Por: John Montilla
El radiante sol de la tarde rebota en el pavimento de la calle.Un grupo de personas, todas vestidas de negro, pasan frente
a mi ventana.
Todos llevan sus rostros y brazos untados de cosmético
negro.
Es día de carnaval. Enero cinco, “Día de los Negros”, se
decía antes.
Luego pasa otro grupo: jóvenes. Ellos van ataviados con
gorras, ponchos y pañoletas, y van pintados con cosmético multicolor.
Ahora se dice: el carnaval del cinco de enero.
Sigo observando la calle desde la ventana.
Desde aquí puedo ver a uno de los inquilinos de la casa
grande de enfrente.
El dueño, por desgracia, hace unos años sufrió un accidente
y quedó postrado en silla de ruedas.
La renta de la casa le sirve como medio de vida.
Mientras pienso en él, contemplo mis muletas; la vida nos
puede cambiar en un instante.
Recuerdo al vecino como un hombre fuerte que trabajaba en
trasteos.
Y ahora carga con el peso de su discapacidad.
Vuelvo a contemplar al inquilino: un anciano que se la
rebusca como puede:
Recogiendo cartón, latas, plástico y cosas así; pero hoy he
descubierto algo más: el señor está tejiendo.
Veo unos ovillos de lana blanca y roja que descansan en el
piso, mientras él, caladas sus lentes y sentado en su silla, hábilmente sigue
en su proceso de tejer.
Alguien me comenta que él elabora bolsos de lana.
Lo he visto temprano en las mañanas empujando un carrito de
ruedas, en el que lleva su mercancía y en el que recoge el material para
vender.
Pero hoy, que estoy sentado junto a la ventana, he reparado
más en su presencia.
A veces somos invisibles ante los demás.
Me gustaría encontrar la forma de hacerlo más visible para
que lo apoyen comprándole su arte.
Donde él está sentado, en otros tiempos había un espacio
verde.
Por allí solían volar incontables mariposas blancas y
amarillas.
Hoy lamento haberlas perseguido y cazado cuando niño.
En ese prado también solía haber diversas flores y hierbas
de formas bonitas.
Los seis de enero, como nuestros padres no nos llevaban al
parque a jugar el carnaval, en casa, desde temprano, íbamos a recoger hierbas,
flores y ramitas para hacer nuestro propio desfile.
Teníamos varios muñecos de caucho de diversas y bonitas
figuras.
Recuerdo un Pinocho de varios colores y un hermoso gato
blanco con una corbata azul.
Poníamos los muñecos en nuestros carritos de juguete y los
adornábamos con los elementos que habíamos previamente recogido; luego, jalando
con una cuerda los carritos, dábamos vueltas por la casa.
Esas eran nuestras carrozas del seis de enero.
Fue un ritual que repetimos varios años, mientras fuimos
creciendo.
Después, cuando tuvimos edad de salir, comprendimos a
nuestros padres.
En ese carnaval de antaño casi no había espacio para un
niño:
había mucha gente y talco hasta la asfixia en el ambiente,
y algunos que, adrede, no jugaban, sino que agredían a los demás.
Más que un juego, parecía una guerra en la que los pequeños
eran víctimas fáciles.
Nos protegieron dejándonos en casa.
De niño imaginaba el carnaval; años después, esa
imaginación me ha servido para participar en él varias veces.
Es temprano en la mañana y veo pasar a una señora con una
caja de cartón en la mano, y dos niños y una niña ataviados para lidiar con el
día.
Busos de manga larga, gafas y gorras; la niña lleva una
bella trenza.
Deduzco que ellos no madrugaron a jugar, sino a trabajar,
por un par de frases en voz alta que la mamá les dice a los niños.
Los recuerdos del carnaval desfilan frente a mi ventana.
***
John Montilla (6-I-2026) Relatos de mis memorias
Imagen: AI generated // jmontideas.blogspot.com
ACCIDENTE: Como cada vez que saludo a alguien me toca repetir la historia; decidí usar el absurdo para crear un poema inverosímil y un tanto cómico y así poder contar el suceso de una manera menos aburrida. (J.M)
ACCIDENTE
Trepado en una bicicleta
atropellé
un armadillo,
salí
volando de jeta
y
me lastimé un tobillo.
Montando un monopatín
doblando
una esquina
choqué
con un puercoespín
y
me clavé una espina.
Al
bajar de un autobús
mordiendo
una rosquilla
tropecé
con un avestruz
y
me raspé la rodilla.
Manejando
un camión
yendo
por una ladera
me
chocó un ratón
y
me dañó la cadera.
En
patines por la acera
persiguiendo
una ardilla
me
enredó una manguera
y
me torcí la pantorrilla.
En
un carro sin luces,
guiado
por una luciérnaga
arrollé
unos avestruces
y
me fracturé una pierna.
Arando
con un tractor
en
la finca de mis abuelos
choqué
con un velociraptor
y
terminé por los suelos.
Saltando
desde un portón
correteando
una gallina
caí
sobre un gran dragón
y
me quemó la bilirrubina.
Remando
en un bote,
llegando
a la orilla,
rocé
un pez espada
y
me corté la barbilla.
Caminando
al trabajo,
resbalé
sobre un gran queso,
pisé
la cola a un gato
y
acabé con la pierna en yeso.
Con
la alfombra de Aladino
pasando
sobre una villa,
topé
la copa de un pino
y
me lesioné la espinilla.
Volando
en un avión
Colisioné
con una mariposa
Me
estropeé un talón.
¡Qué
situación desastrosa!
Viajando
en un globo
por
no querer caminar
quise
bajar a lo bobo
y
me lastimé “las de andar”.
Montando
en motocicleta,
doblando
por la glorieta,
al
ver de un perro la silueta
¡Me
astillé la tibia completa!
Después
de “meter las patas”
me
propuse dos metas:
volver
a las caminatas
y
decir: ¡adiós, muletas!
***
John Montilla (26-III-2026) // Divagaciones
jmontideas.blogspot.com // divagacionesjm.blogspot.com
***
UN PASO
Andaba con dos,
Pero una voz susurró:
“Toma otro camino.”
así que he decidido por fin
dar el paso
y dejar a una.
Ellas,
calladas,
impasibles,
testigos de mi tropiezo.
Resignadas al nuevo destino,
bajaban la escalera al sótano del adiós.
Pongo mis pies sobre la tierra
para avanzar,
no se puede vivir
aferrado para siempre
a lo que alguna vez nos sostuvo.
Hoy saldré un poco más solo,
con menos miedo que nostalgia.
Hoy,
suelto…
una muleta.
***
John Montilla (1-V-2026) Divagaciones
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