viernes, 9 de octubre de 2026

PIERO Y MI PEQUEÑA HISTORIA

 Por: John Montilla

Lo más cerca que estuve alguna vez de Piero fue estar en las afueras del coliseo en el que él estaba dando un concierto.

Eran tiempos de la universidad y no había los recursos suficientes para ciertos gastos.

Eran los tiempos en que yo andaba aprendiendo para crecer.

“Aprendí a crecer por la ciudad vacía

Buscándome el pan, pan, pan de cada día

El mundo me dolía por dentro

Viajaba la noche hasta el silencio

Mientras crecía, mientras crecía” ...

De ese episodio cercano, recuerdo una charla un tanto irónica con un amigo francés que estaba de asistente en la universidad.

No recuerdo si el francés fue al concierto de Piero—el ítalo-argentino que se nacionalizó colombiano— o dónde pudo encontrarse con él.

Lo cierto es que de ese breve encuentro me dijo:

“Piero canta la canción satírica Los Americanos, pero lo vi con unos zapatos marca Nike”

Como le hallé gracia a esa paradoja, escribí luego un mini-relato.

Y ahora, con la partida de Piero, me fui a buscarlo entre mis viejos apuntes.

La fortuna estuvo conmigo porque ese texto estaba en la primera página de mi maltratado cuaderno de notas.

Y muchos años después, por primera vez, lo voy a publicar tal cual lo escribí:

***

EL CONCIERTO

¡Piero!, ¡Piero! Aclamaba el público.

El concierto llegaba a su fin.

“Ellos nacen ancianos, y van enniñeciendo,

a través de la vida, los americanos.

Y nacen convencidos, que no hay nadie en el mundo

que sea más importante, que los americanos.”

“Y bien, amigos míos, ya basta por ahora,

les dije lo que pude de los americanos.”

El artista saludó y se despidió entre ovaciones, sin notar la inquisidora mirada de un francés que contemplaba la masa de chicle que se había adherido a uno de sus zapatos “Nike”.

***

Recuerdo que mi amigo francés le vio cierta gracia al texto, y en memoria de él, lo he conservado.

La historia de mi amigo, que se llamaba a sí mismo “ciudadano del mundo”, y que por alguna razón yo relacionaba con el escritor Julio Verne, no tuvo un final feliz. 

Quizás algún día tenga la fuerza, la memoria y los datos para hacerle un homenaje.

Lo cierto es que con él compartimos jornadas memorables.

Luego, la vida a cada uno le dio su destino: yo regresé a casa, él se fue al cielo.

En la universidad, como cantaba Piero:

“Fui habitante del barrio, tuve muchos amigos”

Fueron tiempos no fáciles, pero memorables.

No pude ingresar al concierto de Piero la vez que lo tuve más cerca.

“Tengo una vida de pobre

A veces lamenta Juan

Apenas me pago el vino

Yo nunca puedo invitar”

Repito, eran otros tiempos, pero memorables.

Gracias Piero por tus canciones.

Me pregunto si mi amigo francés se fijará de nuevo en tus zapatos cuando te vuelva a encontrar.

***

La nostalgia se me escurre por las mejillas.

***

John Montilla:  jmontideas.blogspot.com (7-X-2026)

Relatos de mis memorias.

Fotomontaje: Laurent Vigoroux & Piero -Fragmentos de canciones de Piero

FOTO OCHENTERA

Por: John Montilla

Les voy a narrar lo que recuerdo del contexto de la imagen:

Hace unos años era casi que tradición en el “Colegio Pío XII” de Mocoa, que los estudiantes de grado 11 hicieran una visita de estudio a las instalaciones de Ecopetrol en Orito. Antes no era tan complicado que un profesor saliera con estudiantes a actividades como esa; hoy en día, hasta para cruzar la calle toca tener autorización firmada tanto de padres como de directivos. Y uno la verdad lo piensa hasta tres veces antes de tomar una decisión de hacerse cargo de un grupo para salir de la institución.

Pero, en los ochenta se podía hacer eso y mucho más. Otros tiempos. Así que, en el susodicho viaje, conseguimos el transporte y nos largamos a ver cómo era el cuento del petróleo. Nos fuimos a quedar en las instalaciones de un colegio de la localidad, nos prestaron colchonetas, y cada uno llevó su cobija.

Recuerdo perfectamente que al ingresar miré a dos niñas pintando un pequeño mural con la figura del gato Garfield agarrando una manzana, nada más ochentero que ese perezoso gato. Como me lo sabía casi que, de memoria, les ofrecí un poco de asesoría un momento.

Llegamos un viernes en la tarde y como la visita de estudio era el sábado; primero nos instalamos, como pudimos nos duchamos en las instalaciones del colegio y luego con las primeras sombras de la noche nos fuimos a cenar a un restaurante que alguien del grupo recomendó: “Donde la Macarrona”; así creo le decían a la propietaria que era una señora todo dicharachera, de buen humor, y de quien se decía le gustaban los “sardinos”, con ese tema armamos tremenda recocha en el local.

Luego, la gran mayoría fuimos a parar a las discotecas. Esa noche casi nadie se quedó a dormir. Nos “enrumbamos” hasta tarde en la noche. No hubo poder humano, ni palabras del profesor que valieran para detener a la turba juvenil que se iba de parranda.

Todas las advertencias fueron inútiles. Nos fuimos de parranda. A pesar de que nos dijeron que no era aconsejable y que había que tener cuidado, era una época de aguas turbias. Por fortuna todos regresamos sanos y salvos a dormir.  Bueno a tratar de “dormir” porque el desorden que se armó, en esa cama general o sala general en la que nos quedamos los varones no dio para eso.

Fue una noche de recocha brava, los zapatos y la ropa volaban de lado a lado en la oscuridad y a pesar de que nuestro pobre profesor echado en la hamaca que había llevado, intentaba apaciguar el caos, todo resultó inútil. El punto cumbre del asunto fue cuando un mano desconocida y protegida por la oscuridad apareció de repente con una navaja, y le cortó la cuerda de la hamaca al profe. Las malas lenguas decían que fue el amigo Vitery, pero otros le achacaban el delito a otros.  Nunca se supo. Algunos al ver que no se podía dormir salieron a conseguir más guaro para seguir la “tomata” en los patios del colegio.

Pero como nada es eterno al final la larga noche llegó a su fin, y fue después de alistarnos para asistir a las charlas planeadas, cuando al salir encontramos un difunto tirado en la calle frente al colegio.  En el desorden y bulla que estuvimos no habíamos escuchado los disparos.

Así que en pensativos y silenciosos nos fuimos a la visita institucional a las instalaciones de Ecopetrol, después de una noche de trasnocho fue una jornada ardua, más de uno se durmió durante las exposiciones y el sol del día, nos hizo sudar el recorrido. Pero fue una muy buena experiencia. Lo mejor de todo fue el refrigerio y la tarde de baño en el río.

Al regreso, con el informe del profesor, tres compañeros fueron suspendidos, creo que esa fue la última vez que el “Pío XII” hizo ese viaje a Orito.

***

La enseñanza de esa salida: Mucho petróleo, mucha contaminación y pocos beneficios para ese pueblo. Ahora debe ser como Dubái.

***

John Montilla (10-IX-2026)

Relatos de mis memorias: jmontideas.blogspot.com

Imagen: Créditos al autor

LA VIDA ES BELLA

 Por: John Montilla

Desde mi casa paterna estoy escuchando al vecino de enfrente que, junto con su grupo musical, están ensayando temas de música campesina. Debo confesar que siempre me ha gustado escucharlos, a pesar de que a ratos pareciera que desbarataran un tanto la armonía del silencio de la cuadra, pero tiene su encanto porque ellos le dan un preludio al diciembre que se acerca. Yo me digo: “Desde que don Segundo enciende, se siente que viene diciembre”. El vecino llegó a vivir al barrio hace ya varios años y llegó para quedarse. Lo triste de su llegada fue que nos dejó sin la pequeña cancha de arena donde de niños jugábamos torneos de banquitas y voleibol. Perdimos ese solar, pero ganamos un buen vecino.

Y mientras los escucho, cae otro de esos repentinos aguaceros del pueblo, después de un día soleado. Entonces se me ocurre hacer un barquito de papel para ponerlo a navegar un momento por el pequeño arroyo que discurre por la calle. Lo hago, lo suelto en la corriente, que lo lleva rápido por debajo de un automóvil estacionado, y luego lo veo aparecer pronto calle abajo por el pequeño torrente que ahora parece impetuoso. Metros abajo choca contra unas piedras que no deberían estar ahí, y un poco más allá encalla en una grieta del pavimento y hasta allí llega su efímera aventura de papel. La lluvia sigue cayendo y refresca el ambiente, la tarde agarra otro aroma. Esa bendita lluvia le da nueva vida a la calle y me parece que las cosas adquieren un tono festivo acompañado por la música del vecino y su grupo.

De repente todo me parece más bonito. Veo a la vecina más abajo que ha pausado un momento su pasatiempo de llenar sopas de letras para ponerse a conversar con otra vecina que ha llegado hasta su casa para guarecerse de la lluvia. El gato de otra vecina duerme perezosamente en una ventana, ajeno al agua que cae. El anciano que arrienda en la casona cercana hoy sábado no ha ido a recoger reciclaje, sino que se ha quedado tejiendo. Veo unos ovillos de lana blanca y roja que descansan en el piso, mientras él, caladas sus lentes y sentado en su silla, hábilmente sigue en su proceso de tejer bolsos.

Al poco rato, la lluvia, así como llegó, se fue, el gris del cielo desaparece y vuelve la claridad. Un momento después, un vendedor de jugo de borojó llega hasta donde los músicos con su carrito que tiene un colorido letrero llamado “El Borojazo”. Me acabo de enterar de que es inquilino del vecino. El sol vuelve a asomarse, las plantas y los bosques ya han saciado su sed. En esas llega mi hija y me saca de mi ensueño y me pide que le dé dinero para comprarse unas papas fritas, le paso un billete y la veo correr calle abajo, con la camiseta de la selección Colombia, que me gusta únicamente porque les hace un homenaje a las mariposas amarillas de García Márquez. Mi hija regresa pronto, pero con una bolsita de coloridas gomitas dulces. La tarde se ha vuelto multicolor. Como ya no cae la lluvia, veo a una madre sacar a pasear a su bebé en su cochecito rosado.

Mi vecino y su grupo continúan ensayando sus temas para las fiestas de fin de año:

“Sobre el juncal florido del riachuelo

viene volando un pájaro amarillo.”

Pienso que la vida se pone bella en las cosas cotidianas.

***

John Montilla (26-IX-2026)

Relatos en mi camino

jmontideas.blogspotm.com

NOSTALGIA MUNDIALISTA

Por: John Montilla

Entre mis tesoros del ayer, conservo este cuadro pintado con vinilos sobre lienzo. En su momento olvidé firmarlo. Creo que no lo hice porque si lo observo con detenimiento, tal vez encuentre algo que de alguna manera determine que está inconcluso. Por eso no tiene la fecha exacta de creación, pero la figura central que tiene el año escrito, me da una idea de cuando estuve trabajando en una de tantas de mis ideas creativas.

Es un collage de mascotas de los mundiales de fútbol. Tal vez la idea nació después del famoso cinco a cero que Colombia le propinó a Argentina, o quizás un par de años antes, cuando ya se había hecho pública la mascota del mundial del año 94. Estoy firmemente convencido que antes esas mascotas eran más bonitas y más populares. Mi favorita de siempre es “Piqué” de Mexico 86. Recuerdo haberlo dibujado varias veces y aún guardo algunas láminas del álbum de ese año.

Le doy un capítulo especial a “Ciao” de Italia 90. Recuerdo que lo elaboré en madera y una bola de icopor, y lo puse al pie del televisor familiar con un balón de piedra que había pintado. Cierta vez, en el río encontré una piedra perfectamente redonda - del tamaño de una pelota de microfútbol- y la pinté  en forma de balón. Creo que mis padres la botaron el día que un vecino le dio una patada descalzo. En cuanto a “Ciao”, mi madre dijo que terminó en el fogón de leña para hacer el almuerzo. Por fortuna, no estuve allí para verlo.

En todo caso, mi obra pictórica, dejada en mi casa paterna, sobrevivió a mi ausencia de los años de la universidad, y también a los años en que estuve laborando fuera de Mocoa. Ahora la tengo de nuevo en mi poder y he decidido publicar esta imagen que me trae gratos recuerdos de los tiempos en que también exploré las sendas del dibujo y la pintura.

Ojalá, en el futuro, los diseñadores de esas simpáticas mascotas vuelvan a crear imágenes que logren quedarse en la memoria de la gente y que otros niños y jóvenes tomen pinceles, lienzos y colores para plasmar instantes que permanezcan grabados para siempre.

***

John Montilla: (19-VII-2026)

Relatos de mis memorias

Imagen:  jmontideas.blogspot.com

 

sábado, 9 de mayo de 2026

CARNAVAL DESDE LA VENTANA

Por: John Montilla

El radiante sol de la tarde rebota en el pavimento de la calle.

Un grupo de personas, todas vestidas de negro, pasan frente a mi ventana.

Todos llevan sus rostros y brazos untados de cosmético negro.

Es día de carnaval. Enero cinco, “Día de los Negros”, se decía antes.

Luego pasa otro grupo: jóvenes. Ellos van ataviados con gorras, ponchos y pañoletas, y van pintados con cosmético multicolor.

Ahora se dice: el carnaval del cinco de enero.

Sigo observando la calle desde la ventana.

Desde aquí puedo ver a uno de los inquilinos de la casa grande de enfrente.

El dueño, por desgracia, hace unos años sufrió un accidente y quedó postrado en silla de ruedas.

La renta de la casa le sirve como medio de vida.

Mientras pienso en él, contemplo mis muletas; la vida nos puede cambiar en un instante.

Recuerdo al vecino como un hombre fuerte que trabajaba en trasteos.

Y ahora carga con el peso de su discapacidad.

Vuelvo a contemplar al inquilino: un anciano que se la rebusca como puede:

Recogiendo cartón, latas, plástico y cosas así; pero hoy he descubierto algo más: el señor está tejiendo.

Veo unos ovillos de lana blanca y roja que descansan en el piso, mientras él, caladas sus lentes y sentado en su silla, hábilmente sigue en su proceso de tejer.

Alguien me comenta que él elabora bolsos de lana.

Lo he visto temprano en las mañanas empujando un carrito de ruedas, en el que lleva su mercancía y en el que recoge el material para vender.

Pero hoy, que estoy sentado junto a la ventana, he reparado más en su presencia.

A veces somos invisibles ante los demás.

Me gustaría encontrar la forma de hacerlo más visible para que lo apoyen comprándole su arte.

Donde él está sentado, en otros tiempos había un espacio verde.

Por allí solían volar incontables mariposas blancas y amarillas.

Hoy lamento haberlas perseguido y cazado cuando niño.

En ese prado también solía haber diversas flores y hierbas de formas bonitas.

Los seis de enero, como nuestros padres no nos llevaban al parque a jugar el carnaval, en casa, desde temprano, íbamos a recoger hierbas, flores y ramitas para hacer nuestro propio desfile.

Teníamos varios muñecos de caucho de diversas y bonitas figuras.

Recuerdo un Pinocho de varios colores y un hermoso gato blanco con una corbata azul.

Poníamos los muñecos en nuestros carritos de juguete y los adornábamos con los elementos que habíamos previamente recogido; luego, jalando con una cuerda los carritos, dábamos vueltas por la casa.

Esas eran nuestras carrozas del seis de enero.

Fue un ritual que repetimos varios años, mientras fuimos creciendo.

Después, cuando tuvimos edad de salir, comprendimos a nuestros padres.

En ese carnaval de antaño casi no había espacio para un niño:

había mucha gente y talco hasta la asfixia en el ambiente, y algunos que, adrede, no jugaban, sino que agredían a los demás.

Más que un juego, parecía una guerra en la que los pequeños eran víctimas fáciles.

Nos protegieron dejándonos en casa.

De niño imaginaba el carnaval; años después, esa imaginación me ha servido para participar en él varias veces.

Es temprano en la mañana y veo pasar a una señora con una caja de cartón en la mano, y dos niños y una niña ataviados para lidiar con el día.

Busos de manga larga, gafas y gorras; la niña lleva una bella trenza.

Deduzco que ellos no madrugaron a jugar, sino a trabajar, por un par de frases en voz alta que la mamá les dice a los niños.

Los recuerdos del carnaval desfilan frente a mi ventana.

***

John Montilla (6-I-2026)  Relatos de mis memorias

Imagen: AI generated   //    jmontideas.blogspot.com

ACCIDENTE: Como cada vez que saludo a alguien me toca repetir la historia; decidí usar el absurdo para crear un poema inverosímil y un tanto cómico y así poder contar el suceso de una manera menos aburrida. (J.M)

ACCIDENTE

Trepado en una bicicleta

atropellé un armadillo,

salí volando de jeta

y me lastimé un tobillo.

 

Montando un monopatín

doblando una esquina

choqué con un puercoespín

y me clavé una espina.

 

Al bajar de un autobús

mordiendo una rosquilla

tropecé con un avestruz

y me raspé la rodilla.

 

Manejando un camión

yendo por una ladera

me chocó un ratón

y me dañó la cadera.

 

En patines por la acera

persiguiendo una ardilla

me enredó una manguera

y me torcí la pantorrilla.

 

En un carro sin luces,

guiado por una luciérnaga

arrollé unos avestruces

y me fracturé una pierna.

 

Arando con un tractor

en la finca de mis abuelos

choqué con un velociraptor

y terminé por los suelos.

 

Saltando desde un portón

correteando una gallina

caí sobre un gran dragón

y me quemó la bilirrubina.

 

Remando en un bote,

llegando a la orilla,

rocé un pez espada

y me corté la barbilla.

 

Caminando al trabajo,

resbalé sobre un gran queso,

pisé la cola a un gato

y acabé con la pierna en yeso.

 

Con la alfombra de Aladino

pasando sobre una villa,

topé la copa de un pino

y me lesioné la espinilla.

 

Volando en un avión

Colisioné con una mariposa

Me estropeé un talón.

¡Qué situación desastrosa!

 

Viajando en un globo

por no querer caminar

quise bajar a lo bobo

y me lastimé “las de andar”.

 

Montando en motocicleta,

doblando por la glorieta,

al ver de un perro la silueta

¡Me astillé la tibia completa!

 

Después de “meter las patas”

me propuse dos metas:

volver a las caminatas

y decir: ¡adiós, muletas!

*** 

John Montilla (26-III-2026)   // Divagaciones

jmontideas.blogspot.com    // divagacionesjm.blogspot.com 

***

UN PASO

Andaba con dos,

Pero una voz susurró:

“Toma otro camino.”

así que he decidido por fin

dar el paso

y dejar a una.

 

Ellas,

calladas,

impasibles,

testigos de mi tropiezo.

Resignadas al nuevo destino,

bajaban la escalera al sótano del adiós.

 

Pongo mis pies sobre la tierra

para avanzar,

no se puede vivir

aferrado para siempre

a lo que alguna vez nos sostuvo.

 

Hoy saldré un poco más solo,

con menos miedo que nostalgia.

Hoy,

suelto…

una muleta.

*** 

John Montilla (1-V-2026)   Divagaciones

jmontideas.blogspot.com  // Imagen: AI generated

TERNURA EN EL DESASTRE

(Crónicas de la tragedia de  Mocoa, 2017)

Por: John Montilla

Un día después del desastre

Vi a la señora parada en una esquina abrazando un tierno oso de peluche.

Me sorprendió la imagen.

Fue como divisar una radiante flor entre el fango.

Alrededor todo era caos, destrucción, llanto, desconsuelo.

Casi todo el mundo iba untado de barro,

pero ella permanecía silenciosa, impávida en la esquina.

Observaba.

La calle del mercado era un testigo de lo ocurrido la noche anterior.

Horas antes se había convertido en el cauce por donde discurrió la desgracia.

Un torrente espeso e incontrolable había pasado por encima de todo,

arrastrando casas, vidas, recuerdos.

En la calle, el eco de los gritos de la pesadilla de la noche seguía vivo.

Por allí había salido corriendo descalzo un vendedor ambulante de zapatos.

Por allí había navegado un náufrago agarrado de una nevera.

Por allí, según los rumores bajó entre el lodo una caja fuerte repleta de dinero.

Por allí miré a un tímido vecino sin camisa, dando una entrevista a un noticiero internacional, mientras apuntaba con la mano el lugar donde antes hubo un gran taller de maderas y en el que trabajó tantos años.

De eso no quedó nada, tan sólo las bases donde alguna vez estuvieron ancladas las máquinas cortadoras.

Calle abajo mientras unos buscaban entre los escombros, otros se lamentaban.

Por allí divisé gente que agarraba y desechaba cuanta cosa había desperdigada: bolsos, maletas, ropa. Objetos de muchas casas arrastrados por el agua. 

Por allí miré a alguien agarrar una billetera, sacar unos cuantos pesos y luego tirarla entre el barro. Recuerdo haberla recogido y ver que contenía unos documentos estropeados. La abrí y la puse a secar en la parte alta de unas paredes que habían soportado la furia de las aguas.

En ese instante no fui capaz de concluir que el dueño debía estar desaparecido.

Lo terrible del desastre nos desconcertó a todos.

Esa vía llena de lodo y escombros fue testigo mudo de la lluviosa noche que arrasó nuestro pueblo.

Y en un amanecer triste, a lo largo de esa calle, en una esquina, estaba esa señora abrazada a un tierno oso de peluche sin ninguna mancha de barro.

Intacto, limpio, ajeno a la desgracia.

Era una escena casi imposible para ese día:

la ternura en medio del desastre,

como si el tiempo se hubiera detenido solo para ella,

mientras el resto del mundo se deshacía en urgencias.

Cuando la señora decidió cruzar la calle, sus zapatos también se untaron de lodo, pero el oso de peluche se mantuvo impecable.

Me imaginé la tierna escena de un niño feliz recibiendo un regalo en medio de una catástrofe.

La avalancha no lo arrasó todo.

John Montilla (31-III-2026)   Crónicas de Mocoa

Imagen: J.M

jmontideas.blogspot.com

sábado, 14 de marzo de 2026

HE CAMINADO, HE CAMINADO TANTO

 Por: John Montilla

He caminado, he caminado tanto.

Maniobrando mis muletas a un costado,

sentado en mi silla

o recostado en mi cama.

He caminado, he viajado tanto

pisando con mis manos páginas de varios libros.

He entrado a una vieja tienda de libros

y me he llevado el más antiguo y valioso.

Me he escondido en un viejo desván de la escuela para leerlo en solitario.

Una historia interminable.

Me he metido en un ropero hecho con la madera de un antiguo árbol de manzano y he aparecido en mundos mágicos,

donde hay nieves, brujas, faunos, centauros y leones dorados.

He navegado por ríos de chocolate en barcos hechos de galletas.

He posado mis pies en hierba de azúcar verde y comido rosas de caramelo.

He caminado por un camino de flores que lleva a la humilde morada de la bella profesora Miel.

He entrado con seres pequeños en un Bosque Negro.

Un lugar donde se perdía la esperanza

y el miedo se deslizaba entre los árboles.

He visto a “Baya de Oro”, la más bella del bosque,

adornada con flores y hojas doradas.

He tenido la fortuna de llegar a Rivendel, paraíso de la Tierra Media,

lugar donde los árboles emanan aromas perfumados

y donde la primavera parece detenerse más tiempo.

Y allí mis ojos han tenido la dicha de contemplar a Arwen.

Arwen, la más hermosa y sabia, verdadera majestad,

la que pocos mortales han podido ver.

Pero yo la he podido ver varias veces tan solo con regresar las páginas.

Arwen: la Estrella del Atardecer.

Vestida con guirnaldas de hojas cinceladas en plata.

Arwen, en cuyo rostro hay luz de estrellas.

He estado en la tierra de ensueño de Lothlórien,

donde los árboles son altos y rectos y de corteza plateada.

Donde parecía que el tiempo no pasaba,

como si el sol viviera allí.

He caminado por el más hermoso de los refugios,

donde el aire era limpio y fragante

y del cual lloran los personajes al despedirse.

Aragorn dijo: “Mi corazón vivirá aquí para siempre”.

Pero el escritor decidió que a ese paraíso

“él nunca volvería en su vida”.

Yo no corro la página;

me regreso y vuelvo a recorrer sus senderos.

El escritor también, con su pluma, dejó otra sentencia:

“Frodo no vería nunca más aquel hermoso país”.

Pero yo me regreso cuantas veces quiera.

Con un suave movimiento de mis manos,

entro y salgo del paraíso.

He caminado, he caminado tanto.

***

John Montilla (23-I-2026) Relatos de mis memorias

Imagen: AI generated. //   jmontideas.blogspot.com


NOVENTA Y CINCO

Por: John Montilla


Padre.

Atado aún a unas muletas, me conformo con los recuerdos.

La fecha del calendario familiar dice que hoy cumplirías 95 años de existencia.

Hace ya casi tres años partiste en el viaje a la eternidad.

Hoy fue la familia a honrar tu memoria

No pude asistir, pero los acompañé en mis pensamientos.

Y también con los recuerdos.

Recuerdo que de niño tenía que pasar junto al cementerio.

Y por supuesto tenía miedo, mucho miedo.

Pero el sentido del deber era más fuerte.

Tenía que llevar tu cena en esas portacomidas de antaño.

A veces ya iba cerrando la noche cuando tenía que hacer ese mandado.

Un tiempo fuiste asignado al antiguo taller municipal que quedaba junto al cementerio.

Ese sitio sabía estar lleno de maquinaria amarilla, volquetas, hierros, llantas, grasa, aceite, herramientas y todo tipo de cacharros donde uno no se animaba a jugar.

El tramo difícil para el recorrido de un niño era desde el puente del Río Mulato hasta el taller.

A mano derecha en la parte alta de la peña queda el cementerio.

El recorrido era quizás de unos trescientos metros o más, pero lleno de curvas.

A mano izquierda quedaba un vacío en el cual muchos accidentes ocurrieron en otros tiempos: culpa de la antigua vía estrecha y sinuosa.

Cuando yo pasaba con la comida recorría ese trecho a paso rápido, sin correr para evitar que se me fuera a caer la comida.

A veces cuando llegaba donde mi padre y no era tan tarde esperaba que él terminara de comer para regresar con las portacomidas.

Pero cuando él miraba que ya estaba un tanto oscuro me mandaba a casa de regreso y me decía que él las llevaría a casa.

En ocasiones me obsequiaba una moneda por llevarle su comida.

El problema era el reto de regreso.

El temor a lo desconocido y a las historias que se escuchaban de ese sitio era muy grande.

En esos tiempos no teníamos energía eléctrica aún en nuestro pueblo.

La oscuridad se adueñaba pronto del entorno.

Me despedía de mi padre y apenas salía al borde de la carretera pegaba una carrera que me duraba hasta llegar de nuevo al puente.

En alguna vieja grabadora casi siempre sonaban los acordes de una nostálgica canción en el bar que queda a la entrada del cementerio.

“La Última Lágrima”, se llama.

Ahora comprendo más el porqué de ese nombre.

En tu aniversario padre.

Otro recuerdo.

***

John Montilla (22-II-2026)

Relatos de mis memorias

Imagen: AI generated

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