdadera rodada del horror”, que termina cuando ingresas en un frío y metálico ascensor, lo cual te parece como si estuvieras entrando por las puertas del mismísimo infierno.

Y ahora ese viaje te tiene ahí: inerte, indefenso.

Tu vida depende de quienes intervienen en tu cuerpo.

Otra vez no puedes evitar estremecerte; tratas de controlarlo pensando en cosas positivas, pero las voces que hablan de asuntos absolutamente fuera de lugar te confunden.

Escuchas hablar de redes sociales, de llevar el carro al mecánico, de los sitios donde venden las mejores hamburguesas… al tiempo que también se dicen:

—Pásame tal instrumento.

—Revísale el pulso al paciente.

El tiempo pasa. Tu cuello comienza a doler; tus brazos, abiertos en cruz, se sienten ya rígidos.

Estiras los dedos para paliar la fatiga.

Intentas pensar en cosas bonitas o lógicas —contar, recordar palabras en inglés—, pero tu mente mezcla ovejas con unicornios, y ese río de aguas claras en el que sueñas bañarte se queda en gigantescas piedras.

Un par de muletas bailan frente a la luna, como si celebraran tu caída.

Apareces en un cuarto que está al revés y ves todas las cosas en el techo.

Piensas que te estás volviendo loco y, para retomar la cordura, comienzas a respirar con pausas controladas.

Entonces vagamente recuerdas a ese repentino perro que se te cruzó en el camino mientras conducías tu motocicleta rumbo al trabajo, y te hizo caer con un impulso tan grande que te fue a dejar tirado en un mundo de sueños y pesadillas.

***

John Montilla (9-11-2025)

Divagaciones y Relatos de mis memorias

Imagen: IA

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LA VENTANA MÁGICA

 Por: John Montilla

Hace muchos años, a la salida de la escuela, vi en una esquina a un montón de chiquillos apretujados y extasiados frente a la ventana lateral de una casa. La curiosidad me llevó hasta allí y, a empujones, me abrí paso para tratar de enterarme de lo que pasaba.

Y entonces, por primera vez en la vida, la cosa más sorprendente y mágica apareció ante mis ojos. Había una especie de caja brillante, sostenida por unas patas de madera, y dentro de ella las imágenes cobraban vida. Me quedé sorprendido, callado, al igual que el resto de muchachos que, a codazos silenciosos, trataban de acomodarse lo mejor posible para tener la mejor vista, sin romper el hechizo que nos tenía cautivados. Ese día descubrí la televisión.

Mi mente de niño no alcanzaba en ese instante a digerir algo de lo que nunca me habían contado. Se me quedó grabada para siempre esa primera escena de una película de vaqueros: una diligencia con sus caballos al galope, desbocados, iba sin control entre unos riscos y, de repente, un personaje enmascarado, trepado en un árbol, saltó sobre ella justo cuando pasó por debajo. Como pudo cayó sobre el techo del carruaje, con gran riesgo se acomodó en el pescante, agarró las riendas de las bestias descontroladas y finalmente salvó a los pasajeros. Un héroe. Desde entonces amé al Llanero Solitario.

Por supuesto, en los días siguientes uno esperaba con ansias la salida de la escuela para ir a colgarse de la ventana mágica. La puja por conseguir un lugar entre tanta competencia era feroz. Aún hoy siento gratitud por los dueños, que nunca cerraron la ventana y nos permitían observar desde allí. Me pregunto cuántos de ustedes tuvieron que colgarse de una ventana para poder ver televisión.

Algunos tuvimos luego que pagar, comprar algo o hacer algún favor para que en otras casas nos dejaran ver televisión; y, por supuesto, quizás algunos recuerden con pesar que les cerraban las ventanas en las narices. De una publicación reciente, acompañada por una imagen muy similar a lo que acabo de describir, tomé estos fragmentos:

– “En la casa de don Jesús León veíamos tele por debajo de la puerta hace más de 50 años.”

– “Se pagaba veinte centavos o se compraba un helado por ver televisión.”

– “Nosotros no pagábamos nada, pero cuando ya no querían que viéramos más, nos apagaban el televisor.”

– “Me tocaba lavar las cocheras del vecino apenas tenía 7 años.”

– “Me tocaba pagar 10 centavos y si me salía, me tocaba volver a pagar.”

Hace unos pocos años, un primero de enero, un buen amigo fue a buscarme a la casa para invitarme a tomar una cerveza. Fuimos a parar a la tienda que queda frente a la escuela donde estudié mi primaria. Entonces recordé esta historia, le pedí que me esperara un momento y fui a tomar la foto de la ventana mágica donde descubrí por primera vez la televisión. Me pareció que en ese espacio el tiempo se había detenido para siempre.

***

Tomada de Facebook


John Montilla (17-XII-2025)

Relatos de mis memorias

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EL RASTRO AZUL

 Por: John Montilla

Minutos antes el pintor había entrado bromeando a la oficina que a esa hora de la tarde se veía solitaria, y haciendo un gesto de pistola con su mano derecha encañonó a la secretaria al tiempo que le decía:

—Esto es un atraco, no se mueva y deme todo el dinero que tenga.

Ella le había respondido con una sonrisa y una frase de reproche:

—No diga eso, porque a veces esas cosas pasan.

—Pues sí —dijo él, como de forma premonitoria—, es que veo esto como muy tranquilo y solo.

Luego volvió a seguir pintando el segundo piso de la oficina.

Al rato, desde el balcón en que se encontraba, escuchó cierto estrépito en la parte baja y el grito de la secretaria. La palabra “¡ladrón!, ¡ladrón!” le llegó muy clara, y justo cuando se asomó, alcanzó a ver a un tipo que parecía guardarse algo y que llevaba un arma en la mano. No necesitó hacer muchas conjeturas para imaginarse lo que acababa de suceder. Entonces, sin pensarlo dos veces, agarró el cubo de pintura y le arrojó su contenido al delincuente.

El impacto fue perfecto. Un chorro grueso, denso, de un azul intenso como cielo licuado cayó sobre el ladrón, empapándolo de pies a cabeza. La pintura le cubrió la ropa, el cabello, las manos, los zapatos y el rostro, porque en el último instante había alcanzado a divisar el peligro y levantado su arma; pero, aturdido por el inesperado ataque y en el afán de quitarse la ceguera, el revólver cayó al piso como un azulejo muerto en un charco azul. Al tiempo, grandes y pesadas gotas de pintura comenzaron a chorrear de todo su cuerpo.

El hombre, desesperado, siguió huyendo. La calle desierta se lo facilitaba, pero ahora cada paso que daba dejaba un rastro: huellas nítidas, perfectamente marcadas en el pavimento. Un rastro imposible de ignorar. Un irregular camino azul se fue marcando en su recorrido. Corriendo y limpiándose el rostro a manotazos llegó hasta la esquina próxima, y pasos más allá se metió por un callejón. Luego saltó al solar de un hotel barato y pasó por entre la ropa recién tendida que se secaba al sol. Agarró una sábana blanca para limpiarse. Un irregular rostro azul quedó allí estampado. La pintura, que seguía chorreando en gotas gruesas, manchó camisas, sábanas, una toalla infantil; en fin, el tendedero quedó hecho un desastre. La dueña, con un palo de escoba en la mano, solo atinó a agarrarse la cabeza antes de ponerse a gritar histéricamente:

—¡Agárrenlo, agárrenlo!

Pero el fugitivo ya había saltado la tapia para seguir en su huida. Ya la alarma estaba declarada.

El ladrón intentó limpiarse las manos en una pared, con lo cual consiguió dejar la marca perfecta de su mano abierta, como cuando los niños juegan con cosméticos en el carnaval. Luego se quitó la camisa y la tiró; aquello solo empeoró su aspecto: ahora chorreaba pintura desde la piel misma, como si el pigmento hubiera decidido adoptarlo. El rastro ya era una especie de guía turística: un itinerario azul mostrando cada paso del fugitivo.

Algunos chiquillos comenzaron a seguirlo, comentando entre risas que parecía “un hombre Pitufo” o “un extraterrestre azul”. La gente, si no lo hubiera visto correr, habría creído que un pintor borracho se paseaba por las calles lanzando pinceladas al azar.

Hasta la policía, cuando llegó, se limitó a observar el camino de manchas y deducir lo obvio:

—No necesitamos perros —dijo uno—. Este tipo se rastrea solo.

Pasos más adelante, el ladrón, ya resignado, se sentó en una banca que había debajo de un árbol. Su marca azul chorreante iba con él. Se miró los zapatos completamente anegados y pegajosos; como pudo, se desató los cordones y se los sacó. Los tiró a un lado, fastidiado ya de ver sus huellas en el camino. Luego, como pudo, se sacó los húmedos pantalones y los dejó caer al suelo. Puso el fallido botín en la banca y, en calzoncillos, se dispuso a esperar su destino. Paradójicamente, un reluciente cielo azul despedía la caída de la tarde. Fastidiado, el hombre no podía ni cerrar los ojos por temor a que se le quedaran pegados. El azul del día fue parte del castigo por su fechoría.

En cuanto al pintor, untado de azul, había optado desde el primer momento por no bajar del balcón, no fuera que lo relacionaran con el ladrón. Aun así, no podía evitar cierta alegría íntima: al fin y al cabo —pensó—, uno no todos los días tiene la oportunidad de dejar su obra firmada por la ciudad entera.

John Montilla (4-XII-2025)

Divagaciones

Imagen: IA generated

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domingo, 20 de abril de 2025

YO TAMBIÉN

Por: John Montilla

A.T

La volví a ver una tarde después de tanto tiempo,

Las ramas de unos árboles nos abrazaban.

La sombra de otros tiempos nos arropaba.

Varias hojas del calendario habían caído.

Le dije que aún la recordaba.

Que conservaba en mi mente la musicalidad de su risa, y su manera de llenar el espacio con su luz.

Que aún tenía conmigo los silencios obligados

y las preguntas que nunca hice.

Qué aún extrañaba instantes que nunca fueron,

y que, a solas, terminaba las conversaciones que quedaron a medias o que nunca iniciaron.

Que recordaba su cabellera cuando caminaba entre una multitud.

Que divagaba con la letra de la canción que nunca me cantó.

Que a veces, en sueños creaba una melodía, que al despertar olvidaba.

Que no pude escuchar los sones de su guitarra que alguna vez me prometió.

Que me encantaba recordar el aroma de un café compartido.

Que me alegraba recordar las veces que se colgaba de mi brazo y caminaba junto a mí.

Tan cerca y tan distante.

Una luna llena al alcance de una mano soñadora.

Eso y otras cosas más,

Le expresé con la sinceridad de un niño lo que nunca me atreví a decir antes.

Le mencioné que aún guardaba poemas que nunca declamé.

Que había un muro invisible entre nosotros.

Que quizás en otro tiempo,

en otro lugar,

habrían florecido tantas palabras.

Quizás le hubiera declarado entonces lo que ahora le dije:

Que siempre la quise,

Que nunca dejé de hacerlo.

Ella me miró a los ojos

y simplemente respondió:

“Yo también.”

***

John Montilla (3-II-2025)

Divagaciones.

Imagen: Leonardo AI generated.

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