martes, 16 de junio de 2020

SEMILLAS EN LA CARRETERA

Por. John Montilla
“Las acciones son las semillas de los hechos donde crece el destino.”
Harry S.  Truman

Un rutinario viaje a casa después de una semana de trabajo, daría un insospechado fruto pese a haber sembrado las semillas en una polvorienta carretera.

Había estado parado a la orilla de la maltrecha carretera por casi una hora, la tarde ya caía y no había podido conseguir transporte para llegar a mi lugar de destino. Por eso cuando por fin un vehículo al que le hice la señal de pare se detuvo, no dudé en tomarlo, pese a que el conductor me había dicho: “Voy con el cupo completo, usted verá si se sube en la parte trasera de la camioneta.” Me urgía llegar, por eso a pesar de  la incomodidad que representaba viajar en esas condiciones, decidí aceptar la propuesta y me embarqué; total no era la primera, ni la última vez que haría ese tipo de travesía.

El conductor ni siquiera se tomó la molestia de bajarse del carro para ayudarme a instalar, como pude levanté la polvorienta carpa del carro y me metí en la parte  trasera, y traté de acomodarme rápido porque él vehículo ya se estaba poniendo en marcha, y fue entonces, no obstante la  nube de polvo que me envolvía, que reparé que no haría el viaje sólo; tendría grata compañía  para el  incómodo camino.

En primera instancia, mientras sujetaba la carpa con sus correas laterales y me acomodaba al lugar, con las sombras y los vaivenes del carro en la polvorienta  vía, no había reparado con detalle en mis compañeros que tendría en el  viaje: Había cuatro niños en total, dos niños y dos niñas, asumo que todos menores de 12 años. Una vez me sentí “cómodo” en el asiento; los saludé y les pregunté si sus padres viajaban en la parte delantera del carro; lo cual habría sido injusto en extremo, pero ellos me dijeron que no, que viajaban solos. ¿A quién se le ocurre mandar de viaje a los niños en esas condiciones? Como no tenía más opción y para no hacer tan tedioso el viaje, decidí charlar con  ellos.


Entonces me  presenté: les dije mi nombre y les conté sobre mi trabajo, y parecieron muy interesados cuando les dije que era profesor de inglés. Pero lo que me interesaba era escucharlos, siempre estoy alerta a encontrar una historia para escribir. Les hice preguntas rutinarias sobre sus vidas y de esta forma el trayecto en ese polvoriento cajón en el que íbamos se hizo un poco más  ameno. No recuerdo mucho los detalles, pero puedo anotar que todos ellos eran de familias humildes, había dos parejas de hermanos, por coincidencia niño y niña. Dijeron que no se conocían entre ellos, que habían tomado el transporte en distintos puntos, pero los cuatros se dirigían al mismo pueblo. Les pregunté sobre el estudio y cosas así,  y luego para variar un poco les pregunté si les gustaba cantar, y les propuse que cada uno cantara un trozo de una canción.

De repente,  el continuo traqueteo del vehículo fue remplazado por voces infantiles que cantaban, hasta el polvo pareció apaciguarse y el ambiente pareció aclararse un poco, pero alcancé a percibir  una sombra que envolvía el canto de los niños. Todas sus canciones eran de adultos, de esas que se escuchan en los arrabales, con temas de despecho, desgracias, odios, celos, tragos y muerte. No vale la pena mencionar aquí esos temas, simplemente puedo citar la frase de un colega quien decía, que ese tipo de música era para aquellos acostumbrados a “pelear en cantina”.

Cuando todos hubieron cantado, les hice ver mis reparos,  les dije que esa no era música de niños sino de “viejos” y borrachos;  me contestaron que eso era lo que escuchaban en sus casas y que era la música a la que estaban acostumbrados, entonces  me pidieron que cantara. Eso es algo que para mí  es complicado, pero como ellos habían cumplido con su parte, me vi forzado a ello, también. Recuerdo muy bien que por esos días, estaba yo pegado con el estribillo de “El bobo de la yuca”, en una versión del gran Benny Moré y se las canté.

El bobo de la yuca se quiere casar,
Invita a todo el mundo pa’la capital.
El bobo de la yuca se quiere casar,
Invita a todo el mundo pa’la capital.

Va pasar su luna de miel
Comiendo trapo, comiendo papel.
Va pasar su luna de miel
Comiendo trapo, comiendo papel.

Los chicos, le hallaron gracia a esos versos y me pidieron que los repita, accedí a ello, siempre y cuando ellos me ayudaran  a cantar;  y así se hizo; por un rato estuvimos cantando, hasta que una de las niñas me pidió que les enseñara otra canción.

Entonces les canté un fragmento de la  canción “Pare cochero” de la Orquesta Aragón de Cuba, que me pareció apropiado para la ocasión.

“Soy un chico delicado,
que nació para el amor
y este coche me ha estropeado,
pare en la esquina señor.
Ya me duele la cabeza,
Tengo estropeado un riñón,
Y si sigo en este coche
voy a perder un pulmón. “
“Cochero, pare. Pare, cochero” …

Los chicos, también le hallaron gracia a este estribillo, e igualmente  me pidieron que lo repita, accedí a ello, siempre y cuando ellos me ayudaran con el coro: “Cochero, pare. Pare, cochero”. Cuando ellos le agarraron  el tono a la canción nos fuimos -más que cantando- gritando durante un buen trecho con ese sonsonete. Tanto así que el chofer se detuvo  un momento para verificar si alguien se iba a bajar.

El resto del viaje, hasta que los niños llegaron a destino fue a una sola voz con ese par de canciones. Una vez se bajaron, se despidieron efusivamente de mí mientras se sacudían el polvo del camino y la cáscara de esas canciones de “borrachos que escuchaban en sus casas”. Ellos se fueron  y luego proseguí solitario mi  viaje, las primeras sombras de la noche ya nos envolvían,  la penumbra se hacía más espesa en la parte trasera del vehículo y el silencio le agregaba un toque de nostalgia al momento. ¡Cómo extrañé la algarabía de los niños!   
           
                                         ***

Meses más tarde, me volví a subir a un bus como pasajero, y cuando iba por el pasillo buscando mi asiento; dos chiquillos que allí había, empezaron a cantar apenas me vieron: “El bobo de la yuca se quiere casar, invita a todo el mundo pa’la capital …”  No pude disimular mi sorpresa ante este espontaneo hecho. Los salude con alegría y luego me senté en mí silla profundamente emocionado. Nunca pensé que aquellas semillas sembradas en esa polvorienta carretera me fueran a dejar tan agradables frutos.




John Montilla. Texto
Imágenes. Pixabay
Jmontideas.blogspot.com

martes, 9 de junio de 2020

EL ESTUDIANTE QUE YO EXTRAÑO


Por. John Montilla


El estudiante que yo extraño en esta cuarentena no es muy obediente que digamos, por lo general no le hace caso casi a nadie.  En clase tiene el celular activo en la mesa en medio del cuaderno de turno para estar chateando, o lo guarda en su  pupitre o bolsillo, pero esta conectado a sus auriculares que oculta con sus cabellos, o con buzos con capuchas, los cuales no se saca, así esté haciendo calor, porque prefiere escuchar música, al discurso del profesor. No suelta su aparato ni para ir al baño. Si no asiste a clases,  al día siguiente no llega con la tarea porque no tenía el material para hacerla. Envía cientos de mensajes, se toma decenas de selfies al día, tienen grupo de whatsapp del curso y permanece conectado a  facebook y otras redes sociales, y  maneja varias aplicaciones, pero casi nunca comparte la foto de una actividad asignada. Y si uno le pregunta, dice que nadie ayuda, que el día que él no asistió, le dijeron que el profe no dejó tarea, y por eso nadie le envió la foto de la jornada. Y entonces te pregunta:¿ Y ahora que hago, profe?

El estudiante que yo extraño se vuela de la clase de informática porque cree saber más que el profesor. No entiende matemáticas pero presenta  la tarea porque se la copió el lunes a la primera hora al pilo de la clase.  No hace la tarea de español pero la copia y  cuando le califican hasta puede sacar más nota, y si no la obtiene, se da sus mañas para reclamar porque cree merecer más. No lee los  textos de Sociales y  a la hora de la evaluación como no sabe que responder , en el espacio de las respuestas se pone a a escribir trozos de canciones con la esperanza de que el profesor vea el “bulto” y no el contenido. Le cuesta aprenderse el verbo “to be” y cada año toca repetirle la explicación. Detesta los verbos irregulares y al “teacher” que los lleva a clase. Asiste a la clase de Educación Física con el celular en  la sudadera,  y mientras corre va con su mano apretando su bolsillo.  

El estudiante que yo extraño  no se lee un texto de tres páginas fotocopiadas porque le parecen muy largas, mucho menos se lee un texto literario original, prefiere una versión resumida y si está no le convence, busca en google un resumen con análisis incluido en el “rincón del vago”, e imprime sin siquiera eliminar las direcciones de los enlaces, y si un amigo le pide prestado, se lo enviara por correo , con la única condición de que cambie el tamaño , el tipo de letra y el color y que ponga, al menos una imagen diferente. Algunos ni siquiera eso hacen. Otros simplemente piden prestado y sacan fotocopia para presentar, unicamente cambian la portada, entregan y se van tranquilos con alma inocente, esperando que alguna ingenuidad del profesor les haga llegar  un buen resultado.

El estudiante que yo extraño  pide permiso para ir al baño y se vuela de un carrerón para la cafetería y regresa con dos empanadas en los bolsillos. Desayuna salchichapas con gaseosa, y si por desgracia se tropieza con alguno y se le cae la comida, jamas recogerá el desorden. Se sienta con sus amigos en cualquier parte a comer y chatear. Agarra con una mano  la empanada  y con la otra el celular. Nunca verá la  cesta de basura que estaba a menos de un metro de donde se sentó.

El estudiante que yo extraño cuando hace aseo barre todo lo que encuentra en el piso, no importa que hayan colores, lapiceros, tijeras u otros elementos.  Él no se agachara por eso. Recoge la basura gruesa y el polvo que no puede echar en el recogedor lo esparce de un escobazo por los aires. Hace tremendo ruido moviendo pupitres, no le gusta alzar las sillas en la mesa. Al mediodía está que se marcha corriendo para su casa.

El estudiante que yo extraño se levanta de su silla para ir a arrojar un papel a la cesta de la basura justo cuando el profesor está explicando. No escribe los apuntes, pero le toma varias fotografías al tablero. Su celular está lleno de imágenes académicas que nunca usara. Pero eso sí escribe cosas en papelitos y los pone a rotar en medio de la clase.  Se toma de manera disimulada en plena clase una gaseosa pequeña entre cinco o más compañeros, pero si la derrama  en el salón y nadie le reclama por ello nunca usara el trapero.para secar.

El estudiante que yo extraño comparte limón con sal echándole  en las manos a sus compañeros y guardándose el tarrito en el bolsillo del pantalón o de la falda. Come semillas de girasol y deja desperdigados por el piso o dentro del pupitre las cascarillas y   los restos. Su pupitre parece la jaula de  un canario que ha comido  alpiste. Pero, eso sí le encantan los animales, por eso no dudará en meter a clase a cuanto perro se asome al salón. Sufre cuando un pájaro extraviado se mete al aula  y no encuentra la salida y celebra la entrada de un insecto cuyo temor desbarata una clase.



El estudiante que yo extraño no porta el uniforme de manera adecuada, a veces no lleva puesto  medias o le falta la correa, y cuando le exigen conseguirla, corre a otro salón a pedirla prestada a alguno de sus amigos. Si llueve, parece que no le afectara, y camina tranquilo bajo la lluvia, sus pisadas son indiferentes de que haya charcos o lodo, y llega al salón arrastrando los zapatos. Las huellas de sus paso van quedando en los corredores.  pero si en clase cae una leve  brisa, dirá que se está mojando y que tiene frío y si por desgracia hay una gotera dentro del salón pondrá su grito en el cielo porque según él está en peligro de ahogarse y entonces arrastra con ruido su pupitre hasta llegar a tierra firme, que queda justo al lado de su “compinche”de pilatunas.  


El estudiante que yo extraño no se sabe el nombre de sus profesores, por eso cuando sus padres llegan a averiguar por sus calificaciones no sabe como encontrarlos. Pero sí le tiene un apodo a cada uno, maneja códigos que sólo él entiende, y jamás delatara a un compañero en falta, porque tiene pactos tácitos de grupo,  donde nadie vio, ni sabe nada.
Pero ese estudiante que yo extraño, le ayuda de forma amable a cargar los libros a la profesora, y se preocupa cuando alguno de sus compañeros está enfermo. Te saluda de forma cordial en el pasillo, te da la mano cuando estás por entrar al salón y siempre habrá quien te brinde un abrazo de bienvenida. Ese estudiante que describo es el que a diario veo, ese es la razón de mi profesión. Podrá tener mil defectos y sus cosas, pero cuando va cerrando su ciclo y debe salir de la etapa del colegio. Te dice que te va a extrañar, y pide que lo perdones por todas las cosas malas que cree haber hecho.  A ese estudiante es al que tenemos que educar y  esta pandemia  nos ha obligado a verlos desde una pantalla, escucharlos por un celular o simplemente contactarlos por un aparato electrónico.

Extraña uno  ver esa sonrisa de satisfacción cuando le entregas a alguien una nota excelente ganada con esfuerzo y dedicación; igualmente hace falta ver ese rostro decepcionado de aquel que no logra el objetivo, pero que promete mejorar  y también la cara airada de aquel que llega a reclamar porque cree que merecía más, o simplemente ver la cara del resignado o el conformista, o todos los rostros del día a día. Por la venas del sistema no corre sangre, sólo impulsos eléctricos. El sistema no expresa ninguna emoción por los datos que voy registrando. A esto le falta vida, ¡Cómo no extrañar todas esas cosas!


John Montilla. Texto y fotografías.
10-VI-2020
jmontideas.blogspot.com


martes, 2 de junio de 2020

ASÍ FUE COMO PERDÍ MI CÉDULA

Por. John Montilla

"El absurdo y el anti-absurdo son los dos polos de la energía creativa." K. Lagerfeld


Muchos han tenido la desagradable experiencia de extraviar su documento de identidad, para ser precisó la cédula de ciudadanía. Por supuesto, que casi nadie es consciente del momento en que la pierde, salvo que le roben la billetera en un atraco a mano armada, pero yo vi como mi cédula  cayó; el aleteo de ese objeto en su caída, y el acto de ir a recogerla desencadenó en un sorpresivo “efecto mariposa”.  

El caso es este, yo estaba de paseo en la playa, y por cuestiones económicas había rentado un hotel barato, total, yo iba de paseo, no a dormir; “el cuarto es para guardar las maletas”, le escuché alguna vez decir a un amigo. Con que haya cama y un baño es suficiente. Esta vez me habían asignado una habitación en un quinto  piso, por supuesto no había ascensor. Estando yo subiendo las escaleras, cuando iba en el tercer piso me dio por asomar la cabeza y mirar hacia abajo al  escuchar una algarabía femenina, pero no vi nada. No sé porque tenía mi documento en mano, quizá me lo pidieron al entrar para identificarme y no lo había guardado, y estando allí asomado, un movimiento involuntario hizo que mi cédula se me escabullera de las manos, y cual mariposa herida fue revoloteando en picada hacía el vacío.

En un principio intente agarrarla de un manotazo, pero fue un esfuerzo vano, mi cédula, inexorablemente ya iba en caída libre y sólo pude atinar a seguirla con mirada incrédula y ansiosa. Por unos eternos segundos la vi planear en el aire y luego fue a caer por el hueco de lo que alguna vez había sido una claraboya que daba directamente a una habitación. Como el espacio era visible desde el aire, no había ninguna cama a la vista, y en vez de eso, ese rincón los usaban los huéspedes que allí estaban para acomodar, maletas y cestas de  ropa.

Con resignación vi que mi cédula caía justo de manera vertical sobre una de esas canastas plásticas llena de ropa  y aun en la distancia percibí que se metía por un resquicio y se perdió dentro de ella. A pesar del impase, me di por bien servido, pues sólo bastaba con desandar el camino e ir a pedir permiso para poder recuperarla, pero las cosas no salen siempre como una piensa.  


2.


Cuando, llegué al primer piso, me dijo el administrador del hotel que el cuarto 103 al que me dirigía estaba ocupado y que si me esperaba un poco me acompañaba en la diligencia, así que opté por hacer la vuelta por mi mismo. Cuando llegué allí, me encontré que la  tal habitación era una de las llamadas algo así como de cama general, y que más que un cuarto de huéspedes parecía, un alojamiento militar y que había sido copado por al menos una docena de mujeres jóvenes, un grupo alegre, de esos que arman planes de bajo costo para irse de paseo a la playa.

Eso lo noté porque cuando toque a la puerta, y tras varios intentos por hacerme escuchar, pues adentro se escuchaban risas y  bulla, me abrió una chica envuelta en una toalla con estampado de palmeras, con cocos incluidos  y me preguntó que qué necesitaba. Entonces recordé el bullicio de unos minutos antes y me dije: ¡No puede ser, me tocó venir al cuarto de todas estas mujeres! Por el pequeño espacio que me dejaba ver la chica, pude ver bastante movimiento y barullo dentro del recinto. Un tanto azarado le expliqué a la dama mi problema y ella entre sorprendida y burlona, me miro de arriba abajo y luego sin decirme nada, se dirigió con un tremendo grito a sus compañeras. ¡Vaya si tenía voz de mando ¡ Les dijo: ¡Muchachas, acá afuera hay un señor que dice que se le cayó la cédula dentro de este cuarto, que si se la ayudamos a buscar !

Una carcajada general fue la respuesta, y luego otra voz se oyó dentro del tumulto: ¿Cómo así nos estaba espiando?- La chica entonces me miró con desconfianza- confieso que me desconcertó un poco, pero no perdí la compostura y le repetí la historia. Le rogué, que me ayudara, que necesitaba ese documento. Que yo lo había visto caer en una canasta, que sabía cuál era, que únicamente me permitiera indicarle, para que ella  buscara  mi cédula y me la entregara. Ella, volvió a gritarle a sus compañeras, que si le permitían entrar para que busque su cédula dentro de una canasta de ropa, una voz entre más condescendiente y burlona se dejó oír entre el tumulto: “Dígale que entre, pero que no se demore”, y entonces, la chica abrió la puerta y me autorizó  a pasar y es aquí donde las cosas se complican:

Al entrar, lo primero que me percató, es que casi todas ellas estaban en plan de meterse a la ducha, la gran mayoría envueltas en toallas y una que otra, despreocupadamente con sus cuerpos desnudos y por supuesto dejando ver sus  traseros, y senos al aire sin ningún reparo ni pudor, las chicas que acababan de llegar de la playa, estaban más  curiosas  que  sorprendidas por mi presencia, y entre risas y chanzas, me invitaban a que siguiera tranquilo y tomara lo que había ido a buscar. Azarado y apremiado, me dirigí al lugar  donde sabía que había caído mi cédula, y entonces me encuentro que las chicas habían movido de su sitio las canastas y que todas eran similares; y no sólo eso, también habían empezado a sacar su contenido, había ropa desperdigada por todas partes, ahora si completamente aturdido, ni siquiera reparaba en que algunas de ellas andaban en cueros, me  sentí urgido de encontrar lo que buscaba y salir pronto de allí.

La chica, que me había abierto la puerta me había acompañado y preguntó a mis espaldas: ¿Bueno, donde es que va a buscar? Yo rascándome la cabeza, no sabía por dónde empezar. Las cosas habían sido movidas de su sitio, pero me decidí por una canasta. Sabía que tenía que buscar por los contornos, metí las manos alrededor de la canasta y nada, las  muchachas me miraban curiosas desde sus sitios. Pero, nada, lo único con que lo se topaban mis manos era ropa femenina, y ni rastros de mi documento. Luego, intenté con otra y tampoco, nada. Sentía que el ambiente ya se estaba volviendo hostil contra mí, y creía escuchar ya murmullos de desaprobación, de repente sentí que estaba sudando en esta situación tan ridícula  en la que me había metido. Un par de gotas de sudor resbalaron de mi frente, cuando de pronto se desató el caos.

De un momento a otro las chicas parecieron ver mi apuro, y  en un apremio por  ayudarme empezaron a sacar las cosas de todas  las canastas y lo que empezó como algo solidario fue agarrando fuerza y de repente me vi envuelto en una nube de trapos que volaban de un lado a otro. Las muchachas le agarraron gusto al asunto y empezaron a arrojarme a la cara todas sus prendas, por doquier volaban calzones, sostenes, camisetas, y lo que cabe en la maleta de una dama. Un tsunami de ropa femenina me cayó encima,  mientras las carcajadas llenaban el cuarto.  A punto de ahogarme en un mar de trapos, decidí dar marcha atrás mientras las chicas continuaban en un pandemónium de prendas. La última imagen que de soslayo  vi es que ya todas estaban como cuando llegaron al mundo, pero no me quedé para contemplarlo.  

Dando un portazo salí de la habitación.  Resignado y pensando que quizá nadie más había perdido antes un documento de esa absurda manera. En la distancia aún se podía escuchar la algarabía de las damas que continuaba.



John Montilla:   Relato
Imagenes 1 y 3 tomadas de internet
Imagen 2.  Fotomontaje con un dibujo de Daniel Cerro. 
jmontideas.blogspot.com
(1-VI-2020) 




domingo, 17 de mayo de 2020

PErrADILLA

Por. John Montilla
“He tenido sueños y he tenido pesadillas,
pero he vencido a mis pesadillas gracias a mis sueños.”  Jonas Salk   


Pintura: El viejo rancho. Autor: Mauricio Morales. (2020)
Debo advertir que esto que voy a narrar fue un sueño que no hace mucho tuve. No me vayan a juzgar mal, sólo hago el papel de narrador protagonista. Soñé, que había ido a la vereda a visitar a uno de mis tíos, y como en muchas otras fincas allí también tienen perros. Siempre que voy, por el camino recojo una vara para espantar a todos los perros que salen a ladrar furiosos, para no estar buscando varas todo el tiempo he optado por esconder una en la oquedad de un árbol. Por supuesto, está vez también pude encontrarla en ese escondite y con la confianza que este objeto me daba, proseguí mi marcha hasta llegar a la casa.

Mi tío tiene la casa construida sobre pilotes que se levantan a más de un metro del nivel del suelo, y de esa forma aprovecha la parte baja para encerrar gallinas o criar cuyes, pero esta vez no miré nada. La casa estaba en silencio, hecho que despertó mi alarma, porque si no había nadie, los perros debían de estar más alerta que nunca. Me acerqué a la casa y llamé en voz alta: ¡Tío, tío !, nadie contesto, y de repente salió de debajo de la casa un tremendo pitbull negro que se estrelló contra la malla metálica en su afán de abalanzarse sobre mí, unos pollos que estaban cerca corrieron espantados y un gato que estaba dormitando en la parte alta de la casa, pegó un salto y en un santiamén estuvo en el tejado, mientras que yo por instinto agarré el palo como si fuese una espada, y con asombro pude notar que ahora tenía un largo y puntudo machete en mis manos.

Por fortuna, la malla, parecía segura, y la bestia seguía ladrando y acometiendo el vallado, nervioso volví a llamar, nadie respondía. Salvo los gruñidos del perro, nada se escuchaba, me estaba fastidiando la situación así que decidí dar media vuelta y regresarme, cuando de pronto el perro se puso a dar vueltas por el vallado, pensé: “Que tal si hay una abertura”, así que decidí largarme pronto de allí.
N°.2
N°. 3

De pronto vi que el animal se agachó sobre un pequeño hueco y alcanzó a  sacar una pequeña parte de su hocico, la malla pareció levantarse un poco, asustado decidí irme rápido de ahí, de pronto el animal se puso a cavar como loco, y gradualmente iba ensanchando el agujero, yo ya había arrancado a correr, cuando a los pocos segundos sentí que la fiera iba detrás  mío, alcancé a dar los últimos llamados a mi tío, pero tampoco hubo respuesta,  mientras corría por los cañaverales, iba pensando en un árbol, pero no se veía ni uno sólo. El perro ya me iba a dar alcance, cuando divisé una vieja y abandonada casa de madera,  construida sobre unos pilotes más altos que la casa de mi tío. Sin soltar el machete, me trepé de un salto, y desde allí enfrenté al perro, que luchaba en la parte baja por saltar.

Mí terror le había ganado a la compasión y ya le tiraba a matar. Alcancé a herirlo un poco en un costado, esto pareció amilanarlo un poco, pero me equivoqué, porque la bestia de un salto corrió hacia las gradas y en un instante estuvo arriba, yo lo espere firme y de frente, y cuando el animal dio el salto en el aire, le clave el machete en el cuello, y con el mismo impulso del perro lo tiré a la parte baja, De repente todo mi miedo, se había transformado en furia. Y salté detrás de él, que estaba tirado en el piso. No voy a describir la carnicería que armé allí porque no quiero dañarles el rato, pero el animal se resistía a morir, entonces en el paroxismo de la lucha le clave sin compasión el machete en el corazón, y de repente noté sorprendido que el animal se fue encogiendo poco a poco hasta convertirse en un pequeño cachorro. Y justo entonces apareció mi tío. Él estaba completamente inexpresivo, no dijo nada, se agachó, agarró el cachorro muerto, le desclavo el machete y lo tiró en el piso y se marchó sin decir palabra. Yo arrimado a la casa, sudando a chorros y aún aturdido por el suceso, simplemente alcance a murmurar: “Tío, perdóneme, pero tenía mucho, mucho miedo.” Pero él ni siquiera me volteó a ver, prosiguió imperturbable su marcha. Dos lágrimas corrieron por mis mejillas.

… Perdónenme ustedes, tenía mucho miedo, ustedes saben que no soy mala persona.


N°.4

John Montilla (17-V-2020)
Imagen de portada: Pintura de Mauricio Morales
Fotografías N°.2 y 3 tomada de internet
Fotografía N°. 4 Memo Romo 
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viernes, 15 de mayo de 2020

CUADERNO-TESORO

Por. John Montilla

“Guardaré este cuaderno con cariño.” M.R

Todos tenemos en nuestra memoria algún profesor inolvidable, quien, para bien, dejó una huella imborrable en nuestras vidas.  Les voy a contar un pedacito de la historia del profesor que nunca he olvidado. Tengo de esa persona dos cosas que muchos años después aún conservo.

Fugaces pasan por mi mente visiones de antaño en las que presuroso llegaba a casa después de la escuela y me deleitaba con mis primeros trazos y palabras escritas, tanto es así, que, de aquella época, aún conservo como un verdadero tesoro, un cuaderno de mi primer grado escolar, no dice, cuaderno de español, ni de gramática, ni mis primeros trazos, ni tampoco dice “que divertido es aprender a leer”, ni nada por el estilo. Mi cuaderno tesoro inicia con el sugestivo rótulo de “ENTRADA AL SABER”, es el más bello título que haya leído en mi vida; es una invitación al viaje del conocimiento, en mis años de trabajo como docente, nunca he visto algo que se le parezca.

Ese hermoso título, que hace tanto tiempo fue hecho con tinta indeleble color púrpura, con el paso de los años se ha ido desapareciendo, razón por la cual, alguna vez, no recuerdo cuando, decidí repintarle los bordes con lapicero negro, en un afán de conservar esas memorables palabras que están estampadas en unas ya quebradizas, frágiles y amarillentas hojas. Eso fue algo así como profanar con mis manos inexpertas una obra de arte creada por un maestro.
Esas inolvidables palabras fueron escritas con la letra armoniosa y firme de mi primera profesora, a quien tengo en mi memoria como una mujer muy paciente y llena de ternura. ¿De dónde era ella? No lo sé; pero recuerdo que hace unos años intente localizarla para expresarle mi eterna gratitud, por haberme guiado a la entrada del saber. Desafortunadamente mis pesquisas resultaron infructuosas. Nadie me supo dar razón. No creo que aún exista, pero las semillas que ella como maestra dejo sembrando, aún perduran, como también perduran en mi cuaderno todas las imágenes que ella hizo con sus propias manos, era muy buena dibujante, aún hoy, me sorprende su habilidad para hacer tantos dibujos a tantos niños en clase.

Se llamaba Miriam Ruales, mi mente guarda retazos de recuerdo de su imagen, su cabello era bastante crespo, ella era alta y bien formada, y creo que sus mejillas eran bien coloradas, siempre he pensado que debió ser de Pasto o del Alto Putumayo. Como nunca pude encontrarla, sea esta la oportunidad para dedicarle las mismas palabras que hace ya muchas lunas, ella me regalara de viva voz, una voz que mi traidora memoria, ya no conserva, pero que si está plasmada en mi viejo cuaderno-tesoro y que quedaron guardadas para siempre en este inolvidable dictado que ella nos hizo copiar y que aquí transcribo textualmente:

ADIOS A PRIMERO

“He terminado mi primer grado de primaria
Aprendí muchas cosas útiles y bellas.
No olvidaré las enseñanzas que me dio mi maestra.
Y los ratos felices que pasé con mis compañeros.
Al despedirme le doy gracias a mis padres
que con amor me mandaron a la escuela
a aprender a leer y escribir.”

Este maravilloso escrito de despedida de mi primer año escolar, termina así:

 “Guardaré este cuaderno con cariño.”

Esta memorable frase final, caló muy hondo en mí; prueba de ello es que muchos años después aún está en mis manos y en mi vida, pues con el transcurrir del tiempo llegué a comprender que este valioso objeto era para mí una metáfora, ya que con él estaba también conservando por siempre el conocimiento que ella me había compartido. Por eso nunca la olvido. Le guardo eterna gratitud.

Gracias a mi profe por enseñarme y señalarme la entrada al saber.

***
Parte posterior del cuaderno,  aún conserva su antiguo forro de plástico. 
Adenda.

Alguna vez tuve la oportunidad de ser profesor de grado primero, y a mis estudiantes les hice copiar ese mismo título en sus cuadernos y al finalizar el año escolar les hice copiar el mismo dictado, no creo que ninguno haya guardado su cuaderno. No hace mucho y después de varios años, tuve la oportunidad de contactar a uno de esos exalumnos, esa experiencia es tema para otro artículo.


John Montilla. Texto e imágenes
jmontideas.blogspot.com
(15-Mayo-2020)

domingo, 10 de mayo de 2020

NO LE VAYAN A DECIR A MI MADRE

Por, John Montilla 



No le vayan a decir a mi madre que me he tomado el atrevimiento de tomarle una foto a su vieja cafetera y la he publicado en las redes sociales, ella no comprendería mis razones, y por supuesto es posible que  tampoco me lo perdone y lo más grave, quizás ella no vuelva a contarme esas historias que sabe. Ese es el riesgo que corro al hacer este escrito.

Les voy a contar como conseguí la foto antes de pasar a las historias que ella a ratos me narra: Aproveché que la casa estaba solitaria, de otra manera, mi madre no me habría permitido hacer la fotografía, porque en sus propias palabras “Vos todo lo andas publicando”. La actual circunstancia de la pandemia, con el aislamiento de la familia para pasar la cuarentena, me permitió andar por todos los recovecos de la casa y echarle una mirada de narrador explorador a las cosas que me parecen que me pueden generar una historia, como por ejemplo esa vieja cafetera.

Ese objeto lleva muchos años en la cocina de mi madre, ignoraba  cuantos, pero una pregunta que le hice disimulando mi interés, me confirmó que tenía más de tres décadas. También pude comprobar que era de buena madera; fue elaborado con “amarillo y achapo” los duchos en el tema comprenderán de que hablo. Y de ñapa me enteré que mi mismo padre la elaboró en una temporada en que se le asignó laborar en la sección de carpintería cuando trabajaba en la gobernación. Él,  en su tiempo  fue un gran conocedor de  maderas. Ese conocimiento ha sido la clave de la longevidad de esa cafetera.  Me pregunto cuántos cientos de litros de café se han colado en ese objeto casero. De ahí se ha servido café en todos estos años a propios y extraños. Todo visitante que llega a la casa, por lo menos  se ha tomado una taza de café salida de ese artilugio de antaño.

Pero, como decía antes, a mi madre no le gustará saber que estoy haciendo conocer algunas intimidades de la casa. Ya he tenido con ella varios episodios sobre estos temas, porque ella es bastante reservada en sus cosas, y también con sus historias; por ejemplo, no hace mucho a raíz de la pandemia del coronavirus, me estuvo contando que alguna vez su bisabuela le contó de una epidemia que hubo hace ya varios años en Ancuya, Nariño, su pueblo natal. Por supuesto que yo creí en su versión, pero no tenía elementos para comprobarlos hasta que recientemente, una veterana profesora, y al parecer oriunda de esa misma localidad, publicó un texto en las redes sociales, en el que narraba y corroboraba parte de esa trágica historia. Además, pude acceder a un documento oficial del año 1939, en el que presidente de aquella época, Eduardo Santos, ordenaba unas disposiciones para contrarrestar el problema sanitario que acabó con la vida de mucha gente en esa época.

Mi madre recordaba que su bisabuela había dicho: “La gente contagiada de repente daba un salto como si fuera una gallina con achaque y ahí quedaba quieta para siempre”, una parte de la narración que leí del hecho  dice así: “La enfermedad se caracterizaba por anemia, fiebre alta, sudoración  y aparición de verrugas… ”

Otro fragmento del relato, nos da más luces sobre la magnitud de ese desconocido suceso: “Ante tanta desesperación por evitar la epidemia, el padre Alfonso Romo Lucero, solicitó ayuda ante el gobierno Eclesiástico del Ecuador, de donde le enviaron un médico que resultó peor que la enfermedad ya que este galeno confundió la enfermedad con fiebre tifoidea y los medicamentos suministrados no eran los adecuados acelerando la muerte de los pacientes.
Las cajas mortuorias eran fabricadas por un carpintero del pueblo quien no se daba abasto por la cantidad de muertos que a diario se presentaban, para tan mala suerte que este señor fue contagiado y murió, ante la falta de cajas optaron por trasladar los féretros en chacana y colocarlos fosas que se habían abierto en el cementerio.”

Ancuya, foto antigua, tomada del facebook de Irma Zambrano 
Este pedazo de historia lo aprendí, gracias a la memoria de mi madre, pero a ella no le gustará que yo lo ande diciendo a los cuatros vientos. Pero, este tipo de cosas merecen ser compartidas, así como las vivencias de un legendario señor del que ella a veces se acuerda unas frases geniales. Yo tenía una serie de apuntes guardado con el título de “La historia del finado Bauta”, pero un aciago día, mi computador se dañó y perdí todos esos datos que había recogido en el transcurso de varios años, y cuando quise pedirle de nuevo que me los contara, no quiso por dos razones; la una porque ya no se acuerda de todos y la otra porque, según ella, repito: “todo lo ando publicando”; son pocos los recuerdos que tengo y aspiro volver a armar el rompecabezas de esa historia, porque me gustaría algún día mostrarle al mundo quien fue el finado Bauta. Quien según mi madre tenía cosas como estas:

Él era un hombre muy humilde y muy buen obrero, pero si un día amanecía lloviendo él simplemente decía: “Pobre soy, pero así no voy.” O si ya se había ido a trabajar y a media mañana, también llovía, paraba labores y decía: “Este ratico no le cobro, pero yo por hoy no trabajo más.” Cuando le servían de comer y veía que la ración era poca para su gusto, tenía una máxima increíble: “Para poca salud, mejor vivir enfermo.” De este talante eran mi colección de frases que se perdieron, y al decirlo aquí me estoy arriesgando a que nunca más mi  madre me vuelva a abrir su cajita de recuerdos, a los cuales les doy un valor inestimable.

También, alguna vez me contó, que hace muchos años. Una señora que venía  de un largo caminar bajo un fuerte sol de verano, se acercó donde otra que estaba jabonando a orillas  de esa bellas quebradas de antaño, y dicha señora en el colmo de la desfachatez y la insolidaridad le había dicho: “Camine, vecina y mientras descansa me ayuda a lavar la ropa.”  Hasta ahora nos gozamos esa anécdota con mi madre, y la usamos para reírnos un rato, por eso muchas veces que yo llegó a su casa a pedir un tinto, me sabe decir: “Mientras descansas, ayúdame a lavar la loza.” O  “Mientras descansas, ayúdame a pelar algunas papas.”  Por supuesto, que cuando ella va a mi casa, también le tengo lo suyo: “Mientras descansa, ayúdeme a peinar la niña”, esa frase únicamente la usamos los dos. Estas cosas no tienen precio. 

Son muchas cosas, las que podría contar, a todos nos ha sido obsequiado el cofre de las historias, nuestra misión es dejarlo abierto para que estas no se queden guardadas y se pierdan en el olvido. Por ahora, comparto sólo esos fragmentos. La foto de la cafetera me llevó a mencionarlos; entonces me toca reiterar: ¡No le vayan a decir a mi madre sobre todo esto que acabo de mostrarle al mundo!, porque  creo que no le gustara que lo haya hecho, y sobretodo porque podría negarme para siempre el legado de sus recuerdos. No me quiero arriesgar a perder ese tesoro. Pero, si alguno de ustedes no puede guardar el secreto; entonces díganle que también escribí que  al igual que las madres de todos ustedes, la considero  el ser más maravilloso que existe sobre la tierra, y que quizá necesitaría tanta tinta, así como el agua que ha discurrido  por su viejo utensilio de cocina para decirle todas las bondades que posee y por supuesto, díganle que anhelamos poder volver a reunirnos como familia a disfrutar de un café salido de su vieja cafetera.




John Montilla. Texto y fotografía 1 y 3.
jmontideas.blogspot.com 
(10-mayo- 2020)