viernes, 15 de mayo de 2020

CUADERNO-TESORO

Por. John Montilla

“Guardaré este cuaderno con cariño.” M.R

Todos tenemos en nuestra memoria algún profesor inolvidable, quien, para bien, dejó una huella imborrable en nuestras vidas.  Les voy a contar un pedacito de la historia del profesor que nunca he olvidado. Tengo de esa persona dos cosas que muchos años después aún conservo.

Fugaces pasan por mi mente visiones de antaño en las que presuroso llegaba a casa después de la escuela y me deleitaba con mis primeros trazos y palabras escritas, tanto es así, que, de aquella época, aún conservo como un verdadero tesoro, un cuaderno de mi primer grado escolar, no dice, cuaderno de español, ni de gramática, ni mis primeros trazos, ni tampoco dice “que divertido es aprender a leer”, ni nada por el estilo. Mi cuaderno tesoro inicia con el sugestivo rótulo de “ENTRADA AL SABER”, es el más bello título que haya leído en mi vida; es una invitación al viaje del conocimiento, en mis años de trabajo como docente, nunca he visto algo que se le parezca.

Ese hermoso título, que hace tanto tiempo fue hecho con tinta indeleble color púrpura, con el paso de los años se ha ido desapareciendo, razón por la cual, alguna vez, no recuerdo cuando, decidí repintarle los bordes con lapicero negro, en un afán de conservar esas memorables palabras que están estampadas en unas ya quebradizas, frágiles y amarillentas hojas. Eso fue algo así como profanar con mis manos inexpertas una obra de arte creada por un maestro.
Esas inolvidables palabras fueron escritas con la letra armoniosa y firme de mi primera profesora, a quien tengo en mi memoria como una mujer muy paciente y llena de ternura. ¿De dónde era ella? No lo sé; pero recuerdo que hace unos años intente localizarla para expresarle mi eterna gratitud, por haberme guiado a la entrada del saber. Desafortunadamente mis pesquisas resultaron infructuosas. Nadie me supo dar razón. No creo que aún exista, pero las semillas que ella como maestra dejo sembrando, aún perduran, como también perduran en mi cuaderno todas las imágenes que ella hizo con sus propias manos, era muy buena dibujante, aún hoy, me sorprende su habilidad para hacer tantos dibujos a tantos niños en clase.

Se llamaba Miriam Ruales, mi mente guarda retazos de recuerdo de su imagen, su cabello era bastante crespo, ella era alta y bien formada, y creo que sus mejillas eran bien coloradas, siempre he pensado que debió ser de Pasto o del Alto Putumayo. Como nunca pude encontrarla, sea esta la oportunidad para dedicarle las mismas palabras que hace ya muchas lunas, ella me regalara de viva voz, una voz que mi traidora memoria, ya no conserva, pero que si está plasmada en mi viejo cuaderno-tesoro y que quedaron guardadas para siempre en este inolvidable dictado que ella nos hizo copiar y que aquí transcribo textualmente:

ADIOS A PRIMERO

“He terminado mi primer grado de primaria
Aprendí muchas cosas útiles y bellas.
No olvidaré las enseñanzas que me dio mi maestra.
Y los ratos felices que pasé con mis compañeros.
Al despedirme le doy gracias a mis padres
que con amor me mandaron a la escuela
a aprender a leer y escribir.”

Este maravilloso escrito de despedida de mi primer año escolar, termina así:

 “Guardaré este cuaderno con cariño.”

Esta memorable frase final, caló muy hondo en mí; prueba de ello es que muchos años después aún está en mis manos y en mi vida, pues con el transcurrir del tiempo llegué a comprender que este valioso objeto era para mí una metáfora, ya que con él estaba también conservando por siempre el conocimiento que ella me había compartido. Por eso nunca la olvido. Le guardo eterna gratitud.

Gracias a mi profe por enseñarme y señalarme la entrada al saber.

***
Parte posterior del cuaderno,  aún conserva su antiguo forro de plástico. 
Adenda.

Alguna vez tuve la oportunidad de ser profesor de grado primero, y a mis estudiantes les hice copiar ese mismo título en sus cuadernos y al finalizar el año escolar les hice copiar el mismo dictado, no creo que ninguno haya guardado su cuaderno. No hace mucho y después de varios años, tuve la oportunidad de contactar a uno de esos exalumnos, esa experiencia es tema para otro artículo.


John Montilla. Texto e imágenes
jmontideas.blogspot.com
(15-Mayo-2020)

domingo, 10 de mayo de 2020

NO LE VAYAN A DECIR A MI MADRE

Por, John Montilla 



No le vayan a decir a mi madre que me he tomado el atrevimiento de tomarle una foto a su vieja cafetera y la he publicado en las redes sociales, ella no comprendería mis razones, y por supuesto es posible que  tampoco me lo perdone y lo más grave, quizás ella no vuelva a contarme esas historias que sabe. Ese es el riesgo que corro al hacer este escrito.

Les voy a contar como conseguí la foto antes de pasar a las historias que ella a ratos me narra: Aproveché que la casa estaba solitaria, de otra manera, mi madre no me habría permitido hacer la fotografía, porque en sus propias palabras “Vos todo lo andas publicando”. La actual circunstancia de la pandemia, con el aislamiento de la familia para pasar la cuarentena, me permitió andar por todos los recovecos de la casa y echarle una mirada de narrador explorador a las cosas que me parecen que me pueden generar una historia, como por ejemplo esa vieja cafetera.

Ese objeto lleva muchos años en la cocina de mi madre, ignoraba  cuantos, pero una pregunta que le hice disimulando mi interés, me confirmó que tenía más de tres décadas. También pude comprobar que era de buena madera; fue elaborado con “amarillo y achapo” los duchos en el tema comprenderán de que hablo. Y de ñapa me enteré que mi mismo padre la elaboró en una temporada en que se le asignó laborar en la sección de carpintería cuando trabajaba en la gobernación. Él,  en su tiempo  fue un gran conocedor de  maderas. Ese conocimiento ha sido la clave de la longevidad de esa cafetera.  Me pregunto cuántos cientos de litros de café se han colado en ese objeto casero. De ahí se ha servido café en todos estos años a propios y extraños. Todo visitante que llega a la casa, por lo menos  se ha tomado una taza de café salida de ese artilugio de antaño.

Pero, como decía antes, a mi madre no le gustará saber que estoy haciendo conocer algunas intimidades de la casa. Ya he tenido con ella varios episodios sobre estos temas, porque ella es bastante reservada en sus cosas, y también con sus historias; por ejemplo, no hace mucho a raíz de la pandemia del coronavirus, me estuvo contando que alguna vez su bisabuela le contó de una epidemia que hubo hace ya varios años en Ancuya, Nariño, su pueblo natal. Por supuesto que yo creí en su versión, pero no tenía elementos para comprobarlos hasta que recientemente, una veterana profesora, y al parecer oriunda de esa misma localidad, publicó un texto en las redes sociales, en el que narraba y corroboraba parte de esa trágica historia. Además, pude acceder a un documento oficial del año 1939, en el que presidente de aquella época, Eduardo Santos, ordenaba unas disposiciones para contrarrestar el problema sanitario que acabó con la vida de mucha gente en esa época.

Mi madre recordaba que su bisabuela había dicho: “La gente contagiada de repente daba un salto como si fuera una gallina con achaque y ahí quedaba quieta para siempre”, una parte de la narración que leí del hecho  dice así: “La enfermedad se caracterizaba por anemia, fiebre alta, sudoración  y aparición de verrugas… ”

Otro fragmento del relato, nos da más luces sobre la magnitud de ese desconocido suceso: “Ante tanta desesperación por evitar la epidemia, el padre Alfonso Romo Lucero, solicitó ayuda ante el gobierno Eclesiástico del Ecuador, de donde le enviaron un médico que resultó peor que la enfermedad ya que este galeno confundió la enfermedad con fiebre tifoidea y los medicamentos suministrados no eran los adecuados acelerando la muerte de los pacientes.
Las cajas mortuorias eran fabricadas por un carpintero del pueblo quien no se daba abasto por la cantidad de muertos que a diario se presentaban, para tan mala suerte que este señor fue contagiado y murió, ante la falta de cajas optaron por trasladar los féretros en chacana y colocarlos fosas que se habían abierto en el cementerio.”

Ancuya, foto antigua, tomada del facebook de Irma Zambrano 
Este pedazo de historia lo aprendí, gracias a la memoria de mi madre, pero a ella no le gustará que yo lo ande diciendo a los cuatros vientos. Pero, este tipo de cosas merecen ser compartidas, así como las vivencias de un legendario señor del que ella a veces se acuerda unas frases geniales. Yo tenía una serie de apuntes guardado con el título de “La historia del finado Bauta”, pero un aciago día, mi computador se dañó y perdí todos esos datos que había recogido en el transcurso de varios años, y cuando quise pedirle de nuevo que me los contara, no quiso por dos razones; la una porque ya no se acuerda de todos y la otra porque, según ella, repito: “todo lo ando publicando”; son pocos los recuerdos que tengo y aspiro volver a armar el rompecabezas de esa historia, porque me gustaría algún día mostrarle al mundo quien fue el finado Bauta. Quien según mi madre tenía cosas como estas:

Él era un hombre muy humilde y muy buen obrero, pero si un día amanecía lloviendo él simplemente decía: “Pobre soy, pero así no voy.” O si ya se había ido a trabajar y a media mañana, también llovía, paraba labores y decía: “Este ratico no le cobro, pero yo por hoy no trabajo más.” Cuando le servían de comer y veía que la ración era poca para su gusto, tenía una máxima increíble: “Para poca salud, mejor vivir enfermo.” De este talante eran mi colección de frases que se perdieron, y al decirlo aquí me estoy arriesgando a que nunca más mi  madre me vuelva a abrir su cajita de recuerdos, a los cuales les doy un valor inestimable.

También, alguna vez me contó, que hace muchos años. Una señora que venía  de un largo caminar bajo un fuerte sol de verano, se acercó donde otra que estaba jabonando a orillas  de esa bellas quebradas de antaño, y dicha señora en el colmo de la desfachatez y la insolidaridad le había dicho: “Camine, vecina y mientras descansa me ayuda a lavar la ropa.”  Hasta ahora nos gozamos esa anécdota con mi madre, y la usamos para reírnos un rato, por eso muchas veces que yo llegó a su casa a pedir un tinto, me sabe decir: “Mientras descansas, ayúdame a lavar la loza.” O  “Mientras descansas, ayúdame a pelar algunas papas.”  Por supuesto, que cuando ella va a mi casa, también le tengo lo suyo: “Mientras descansa, ayúdeme a peinar la niña”, esa frase únicamente la usamos los dos. Estas cosas no tienen precio. 

Son muchas cosas, las que podría contar, a todos nos ha sido obsequiado el cofre de las historias, nuestra misión es dejarlo abierto para que estas no se queden guardadas y se pierdan en el olvido. Por ahora, comparto sólo esos fragmentos. La foto de la cafetera me llevó a mencionarlos; entonces me toca reiterar: ¡No le vayan a decir a mi madre sobre todo esto que acabo de mostrarle al mundo!, porque  creo que no le gustara que lo haya hecho, y sobretodo porque podría negarme para siempre el legado de sus recuerdos. No me quiero arriesgar a perder ese tesoro. Pero, si alguno de ustedes no puede guardar el secreto; entonces díganle que también escribí que  al igual que las madres de todos ustedes, la considero  el ser más maravilloso que existe sobre la tierra, y que quizá necesitaría tanta tinta, así como el agua que ha discurrido  por su viejo utensilio de cocina para decirle todas las bondades que posee y por supuesto, díganle que anhelamos poder volver a reunirnos como familia a disfrutar de un café salido de su vieja cafetera.




John Montilla. Texto y fotografía 1 y 3.
jmontideas.blogspot.com 
(10-mayo- 2020) 









domingo, 19 de abril de 2020

SANTO REMEDIO

Por. John Montilla 
“Cuando se sugieren muchos remedios para un solo mal, quiere decir que no se puede curar.”  Antón Chéjov
“Come hierba, millones de vacas no pueden equivocarse.” Escribió el gran  Walt Whitman en su célebre obra  “Hojas de hierba”, quizás sería por eso, que otro grande como Pink Floyd quiso inmortalizar a la vaca y le dedicó una portada de uno de sus discos. Alguna vez le escuché decir a alguien que de esta manera el hombre le rendía pleitesía por los viajes sicodélicos que se daba gracias a lo que crecía en los restos que  dejaba el rumiante con toda la hierba que se comía.

Siguiendo con el tema vacuno, muchos sabemos que en la India a la vaca se la tiene como un animal sagrado, y por estos días viendo noticias en diarios extranjeros, leí que en ciertas poblaciones de ese país, algunas personas están tomando orines de vaca como remedio para prevenir el coronavirus, por  supuesto la ciencia médica no avala este tipo de procedimientos, pero  quien le quita a la gente las creencias, máxime cuando no hay la contra para la peste. Algunos incluso consideran medicinales hasta la misma boñiga. Me pregunto como será el proceso de recolección, el consumo se hace bebiendo unos buenos tragos.

Alguna vez escuché, que con el popo de vaca seco se puede hacer un zumo o brebaje , no recuerdo si para bajar una fiebre intensa o mermar el brote severo de la varicela. Vaya uno a saber si es cierto. Aunque, creo que después de que este bien hervido  y si es milagroso como dicen, bien podría pasar por el gaznate.  

¿Quién dijo asco ? En mi familia hay una frase que he escuchado por años cuando los niños no quieren tomar una medicina: “Los remedios se toman, no por ser ricos, sino por ser  remedios."  Aunque con el tema de la boñiga hay que tener un estomago bien duro para digerir esas cosas y no escupirlas. Vale recordar que la vaca tiene cuatro estómagos , engulle todo el día y luego se echa a rumiar para que cuando necesites un hervido con sus restos te quede mejor que el que viene en las bolsitas de aromáticas. Tal parece ser esa la solución desesperada que están buscando en algunas zonas deprimidas de la India. Como quien dice con el culo de las vacas intentan plantarle cara al coronavirus.

Parece que en la India pretenden arreglar las cosas bajándola con tragos amargos, tan amargos como la situación que están sufriendo unos colombianos varados en ese lejano país.  Los agarró la cuarentena mundial allá y no han podido encontrar la fórmula para salir. Un desesperado compatriota narraba las peripecias que tuvo que hacer para librarse de una garrotera por parte de la policía y civiles, todo por tratar de conseguir una botella de agua. Angustiado narraba que estaba sobreviviendo con agua y galletas. A sol de hoy ignoro, si le le hallaron remedio a su complicada situación en el país de las vacas sagradas.

Prefiero referirme a cosas más amables como la fórmula de leche de una yegua  negra contra la tosferina en los niños. Suena hasta poético, dicen que es un secreto que funciona.  

Estos días he escuchado y leído sobre varias curas milagrosas contra el enemigo invisible que nos acecha. Alguien díscolo propuso hasta buscar un pelo en la biblia, para que con él se prepare una especie de agua aromática santificada, lo cual bien  podría calificarse como una “cura de burro” tanto por lo estrambótica como por lo absurda.

Pero la mayoría le apunta al uso de la medicina tradicional y sus plantas. He visto como en el Ecuador cargaban montañas de eucalipto en un intento desesperado por enfrentar la pandemia mediante infusiones e inhalaciones calientes de dicha planta, y a nivel local he leído a algunos que mandan a tomar limonadas y agua de la planta del limoncillo, unos que esta planta, otros que aquella planta, pero la mejor receta que he leído y que la dio una amiga es esta: 

“La mejor planta para prevenir el Covid-19, es:
 Planta tu culo en  casa y no salgas.”
 Como quien dice he aquí un santo remedio.



John Montilla (  19-IV-2020)
Imágenes tomadas de Internet

lunes, 6 de abril de 2020

LA CASA NO ES LA MISMA DESDE LA CUARENTENA


Por. John Montilla
“Sólo por su luz la casa es humana. Ve como un hombre. Es un ojo abierto a la noche.” Gastón Bachelard


La casa no es la misma desde la cuarentena
Las paredes se han llenado de ruidos y silencios cotidianos.
El sofá ha envejecido varios años en pocos días.
La puerta de entrada se inclina ociosa,
y de reojo ve que la nevera presta su puerta luminosa
para que por ahí se escape el tedio de cada día.
El televisor se ha mudado al cuarto,
pero ahora duerme menos, su rostro luce cansado.
La cama está un poco molesta porque la miran con fastidio.
La vieja hamaca se ríe disimuladamente,
nunca había estado tan bien consentida.
Las llantas de los vehículos se han prestado
para que la arañas anclen los extremos de sus redes.
La vieja sombrilla abandonada en su percha
se muere de sed,
extraña la lluvia.
Parece un gran murciélago embalsamado.

Las gafas oscuras están pálidas,
extrañan la luz del sol.
Y se maquillan con el polvo de la nostalgia.
El sombrero está muerto,
ha perdido su cabeza.
Algunas medias se han escabullido por algunos de sus agujeros.
A sus compañeras solitarias las cobija la nostalgia.
El ropero parece un sarcófago antiguo,
cerrado herméticamente,
anhela ser encontrado por un explorador de tesoros ocultos.
Los abrigos tienen frío,
evocan un cálido abrazo.

El computador está extenuado,
alarga la cara pidiendo un respiro.
El celular se ha quedado asfixiado,
tiene mucha presión de manos y dedos ansiosos,
que lo usan como pies para salir a caminar el mundo.


Sólo los libros están alegres,
lucen felices,
están radiantes,
el polvo ha volado de sus cubiertas.
Manos amigas los acarician.
Los lápices de colores han saltado alegres de sus cajas.
Los olvidados pinceles,
que eran plantas inertes en los estuches,
han vuelto a florecer con la humedad de nuevas pinturas.
Las fichas de dómino están de carnaval,
sus puntos bailan de gozo,
arman coreografías en mesas familiares.
Los dados están quedando redondos
de tanto dar volteretas en los tableros.
La efímera felicidad estalla en frágiles burbujas,
las mismas que extinguen al resignado jabón
que lamenta su suerte.

En la oscuridad de la noche,
los zapatos aplastados por el tedio
promueven una silenciosa revolución,
planean escaparse a la calle
llevándose consigo a sus dueños.  


John Montilla. Texto. (6-IV-2020)
Imágenes tomadas de internet. Pixabay.
jmontideas.blogspot.com

jueves, 2 de abril de 2020

MEMORIAS DEL CINE SCALA

Por. John Montilla

“El cine es un espejo pintado.” Ettore Scola 


No sé si cada uno de ustedes recuerda la primera película que vio en su vida, pero yo si tengo el recuerdo muy claro. Como podría olvidar algo que me impactó. Nos llevaron de la escuela en grupo, debió ser un mes de mayo, porque la película llevaba por título “Así era mi madre”, no recuerdo nada de la trama, pero sí el nombre. La tecnología me ha ayudado a encontrarla, creía que era una producción mexicana, pero me encuentro que es española; o mejor dicho una coproducción entre los dos países del año 1961, y también he logrado conseguir una sinopsis:

“Lucy trabaja como profesora de música en un colegio y tiene un niño muy especial que canta como los ángeles. Al volver a las clases tras las vacaciones de verano, se entera de que Joselito, el alumno, no volverá porque su padre ha fallecido hace poco. A Lucy le afecta mucho esta noticia y decide ir a ver cómo está. La situación que se encuentra es trágica. Joselito vive en la ruina y absolutamente solo. Lucy decide acogerle en su casa y cuidarle como si fuese su propio hijo, aquél que perdió hace muchos años.”

Lo cual promete ser un buen argumento sentimental y con mucha música, pues está interpretada por Libertad La Marque y el mismo Joselito. Habría que verla con los ojos de hoy para poder un juicio sobre ella. Ese es mi primer recuerdo como cinéfilo.

Pero la segunda película que vi en mi vida marcó para siempre mi forma de ver la las cosas, llevaba por título: “Hércules” y me metió de golpe en el mundo de la mitología griega. Amé desde un principio esa carga de héroes, monstruos y cosas míticas.  De niño, más que aterrorizarme por ser la primera vez que miraba en pantalla gigante a un dragón de tres cabezas, casi que lamenté cuando Hércules se las cortó. Con esa película descubrí la magia de la fantasía. Eso ayudó mucho en mi temprana afición por los libros de aventuras. Debe ser por eso mismo que le encuentro tanto gusto al contemplar carrozas de fantasía en carnaval, por supuesto que muchas veces he ´participado en la creación de varias de ellas.  Esa película me dejó encandilado, fue la misma sensación que tuve al salir de la oscura sala de cine al sol de aquella mágica y remota mañana.

Anuncio tomado de la Revista Cultural KAIPI, del año 1976.

De las películas que seguí viendo, no puedo dar razón. Pero si puedo anotar algunas cosas más del lugar al que íbamos los habitantes de Mocoa a ver películas se llamaba Cine Scala, propiedad de la familia Dávila, muy conocidos en nuestra localidad. El teatro era un sitio al que uno entraba subiendo unos cinco o seis pequeños escalones, y se daba de frente con una alargada sala, provista de dos largas filas de bancas de madera. organizadas en sendas hileras, separadas por un angosto pasillo. El salón tenía un desnivel que permitía que el espectador de frente no le tape la vista al de atrás, el resto se componía de unas altas y desnudas paredes grises y nada más. Al frente, cerca de donde daba la proyección de la imagen y a mano izquierda quedaban unos estrechos baños. No podía faltar a veces aquel que en mitad de la película se atravesara para ir a hacer sus necesidades, lo cual solía despertar el murmullo de desaprobación de los espectadores. Y de vez en cuando algo pasaba con la proyección y esta se apagaba, lo cual generaba el disgusto de la audiencia que hacían sonar golpes en las bancas, chiflidos, palabras de grueso calibre y el repetido estribillo de “la cortaron, la cortaron”, como si hubiese sido fácil mochar una película.

El salón de proyección quedaba justo en la parte alta de la entrada. Lograr que los dueños le permitieran ver la película junto a los proyectores, era un privilegio de pocos. Era algo así como el palco de honor. Pero, algunos se daban las mañas para ver cine por todo lo alto: Son famosas las historias de aquellos que se “colaban al teatro” subiéndose por la parte alta de las casas vecinas   para ver las películas sentados en el tejado, para lo cual tenían que abrir de manera disimulada una alta ventana que había a mano izquierda de la sala. 

Voy a hacer una mención especial a su portón de hierro, ya que, a través de él, uno de niño agarrado de las varillas, podía mirar y leer los grandes y llamativos carteles de las películas que se estaban presentando, pero se miraba con más emoción aquellos que tenían encima un gran letrero con letras rojas que decía: “Próximo estreno”.
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Para muchos era una forma de pasatiempo asomarse al portón a contemplar los carteles de promoción. En mi memoria tengo, el inolvidable cartel de “El último dinosaurio”, la fantasía siempre fue mi favorita, también eran famosos los clásicos carteles de Bruce Lee. Los incontables de películas mexicanas. Los impactantes de las películas de terror, confieso que jamás entré a ver una de esas. Y con el motivo de la pandemia, recuerdo a uno escalofriante que llevaba por título: “Virus”, siempre me impresionó la imagen, lo cual dio origen a estas líneas de evocación en esta cuarentena.

También cabe anotar, aquellas memorables filas que se hacían cuando se iba a estrenar una película muy famosa o bien promocionada, no se podía ni soñar a la “premier” con la cantidad de que gente que se aglomeraba, se atropellaba y se abría paso, casi que a codazo limpio para poder acceder a una minúscula taquilla. Para tratar de paliar en algo eso, los dueños mandaron a instalar unos tubos de hierro, para que la gente llegue ordenada por los menos a la taquilla a comprar su tiquete de entrada. Nunca dejo de sorprenderme la desbordada cantidad de gente que solía aglutinarse en tiempos de semana santa para ver las mismas historias de siempre, era casi que una tradición más de esas fechas. Para mí mas que un goce, me parecían una penitencia. Debo decir, que jamás ingresé a una función de 
esas.

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Mención especial merece un famoso portero que era sordomudo, llamado Jaime; con él, el único discurso válido era tener la boleta de entrada. No había de otra, durante muchos años estuvo en esa labor hasta que el teatro cerró sus puertas. Un amigo me dice que: “Cuando el teatro se acabó, Jaime trabajó en la empresa de aseo en la recolección de basura. Según dice la gente, él se chuzó con una jeringa, se descuidó, se le infectó la herida y que parece ser que esa fue la causa de su muerte.” Nadie tiene la certeza de como terminó la película de la vida de ese personaje.

De lo que si se tiene certeza es cual fue la razón principal que acabó con la existencia del Cine Scala, un lugar de antaño que nos sirvió de punto de entretenimiento y diversión en la Mocoa del ayer: Cuando la tecnología fue introduciéndose en la región, de manera paulatina fue cerrando el portón hasta que el candado se aseguró y la llave que abría la fantasía en la pantalla gigante se perdió para siempre.

John Montilla. Texto.
Imágenes: 2 y 3 tomadas de internet.
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sábado, 28 de marzo de 2020

MI PADRE

Por. John Montilla

“Yo soy una parte de todo aquello que he encontrado en mi camino.” Alfred Tennyson

Mi padre está cerca de alcanzar los 90 años de existencia, pero las actuales circunstancias de la pandemia, ponen un reto más de dificultad para alcanzar esa meta. Él no es de las personas que se queda quieto en casa, prefiere estar en la calle. Le gusta ir a mirar jugar parqués o dominó a los vecinos. En otros tiempos era un consumado jugador de parques en la cuadra del barrio. No de grandes apuestas, sino simple pasadera de tiempo.

 A veces los vecinos casi se amanecían apostando únicamente 200 pesos. Ahora simplemente se sienta a observar mientras no le vence el sueño.  Cuando no está en la vecindad se nos escapa para el mercado, donde tiene varios conocidos y de paso él aprovecha esas escapadas para irse a merendar, para luego llegar a casa y a la hora de la comida decir: “Yo quiero poquito no más.”  Ya conocemos ese estribillo.

Últimamente le ha dado por irse a sentar a la tienda de la esquina a conversar con el tendero, pero es más lo que duerme que lo que conversa. Cuando sale de casa, alista su gorro, su infaltable poncho, y durante mucho tiempo también cargó su paraguas, hasta el día que finalmente tuvo que aceptar que más que para la lluvia o el sol lo estaba llevando para apoyarse. De ahí en adelante decidió aceptar el bordón. Debe ser difícil para una persona que toda su vida ha bregado en la vida, tener que anexar a su organismo un elemento que lo acompañe.

 Pero, ahí va. Por fortuna para nosotros aún nos sigue acompañando. Siempre está hablando de salir, de no quedarse quieto. Es frecuente escucharle la frase:” Yo me voy para el Ecuador.”  No podría decir cuantas veces se la he escuchado repetir, pero es cosa de muchos años. Alguna vez estuvo de paseo en el país vecino, pero antes de eso ya solía decirla.

De repente a un hombre que ha vivido tanto tiempo caminando por la vida, tocó decirle: ¡No salga de la casa! Hay una enfermedad rondando el mundo y la única forma de evitarlo es quedarse encerrado. ¿Cómo podemos pensar que una persona así pueda asimilar un golpe de esos? Cuando mi padre se queda en casa para nosotros no es buena noticia, porque significa que está enfermo, por eso preferimos que ande volteando por la vecindad.

Y entonces resultó que de un momento a otro estábamos vigilando cada paso que daba, y enojándonos con él porque estaba haciendo algo que ha hecho toda su vida: Sentirse libre. No hace mucho, a pesar de todas las restricciones que se le pusieron para que no salga; se nos escapó al mercado para ir a comprar pollo para el almuerzo. Tremendo lío se armó en casa, pues se le ha repetido hasta la saciedad que ahora no podía hacer ese tipo de diligencias. Asunto complejo, no cambias en una semana la rutina de una larga vida.

 Entonces tocó tomar una decisión. Como no se lo puede tener encerrado, pues sería una condena para él. Se buscó la forma de aislarlo; por fortuna para todos, él lo tomó a bien, y aceptó irse a enclaustrar con toda la familia a una finca mientras pasa esta pesadilla. Mi padre,quizás este extrañando sus andanzas pero está bien; él es un hombre de campo y le encanta la naturaleza. Nosotros esperamos poder celebrarle sus 90 años de vida.



John Montilla. Texto y fotografías.
28- marzo- 2020
Jmontideas.blogspot.com



lunes, 23 de marzo de 2020

ADIÓS "PECHO"


Por. John Montilla


Se llamaba Jairo, pero todos los que lo conocían lo llamaban por su apodo “Pecho”, vivía en la pequeña localidad de Puerto Umbría- Putumayo. Era hijo de una humilde mujer de ese pueblo, Arcelia, a ella la recuerdo muy bien, porque cuando finalice mi ciclo de trabajo en esa localidad, ella de manera voluntaria estuvo ayudándome con el trasteo de mis trebejos. Y aún tengo en la memoria el abrazo que me dio de despedida y las lágrimas que derramó por mi partida. Esas cosas sinceras que nacen de los corazones buenos, no se olvidan.

Me enteré que su hijo murió esta semana, y por eso me propuse hacer una breve semblanza de él. “Pecho” como sus amigos le decían, era igualmente humilde y noble. Nunca aprendió a leer, la vida le negó esa posibilidad, pero eso no impidió que durante su existencia fuera una buena persona, un hombre solidario y colaborador como pocos.

Siempre me llamó la atención el porqué de su apodo, pensaba que se debía a que por lo general se lo veía con el torso desnudo y la camiseta en la mano o en uno de sus hombros, especialmente cuando se iba jugar voleibol; su deporte favorito. Con la noticia de su muerte, también me llegó la razón de cómo se ganó ese sobrenombre. Dicen que, en su juventud, cuando se iba de farra y le preguntaban que para donde iba, él tenía su respuesta: “Me voy a hacer pechito con pechito”. Uno de sus vecinos me cuenta: “Cuando nosotros lo mirábamos bien vestido y con su poncho terciado al hombro, sabíamos que se iba a sus andanzas de hacer pechito con pechito.” lo cual derivó con el tiempo en la palabra “pecho”, palabra que lo acompaño hasta el último día de su vida.

Todos en el pueblo, lo recuerdan, porque fue un hombre decidido y que no dudaba en ponerle el pecho a las cosas que ningún otro se atrevía a hacer. Especialmente cuando al pueblo le tocaba los azotes de la violencia y aparecían de repente en el río finados, a los que nadie se atrevía a ponerles la mano, muchas veces por el estado en el que los solían encontrar. Cuando estos duros episodios tocaban a esta localidad. La gente corría a llamarlo y él no dudaba en ponerle el pecho a la brisa y ser él quien pusiera manos y corazón para hacerse cargo de esos asuntos propios de los hombres fuertes.

Alguien me cuenta la historia de la vez que encontraron un transportador asesinado y fue él quien, a pesar de las amenazas de los grupos armados, lo recogió, lo baño, lo instaló y acompañó en la caseta comunal del pueblo hasta que la familia del difunto apareció. Son muchas los episodios de este calibre a los que se enfrentó este hombre sin miedo. Tenía un corazón tan grande en el cual no cabía el miedo en su pecho.

Este hombre alto y delgado, tenía otra cosa que lo distinguía: Era el único en el pueblo que usaba sandalias de caucho con hebilla, un calzado que no es fácil de conseguir, pero él se daba sus mañas para conseguirlas, me dicen que “las mandaba a traer del Ecuador con unos familiares.” Por donde quiera que iba, llevaba sus singulares sandalias, sus amigos se las habían bautizado “las Arcelias” en referencia a su madre.  

Jairo, se ha marchado para siempre, dejando sus “Arcelias” por fin descansar, dicen que este hombre de corazón grande, se asfixió durante uno de sus ataques de epilepsia. “Pecho” se quedó sin oxígeno, quizá todos aquellos desdichados a quienes él tendió sus solidarias manos, lo hayan salido a recibir con los brazos abiertos. Pero ahora ante esta ausencia, ninguno de nosotros se alcanza a imaginar, el vacío que su anciana madre debe tener en el pecho. 

Descansa en paz, amigo Jairo.

Río Guineo, Vereda el Naranjito. (Putumayo-Colombia)  Fotografía: Jhonattan Burbano 


John Montilla
23-III- 2020