lunes, 17 de junio de 2024

NUESTROS VIEJOS

 Por. John Montilla



Un domingo de sol vi a don Florencio, uno de los ya pocos fundadores del barrio que aún nos quedan, quien pasaba justo frente a la casa de otro vecino que había abandonado este mundo terrenal después de más de noventa años de existencia: Don Marcos Ojeda, un hombre trabajador de toda una vida, de la misma extirpé de mi padre, de esos hombres fuertes que fueron forjados en ese molde de roble del siglo pasado.  Hombres humildes cuya fortaleza fue el espíritu incansable de trabajar para sostener y sacar avante a sus familias. Uno de sus hijos, en una de sus plegarias agradecía por el privilegio de haber podido compartir con su padre por tanto tiempo: “Gracias Dios por todo, no tengo nada que reclamar …  fue perfecto tu plan para mi padre.”

Don Marcos, ya no está, y me quedan entre los recuerdos los saludos que compartíamos cuando lo veía sentado descansando en uno de los andenes de la vecindad. Y es allí donde de pura casualidad me saludo con don Florencio, y entonces siento cierta alegría interior por tener el privilegio de ver aún por esas calles - que guardan tantas historias - a esas personas que igualmente han llenado parte de mi paso por este mundo.

Pero, al seguir mi recorrido, después del saludo, me golpea el látigo de la nostalgia al pensar en todos aquellos de “nuestros viejos” que ya no están. Y me pongo a pensar que, a parte de su presencia, también se llevaron para siempre sus nombres, algunos bíblicos, otros tomados del legendario almanaque Bristol, o de aquellas revistas o folletos de agricultura de antaño.  Me vienen a la memoria don Heliodoro, don Campo, don Victoriano, don Enrique, don Ignacio, don Raúl, don Julio, don Desiderio, don Pablo, don Eduardo, doña Nubia, doña Elvia, doña Clarita, doña Marina, doña Ofelia, doña Rosario, doña Colombia, doña Chavita, doña Celina, don Virgilio, mi padre y por supuesto don. Marcos y tantos otros nombres que se pierden en la telaraña de mis recuerdos.

Por eso creo que es de verdad un premio alegre el poder saludar a don Florencio, y verlo todavía deambulando por las callejas por las que caminaron nuestros viejos. Que al igual que todos los antes mencionados, trajinó su vida entre el trabajo y su familia.  Gratos recuerdos de antaño cuando en épocas decembrinas su casa se convertía en el epicentro donde terminaba la rumba de la vecindad. Su esposa doña Clarita, una mujer festiva y de muy buen ambiente acogía a cuanto vecino llegara a bailar en el amplio patio de su casa. Nunca más las navidades en el barrio volvieron a ser las mismas desde su ya lejana partida.  Pero pese a esa irremediable pérdida don Florencio supo persistir y su presencia es un monumento andante de épocas pasadas.

Recuerdo cierto día que su hijo, técnico-electricista estaba realizando un trabajo en las alturas, abrazando los cielos bajo un sol inclemente, y don Florencio, se las arregló para hacerle llegar una fresca limonada usando cuerdas que su hijo le descolgó hasta los suelos. El amarró un recipiente en una mochila y su hijo la subió hasta donde estaba. Ver la satisfacción de ambos, el uno deleitando el líquido en lo alto y el otro contemplándolo desde el piso, fue un cuadro digno que representaba el amor filial.  ¡Como no sentirse orgulloso y contento de tener aún entre nosotros ese tipo de personas! Larga vida para don Florencio. Larga vida para nuestros viejos del barrio que aún nos alegran la existencia con su presencia.

***

John Montilla (19-III-2024)   Relatos de mis memorias.

Imagen tomada de internet

 

DON RAÚL

Don Raúl ha dejado de existir, el nombre quizás no le dirá nada a mucha gente, muchas personas dejaremos este mundo al igual que él; es decir, nos marcharemos en un silencio únicamente roto por los más cercanos; pero cada uno de nosotros tenemos nuestra historia, tan sólo se necesita alguien que escriba, aunque sea unas pocas líneas para notificar la partida.

 La última vez que hablamos, él estaba al borde de las lágrimas, creo que no tanto por el dolor de su hijo asesinado, sino por la impotencia de no tener donde velarlo. Un hombre humilde, curtido por toda una vida de trabajo, se quejaba entre ofuscado y triste porque no le permitían usar la capilla del barrio para un velorio.  Me decía: “Yo con su papá hace ya varios años ayudamos a cargar piedra y arena del río para la construcción de esa edificación y ahora que de verdad la necesito, no la puedo usar.” Pues aparentemente habían decidido usar la capilla sólo para celebraciones eucarísticas. A eso ni él ni yo le encontramos ningún sentido.

 Le di la razón a ese padre afligido, ¡Cómo no usar ese gran salón para algo más humano que un velorio!  Al parecer quien tenía las llaves del lugar no estaba en la localidad. Ofrecí incluso pagar un cerrajero si era necesario para abrir esas puertas; por fortuna gracias a la gestión de la comunidad no fue necesario pasar a vías de hecho y don Raúl pudo velar a su hijo en el barrio en el que había vivido por mucho tiempo.

 Así creo que fue gran parte de su vida, una lucha continua. La avalancha que sufrió nuestro pueblo se le llevó hasta los cimientos de la casa donde vivió y trabajó por varios años haciendo y vendiendo ladrillos de cemento artesanales. Por suerte, vivió para contar el día después del desastre. Su narración de la historia debió ser épica; algo así como si otro diluvio universal le hubiera caído encima.  Fue un hombre que tuvo una gran capacidad de usar la palabra de forma bastante expresiva para narrar las cosas simples de su vida. En sus narraciones las cosas se hacían más grandes. Si en sus trajines a los bosques se topaba con una simple serpiente él te podía pintar el episodio como si hubiera visto el más descomunal animal de la selva. Algunos desdeñaban sus palabras, pero a mí de niño me gustaba la elocuencia con que contaba sus historias.

 Alguna vez le escuché a alguien decirle de forma peyorativa: “El ganadero pobre”, pues aparentemente tenía una sola vaca, pero al parecer él hablaba de ella como si tuviera todo un hato ganadero. No sabría afirmar si eso era verdad, tampoco puedo ya corroborar si era cierto que esa vaca podía llenar tantas cantinas de leche como nunca se había visto. A este hombre que podía transformar con elocuentes expresiones las cosas más sencillas, lo vi la noche del funeral de su hijo, silencioso y firme como un viejo roble que estaba siendo azotado por el vendaval de su dolor interno. Ni una sola hoja húmeda vi caer de sus ojos.

 La casualidad de la vida hizo que él coincidiera no hace mucho en la misma clínica en la que estaba internada mi madre en una ciudad distante de casa; para alegría de nosotros, mi madre pudo retornar a nuestro hogar, pero él terminó su existencia lejos de su terruño. Es una pena ese destierro final para una persona que vivió por tantos años trabajando la tierra que le dio sustento.

 No lo velaran en la capilla que ayudó a construir con sus manos, estará en la casa comunal que queda frente a la casa de mis padres. El último y tremendo aguacero que cayó la tarde que supimos de la noticia de su partida, rebosó los canales de desagüé e inundó el recinto. El agua se escurría a borbotones del techo y entraba por las ventanas sin vidrio, anegaba el salón y salía por debajo de las puertas. Sus deudos y amigos se armaron de escobas y traperos para adecuar el espacio para su adiós.

Fue como la última hipérbole de don Raúl antes de su despedida.

 


John Montilla (10-II-2024)

Relatos de mis memorias

Imagen tomada de internet

Historias: jmontideas.blogspot.com

 

ODA A UN GANCHO DE ROPA

 Por. John Montilla

Oh, noble gancho de ropa, peregrino de la corriente,

En la orilla del río, un fragmento tuyo se hace presente.

Trotamundos de las aguas, las sombras y los vientos;

¿De dónde vienes y a quién serviste en otros momentos?

 

Oh noble gancho de vida, viajero de destino incierto.

Cuelgas tu historia en las ramas de un tronco muerto

Eres un Moisés salvado de la aguas, errante y fugaz.

Eres una alegoría de la vida, este teatro fugaz.

 

¿Qué atuendos adornaron tu figura en el pasado?

Camisas, vestidos, secretos de un guardarropa olvidado

Quizás abrazaste la ropa de un tierno niño,

o la elegancia de una dama y su delicado corpiño.

 

Talvez fuiste testigo de algún amor prohibido y pasajero,

o miraste a algún Romeo que se ocultó en tu ropero.

¿Cuántos trajes de la existencia abrazaste en tu viaje?

¿Cuántos secretos guardaste en silencio y coraje?

 

¿Acariciaste la melancolía de prendas de un dueño ausente?

 O de alegrías, marchas y olvidos   fuiste testigo silente.

¿Cuánto tiempo pasó desde que danzaste en el viento?

Sujetando la vida de telas, en un abrazo lento.

 

Manos indolentes de un viejo armario te despojaron,

O quizás los hilos de la existencia se te soltaron.

La corriente de la vida, implacable en su fluir,

te arrastró en sus aguas obligándote a partir.

 

Así como llegaste a la orilla errante viajero

Así es nuestra historia, un trayecto efímero.

En cada prenda que sostenías un capítulo se escribía,

y ahora colgado de un palo termina tu travesía.

John Montilla:     11-XII-2023

Divagaciones

Fotografías 1. J.M.  Fotomontaje 2:  imágenes tomadas de internet.

Historias: jmontideas.blogspot.com

domingo, 16 de junio de 2024

VENDEDORES DE LLUVIA

 Por. John Montilla

 “Churumbelo nublado, Mocoa mojado”

 Muchos años después frente al parque General Santander trataría de recordar la primera vez que mis padres me llevaron a curiosear en las ferias ambulantes. Mocoa era entonces un pueblo emergente de casas de barro coloniales y las más recientes ya se estaban construyendo con ladrillos de cemento. El pueblo estaba ubicado a orillas de varios ríos de corrientes claras que corrían por lechos de piedras limpias y grandes como monstruos antediluvianos que dormían adormecidos por el arrullo de las aguas. 

 Todos los años por los meses de abril y mayo, un grupo de vendedores ambulantes armaba sus casetas con maderos, plásticos y techos de lata en el parque y con tremenda algarabía de flautas, quenas y tambores artesanales ante la curiosidad de propios y extraños comenzaba a desempacar su mercancía y daban a conocer las más recientes chucherías que traían para cada ocasión:  Hacían grandilocuentes demostraciones con los más novedosos cacharros o artilugios que sacaban de sus cajas y costales; como el sorprendente aparato que alguna vez llevaron y que servía  para pelar y hacer papitas en diversas y atractivas formas. También solían mostrar mágicos quitamanchas que funcionaban a la perfección en las manos de los vendedores, pero eran inútiles ya en casa. Se exhibía incontable cantidad de bisutería: como aretes, anillos, candongas, collares, pulseras, y se vendía música en los “casettes” de antaño y por supuesto no podían faltar las golosinas y las infaltables obleas untadas de arequipe. La clientela solía acercarse de forma medrosa pero expectante a las casetas de venta de productos creados para conseguir o atrapar al amor de la vida como el “quereme”,  “el atrapamozas” “el amansa suegras” y los productos afrodisiacos, junto a los exóticos  libros de magia de todos los colores: blanca, negra, verde y roja. Y como gancho especial, estaba la venta de “regalos sorpresa”, que no era otra cosa, que la venta disimulada de baratijas que se compraban a ciegas, a veces con tan mala suerte que los vendedores se habían olvidado ponerle algo adentro de la bolsita de papel.

 Pero hay un producto que nadie anunciaba pero que según el folclor popular desde la primera fecha que comenzaron a llegar al pueblo, también esto llegaba con ellos: La lluvia.

 Por irónica casualidad, cada vez que las ferias llegan, llueve en el pueblo. Por eso es muy común, que siempre que la gente vea a los vendedores ambulantes dando los primeros martillazos para armar sus casetas, que se comiencen a hacer vaticinios de invierno.

 Por esas cosas azarosas de la vida, el día que ocurrió el desastre de la avalancha en Mocoa, las casetas de las ferias, estaban no el parque, sino junto a uno de los coliseos. Los testigos dicen que ellos también fueron afectados con la inundación; quienes ante la magnitud del desastre no tuvieron más remedio que recoger sus bártulos e irse a buscar mejor fortuna en otros lados.

 Pero hubo uno de ellos que no se fue, es más se quedó mucho más tiempo del que seguro él tenía presupuestado: fue el vendedor de utensilios de cocina y recipientes para almacenar agua. Todos sus baldes, potes, tarros, tanques, bidones, jarras, cacerolas, termos, ollas, cazuelas, pailas, calderos, fueron de las cosas que más se buscaban y se vendían. En los primeros días pasado el desastre la gente le hacía cola para adquirir sus productos, porque se los necesitaba con urgencia y la mayoría de almacenes locales estaban cerrados, ya sea por temor a los saqueos o porque sus dueños andaban heridos, de luto o buscando a sus muertos. Total, el vendedor de cacharros con en ese trágico amanecer de abril, “hizo su agosto”. El diluvio que nos cayó encima y que nos quitó a tanta gente a él le sirvió para ganarse la vida.

 Por supuesto nadie le echó la culpa del desastre a ellos. La gravedad de la situación dejó a un lado el folclor popular. Aunque a ratos me pongo a pensar, no será que de esas bolsitas de “regalos sorpresa” vacías se escapan las nubes que mágicamente anuncian siempre su llegada.

Bienvenidas siempre las ferias,

bienvenida siempre la lluvia.  

John Montilla (24-V-2024)

Relatos de mis memorias.

Fotomontaje: Imágenes tomadas de internet

Historias: jmontideas.blogspot.com

UN GRAN PADRE

 Por. John Montilla

Nuestro padre fue un hombre humilde, que nació en uno de esos pintorescos y bellos pueblos de Nariño de antaño, donde era todo un espectáculo ver florecer las matas de papa y se podía contemplar las espigas de cebada ondeadas por los fríos vientos sureños. Pero un viento distinto hace muchos años lo empujo al Putumayo y acá vino, labró su destino, creo a su familia y se quedó para siempre.

Nuestro padre vivió muchas experiencias a lo largo de su vida, algunas dignas de ser contadas; es una pena que en otros tiempos no lo escuchara con la misma atención con la que ahora escucho las historias que me cuentan. Quizás porque en esos tiempos yo estaba demasiado entretenido con todos los libros y revistas que caían en mis manos.

Pero con los pocos registros que tengo puedo hacer una idea de cómo él miraba con nostalgia las cosas de los tiempos pasados. Creo que a pesar de ser un hombre bastante práctico tenía una visión fantástica del mundo.  Por ejemplo, por cuestiones de su trabajo alguna vez estuvo en Puerto Leguizamo y muchos años después su recuerdo latente era de un rio absolutamente repleto de peces de todos los tamaños y de calles llenas de vendedores de pescado exhibiendo su producto en improvisados puestos callejeros. Él solía repetir muchas veces que había peces como arroz y había visto unos peces tan grandes como bueyes. Quizás nunca comprendí muy bien esa comparación, pero me alcanzaba la imaginación para hacerme una idea del tamaño de esos monstruos.  Aunque de lo que él se admiraba y recordaba cuando en casa comíamos pescado era de haber conocido a un compañero que solía comer ese alimento con espinas y todo. Eso le parecía una cosa increíble que nunca olvidó y por supuesto hasta su último día estuvo convencido que ese rio lleno de peces con ese pueblo de ensueño aún existía.

En eso coincidíamos: yo amo la imaginación y él la creaba o me inspiraba a crearla, en sus últimos años estaba convencido de haber ayudado a construir muchas de las cosas que existen en nuestro pueblo, al fin y al cabo, su trabajo de obrero departamental lo llevó a trasegar por cuanta obra se estuviera ejecutando. Me viene a la memoria ese viejo proyecto de construcción de una hidroeléctrica para Mocoa y a él le tocó esa aventura de internarse en los montes cuando se estaban haciendo los estudios técnicos de esa idea, con tal mala fortuna que cierta vez el machete que blandía para abrirse brecha en el bosque dio de lleno contra un panal de abejas africanas que estuvieron a punto de acabar con su vida. De ahí que me quedé con la impresión de que mi padre había lidiado con otros terribles monstruos a los que desde entonces aún les guardo temor.

Nuestro padre fue un guerrero de muchas batallas, siendo niño recuerdo haber visto a mi madre preocupada porque llegó el rumor de que algo negativo había ocurrido, nunca supe que sucedió. Hasta hace poco intenté averiguarlo, pero me fue imposible. Tan sólo puedo anotar que de ese lejano día recuerdo la imagen del gallo más descomunal que yo había visto en mi vida y que alguien llevó a la casa. Fue como una señal de que mi padre iba a dar la pelea cualquiera haya sido el problema. Siempre asocié a mi padre con cosas grandes. Alguna vez trabajando juntos; aún era un niño, pero me dijo que le gustaría que yo llegara a ser el alcalde del pueblo. Como todo padre tenía grandes sueños para sus hijos.

 Su firmeza y convencimiento tal vez lo llevaban a ello. Él tenía un compañero de trabajo a quien le decía cariñosamente “conejo” y dicho señor sabía revirarle con un tono especial “Templado”, ese fue su apodo por un tiempo, creo que cuando murió don Victoriano Navarro, “el conejo”, también murió el apodo de mi padre, casi nadie más se lo decía. eso era él y lo sabía repetir. “Yo soy templado para el trabajo”, un hombre de temple. Fue como esos robles antiguos, duro, fuerte, con una resistencia a toda prueba; curtido por el trabajo, hecho a pala, hacha, machete, azadón, serrucho, puntillas, martillos y cuanta herramienta manual se pueda mencionar. Un hombre que en otros tiempos reconocía la madera con sólo olerla o palparla con sus manos. Que nunca le decía no a una tarea por hacer, y que no nos podía ver a nosotros sus hijos sin estar haciendo nada productivo. Nos enseñó a trabajar y sobre todo nos inculcó el que debíamos ser honrados. “El que trabaja no come paja” era una de sus frases favoritas. Triste fue el momento en que se despidió de las herramientas que lo acompañaron durante toda su vida, para tomar un bordón que lo ayude a soportar el paso ineludible del tiempo.

Todos somos unas frágiles fichas en el juego de la vida.

Recuerdo sus maratónicos encuentros de parqués con un grupo de vecinos. Quedó grabado en mi memoria, un lejano ya, 31 de diciembre en que un cuarteto, inició una partida de parqués en horas de la tarde y siguieron de largo hasta que los agarró el año nuevo. Pararon un momento para saludar a familiares y amigos que llegaban hasta la mesa a darles el abrazo de año nuevo y luego siguieron de largo jugando como hasta las nueve de la mañana del primero de enero, mientras la vecindad seguía la parranda. Las apuestas de ellos eran simples monedas, ganas de pasar el tiempo. Pero el tiempo sigue pasando y de aquellos legendarios jugadores ya muy pocos sobreviven. El tablero terminará por quedarse sólo.

En los últimos años ya no jugaba a apostar monedas, tan sólo se sentaba a observar mientras no le vencía el sueño. Cuando no estaba en la vecindad se nos escapaba para el mercado, donde tenía varios amigos y conocidos y de paso el aprovechaba para merendar para luego retornar a casa y la hora de las comidas decir:” Yo quiero poquito no más” o “Si me van a dar denme poquito o sino no me den nada”. Por supuesto en casa nunca se le negó la comida.

A pesar de que él estudió sólo un año en la primaria, se sabía las tablas de multiplicar de memoria y era bueno para hacer cuentas,  en los últimos años cuando iba a casa de mis padres, me percaté de que mientras esperaba que le sirvieran su cena, se ponía a leer cualquier cosa que tuviera a mano, ojeaba cuadernos de los niños o lo que sea que tuviera algo escrito, motivo por el cual hubo un tiempo en que le dejaba a propósito algo para que leyera, aún hoy me sorprende su capacidad visual, jamás usó gafas. Siempre conservó cierta jocosidad, picardía y curiosidad; fue un hombre juguetón, le gustaba jugar canicas y trompos con los niños en las calles.  A sus nietos como pequeño legado les enseñó a jugar parqués y dominó.

Hay tanto por decir, pero por ahora con la nostalgia y resignación de las hojas de los calendarios que cayeron, cierro estas memorias con una de las frases que durante varios años y que incontables veces repitió a familiares, amigos y conocidos: “Me voy para el Ecuador”.  Y ahora de verdad se ha marchado, pero no a ese destino que el señalaba sino hacia uno más distante e infinito: la eternidad.

 Buen viaje, hasta siempre amado padre.

Gabriela y su abuelo

John Montilla (17-VII-2023)

Relatos de mis memorias.

Texto e Imagenes :jmontideas.blogspot.com

lunes, 1 de abril de 2024

UNA ROSA PARA MAMÁ

 (Crónicas de Mocoa)

Por. John Montilla

“Por qué cantáis la rosa,

¡oh poetas! Hacedla florecer en el poema”. (Vicente Huidobro)

 


Después de que ocurrió la tragedia de Mocoa, afloraron muchas historias de todo tipo: De héroes anónimos, de héroes visibles, de rescates y episodios de supervivencia increíbles, por supuesto innumerables capítulos de dolor y por paradójico que parezca hasta algunos hechos tragicómicos, y junto a lo anterior salieron a flote historias que rayan en lo sobrenatural, lo épico, lo inverosímil y lo místico. Algunas de esas cosas ya forman parte de las leyendas que quedaron después de la noche más triste de nuestro pueblo. Una de esas historias de personajes anónimos que agarré al vuelo por ahí, es la que voy a narrar aquí. 

La doña milagrosamente había sobrevivido a la catástrofe, pero por desgracia había perdido a su hija. Como la tragedia sucedió en marzo, cuando llegó mayo, mes consagrado a las madres; el dolor de la perdida volvió a abrir la herida del recuerdo. Y como al parecer nunca pudieron encontrar el cuerpo de su ser querido, el único consuelo que le quedó a la desconsolada señora fue ir a visitar las ruinas de lo que alguna vez fue la casa donde vivió su hija.

Se fue sola una mañana de un domingo radiante, llevando una sombrilla para protegerse del sol de ese día. Caminó con resignación y nostalgia por lo que alguna vez fueron calles y viviendas. Mientras en la recién azotada ciudad, muchos, más que celebrar esa fecha, agradecían a los santos de su devoción el estar en familia en el día de las madres; un gran número de personas al igual que ella recorrían las sendas de los recuerdos. Bordeando las colosales piedras y escombros que quedaron como vestigio eterno de lo que las aguas desbordadas trajeron. Franqueando todos esos obstáculos finalmente llegó hasta lo que fue su hogar.


Con un escapulario colgado del cuello, al que acariciaba con nerviosas manos, fue recorriendo las ruinas de lo que fue la vivienda. Ese día la nostalgia le pesaba más en el alma. Su hija en mayo le llegaba con un detalle que siempre acompañaba con una radiante rosa roja. Pero ese año como ya no había hija, tampoco habría regalo, y por supuesto tampoco tendría la añorada rosa del amor de sus entrañas. Con profunda tristeza se arrodilló en el piso del lugar que tanto compartieron, y lloró su desconsolada pena.  Con sus ya rugosas manos palpó las pocas desnudas paredes que quedaron en pie como queriendo impregnarse de aromas de antaño. Pero ahora el barro y la naciente maleza eran dueños del lugar. Unos vecinos solidarios al verla en su nostálgico deambular fueron en su rescate en esa triste jornada y le tendieron sus manos y abrazos para sacarla del lúgubre lugar.

Luego cuando llegó a su nueva morada, vacía, fría, en la mesas y paredes hacían faltan los retratos de antaño e imágenes de la familia. Hacía tanta falta el calor humano, que otra vez no pudo reprimir su acongojado llanto, y fue entonces cuando una vecina, llamó a la puerta; y aunque afligida, caminó al baño, se echó agua en la cara para enjugarse el rostro y cuando se miró en el espejo para peinarse los cabellos se llevó la sorpresa más increíble de su vida. El impacto fue tal que le produjo una especie de temblor que la sacudió de cuerpo entero, ya que en el rostro que se reflejaba en el espejo descubrió que llevaba entre una de las pinzas de su cabello un hermoso capullo de una rosa roja. 

***

John Montilla: Texto y fotografías

Crónicas de Mocoa (31-marzo-2024)

Fotomontajes: J.M (Murales pintados en las ruinas de una casa del Barrio San Miguel de Mocoa)

Historias: jmontideas.blogspot.com

miércoles, 13 de marzo de 2024

UNA LOCOMOTORA DENTRO DE LA CASA y otros relatos

Por: John Montilla

“He crecido cerca de las vías y por eso sé que la tristeza y la alegría viajan en el mismo tren.”  (Fito Cabrales) 


A la dueña sólo le gustaba arrendarles habitación a estudiantes, pero por alguna razón rompió su habitual regla y una tarde le alquiló un cuarto a un señor y algo inusual ocurrió esa noche en la casa.

Todo iba bien hasta que de pronto a eso de la medianoche, la dueña, el otro estudiante que allí residía, y yo, tuvimos la sensación de que una locomotora se había metido en la vivienda.

La casa tembló y el techo  pareció dar saltos, las paredes se sacudieron y los cuadros perdieron el equilibrio, las delicadas  figuras de porcelana estuvieron a punto de caer de las pequeñas repisas, , los  jarrones de cristal  casi se rompen y los tiernos serafines casi salen volando; el vidrio de la mesa del comedor estuvo a punto de partirse como una galleta, el salero se derramó en la mesa,  la puerta de la nevera se abrió de golpe, los huevos que allí había crujieron, una bolsa de leche abierta se ladeó un poco y empezó a gotear el blanco líquido, el control remoto se cayó del estante y el televisor se prendió justo cuando pasaban las noticias de un terremoto en el otro lado del mundo.  La dueña enfundada en una piyama de grandes flores de colores se levantó espantada con el estrepito de la locomotora.

Yo al igual que los demás había pegado un salto en la cama, y por supuesto el sueño se espantó, también.  Abrí la puerta de mi cuarto y vi a la doña, despelucada, echándose la bendición y asombrada, al tiempo que me señalaba con su mano derecha la puerta de la habitación del nuevo inquilino.

El ronco trepidar salía de ese cuarto, confieso que nunca en mi vida había escuchado a alguien roncar con la fuerza y la sonoridad con que lo hacía dicho señor. Los residentes de la casa no pudimos dormir esa noche; el hombre tenía un sueño de carro viejo enterrado en un barrizal, imposible de despertar.

Muy temprano al día siguiente la doña le pidió la habitación al ruidoso dormilón porque se iba a quedar sin el resto de inquilinos y sin poder dormir más.  El hombre todo apenado, entonces confesó que sufría de ese difícil problema. Recogió sus bártulos y se fue.

Me pregunto que habrá sido de la vida de ese infortunado personaje: ¿A cuál estación lo habrán llevado la carrilera de su ruidosa nocturna existencia?

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John Montilla: (Neiva: 28 -XII-2023)    -Relatos de mis memorias

SER “BUENA PAPA”

El vendedor ambulante instalado frente a la clínica había dado los precios de sus productos: Las empanadas a mil pesos, las papas rellenas a dos mil pesos, y las arepas de huevo a tres mil pesos, Esto último era lo que quería la niña, quizás de unos siete u ocho años. La mamá de la menor se puso a buscar y contar las monedas que tenía en una trajinada carterita de color rosado y acto seguido se palpó todos los bolsillos tratando de encontrar dinero en algún rincón olvidado de su vestimenta para luego concluir diciéndole con cierta frustración a su hija:

“No me alcanza”.

El gesto de decepción en el rostro de la niña fue bastante evidente, entonces decidí intervenir de forma cordial:

-Tome la arepa señora, yo se la pago.

La señora me respondió con un “Dios los bendiga”; tomó la arepa y se la pasó a su hija al tiempo que le pedía que agradeciera por ello. La niña así lo hizo y luego feliz se puso a comer.

La emoción de las personas que estábamos a esa hora comiendo en la calle fue bastante evidente ante este pequeño cuadro de inocencia infantil.

Cuando terminó, ella y su madre se dispusieron a cruzar la calle.  La niña alzó la mano en señal de despedida, al tiempo que volvía a repetir con una vocecita repleta de ternura “Muchas gracias, señor.”

Fue un episodio espontaneo, inocente y reconfortante para quienes estábamos lejos de casa la noche de navidad.

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Coletilla: “Ser buena papa” en Colombia, significa ser buena persona con los demás.

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John Montilla: (Neiva: 24 -Dic-2023)                                          -Relatos en mi camino

CORTE A LA FIDELIDAD

Hoy, después de tanto tiempo de fidelidad.

He roto ese lazo de confianza.

No fue culpa mía;

las circunstancias me llevaron a ello.

Fue el tiempo

y la distancia

El tiempo porque hace días que necesitaba ver a alguien como ella

y no podía esperar.

Y la distancia porque estaba lejos de casa.

Por eso hoy rompí el espejo de la lealtad:

Pasaba frente a una puerta de cristal y la vi a ella.

Rubia, de un rubio artificial, pero no me importó mucho.

Ojos claros, bella, rostro festivo.    

Intenté abrir la puerta y no pude,

Entonces ella me franqueó el camino desde adentro.

Lo suyo fue una invitación que me llevó a la traición

Me hizo pasar.

Con una amplia sonrisa comercial me envolvió en sus dominios.

Me invito a que me sentara en un cómodo sillón blanco.

Pude sentir la suave fragancia de su perfume mientras se hacía a mis espaldas.

No me cubrió de besos,

sino que cubrió mis hombros con una delicada y transparente capa plástica.

Me pasó las manos por la cabeza

y luego con voz dulce me hizo la pregunta,

que ya consideraba olvidada:

 ¿Cómo quiere su corte de cabello?

Y fue así, como después de tanto tiempo de fidelidad,

traicioné a mi peluquera.

***

John Montilla (Neiva: 30-Dic-2023)                       -Divagaciones

Fotomontajes con imágenes tomadas de internet


TAMALTRIX

Por. John Montilla

“¿Qué es real? ¿Cómo defines lo real? Si estás hablando de lo que puedes sentir, lo que puedes oler, lo que puedes saborear y ver, entonces lo real son simplemente señales eléctricas interpretadas por tu cerebro.” (Morfeo en Matrix)

Me sorprende que por los barrios aún siga pasando el señor de los tamales. Todos en algún momento de nuestras vidas hemos escuchado a uno que pasa como alma que lleva el diablo pregonando por las calles: “Tamales, tamales, llevo los tamales.” Y cuando lo escuchas en la mañana, todavía estas acostado, entonces te levantas de un salto, y corres por las chanclas, con la única intención de hacer que se detenga; imposible pensar en agarrar dinero para pagar. Te asomas a la ventana o la puerta, y alcanzas a ver que el hombre va justo doblando en la esquina más próxima.  Perdiste otra vez la oportunidad del desayuno listo.

¿Por qué nadie en la cuadra le compra?, ¿Por qué el vecino nunca madruga y lo detiene por nosotros?, ¿Dónde los vende, si nadie alcanza a comprarle? ¿A dónde viajan los tamales? Todo un enigma.

Y, aun así, el señor sigue pasando, como si fuera ajeno al mundo en que vivimos, imperturbable al paso del tiempo. O tal vez él no es real y no pertenece a este universo y sigue pasando porque es un “bug”-es decir un error del sistema- de esta simulación que conocemos como universo. Tal vez si desciframos el misterio del momento en que se venden y acaban los tamales viajeros podamos encontrar la salida de la “matrix”.  Quizás el día que amanezcamos con el rostro pegado a la ventana y “capturemos” al señor de los tamales justo cuando pase por nuestro “portal” y logremos comprarle uno, nos liberemos de esta simulación.

                                                              ***

John Montilla (18-II-2023)

Divagaciones (Adaptación)

TAMALTRIX - II (RECARGADO)

La maravillosa nave galáctica de los tamales vuelve a escucharse fugaz un domingo en la mañana, es como un rayo que aparece y desaparece en segundos, pero esta vez se alcanza a percibir un mensaje claro y enigmático: “

“Lleve los tamalitos, estos tamales te alisan el pelo, te quitan las arrugas y te ponen los ojos azules:”

Alguien sugiere demandar al piloto de la nave por publicidad engañosa, pero antes tienen que atraparlo, pero la mayoría quizás crea que este alimento lleve cubierto en su envoltura la fuente de la eterna juventud y por eso corren detrás de él con la esperanza de alcanzarlo, para así tratar de develar el incomprensible misterio que “envuelve” su prodigioso manjar legendario. Puede ser que los “Tamaltrix” tengan las propiedades que desafían toda lógica y sentido común.  Tal vez al probarlos no sólo satisfagan nuestro apetito, sino que también desencadenen una serie de efectos inexplicables que nos sumerjan en un mundo de metafísica y realidades alternativas.  

Es posible que, tras el primer bocado, se experimente una metamorfosis instantánea y se cumpla lo que pregona hasta el cansancio con su megáfono sideral o hasta más, quien quita que después de haber quitado las olorosas y verdes hojas de plátano ya cocinadas y consumido el producto el rango de beneficios aumente. Que tal que luego puedas predecir el futuro viendo el reflejo de los objetos, o adquieras la habilidad de doblar el espacio-tiempo o te den la capacidad de leer los pensamientos de perros y gatos. O también que tus manos se conviertan en una especie de detector sónico que te permita encontrar objetos perdidos y en últimas una vez consumido el producto que puedas comunicarte con seres de mundos paralelos a través de los eructos.

Pero el señor de los tamales que se revela como el guardián de esa receta mágica que conecta nuestra realidad con otras matrices de existencia es inalcanzable para nosotros, simple mortales con hambre en la mañana dominical. ¿Será posible que al alcanzarlo nos lleve a un “portal gastronómico” en el que podamos trascender de extraña simulación en la que estamos atrapados? Los “Tamaltrix” podrían ser el vínculo perdido que nos lleve a descubrir la verdadera naturaleza de nuestra existencia en este laberinto cósmico.  Pero para eso tienes primero que lograr alcanzarlo y eso es algo que está muy lejos de nuestras posibilidades humanas, sobre todo si él va en un vehículo espacial y tú intentas corretearlo en sandalias y en piyama.

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John Montilla (5-XI-2023)

Divagaciones

Fotomontaje con imágenes tomadas de internet

Historias: jmontideas.blogspot.com