sábado, 13 de mayo de 2017

Una gota de agua en el “colador”

Por. John Montilla

                                                                          “Lo que sabemos es una gota de agua;
                                                                          Lo que ignoramos es el océano.”  Newton

Gracias a Brenda por  permitirnos narrar este episodio de la tragedia de Mocoa (31- III- 2017)

                                                                        ***


 “Esa noche como todas, mi mamá se había tomado las pastillas para poder dormir; de haber sabido la pesadilla que horas después se vendría, no le hubiéramos hecho tomar ni una sola en toda esa semana. Pero, como nadie sospechaba nada; ella como siempre había tomado su dosis a eso de la ocho y media, que es la hora habitual cuando ella se acuesta. En mi casa somos como las gallinas, nos gusta acostarnos temprano, y además le seguimos el consejo a la  abuela que dice: “No trasnochen mucho, que eso envejece”.  Pero con lo vivido esa noche, no hubiéramos podido dormir, ni aunque nos hubiéramos tomado cada uno frasco entero de píldoras.  

A todas estas, mi madre ya dormía plácidamente, no había nada que hacer, las benditas pastillas, parecía que habían hecho su efecto, más que cualquier  otro día. Daba envidia verla dormir. Yo siempre acostumbro a leer  un poco como signo de cuidar su sueño. La noche estaba muy fresca, y ya se sentía una brisa helada, la lluvia era inminente, y como le tengo pavor a los truenos y relámpagos, me dispuse a dormir junto a ella. Al rato de acostarme sentí que caía un tremendo aguacero, el crepitar de las gotas  era muy fuerte, y el concierto de  estruendos semejaba una pelea de gatos sobre el tejado de la casa. Se escuchaba el golpe  de los chorros de agua al caer en la calle  y la noche que invitaba a quedarse envuelto entre las cobijas comenzó a volverse un problema.

El primer inconveniente empezó cuando escuché una  gota continua de agua que caía dentro de la casa; se sentía que caía sobre un objeto y hacía un ruido molesto. No soporto ningún tipo de sonido al dormir, así que me levanté  a ver que pasaba. Prendí las luces y descubrí que lo que  perturbaba mi sueño era  una gotera cayendo sobre un objeto  plástico que alguien había dejado abandonado en el piso. Eso era fácil de resolver simplemente se ponía un tarro para que recoja la gotera y punto; el problema fue que descubrí que estaba cayendo más agua adentro que afuera: ¡ La casa estaba prácticamente convertida en un colador !

Así que con resignación fui a la cocina y agarré cuanto pertrecho tenía la abuela allí: ollas pequeñas, ollas grandes, tarros, baldes, cubos, recipientes, cacerolas, jarras, vasijas, vasos y todo cuanto pudiera contener agua; de haber tenido habría colocado hasta tapas de gaseosa. En medio de la noche yo me veía como “la loca de los tarros”, poniendo cuanta cosa tenía alrededor de la casa, incluidos pisos, mesas y hasta armarios;  así que cuando consideré que ya había hecho lo suficiente me fui a acostar de nuevo. Mi madre dormía ajena a la situación, mientras yo había estado  tratando de detener lo imposible; cuán lejos estaba de imaginar que ni siquiera todas las ollas de mundo podrían contener el torrente que se iba a venir encima de nuestro pueblo.

La lluvia arreciaba. Ya de nuevo entre las sábanas pensé que no tenía por qué molestarme otra vez, pero algo me decía que la cosa no iba a ser tan fácil, pues no tenía ni una gota de sueño, y ahora estaba escuchando un desentonado concierto de  goteras caer sobre los recipientes y observando a mi mamá dormir como nunca la había visto. Pero la situación se puso color de hormiga cuando el agua empezó a caer en mi rostro, así que no tuve más remedio que despertar a mi madre para pedirle que me ayudara a correr la cama. En medio de su marasmo, ella me ayudó a moverla; vagamente miró a algunos de los cacharros que yo tenía regados en el cuarto, pero no dijo nada. Es más sólo atinó a decir que pusiera otra olla en una esquina que hacía falta, pero yo no hice caso, ya estaba jarta de andar cargando trastos a esa hora; así que nos acostamos otra vez, pero el agua insistía en levantarnos; así que tuvimos que terminar de mover la cama, estando en esas empezamos a escuchar las primeras voces de alarma en la calle.  




Eran ya más de las once de la noche, y se oía a mucha gente afuera. Entonces abrimos la puerta y parecía que el cielo se iba a caer de tanta lluvia. Vimos que unos niños gritaban, salían de una zona popularmente llamada Calle China -supuestamente apodada así porque vivía mucha gente en esas casas-  Nosotras ofrecimos auxiliarlos y quisimos entrarlos a la casa para que se escamparan del diluvio, pero una vecina alarmada nos grito: “ ¿Qué hacen? ¡Corran que el río se está desbordando !

Por tanto muy a nuestro pesar tuvimos que sacar los niños a la calle otra vez, y entonces sentimos que los nervios se estaban convirtiendo en otro enemigo; no sabíamos que hacer, ni a quien llamar, y como nuestra casa está entre las últimas de la cuadra, empezamos a golpear puertas como locos, y a gritar para que toda la gente se acabara de despertar. El efecto de las pastillas de mi madre se había ido al carajo. Ahora estaba más despierta que nunca en su vida.

Al entrar de nuevo en la casa, ya empapadas por el aguacero, vimos que la abuela, se había arrodillado a rezar en el  altar que tenemos en la sala; mientras apresuradamente nos poníamos “ropa de combate” le instábamos a que también se alistara para salir, en un principio ella se negó, pero luego casi que la obligamos a que se vistiera. (Nunca olvidaré las palabras de mi abuela esa noche cuando la tragedia estaba cayendo sobre Mocoa:  “Señor aplaca tu ira, tu justicia y tu rigor”). Estábamos en una lucha contra reloj, contra el agua que ya se veía correr por todas partes. Y luego cuando a toda carrera nos alejábamos del peligro recordé que mi padre vivía en el otro extremo de la ciudad en una zona con  más riesgo que la nuestra.

Así que con ansiedad empecé  a llamar  a su celular, pero él no contestaba. Me imaginaba lo peor. Le marqué una vez, dos veces y nada, la única respuesta que obtenía era la mecánica voz de una mujer que me decía: “sistema correo de voz”, casi al borde del llanto pensaba que si el río acá ya se salió del cauce, que sería de mi papá que vivía más cerca de él. A pesar de que hace tiempo no hablaba con él, sentía por instantes que el corazón me quería dejar de latir; hasta que por fin  a la tercera llamada me contestó. Mi padre vivía en San Fernando, uno de los barrios que fue arrasado por la avalancha de esa noche.

Él había estado durmiendo cuando lo llamé, así que se despertó tranquilo, ni siquiera sabía que estaba lloviendo y me responde: “Ya hija, ya voy a ver que pasa, no se preocupe”. Pero yo le insistía con vehemencia: “Que por amor a Dios saliera de la casa”. Ante tanta insistencia mía, el accedió a mi petición, sin siquiera imaginarse lo que se iba a encontrar: Lo primero que hizo fue sacar a mi hermana, junto con una vecina, y luego  se topó con  un vecino que le pidió el favor de dejarle guardar la moto, con lo que perdió minutos valiosos, pues estando en esas fue sorprendido por el  torrente que lo agarró  y  no supo en qué momento se vio dando vueltas en un torbellino  de  fangosas aguas que lo arrastraron varios  metros;  el luchó con todas sus fuerza por sobrevivir, y por fortuna en medio de su desespero,  fue visto por un agente de policía que no dudó en acudir en su auxilio y le tendió una mano salvadora que le salvó la vida a mi padre.

Al otro día de sucedida la catástrofe mi papá llegó a mi casa bañado en lágrimas a agradecerme por haberlo salvado; al ver sus golpes y sus heridas tampoco  pude contener mis lágrimas de emoción reprimidas. La tragedia de Mocoa me ha permitido de nuevo acercarme un poco más a mi padre y entonces pienso todavía con los ojos aguados que debo darle gracias también a esa gota de agua en el “colador” que impidió que me durmiera esa fatídica noche ”.


John Montilla. Narración y fotografías.


domingo, 7 de mayo de 2017

El canto de la noche sin pijamas

Por. John Montilla


“Será mi sangre una tinta como pocas 
y mi piel será el papel que guardará mi memoria.”  Anónimo 


En la fiesta de pijamas organizada para celebrar un cumpleaños entre primos  hubo torta, jugos, risas, juegos, música, alegría y los clásicos adornos de globos de colores,  tiras de confeti, moños de papel seda, y llamativos dibujos en el papel regalo, e igualmente todas esas cosas que los niños en su inocencia pueden inventar; además también hacía parte de este festivo  ambiente las tiernas imágenes que las ropas de noche de los niños llevaban estampadas: dulces ositos, alegres payasos, niñas fresitas, delicados patitos, vistosos carritos, relucientes estrellas, lunas sonrientes y toda una gama de dibujos tiernos que invitaban a soñar y no a sufrir la pesadilla que estaba en camino de llegar.

La fiesta había terminado, cuando de manera abrupta  el cielo se destapó y una tormenta de proporciones bíblicas había hecho temblar los cimientos de la tierra. Los niños habían sido sacados de la calidez de las sábanas y del confort de sus pijamas; tal vez hasta los payasos estampados se habrán asustado, los ositos habrán sentido frío, y quizá por primera vez  los patitos habrán sentido miedo  del agua; y en cuestión de escasos minutos, este frágil mundo infantil  tuvo que enfrentarse una de las más duras pruebas de sus vidas. La voz de la vecina que segundos antes los había alertado, había sido despiadadamente apagada cuando un embate de un incontrolable torrente la calló para siempre. Las primeras lágrimas de la noche habían caído sobre los payasos, cuando los niños la vieron desaparecer en sucios torbellinos de agua y lodo.

La palabra avalancha se esparcía por todos lados con gritos de ansiedad y de terror. Los  niños se veían desesperados y luciendo aún sus delicados trajes de dormir. Las lunas  ya sin  sonrisa y las niñas fresitas que ya  habían perdido sus coloridos sombreros son testigos de cómo la furia de las aguas rebosan la piscina en el patio trasero, luego un impacto en la ventana rompe los cristales y una turbia ola  los empuja contra las paredes, haciendo que caigan los primeros ositos al agua, Batman que estaba en unos pantalones es el primero en desaparecer. Angustiados y ayudándose entre ellos,  logran salir y trepar al  segundo piso  de la casa. Los patitos se niegan a ahogarse, pero la pesadilla aún estaba en sus inicios, pues desde allí notan como la furia de las aguas y piedras rompe la piscina y las  paredes de la casa; y luego se les viene la noche cuando se apagan todas las luces; las estrellas de una camisa ya habían perdido su brillo con el barro  y al instante la parte baja de la casa se derrumba.



Por milésimas de segundo los niños se siente caer en un abismo, varios hombres araña también caen en picada, pero de milagro los aterrados muchachos se logran agarrar de algunas varillas, de manera increíble aún están todos completos. Un rayo de esperanza se esparce  sobre ellos,  cuando el chorro de luz enviado desde la cárcel municipal,  les ilumina un cercano edificio alto, y con la ansiedad, propia de los náufragos,  se dirigen hacia allá. Van con el agua ya casi hasta el cuello, y agarrándose entre ellos y sujetándose de lo que pueden, vagamente sienten que las frías y lodosas aguas, van arrancado los vistosos carritos, los patitos hace ratos que se ahogaron, y algunas niñas  fresitas aun se resisten a caer.

La marcha hacía el edificio que parece la salvación se hace eterna a pesar de que el recorrido se hace en pocos y vitales minutos. El agua, las ramas y todo tipo de objetos  van arrancando todos los ositos; las estrellas hace ratos que se han apagado para siempre y algunas frágiles florecillas de múltiples colores también se han ido con el barro. Hasta parte de la piel se ha ido quedando en el trayecto; la lodosa agua  se tiñe  con sangre. Pese a todo,  la primera parte de la hazaña se ha conseguido; logran llegar al edificio, aunque en el camino se ha quedado  todo: ya no  están los osos llenos de ternura, ni los alegres payasos, ni patitos,  ni nada, todo se perdió en la noche: Niños y adultos estaban completamente desnudos e impregnados de barro de pies a cabeza.

El manto de la noche, junto con la niebla de terror que los acompañaba, les impide percatarse de ello; no había tiempo para el pudor, el miedo estaba por encima de sus límites. El pánico hace mella, todos están llorando; un niño pregunta desesperado a su madre: ¿Aquí vamos a morir?, y un “sí mijo, aquí vamos a morir” es la brutal respuesta. Alguien envía unos desesperados y dolorosos  mensajes  de despedida a la familia; el edificio estaba que colapsaba.

De pronto en medio de la  tensión y entre el confuso abrazo de pieles, una voz femenina adulta se  levanta y ruega  con angustia: ¡Oren, oren  por favor! No es necesario que lo repita, todos lo están haciendo. Entonces a uno de los niños quizá movido por los nervios le da por cantar en voz alta: “Si tuvieras fe como un granito de mostaza.”  Y de pronto emerge un sublime coro, todos los allí reunidos, desnudos, pero cubiertos con la dulce y firme voz del niño y casi que en un estado de pureza celestial,  acompañan el canto del menor. Todos a una voz seguían el ritmo, se había formado una iglesia en la que cantaban creyentes y no creyentes. Mientras afuera seguía desatándose el  infierno más frío de nuestra historia.

Luego en ese estado de éxtasis colectivo  a una niña le da por improvisar los siguientes versos:

 “Si tuvieras  fe como un granito de mostaza
Eso lo dice Dios.
Tú le dirías a las aguas… váyanse, váyanse, váyanse.
 Tú le dirías a la tormenta …cálmate,  cálmate, cálmate.”



Entonces, dice la niña de doce años que me narró esta historia, que todo se calmó y que la muchedumbre allí refugiada y arropada con el manto de la esperanza, sintió que la vida les había dado otra oportunidad. La noche sin pijamas había terminado, pero la pesadilla que iban a encontrar al salir del edificio aún continuaba


Texto. John Montilla
Fotografías: Silvio López

Derechos Reservados:  jmontideas.blogspot.com




jueves, 27 de abril de 2017

El niño de la bicicleta grande

El  niño de la bicicleta grande

Por. John Montilla

La siguiente es la historia que me contó Liliana acerca de uno de los tantos niños que fallecieron en la tragedia de Mocoa ocurrida el 31 de marzo de 2017.

                                                                 ***

“Pipe, mi vecino, era un niño de unos siete u ocho años aproximadamente. Casi todos los días lo veía luchar con una bicicleta grandota que tenía. Iba y venía siempre dando tumbos entre los huecos o esquivando piedras por la calles sin pavimentar; también  cuando llovía se lo veía encaramado como podía  y salpicando el agua de los charcos con las ruedas de su  armatoste. No había niño más feliz disfrutando  de su juguete.


Nosotros ya teníamos  nuestra casa antes que llegaran a la vecindad a construir unas casas de interés social, en las que llegaron a vivir personas de escasos recursos, quienes venían  huyendo de la violencia o en busca de nuevas oportunidades de vida en la ciudad. Entre las familias que llegaron, estaba una familia indígena. El padre era conductor de servicio público y la mamá era una ama de casa. Ellos tenían tres hijos: el menor tendría quizás un poco más de un año, una niña  de unos seis años, y Pipe que era el mayor de los tres. Él era el hermano grande, pero no tanto como su  bicicleta.

Pipe era un chico de rasgos indígenas muy marcados,  tenía unas mandíbulas y dientes grandes, era muy trigueño y poseía unos cachetes que cuando estaba acalorado apenas se le notaban  rojos en medio de su piel oscura. Su pelo era lacio; “chozudo” como dicen algunas abuelas, y como sus padres no lo llevaban con frecuencia a la peluquería, siempre andaba con el cabello desorganizado. Pero, a él siendo niño eran cosas que nunca parecieron importarle; la vida a  él se le iba casi todas las tardes en  la bicicleta que tenía que domar cada vez que quería montar.

Él salía muy temprano de su casa para irse a estudiar  y regresaba al medio día, entonces se podía escuchar el traqueteo de su vieja bicicleta que iba y venía a cada rato, cuando él se ponía a voltear por el vecindario.

A veces yo estaba a esas horas haciendo la siesta, y con frecuencia llegaba con mucha velocidad y daba una brusca frenada levantando polvo y haciendo saltar  piedrecillas que estallaban contra el cerco de  latas del vecindario. Yo me despertaba fácilmente porque las calles eran muy estrechas. Entonces yo me asomaba a la ventana y me encontraba con el rostro familiar y travieso de Pipe que colgado de su bicicleta me dibujaba una pícara sonrisa con sus dientes grandotes y blancos.

Sin embargo en todas esas casi nunca hablabamos. Era una relación quizá bastante extraña. El sabía que me despertaba, y también sabía que eso me ponía de mal genio, pero no preguntaba nada, ni yo tampoco. Yo siempre veía que siempre andaba en su adorada bicicleta, el podía estar toda la tarde haciendo cabriolas para mantenerse en equilibrio sobre ella, ya que al ser una de esas bicicletas todo terreno diseñada para un adulto, la cosa no se le daba bien y era todo una proeza para Pipe subirse en ella; le pesaba mucho, se le caía a un lado, pero él era un chico tozudo que no se rendía hasta conseguir maniobrarla y echarla a rodar.

Otras veces contemplaba su lucha diaria desde  las matas y las flores del patio de mi  casa. Por entre las  rosas, claveles, dalias y geranios lo veía forcejear con su cacharro, hasta que subía y una vez arriba la dominada con mucha habilidad, el  problema era cuando tenía que bajarse, ahí tenía otro reto; a veces se caía y  se lastimaba; sus codos y rodillas eran testigos de ello, pero su empeño le ganaba al dolor y la frustración. Por eso al conocer de su persistencia, nunca le recriminé por el ruido que hacía con sus llantas.



Aunque debo reconocer que no socialicé mucho con las familias de la vecindad. Escasamente el saludo, en gran parte debido a que yo siempre estaba trabajando y cuando estaba en casa aprovechaba para descansar. Sin embargo con los niños era diferente. Ellos no preguntan si les quieres hablar o no; los niños se meten en tu casa, se meten en tu vida sin pedir permiso. Pipe primero hizo entrar desde la calle el ruido en  mi casa, y luego entró con todo bicicleta no sólo en la casa, sino en mi vida.  

Así era Pipe, un niño callado, silencioso, todo lo contrario de su bicicleta; muy respetuoso; a veces parecía estar indiferente a las cosas, pero daba razón de cada detalle de la calle. Por ejemplo, a veces mi pequeño hijo se salía de casa y me tocaba andarlo buscando porque en cuestión de segundos lo perdía de vista,  pero Pipe siempre sabía  dónde estaba y volaba a decírmelo, pues con su bicicleta era más rápido  que las  piernitas de mi niño. Luego sin despegarse casi nunca de su bicicleta me acompañaba a recogerlo Él era mi ayudante en mis constantes búsquedas  de mi pequeño.

Yo a cambio de esos favores le daba sus pequeñas recompensas. Alguna vez le pedí que fuera hasta un taller  a inflar un viejo balón, y el más que correr, voló, haciendo sus cabriolas en su gran bicicleta. Él era muy osado, un día lo vi intentando pasear a sus hermanos en su bici; ¡ imagínense, pues si le costaba andar solo ! El esfuerzo por tratar de subir a su hermanito pequeño era muchísimo mayor; Siempre se caían, entonces me veía obligada a intervenir y decirle que por leyes de la física en esas circunstancias era imposible lo que pretendía hacer. Pero él era muy obstinado, quizás creía que como él si podía manejar la bicicleta, sus hermanos también podrían hacerlo. Pero lamentablemente la vida no le dio el tiempo para que termine de enseñarles.

Yo no estaba en Mocoa la noche de la tragedia, y me cuentan los vecinos  que  Pipe estaba únicamente  con su mamá y su hermanito menor. Su padre, había salido de viaje y se había llevado a su  hermana. Ellos habían salido  de su humilde vivienda y corrieron a la calle. Tal vez  Pipe en el último momento haya pensado en su bicicleta para huir de allí, pero no tuvieron fortuna; en la calle, se dieron  de frente contra las impetuosas aguas, lodo, piedras, palos y escombros que los arrastró sin misericordia.

Pasado el desastre, su madre fue encontrada abrazada al niño más pequeño. Me  imagino que la desesperada mujer llevaba a Pipe de la mano pero la furia de la naturaleza desbordada se lo arrebató.

Cuando supe de su muerte, lloré. Su casa quedó reducida a trizas. Me enteré que Pipe aún no aparece. Lloré porque no sé dónde está. Lloré porque quiero que lo encuentren. Lloré porque falta mucha gente por encontrar aún. Ya nunca lo veré forcejeando con su gran bicicleta. Ya nunca me dirá hacía qué dirección se fue mi hijo.  Ojalá allá donde esté, haya una bicicleta de su tamaño.” 

                                                   




                                             
John Montilla. Redacción y fotografías 1 y 2
Basada y autorizada de una idea original de Liliana Casanova. 
Silvio López.   Fotografía 3

jmontideas.blogspot.com 

martes, 25 de abril de 2017

Ángel de la noche

Ángel de la noche

Por. John Montilla

Crónica de un rescate la noche de la tragedia en Mocoa.



Minutos después de haber ocurrido la avalancha, se empezaron a ver los estragos que esta había ocasionado; de todas partes salía gente que corría a las orillas de los ríos para socorrer a los sobrevivientes.

Entre el caos que se armó cerca de la desembocadura del Río Sangoyaco, se oyó a alguien decir: “Por allá, se escucha a una señora que tras la oscuridad de ese monte grita pidiendo auxilio”. Entonces un grupo de cuatro personas corrió a  ver que pasaba pero no encontraron nada. La oscuridad era tremenda, pero luego escucharon los gritos desesperados de la mujer, pero no pudieron verla, le dijeron que moviera las manos, pero nada observaron; sin embargo  ella había continuado  gritando: “Estoy acá, al otro lado del río.” “Ayúdenme por favor yo no puedo nadar”.

Todo eran sombras, nada se veía, nadie tenía una linterna, y  la escasa luz de un celular no les permitía divisar nada. Entonces sin pensarlo dos veces, Luis Alejandro , un decidido vecino del barrio; le había dicho  a sus acompañantes: “Espérenme aquí que ya vuelvo”, y corrió hasta su casa y con afán busco un lazo, pero no lo encontró. El  dice: “Uno nunca está preparado para estas cosas, ni siquiera tenía una linterna” y tampoco halló a nadie que lo apoyara en la misión que se había propuesto de salvar una vida.

Luego, él cuenta que se acordó, que días atrás un familiar le había regalado un neumático y que por fortuna recientemente había parchado. “Lo cogí, le quité el jabón que tenía en el tapón y lo inflé apresuradamente soplando con la boca, y no le dije a nadie en la casa  de lo que iba a hacer, porque si no, no me hubieran dejado salir”, “lo inflé lo que más pude y con dificultad porque la boquilla era muy pequeña y el tiempo y las circunstancias apremiaban, todo lo hice a las carreras.”

Cuando el neumático estuvo “listo”, corrió de vuelta a la ahora playa del rió; su pariente que lo esperaba allá, sorprendido le había preguntado: ¿Qué va a hacer don Luis? , y él había respondido: “Voy a rescatar a esa muchacha” y antes de que pudieran impedirlo se había lanzado al agua sobre el neumático en la negrura de la noche.

Cuando  él llegó al otro lado del río, buscó en la orilla, pero no encontró nada, únicamente escuchaba los gritos de la asustada joven que lo guiaba en la penumbra. Luis Alejandro cuenta que le gritó que moviera una cosa, que hiciera más ruido, ya que no tenía con que alumbrarse y no podía divisarla. Él narra que ella  le dijo: “Voy a mover una rama porque estoy encima de un árbol.”

Esa noticia dice que le causó sorpresa, pues no se la esperaba. Ella le había repetido: “Estoy subida en la rama de un árbol, no estoy en la orilla.” “El río ya está mermando, yo estoy en la parte alta.” Las aguas de manera increíble la habían subido  a una altura de más de cinco metros y en el sector que se encontraban se había formado un gran pozo de agua represada. Luego guiándose por la voz, y navegando en el neumático había llegado bajo el árbol en el cual ella se encontraba y entonces se encontró con algo que lo sorprendió aún más:

Cuando nuestro amigo Luis Alejandro le pidió que se bajará, ella le había respondido: “Yo no estoy sola, yo estoy con una  niña.” Desconcertado por las sombras  y los hechos, había preguntado en la oscuridad, aún sin verla: “¿Cómo así? … cuénteme” y ella le había respondido, que tenía una niña de cuatro años con ella, que el rio las había arrastrado hasta allí con todo casa y que de milagro había alcanzado agarrarse de las ramas más altas sin soltar a su hijita.

Luego sin perder tiempo, pese a lo oscuridad le había pedido que agarrara la niña de un brazo y la fuera descolgando y que no la soltara hasta que él la tuviera sujeta de los pies. Cuando la recibió se percató que la niña estaba completamente desnuda y que temblaba del frío, pero que pese a ello no lloró en ningún momento. Por el contrario dice que fue admirable el valor de la niña que mientras la llevaba hasta la orilla le había hecho preguntas inverosímiles dadas las circunstancias en las que estaban.

Cuenta Luis Alejandro: “La niña me preguntaba el nombre, que donde estudiaba, en donde vivía y sobre todo que quien me había dado  ese bote para navegar.” Él dice: “la niña estaba bien relajadita, no lloraba, no estaba asustada, más asustado estaba yo, pensé que iba a llorar, que se me iba caer del neumático, y se me iba a ahogar.” Él prosigue su relato: “Cuando la pasé al otro lado, y como estaba desnuda la niña iba temblando de frío, y les pedí  a quienes me esperaban en la orilla: ¡Rápido, busquen algo para abrigarla, una camisa lo que sea!, se las entregué y regresé al agua en busca de la mamá.”

Cuando Luis Alejandro llegó hasta donde estaba la chica, le pidió que se bajara, pero ella le había dicho que tenía miedo, entonces le tocó bajarse del neumático, dejarlo en la orilla y subirse al árbol  y ayudarle a descender de su refugio. Él dice: “Estaba muy oscuro no miraba ni a una pulgada de distancia.”

Cuando la joven estaba ya en tierra, y él le había dicho lo que iban a hacer para cruzar el río, ella un tanto turbada  le había contado que estaba desnuda; que únicamente tenía puesto el brasier, entonces él le había respondido que tranquila que no se preocupara por ello, y acto seguido dice: “Me saqué la camiseta, la rasgué y le improvise una especie de falda, ella se vistió como pudo y luego caminamos por la orilla rio arriba, el plan era nadar hacía abajo para que la corriente nos sacara al otro lado sin arrastrarnos.”

Nuestro héroe relata: “Le pasé el neumático por los brazos como flotador, nos metimos al agua, y  le dije que chapotee con los pies para que me ayude, porque iba  a nadar con un sólo brazo, ya que  con el otro iba sujetando el neumático, y nos lanzamos al agua en la oscuridad; del otro lado sólo se escuchaban  gritos lejanos que nos llamaban expectantes.”
Ya en el agua cruzando el río, Luis Alejandro cuenta que: “ella temblaba de frío y miedo, y le suplicaba que no la fuera a dejar caer.”  Él dice: Yo le aseguré que por nada del mundo” y con orgullo dice soy buen nadador y sé manejar el agua de este río en el que he nadado desde que era niño.

Cuando estuvieron a salvo, las llevó a su casa, donde las  asearon, las abrigaron, les dieron  ropa; y acto seguido, uno de los familiares de Luis Alejandro, las había llevado al hospital para que las atendieran  de sus heridas. Cuando le pregunto a Luis Alejandro si recuerda el nombre de ella, dice que quizá ella se llamaba Sandra, que no tiene la certeza de ello, lo que sí es seguro, es que  ella donde quiera que esté; quizá nunca vaya a olvidar a ese ángel  de carne y hueso que se le apareció en aquella tenebrosa noche.


John Montilla. Texto y fotografías 2,3 y 4.   
  
Silvio López. Foto 1 portada

jmontideas,blogspot.com    (Derechos Reservados) 


 (Mocoa- Colombia, sector Barrio La independencia que fue arrasado por la avalancha; al fondo el bosque donde sucedieron los hechos narrados en esta crónica. )


 Postdata.



Nuestro buen amigo Luis Alejandro Erazo es un reconocido artesano de Mocoa quien también se vio afectado por este desastre, su local de ventas estaba ubicado en la plaza de mercado que también fue arrasada con la avalancha. 
Cel. 3125598168. Barrio La Independencia.

domingo, 16 de abril de 2017

Trágica danza nocturna

La danza de la noche

Por. John Montilla



En memoria de Stephany Vargas fallecida en la avalancha de Mocoa-Colombia el 31 de marzo de 2017.



                                                 
                                                   “Si mil veces me lo preguntan,
                                                    mil  veces desearía 
                                                    que fuera una pesadilla.” J.E.A
                                                                                         

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La bailarina llena de esplendor
y de vida sale al escenario,
sonrisa radiante
candoroso el rostro.
En su cabellera
 la más bella flor  
de idílicos jardines,
Pero es ella
cual fresca rosa la que
más resplandece.
Sus frágiles manos
Agarran con donaire
la falda que lleva dibujada
la primavera de sus encantos.



De pronto las estrellas se esconden.
Nubes negras cubren el cielo
y una danza frenética comienza
en las tinieblas.
La música fría
se ha dormido en los instrumentos,
y un ruido fragoroso,
húmedo, sucio, pegajoso
irrumpe en el ambiente.
Las flores se marchitan,
las plumas y lentejuelas se ensombrecen;
la mano de la muerte
desgarra el frágil e inmaculado corpiño.
La primavera del traje desaparece
y le da paso al horror de la noche.


La fría danza había comenzado,
la bailarina se resiste a formar parte del ritual,
pero el sucio torbellino
la hace girar en un desquiciado frenesí,
Los ángeles corren a prestarle sus alas,
pero se extravían en las sombras.
La noche está ebria de locura.


¡Niña, no bailes esa danza de la noche!
No es una cumbia,
tampoco tu saya favorita,
no son vueltas antioqueñas,
si no dolorosos giros
de tu despedida eterna.
¡Baila en la luz,
 en los focos de los teatros,
 baila para los niños,
 baila para nosotros únicamente !

Las sombras le ganan a tu fugaz lucero.
Desesperados te extendemos las manos
y nuestros almas,
pero no logras agarrarte.
La fría noche te arropa en su negrura
y arranca a girones nuestros corazones.

Todas las estrellas del cielo se apagan,
piedras del desconsuelo golpean nuestras almas,
pero la magia de tu sonrisa
purifica nuestra amargura.

Al alba, el arcoíris
se niega a mostrar su rostro,
le da pena
el haber abandonado a la bailarina
cuando más necesitaba de sus  colores
en la noche más oscura de nuestras vidas.
Y del cielo cae una lluvia de lágrimas
cuando los tambores de piedra
han dejado de sonar.

Cuando el silencio gobierna el mundo,
un rebelde diluvio de lágrimas puras
brota a borbotones de ojos desconsolados,
entonces aparece la magia de tu encanto,
y tu angelical rostro Stephany
se baña en el cristalino riachuelo
de tus más dulces recuerdos.






John Montilla. 15-Abril- 2017

jmontideas.blogspot.com   ( Derechos Reservados ) 

miércoles, 8 de marzo de 2017

CAÑAS DEL RECUERDO

Por. John Montilla 

“En memoria de Aldemar Bastidas, un amigo de infancia.”

No podría decir con certeza hace cuanto sucedió este episodio, sólo puedo anotar que ocurrió hace ya varios años; tanto así que me sorprende aún poder conservar ese recuerdo y que hoy, precisamente hoy se ha vuelto mucho más claro, porque me enteré que uno de las personas que hicieron parte de ese capítulo de mi vida había fallecido.

Una lejana tarde de antaño dos de mis amigos de barrio uno llamado Aldemar y otro  Pablo, me invitaron a ir a buscar palos de palma o guáduba para elaborar cometas, y de paso pedir frutas y sobretodo, pedir cañas de azúcar a la finca de un pariente de uno de ellos.

En esos tiempos pelar una caña y luego cortarla en trocitos y sentarse a chupar su jugoso néctar era toda una delicia y una diversión por la que uno podía arriesgarse a hacerse corretear por perros bravos o por enfurecidos dueños; por eso cuando se presentaba la oportunidad de hacerse a unas cañas de manera fácil y sin ningún tipo de dificultad; bien valía  la pena una caminada a una finca en la que podías agarrar a tu gusto uno de esos manjares exóticos.

Pues bien, los tres no fuimos a la finca de un primo, un tío, un padrino, o qué sé yo de Aldemar. Cuán lejos me pareció ayer; hoy en  esos terrenos hay varias edificaciones construidas. No queda ni un vestigio de los cañadulzales. Cuando estuvimos allá no se nos negó los pedazos de palma o guáduba para nuestras cometas, pero tuvimos mucha más dificultad para acceder a las apetecidas cañas, los dueños resultaron ser no muy generosos con los productos que sembraban y eso que se veía por todo lado árboles frutales y gran cultivo de cañas de azúcar.

Por mi parte, apenas habíamos llegado a la casa  de tablas de la finca, ya le había perdido el interés a las cañas, porque había divisado sobre una rústica y larga banca de madera un ejemplar sin portada de una vieja revista de dibujos animados; en esos tiempos que no era tan fácil conseguir ese tipo de tesoros, y en los que ardía por la pasión de leer ese tipo de textos, lograr que me la presten aunque sea un momento, se convirtió en mi objetivo desde el momento en que la vi.

La vieja revista sobre la  que yo había puesto los ojos era  un ejemplar de “Periquita”, para quienes esto sea nuevo les puedo contar que: “Periquita era una traviesa chiquilla de 8 años quien era muy soñadora y casi siempre andaba muy confundida, y era famosa por su humor suave y sus chistes visuales surrealistas. Y quien dependiendo de la situación podía llegar a ser  una niñita bonita, pícara y amante de la diversión.”

Pues bien, yo ya había enfocado mi plan en poder disfrutar de esa tira cómica, confieso años después que de haber podido me la habría robado. Por eso en la  primera oportunidad que se me presentó me senté en la banca y de la manera más discreta que pude puse las manos sobre ella y ávidamente comencé a ojearla, pero mis planes se vieron interrumpidos al instante por mis amigos Pablo y Aldemar que me pidieron que fuéramos a conseguir aquello por los que habíamos ido hasta allí.  Con gran pesar por mi parte la dejé de nuevo sobre la banca, pues los dueños de casa que nos habían ofrecido algo de tomar estaban presentes y además también había hecho aparición un chico, probablemente el dueño de la revista quien de manera atenta observaba lo que yo estaba haciendo.

Así que no tuve más opción que dejarla, muy a mi pesar, y seguirlos de mala gana, eso sí, hice lo posible por dejarla en el rincón más disimulado posible, y cerca al borde, rogando en mi interior para que cayera debajo de la banca para que nadie la viera, y poderla encontrar al regreso,  después de la búsqueda de las hojas de palma.

Al rato de deambular por la  finca, dimos con lo que necesitábamos para elaborar nuestras cometas, y el dueño que nos había acompañado a rondar por sus terrenos, nos permitió acceder a unas frutas, y después de tanta insistencia había accedido a obsequiarnos una gruesa y jugosa caña, que el mismo seleccionó y cortó con su machete, la partió en tres partes iguales y nos dio a cada uno de a porción. Con lo cual decidimos que era hora de regresar a nuestras casas.

Ya de vuelta en la casona de la finca, volví a mirar con profundo interés la banca en que había dejado la revista, pero ya no estaba, pensé que quizá había caído al piso, y de manera disimulada como pude eché una mirada, pero tampoco había nada en el suelo, alguien la había tomado. Y ya no teníamos tiempo ni de buscar al chico, que quizá la tenía, ni mucho menos había tiempo para ponerse a leer, mis amigos apremiaban por tomar el camino de regreso. Y me quedó para siempre la frustración de no haber podido leer esa tarde.


Para el regreso a casa, no repartimos la carga, mi amigo Aldemar llevaba las frutas, Pablo los tres trozos de caña y yo llevaba las pedazos de palma. Y cuando estábamos cerca de llegar a casa, se nos apareció como de la nada, el muchacho al que considerábamos algo así como el “matón del barrio” y nos pidió que le regaláramos una caña, por supuesto que nadie quería deshacerse de su porción y se lo hicimos saber, pero a él poco pareció importarle y nos amenazó con “cascarnos”, si no le dábamos lo que pedía, de un jalón le arrebato todas  las cañas a Pablo, ante lo cual Aldemar que era el mayor de los tres , lo enfrentó a pesar de que sabía que tenía las de perder, y le increpó por el abuso, ellos se pusieron a forcejear por las cañas, pero el matón salió triunfante, la pelea ya estaba declarada, y casi que con la mirada nos pusimos de acuerdo en que teníamos que enfrentarlo los tres juntos,  y cuando ya estábamos decididos a ello, nuestro amigo Aldemar, sacó algo que se quedó para siempre conmigo: su NOBLEZA y nos dijo: “Muchachos, no vale la pena pelear por eso, esas cañas las podemos volver a conseguir.” Y dándole la espalda al ladronzuelo, proseguimos nuestro camino a casa en silencio. Cada uno con sus pensamientos, mis amigos quizá pensando en las cañas perdidas, yo en la revista que nunca pude leer ese día; y hoy muchos años después en que fue una fortuna haber tenido como amigo de infancia a una persona tan noble y buena gente como Aldemar.


 John Montilla. 2017
jmontideas.blogspot.com.co