Por. John Montilla
“Escucho su nombre y me invade
una emoción.” Areta Franklin
***
En una sesión de psicología en
la Fundación Operación Sonrisa en Bogotá, nos pidieron a los padres que dijéramos
el porqué habíamos escogido el nombre para nuestros hijos. Cada uno fue
contando una historia familiar o particular con respecto a ese acto de selección
de esas palabras especiales que acompañaran la familia el resto de nuestras vidas.
Cuando nos tocó el turno a nosotros; conté que siempre había querido un nombre que se relacionara con un personaje que tuviera que ver con el mundo de la literatura, y como admirador y seguidor de Gabriel García Márquez, eso lo tenía decidido de antemano. Además, el hecho de que nuestro nobel hubiera fallecido un par de meses atrás se convirtió en una razón adicional que le daba más peso a nuestra palabra seleccionada, pero también nos hacía falta otro vocablo para complementar el nombre y en ese aún no nos habíamos puesto de acuerdo. Pero con lo que no contábamos era que nuestra bebita fuera a nacer con la condición de labio y paladar hendido que a futuro le acarrearía ciertas dificultades para el aprendizaje y correcta pronunciación de nuestra lengua materna.
Por eso cuando asumimos y
aceptamos con entereza el reto que la vida nos había dado, descartamos un nombre
que tantas veces habíamos discutido. Además, mi experiencia como profesor de
idiomas me llevó a concluir que nuestra hija iba a necesitar un nombre corto, de
fácil pronunciación y que hiciera juego sonoro con el que ya teníamos seleccionado:
“Gabriela” que, entre otras, no es una palabra que sea fácil de pronunciar, ni
escribir para los niños.
Entonces les narré a los
padres que me escuchaban atentos las peripecias que hice en la búsqueda de ese
otro nombre; mientras Gabriela recién nacida y su mamá estaban aún en uno de los
hospitales de la ciudad de Pasto. Les conté que salí a la calle a buscar una
sala de internet y me puse a revisar páginas y páginas de fonética y fonología
del español. Les dije que hice un buen paquete de información, lo imprimí y
regresé con eso al hospital y allí me puse a matar el tedio que da en esas
aburridas salas de espera estudiando de manera concienzuda y con toda
tranquilidad esa gramática que detestaba en mis tiempos de estudiante de
colegio y que luego me vi obligado a estudiar en la universidad. Nunca antes le
había hallado tanto interés en mi vida a ese tema como esa vez que rodeado de enfermos,
enfermeras, médicos, quejosos, y gente preocupada buscaba afanosamente una
palabra que tuviera las letras que se le acomodaran al futuro de mi niña. El
tiempo apremiaba porque se acercaba la hora en que tenía que registrar a mi
hija como una ciudadana más nacida en nuestro país.
Les conté que mientras la
gente se aburria soberanamente en esa angustiosa espera de las salas de los hospitales,
yo me pasé largas horas ensimismado en un estudio de la fonología de nuestra
lengua y una a una fui descartando palabras, que pensaba no me servían. Recordé
que las letras y sus sonidos tienen su modo y punto de articulación, y que
pueden ser sonoras y sordas… y que patatín, que patatán. Descarté uno que otro
nombre basado en la información que iba sacando: Laura me parecía bonito, pero
luego hallaba que para pronunciar la letra “L” la lengua debe situarse en el
centro superior de la cavidad bucal y que provoca la salida del aire por los
laterales y además encontré que la “R” que tiene ese nombre era muy difícil de pronunciar
porque es una letra muy vibrante. Por conclusiones de este estilo descarté Sofía
ya que la “F” es labiodental y con ella el labio inferior toma contacto con los
incisivos superiores y además la “S” no favorecía mucho, puesto que es una
letra fricativa alveolar sorda. Y así de esta forma eliminé palabras como Sara,
Isabella, Isabel, Juliana y otras de la lista de nombres que tenía a mano. Lamentaba al concluir que no podía usar esas bellas
palabras porque a todas les encontraba un pero, y también lamentaba estar sólo
en el hospital a esa hora con un montón de papeles en la mano sin que nadie me
ayudara a dilucidar mi dilema.
Pues bien, al final de tanto darles
vuelta a muchos nombres llegué a la conclusión que necesariamente nuestra hija
tendría que luchar un poco más que los otros niños para aprender el idioma
español. Por eso decidí tomar la palabra “Ana”, como complemento de su nombre,
a pesar de lo difícil que me parecía la consonante “N”, pero ese nombre parecía
reunir los criterios que me había formulado y además tenía un pequeño e
importante detalle agregado; en los nombres de sus abuelas aparece de una u otra
manera esta palabra y por tanto la nombramos: Ana Gabriela.
Adenda.
Gracias al trabajo profesional
de fonoaudiología de la doctora Fabiola Maya, de los profesionales de Operación
Sonrisa, y el apoyo de la familia en casa, Gabriela ha logrado superar muchos obstáculos
con el lenguaje, aunque queda mucho camino por recorrer en este largo proceso
médico, ella ya puede leer y escribir, y también tiene mucha motivación por
aprender inglés. Ese recorrido ya lo inició.
John Montilla: Texto y
fotografías.
Capítulo de “La sonrisa de
Gabriela”
2014.
jmontideas.blogspot.com
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