(Crónicas de la tragedia de Mocoa, 2017)
Por: John Montilla
Un día después del desastre
Vi a la señora parada en una esquina abrazando un tierno
oso de peluche.
Me sorprendió la imagen.
Fue como divisar una radiante flor entre el fango.
Alrededor todo era caos, destrucción, llanto, desconsuelo.
Casi todo el mundo iba untado de barro,
pero ella permanecía silenciosa, impávida en la esquina.
Observaba.
La calle del mercado era un testigo de lo ocurrido la noche
anterior.
Horas antes se había convertido en el cauce por donde
discurrió la desgracia.
Un torrente espeso e incontrolable había pasado por encima
de todo,
arrastrando casas, vidas, recuerdos.
En la calle, el eco de los gritos de la pesadilla de la
noche seguía vivo.
Por allí había salido corriendo descalzo un vendedor
ambulante de zapatos.
Por allí había navegado un náufrago agarrado de una nevera.
Por allí, según los rumores bajó entre el lodo una caja
fuerte repleta de dinero.
Por allí miré a un tímido vecino sin camisa, dando una
entrevista a un noticiero internacional, mientras apuntaba con la mano el lugar
donde antes hubo un gran taller de maderas y en el que trabajó tantos años.
De eso no quedó nada, tan sólo las bases donde alguna vez
estuvieron ancladas las máquinas cortadoras.
Calle abajo mientras unos buscaban entre los escombros,
otros se lamentaban.
Por allí divisé gente que agarraba y desechaba cuanta cosa
había desperdigada: bolsos, maletas, ropa. Objetos de muchas casas arrastrados
por el agua.
Por allí miré a alguien agarrar una billetera, sacar unos
cuantos pesos y luego tirarla entre el barro. Recuerdo haberla recogido y ver
que contenía unos documentos estropeados. La abrí y la puse a secar en la parte
alta de unas paredes que habían soportado la furia de las aguas.
En ese instante no fui capaz de concluir que el dueño debía
estar desaparecido.
Lo terrible del desastre nos desconcertó a todos.
Esa vía llena de lodo y escombros fue testigo mudo de la
lluviosa noche que arrasó nuestro pueblo.
Y en un amanecer triste, a lo largo de esa calle, en una
esquina, estaba esa señora abrazada a un tierno oso de peluche sin ninguna
mancha de barro.
Intacto, limpio, ajeno a la desgracia.
Era una escena casi imposible para ese día:
la ternura en medio del desastre,
como si el tiempo se hubiera detenido solo para ella,
mientras el resto del mundo se deshacía en urgencias.
Cuando la señora decidió cruzar la calle, sus zapatos
también se untaron de lodo, pero el oso de peluche se mantuvo impecable.
Me imaginé la tierna escena de un niño feliz recibiendo un
regalo en medio de una catástrofe.
La avalancha no lo arrasó todo.
John Montilla (31-III-2026) Crónicas de MocoaImagen: J.M
jmontideas.blogspot.com


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