miércoles, 6 de julio de 2022

LA TRAMPA

 Por. John Montilla

Alguien había construido la trampa de una manera muy particular: Una plataforma hecha de tablas, la cual se apoyaba en los extremos sobre unos pilotes de madera, quizás de medio metro de alto y debajo de ella había una jaula metálica de forma circular. Un pollo de tamaño mediano o un pájaro grande podrían entrar y salir perfectamente de la jaula, pero una gallina ya no podría hacer lo mismo.

En el centro de la plataforma habían dejado un hueco circular por el que cabían un armadillo, un gato salvaje, y hasta un conejo grande; un venado al pisar en falso, lo más que podría pasarle es que se lastime una pata, pero no caería por ese agujero. Para atraer la atención de las víctimas, había sembrado en la plataforma diversas plantas de apetitosas hierbas y verduras, se podían ver hojas de lechuga, cebollas, repollos, coles y otras especies que simulaban una bella huerta en medio del bosque. El punto perverso de todo ello, era el oscuro agujero que escasamente ocultaban el verde de algunas hierbas.

En esa inverosímil trampa, habían caído un par de conejos grandes. Las dos desafortunadas criaturas, macho y hembra, respectivamente; en un primer instante, habían intentado por todos los medios huir de su celda, golpeándose contra los hierros, intentando morderlos, o dando inútiles saltos para intentar alcanzar el agujero, pero no hubo escapatoria. Al final resignados, encontraron que su cárcel tenía ciertas “comodidades”, había algo de comida en granos desperdigada por el piso, dos pequeños cajones de madera, uno abierto, que usaron como madriguera y otro cerrado, pero que los atrajo mucho porque su instinto les decía que guardaba comida, y también había un recipiente plano metálico que estaba conectado a un pequeño canal y que ocasionalmente recogía agua de lluvia. Quien fabricó esta trampa, lo hizo pensando en que el animal que caiga allí, pudiera sobrevivir por varios días. Aparte de eso, la maleza y hierbas que se colaban por entre los barrotes también brindada un poco más de sustento. Así pues, los dos conejos, se vieron forzados a adaptarse a esta nueva vida en cautiverio.

Y como la naturaleza no se detiene, a las pocas semanas, ya no eran dos conejos en cautiverio sino una docena. El problema del número era la alimentación; en un principio sobrevivieron con lo que tenían a mano, y luego de tanto mordisquear en el extremo del cajón cerrado, terminaron por hacer una pequeña abertura por la que ocasionalmente les caía algo del grano ahí almacenado. Pero eso no les iba a durar para siempre.  


Con la leche de la madre pronto las crías pudieron valerse por sí mismas, y ellos se encargaron luego de acabar con las hierbas que entraban a la jaula, y pronto descubrieron que podías salir un poco más allá y volver junto a sus padres. La vida seguía y los gazapos crecían. Las aventuras exploratorias los llevaron luego a llegar a la parte de arriba de la trampa, es decir a la plataforma y allí descubrieron las delicias prácticamente servidas para ellos.  En el júbilo y derroche de comida, eventualmente dejaban caer algo por el agujero, lo cual era recibido por sus padres que lo esperaban ansiosos. Algunos incluso aprendieron a usar el hueco para de un salto volver a la madriguera, y el día que un gavilán los asustó, ese fue el camino corto que tomaron todos para escapar del cazador, y en lo sucesivo optaron por salir por entre los barrotes de la jaula y entrar arrojándose por el agujero.

 Pero con el paso del tiempo notaron que cada vez les era más difícil poder salir de la jaula; con gran dificultad y con alguno que otro empujón lograban pasar al exterior. Las crías iban creciendo día tras día, y entonces mamá y papá conejo tuvieron que tomar una decisión trascendental para el futuro de su familia:

Los reunieron a todos y con toda la seriedad y solemnidad del caso, les pidieron a sus hijos que esa sería la última vez que estarían juntos, que tendrían que salir antes de que fuera demasiado tarde y nunca más volver a entrar a la jaula. Aunque las crías comprendieron las razones de sus padres, no pudieron evitar las lágrimas y el dolor de esa decisión. O se alejaban de ellos o perderían para siempre su libertad.

Pero como más que una petición fue una orden de sus progenitores, uno a uno y ya literalmente con tremendo aprieto fueron saliendo. La tristeza por dejar a sus padres era inmensa, por su parte mamá y papá conejo eran un mar de emociones opuestas, por un lado, la alegría de la libertad de los suyos y por otro el vacío de su partida. Por un tiempo ellos iban a visitarlos y a llevarles comida, pero al final los padres terminaron el resto de sus vidas solos y en perpetuo encierro.

El autor de la trampa nunca apareció a revisar que presas habían caído por el agujero.

***

Texto: John Montilla (5-VII-2022)

Fotomontaje con imágenes tomadas de Pixabay

Relatos de sueños.

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domingo, 15 de mayo de 2022

LA GRAN LECCIÓN

 Por. John Montilla



 Cuando era estudiante, me encontré una mañana en los pasillos de la universidad con mi maestro de literatura Luis Ernesto Lasso, nos saludamos, charlamos un momento y luego antes de despedirse me pasó un libro y me dijo estas palabras que nunca olvido y que siempre que tengo la ocasión le repito a mis estudiantes. Mi maestro hizo una pausa y mirándome directo a los ojos con esa expresiva mirada que lo caracterizaba me obsequió una de las mejores lecciones de mi vida:

“Te regalo este libro para que aprendas como NO se debe escribir un libro.”

 Era un texto de cuentos muy mal logrados, malos todos; por supuesto no habían sido escritos por él, sino por alguien más que se las daba de gran escritor. A pesar de que no disfruté esa lectura, lo leí porque sabía que mi maestro me preguntaría por ello.  Y por alguna razón, decidí conservar ese libro.

Años después, cierta vez que me estaba trasteando de casa, y estaba quemando papeles, encontré de nuevo ese texto y decidí también arrojarlo a la hoguera, pero en el último instante me arrepentí, y lo rescaté de entre las llamas, alcanzó a quemarse un poco, lo limpié y le di otra oportunidad en mi biblioteca. Aún lo guardo.  Pues sea como sea, era un detalle que me había hecho mi maestro, y lo tengo como referente diario, pues cada vez que escribo algo, procuro que mis narraciones sean mucho mejor que las hay allí escritas; siempre paso por encima de los cuentos de ese libro.

Esa fue la gran lección. Gracias por siempre maestro Luis Ernesto Lasso.


John Montilla.  Texto (15-V-2022)

Imágenes tomadas de internet.

Relatos en mi camino

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viernes, 1 de abril de 2022

UN CAMELLO EN EL DILUVIO

 Por. John Montilla

Por. John Montilla

Mi vecina, la peluquera tenía entre las cosas que decoraban su pequeño salón una llamativa artesanía: un hermoso camello tallado a mano sobre un angosto y redondo madero; quizás de unos ochenta centímetros de largo. Desde la primera vez que lo vi me llamó la atención y las veces que pasaba por los servicios de sus hábiles manos, no perdía la ocasión para hacer los mismos halagadores comentarios de la figura. Creo que me dijo que lo había obtenido por un buen precio de un artesano que pasó por su negocio. Al hombre le cortaron el cabello y le compraron el camello. Alguna vez a manera de chanza le pedí a la peluquera que me lo regalara, por supuesto ella con un tono cordial me dijo que no.

 




Pero la noche del fatal diluvio que cayó en Mocoa y que ocasionó la tragedia, ella huyó como pudo junto a su familia, ya prácticamente con las lodosas aguas encima, no tuvieron tiempo de sacar nada de sus pertenencias; por supuesto el camello, - emblema de los desiertos- naufragó con la casa incluida.

A la madrugada después del desastre dueños y vecinos fueron testigos de cómo el lugar donde habían estado sus casas, se había convertido en una playa. Metros más abajo una señora de rodillas y con todo el dolor de su mundo deshecho daba golpes en el húmedo suelo, mientras gritaba al cielo sin consuelo: “Por qué no corrieron, Dios mío, por qué no corrieron.” Decían los vecinos que una familia entera se perdió allí; al parecer porque estaban encerrados con llave y en el caos y desespero de la noche no pudieron encontrarlas. No existieron en ese entonces palabras que pudieran servir de consuelo para la señora que castigaba con sus puños el barro. Ese barro que días después de pasado el desastre se convirtió en una suave arena seca, como esa en la que caminan de manera incansable los camellos.

Cinco años después recuerdo el dolor, el miedo, el desconsuelo, a los que se fueron, a las cosas queridas que se perdieron y hago un espacio en mi memoria para evocar también a los objetos simples que llenaban los hogares de nuestra gente, como ese adorno de madera, “símbolo de arenas eternas ”, que al igual que los cimientos de nuestro pueblo, se diluyó en la dolorosa noche del diluvio.

***

John Montilla (31-marzo-2022)

Crónicas de Mocoa.

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sábado, 22 de enero de 2022

NIDO POR CÁRCEL

Por. John Montilla

“¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?”

Oscar Wilde (El Ruiseñor y la Rosa)

                                                           ***


No fue la simple muerte del pajarito lo que me conmovió, sino lo trágico de ella. Lejos estaba de imaginar que ese canto que escuché varias mañanas encerraba un triste lamento. Les voy a narrar un pequeño drama de la naturaleza.

La pareja de pájaros había decidido instalarse en la terraza de mi casa, y a pesar de las molestias que en primera instancia vi; ya que todos los días había que recoger la basura y desechos que dejaban en el piso; decidí dejarlos que terminaran lo que habían comenzado: Estaban construyendo un nido, y habían escogido un resquicio junto a uno de los caballetes del tejado, su obra quedaba a la vista, pero segura porque quedaba lejos del alcance de las manos.

Durante varias jornadas se los vio laborando en su construcción, la prueba era los restos de lo que dejaban caer en el piso. Tiempo después de terminada la obra se podía observar que estaban incubando un huevo y a los pocos días se podía escuchar el canto de un polluelo que había nacido. Los abnegados padres que se esforzaban en el cuidado de su cría, tenían como recompensa un fuerte y bello polluelo. La fecha de abandonar el nido pronto llegaría.

Pero lejos estábamos de sospechar que el nido que sus padres habían construido con tanto esmero se había convertido en una trampa para la inocente criatura. Una mañana vi al pajarito parado al borde del tejado al pie del nido y me dije que pronto echaría su vuelo del adiós.  Ya tenía buen tamaño y se lo veía grande y robusto, pero me extrañaba que no diera ese paso definitivo, la presencia de sus progenitores era ya esporádica, quizás su instinto les decía que ya habían cumplido con su labor de padres. Ahora le tocaba al hijo salir a volar por el mundo.  

Y una mañana después de haber estado ausente de casa todo el día anterior, me percaté que el pajarito colgaba muerto junto con su nido.  Sentí mucha pena al ver la funesta escena, lamenté mi ausencia, pues quizás hubiera podido evitar el trágico desenlace. Luego me puse en la tarea de averiguar la causa. Tomé una escalera para bajar a la criatura y con asombro me di cuenta que el pajarito tenía enredada una de sus patas con una cuerda que sus padres habían utilizado para construir su nido.


Entonces llegué a la dolorosa conclusión que el pajarito había estado todo ese tiempo atado a su casa.  Siempre lo vi en la misma posición. Tuvo un nido por cárcel. Nunca se me pasó por la mente que ese animalito estuviera atrapado desde que nació. Varias veces lo vi y escuché cantar. Lejos estaba de imaginar que era la agonía por su triste situación. Su vida fue una tortura que se desarrolló a la vista de varios testigos.  ¡Como lamenté no haberlo observado con mayor detalle!  Me conmueve el pensar que al sentirse ya sólo y apremiado por el hambre intentó en un vano esfuerzo liberarse de su prisión. Aunque me consuela saber que al menos murió en el intento de luchar por su libertad.

Cuando pude bajar el nido y a la desdichada ave, analice con más detalle la triste escena, y me di cuenta que el pobre pajarito jamás hubiera podido zafarse; una de sus patas estaba completamente anudada a una fuerte cuerda blanca de esa que se usa para elevar cometas, y que paradójicamente aquí evitó el vuelo de un pájaro.  Con pesar vi que los pájaros padres habían utilizado aparte de ramitas, pajas y hojas, una diversa cantidad de materiales peligrosos para ellos: había variedad de cuerdas, distintas fibras, hilos, lana, mota de ropa, fragmentos de nylon, e incluso varios pedazos de alambre de cobre.  Toda una trampa. Ese nido era una prueba de lo que genera la contaminación en la fauna.  El pajarito pagó con su vida en un “nido por cárcel” una condena que nunca mereció padecer.

John Montilla: Texto e imágenes

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2022

jueves, 13 de enero de 2022

DRAMA POR UNA GORRA

 Por. John Montilla

La casualidad me puso en el camino este particular drama:  


Estábamos entrando a la ciudad de Mocoa, después de un largo viaje, cuando vimos en frente nuestro a un pesado tractocamión y encima de su carga venía una persona. Sin lugar a dudas debía ser un migrante venezolano. Hemos visto esta escena muchas veces. En un momento dado el hombre se bajó de la carga -parecía ser cemento- para ubicarse en la parte trasera del vehículo, y fue durante ese arriesgado movimiento cuando de repente el golpe del viento le arrebató la gorra roja que traía puesta para protegerse de las inclemencias del sol de ese día.

Creímos percibir que por unos breves segundos el hombre dudó entre arrogarse del carro y perder su transporte o resignarse a perder su preciado bien.  Hizo un gesto como para tirarse o estirar de manera instintiva la mano en un intento inútil por agarrar su gorra fugitiva.  

El automóvil en que íbamos pasó por encima del objeto perdido, fugazmente pudimos ver que estaba ya desgastada y sucia por el uso y quedó abandonada en la carretera. Mientras tanto vimos que el hombre se agarraba con desazón la cabeza por su lamentable pérdida. Se mesaba los cabellos con cierto desespero mientras continuaba mirando hacia atrás a su prenda que poco a poco irremediablemente se alejaba de él. Les dije a mis compañeros de viaje, que parecía que el hombre estaba llorando por ese hecho. Su gesto de mirar continuamente hacía atrás y de agarrarse la cabeza parecían corroborarlo. Nunca antes había visto a una persona tan desconsolada por la pérdida de una gorra. Alguien que sepa lo que es hacer un viaje largo y además a la intemperie puede comprender de manera fácil el porque de la reacción del desafortunado hombre.

Dentro del auto todos tuvimos el mismo pensamiento: recogerla y pasársela de vuelta, pero no era posible pues el conductor del tractocamión siguió de largo, ajeno al pequeño drama humano que sucedía a sus espaldas, y el tráfico vehicular también seguía su curso.


Cuando el pesado vehículo tomó la misma vía por la cual iríamos nosotros, le dije al conductor de nuestro automóvil, que lo adelantara ya que tenía que pasar por la casa de mis padres a recoger las llaves de mi apartamento y que tal vez tendría tiempo de agarrar y darle una gorra de la que sabía que podría encontrar allí.

Llegando a la esquina del hogar de mis padres, pude observar en la distancia a mi anciano padre sentado en una silla en el corredor de la casa, tenía puesta una de sus gorras. Llegué a casa; por fortuna la puerta estaba abierta, entré a las carreras; no me atreví a quitarle la gorra a mi papá, me pareció que no comprendería que yo llegara a casa después de varios días de ausencia y sin más le arrebatara su gorra y saliera corriendo de allí, sin siquiera saludarlo.  Así que pasé de largo, directo a la cocina, efectivamente allí estaba mi madre, tampoco la saludé, sino que le pedí con prisa y sin dar explicaciones una gorra. Me miró con sorpresa y con calma me dijo que la esperara un momento, le repetí que no tenía tiempo, que era muy urgente, entonces ella dejó con presteza lo que estaba haciendo y corrió a buscarme el objeto. Mi hermano que por ahí estaba me arrojó una gorra que tenía un letrero de un encuentro del “Adulto Mayor” y mi madre también ya corría con otra que llevaba publicidad de una bebida alcohólica.

Agarré ambas con presteza y con ellas corrí a la calle con la esperanza de que el tractocamión aun no llegara, cuando llegué a la esquina, mis compañeros de viaje me miraron y me dijeron con resignación que el vehículo había pasado un minuto antes.  Me quedé con la frustración y las gorras en la mano y pensando en lo que padecería el pobre hombre en el resto de su viaje bajo el duro sol de esa mañana.

Si ven a un hombre viajando sobre la carga de una tractomula y a la intemperie bajo un candente sol, les ruego, le regalen una gorra.

 


John Montilla: Texto e imágenes

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2022

miércoles, 20 de octubre de 2021

GABRIELA

Por. John Montilla

“Escucho su nombre y me invade una emoción.” Areta Franklin

                                                               ***


En una sesión de psicología en la Fundación Operación Sonrisa en Bogotá, nos pidieron a los padres que dijéramos el porqué habíamos escogido el nombre para nuestros hijos. Cada uno fue contando una historia familiar o particular con respecto a ese acto de selección de esas palabras especiales que acompañaran la familia el resto de nuestras vidas.   

Cuando nos tocó el turno a nosotros; conté que siempre había querido un nombre que se relacionara con un personaje que tuviera que ver con el mundo de la literatura, y como admirador y seguidor de Gabriel García Márquez, eso lo tenía decidido de antemano. Además, el hecho de que nuestro nobel hubiera fallecido un par de meses atrás se convirtió en una razón adicional que le daba más peso a nuestra palabra seleccionada, pero también nos hacía falta otro vocablo para complementar el nombre y en ese aún no nos habíamos puesto de acuerdo. Pero con lo que no contábamos era que nuestra bebita fuera a nacer con la condición de labio y paladar hendido que a futuro le acarrearía ciertas dificultades para el aprendizaje y correcta pronunciación de nuestra lengua materna.  


Por eso cuando asumimos y aceptamos con entereza el reto que la vida nos había dado, descartamos un nombre que tantas veces habíamos discutido. Además, mi experiencia como profesor de idiomas me llevó a concluir que nuestra hija iba a necesitar un nombre corto, de fácil pronunciación y que hiciera juego sonoro con el que ya teníamos seleccionado: “Gabriela” que, entre otras, no es una palabra que sea fácil de pronunciar, ni escribir para los niños.

Entonces les narré a los padres que me escuchaban atentos las peripecias que hice en la búsqueda de ese otro nombre; mientras Gabriela recién nacida y su mamá estaban aún en uno de los hospitales de la ciudad de Pasto. Les conté que salí a la calle a buscar una sala de internet y me puse a revisar páginas y páginas de fonética y fonología del español. Les dije que hice un buen paquete de información, lo imprimí y regresé con eso al hospital y allí me puse a matar el tedio que da en esas aburridas salas de espera estudiando de manera concienzuda y con toda tranquilidad esa gramática que detestaba en mis tiempos de estudiante de colegio y que luego me vi obligado a estudiar en la universidad. Nunca antes le había hallado tanto interés en mi vida a ese tema como esa vez que rodeado de enfermos, enfermeras, médicos, quejosos, y gente preocupada buscaba afanosamente una palabra que tuviera las letras que se le acomodaran al futuro de mi niña. El tiempo apremiaba porque se acercaba la hora en que tenía que registrar a mi hija como una ciudadana más nacida en nuestro país.

 


Les conté que mientras la gente se aburria soberanamente en esa angustiosa espera de las salas de los hospitales, yo me pasé largas horas ensimismado en un estudio de la fonología de nuestra lengua y una a una fui descartando palabras, que pensaba no me servían. Recordé que las letras y sus sonidos tienen su modo y punto de articulación, y que pueden ser sonoras y sordas… y que patatín, que patatán. Descarté uno que otro nombre basado en la información que iba sacando: Laura me parecía bonito, pero luego hallaba que para pronunciar la letra “L” la lengua debe situarse en el centro superior de la cavidad bucal y que provoca la salida del aire por los laterales y además encontré que la “R” que tiene ese nombre era muy difícil de pronunciar porque es una letra muy vibrante. Por conclusiones de este estilo descarté Sofía ya que la “F” es labiodental y con ella el labio inferior toma contacto con los incisivos superiores y además la “S” no favorecía mucho, puesto que es una letra fricativa alveolar sorda. Y así de esta forma eliminé palabras como Sara, Isabella, Isabel, Juliana y otras de la lista de nombres que tenía a mano.  Lamentaba al concluir que no podía usar esas bellas palabras porque a todas les encontraba un pero, y también lamentaba estar sólo en el hospital a esa hora con un montón de papeles en la mano sin que nadie me ayudara a dilucidar mi dilema.



Pues bien, al final de tanto darles vuelta a muchos nombres llegué a la conclusión que necesariamente nuestra hija tendría que luchar un poco más que los otros niños para aprender el idioma español. Por eso decidí tomar la palabra “Ana”, como complemento de su nombre, a pesar de lo difícil que me parecía la consonante “N”, pero ese nombre parecía reunir los criterios que me había formulado y además tenía un pequeño e importante detalle agregado; en los nombres de sus abuelas aparece de una u otra manera esta palabra y por tanto la nombramos: Ana Gabriela.

   


                                    

Adenda.

Gracias al trabajo profesional de fonoaudiología de la doctora Fabiola Maya, de los profesionales de Operación Sonrisa, y el apoyo de la familia en casa, Gabriela ha logrado superar muchos obstáculos con el lenguaje, aunque queda mucho camino por recorrer en este largo proceso médico, ella ya puede leer y escribir, y también tiene mucha motivación por aprender inglés. Ese recorrido ya lo inició.

 


John Montilla: Texto y fotografías.

Capítulo de “La sonrisa de Gabriela”

2014.

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martes, 12 de octubre de 2021

"CHICO" PERDIDO

Por. John Montilla

“En ninguna parte hay tantas cosas como en el salón de billar.”

Gabriel García Márquez : “En este pueblo no hay ladrones”.

                                                                  ***

El propietario del billar se rascaba la barriga de manera descuidada, mientras le echaba una miraba de rutina al salón que a esa hora contaba con apenas una media docena de clientes. Después de una larga temporada de haber estado cerrado el local por culpa de la pandemia; el negocio de manera lenta intentaba recobrarse, mientras las deudas seguían su curso sin detenerse y este era uno de los tantos motivos por los que el dueño no tenía cara festiva esa noche.

Uno de los asiduos clientes del local, experto en el juego del taco y las bolas, tampoco estaba de buen humor: al no encontrar a quien “marranear” había optado por sentarse en un rincón junto con un compinche; desde allí miraban también con cierto fastidio a la sala mientras esperaban que algún ingenuo les cayera en las redes del juego de hacerse los pendejos para luego pelarlo. Pero la docena de botellas vacías era un indicador de que la espera iba para largo.

En la única mesa ocupada a esa hora, se disputaba una partida equilibrada y monótona entre una pareja dispareja: un tipo pequeño contra otro muy grande; David contra Goliat jugando billar pool; el juego estaba desnivelado en estatura, pero nivelado por lo bajo, pero a ellos el reto los tenía entretenidos desde hacía más de dos horas.  Aunque la suerte se había inclinado desde el principio a favor del pequeño; su contrincante ya tenía en su haber seis derrotas seguidas contra una sola victoria, y una cuenta pendiente por pagar de una botella de aguardiente y por los menos unas quince cervezas, pero él seguía tacando esperando que la suerte se pusiera de su lado. Un amigo de ellos aburrido del juego estaba concentrado en su celular mientras de manera mecánica se tomaba otra cerveza a nombre de los jugadores.


El único mesero del lugar, un tipo “caracortada”, el menos indicado para ser la cara amable que atendía a los clientes, cantaba casi con rencor la canción que en ese momento se escuchaba en el ambiente, mientras acomodaba unos tacos en sus estantes. Las paredes del local estaban adornadas con unos ya semi desteñidos afiches de unos perros jugando billar y cartas. El letrero del nombre del local, casi a punto de caerse ocupaba el centro de la sala: “Billares El Diluvio”; en el equipo sonaba un tango: “El mundo fue y será una porquería…” Y fue entonces cuando entró el ladrón con pistola en mano, gritando y apuntando a todos lados.

- ¡No se muevan hps o disparo!

Todos en el billar se quedaron expectantes y sorprendidos. El delincuente pasó directo a la caja, que estaba más vacía que su cerebro. Al dueño se le cayó un chorro de babas, no del susto sino de la perplejidad, y le paso los tres pesos y el celular que tenía a mano. El dueño entre la furia y el temor del arma que le apuntaba intentó rezongar, pero otro insulto lo mandó a callar. Luego el asaltante pasó directo a la mesa de los jugadores. Goliat se quedó rígido con el taco agarrado y clavado en el piso. David no tenía su honda sino dos bolas en las manos, mientras el del celular que estaba embobado en la pantalla pareció despertar cuando de un manotazo se lo arrebataban, justo en el momento en que el aparato se puso a timbrar. Quizás una llamada del infierno, porque esto hizo que el ladronzuelo bajara la guardia y por eso no alcanzó a mirar la botella que venía volando y que le dio de lleno en la cabeza; sangre y cerveza se mezclaron. El ladronzuelo no vio estrellas, sino nubes negras, muchas nubes negras y lo que se vino luego no fue una lluvia sino un verdadero diluvio hecho de furia y de golpes que cayeron sin compasión.

El dueño descargó su frustración que llevaba guardada por meses; el tahúr que había sido muy preciso lanzando la botella, sintió que nunca antes había tenido a merced un rival tan fácil para derrotar; Goliat creyó que le había llegado el turno de hacer la jugada de la noche y jamás había usado el taco con tanta destreza; mientras David que había derrotado ya a un gigante le entraba sin compasión al que ya se hallaba tendido en el piso; el del celular también sintió que la sangre lo llamaba a participar, y por supuesto el mesero mostraba ahora su mejor sonrisa siniestra de “caracortada” para atender al  recién llegado.

Nunca antes en ese billar los tacos le habían dado con tanta precisión a las bolas. La suerte estaba echada. Desde que empezó se sabía que ese “chico” estaba perdido.

John Montilla Texto y  fotografías 1 y 3.

Imagen 2 tomada de internet.

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12-X-2021