viernes, 7 de abril de 2023

DIME KARINE

Por. John Montilla

In Memorian:

“Si pudiera escribir como usted, quisiera contar esta historia.” (Karine Medina)

                                           

Y como ya no estás amiga para contarla, entonces lo haré yo mismo, tus palabras más que autorizarlo, me lo piden.

“Nos conocimos” el día que de manera cordial escribí una crítica en sus redes sociales, porque ella había publicado la foto de un paciente en una silla de una sala de odontología; ella era auxiliar. Creo haberle dicho algo así como que no estaba siendo discreta con la intimidad del paciente, que a muchas personas no les gustaría que les tomen y les publiquen una foto en esas circunstancias. No recuerdo bien cuál era el propósito de la publicación.

Ella no me respondió de forma tranquila, más bien diría yo, que salió con piedras en la mano a defender su fotografía. Recuerdo que dijo que le habían pedido al paciente que les autorice hacerlo y que él había estado de acuerdo y agregó otro tipo de cosas. Yo le rebatí su posición y nos agarramos en una discusión escrita, debajo de la publicación; nadie más intervino. Argumento iba y venía en tono firme pero cordial. Luego para no seguir el debate de manera pública decidimos seguir el tira y afloje en el chat privado. Al final, no estoy seguro de quien le dio la razón a quien. Fue una “pelea noble”.  Lo único cierto es que, a partir de ese día, seguimos compartiendo información, luego nos agregamos como contactos y de así creció una linda amistad virtual que duro varios años.

Ella un día la describió así:

“Extraña amistad, pero muy bonita.” “Le he contado a algunas personas.” “Les parece raro, pero dicen que son cosas que en la vida pueden pasar.” “Somos del mismo lugar, nunca nos hemos visto pero si hablamos por redes con mucha confianza.”

 Por cuestiones de trabajo se fue para Guatemala, y desde allá me contaba de sus ratos de nostalgia: 

“Tengo un par de negocios”, “Pero, me hace falta la tierrita.” Me decía que extrañaba mucho la cultura y sobre todo extrañaba la comida.

 Cierta vez le pedí que me contara de cosas típicas de allá que le gustaban y me menciono tres: Caldo de frijoles tradicional, hilachas de carne al estilo guatemalteco y una comida rápida a la que llamó “shuco”, cuando le pregunté que era eso me respondió:

“Es como un perro caliente, pero le ponen de todo.”

Cuando le puse este reto: “Shuco o tacacho”, me dio una hermosa respuesta:

“¡Tacacho!

“No lo dudo.”

“Y con plátanos del Putumayo.”

“Toda una vida.”

J.M 

Me decía que siempre leía mis publicaciones

 “Yo leo lo que sube.” Y yo le seguía sobre su vida en el exterior: trabajaba, conoció a alguien, se casó, la vida le sonreía, pero sus problemas de salud eran el principal obstáculo de su tranquilidad. A pesar de eso no perdía su carisma y talante positivo: “He estado viviendo en el hospital.”  En cierta ocasión regresó Colombia y estuvo en nuestro pueblo, pero no me enteré y por supuesto no pude verla ni conocerla. Sus problemas de salud y el tiempo no lo permitieron:

“Hasta paré en el hospital de Mocoa.” “No tuve tiempo ni para visitar a toda mi familia.”

 En la última conversación que tuvimos me pidió que le ayudara con palabras:

 “Tengo un grupo de Facebook de mujeres; antes era de ventas; pero ahora que yo lo administro quiero cambiar el propósito del grupo. quiero que sea para chismear, consejos, un espacio de desahogo, para subirnos el ánimo y cosas como esas.”

 “No sé qué nombre ponerle... tengo una palabra en mi cabeza, pero no logro darle forma.”

 Quedamos en retomar la charla ese día a media tarde, pero nunca lo hicimos.  Me escribió unos días después y me dejó de manera premonitoria sus últimas palabras:

 “Hola

Regresando desde el más allá.

Casi muero.

Pero aquí estoy de regreso.”

Pero, ya no regresó más al chat, me enteré de su fallecimiento dos días después de que había sucedido. No puedo describir la sensación tan extraña de vacío y nostalgia que me dio al enterarme de la noticia.  Estaba frente a la pantalla del computador buscando un cuento para leerle a mi hija. Entonces decidí contarle esta historia. Al terminar; la frase que mi hija expresó resumía mis sentimientos.

“Yo también tengo ganas de llorar.”

 Karine me dijo un día: “Yo le tengo mucha admiración y espero poder un día conocerlo.”

 Un día de carnaval del seis de enero de hace unos años, estuvimos a menos de 50 pasos de distancia, pero no pudimos conocernos. Lo supimos después de pasado el evento y cuando ella estaba de regreso en Guatemala y cuando hablamos de donde habíamos estado ese día.

 Alguna vez le escribí: “Me hubiera gustado poderle decir, aunque sea “hola”… pero en persona.”

 Eso ya no será posible; tampoco podré decirle el nombre que había pensado para su grupo, por eso decidí ponerlo de título para esta historia que me pidió que contara.

Descansa en paz amiga Karine Medina.

 


***

John Montilla (6-IV-2023)

Relatos de mis memorias.

Fotografía: Tomada del perfil de Facebook de Karine Medina. 

Historias en:  jmontideas.blogspot.com

  

domingo, 2 de abril de 2023

OTRA VICTIMA

Por. John Montilla


La otra víctima de la tragedia de Mocoa, es el río.  Lo digo en singular, pero refiero a todas esas aguas que por años han bañado a nuestro pueblo. Ahora le llaman monstruo, pero es una víctima más. Durante tiempos inmemoriables ha nacido en el verde lecho de los bosques bajo el cobijo de nubes grises y echado a correr cual niño alegre hacía abajo. Un infante que se aleja de las faldas de su madre la montaña. Una madre que no le corta su cordón umbilical, sino que lo estira en la lejanía hasta el encuentro con los mares.

Nosotros usurpamos su territorio, lo arrinconamos con muros, ladrillos, maderos y cuanto material se pueda. Él se recoge cual animal herido, pero no muerto, y de repente da un coletazo vital y para nuestra desgracia se llena de energía y recobra la memoria de su cauce y nos enseña que no es un simple juguete elástico que se estira y se encoje, sino que es una gran y bella serpiente azul durmiendo y que con las grandes lluvias que se escurren de las esponjas de los bosques, se nutre, se crece, se retuerce y se enfurece. Y entonces arrasa cuanto encuentre a su paso. Vuelve a recorrer sus terrenos ancestrales, pero ese recorrido otrora lleno de árboles está lleno de cemento, ladrillos, latas, tejados, paredes, armarios, mesas, sillas, neveras, cachivaches, ropa, juguetes y lamentablemente también muchas personas.  

El terrible recuerdo de las memorias de sus pasos antiguos, nos deja lágrimas, destrozos, huérfanos, dolor y tristeza.  Y entonces todos los dedos acusadores apuntan hacia él, como la gran bestia que hay que domar; y entonces lo queremos atrapar en jaulas de hierro y cemento. Monstruos metálicos amarillos y ruidosos se envían a su lecho. Hieren con palas mecánicas su estropeado cuerpo, se le extirpan su rocas, arena, piedras y barreras naturales, en un vano intento por moldear en líneas antinaturales su sinuoso cuerpo.

Fotografía: Mao Fajardo


Pretenden enjaularlo en un guacal hecho con alambres, piedras y cemento. Pero el se resiste, de cuando en cuando; se retuerce, y desajusta las trampas.  Es como un dinosaurio despierto en una jaula construida con palillos; un King Kong atado con cadenas de papel que se despierta de su letargo inducido con pócimas caras e inútiles. Un Godzilla acorralado con meras promesas y encandilado con pajaritos pintados en el aire. Pero no es un monstruo como aquellos, es una víctima más que reclama su espacio, una víctima más que reclama los árboles de cachimbo, chíparo y tantos otros ya perdidos; una víctima más que reclama esos frutos exóticos de antaño: churimbas, pomarosas y guayabas que solían encontrarse en sus orillas. Una víctima más que ya no volvió a tener peces. Una víctima más que reclama garzas, martines pescadores, renacuajos y caracoles.

Ese río no es un monstruo, es un ser indefenso, es como un milenario anciano que se está volviendo niño. Un viejo que vuelve sobre sus pasos. Un “Benjamín Button” decreciendo, pero que se resiste a desaparecer. Y por eso a ratos vuelve a crecer y entonces se baña el rostro con aguas turbias. Un ser de otros tiempos que lava con sus aguas su propio lecho e intenta quitarse de encima los pañales que le hemos llenado de inmundicia en décadas de indiferencia y abandono.  

A esta victima desamparada hay que mirarla con otros ojos y también hay que tenderle una mano amiga.

***

Fotografía: Mao Fajardo


John Montilla: Texto y fotografía de portada (1-III- 2023)

Crónicas de Mocoa

Imagen de portada: Tomada en una intervención artística hecha sobre las ruinas de una casa después del desastre. (

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miércoles, 11 de enero de 2023

FRESCOS RECUERDOS

 Por. John Montilla

 Lo que voy a narrar “no es falso como las vitaminas que trae el fr …tiño.”

No sé si aún se consiga en el mercado ese producto, se llama o llamaba Fresco Royal, en otros tiempos, no lo ofrecían con todas las bondades con que promocionan esos “polvos alimenticios” de ahora, en las que dicen que son más saludables que las mismas frutas.

Recuerdo que, en tiempos de mi escuela primaria, existía la costumbre de vender ese polvo del Fresco Royal por cucharaditas y mezclado con azúcar. ¡Tremenda golosina, de milagro estamos vivos con esas cargas tan grandes de dulce!

 Vendían la porción envuelta en cartuchitos de papel por el precio de centavos o un peso de la época. Lo sabíamos compartir echándonos de a poquito en la palma de las manos y lo comíamos untándonos y chupando un dedo que sabía terminar teñido del color del producto. Me pregunto cómo estarían esas manos a la hora del recreo. Nuestra generación agarró todas las defensas del ambiente, sobrevivimos a todas las vicisitudes de una época.

 Los vendedores a veces solían mezclar los sabores de esos polvos alimenticios. Ellos, que eran estudiantes de los cursos superiores llevaban un frasco lleno de esa mezcolanza, y al terminar el día lo llevaban vacío de vuelta a casa. Lo sustancial, era tener el frasco, una cucharita para medir la porción, los papelitos para empacar, un monedero para guardar las ganancias, y el capital inicial para invertir en el dulce negocio. Un emprendimiento del ayer.


Ese “polvo mágico” en algún momento desapareció del mercado, porque fue aplastado por el peso de la publicidad de otro y hace años no volvimos a tener noticias del tradicional Fresco Royal. También, tuvo competencia, con otro producto, que no pego mucho quizás debido a que su nombre venía en inglés “Kool Aid” y a la gente le quedaba como difícil repetir en las tiendas lo que decían en la televisión: “Cul-eid- cul-eid”. Los muchachos si eran buenos para repetir ese estribillo en la calle, pero dándole un giro picaresco al referirse al producto:

 “Yo ya no tomo Fresco Royal, ahora me la paso es “Culeid- culeid”.”

Ese “polvo pinta tripas” como le dice alguien que conozco y a quien nunca le han gustado esos productos, sabía tener como figura de presentación una elegante jarrita animada, con traje y corbatín, tan elegante como la dama que alguna vez vendía esa golosina en la escuela y a quien volví a ver años después de pura casualidad. Estaba radiante y élegamente vestida, me saludó sin detenerse con un simple “hola” y una amable sonrisa; yo no pude evitar recordar que hace muchos años le vi un piojo en una de sus orejas, mientras me vendía una porción de Fresco Royal.

***

John Montilla (17-X-2022)

Relatos de mis memorias

Imagen: Tomada de una de mis revistas de colección. 

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jueves, 13 de octubre de 2022

SUCESOS EXTRAÑOS EN LA ALAMBRADA

 Por. John Montilla

 “Sueño mi pintura y pinto mi sueño.” 

 Vincent Van Gogh


Iba caminando con mi hija pequeña por un sendero campestre junto a una cerca alambrada, en cuyos  postes habían puesto coloridas botas viejas a manera de adorno, cuando de repente de la nada apareció un perro y con sus fauces abiertas se fue directo hacia mi hija, pero de un rápido movimiento interpuse mi cuerpo en su camino y entonces la bestia furiosa la emprendió contra mí, logró morderme la mano, pero a pesar del dolor, hice algo impensado, lo agarré como pude del cuello y una pata trasera y con un inverosímil impulso lo levanté en el aire y lo lance con furia contra la parte alta del alambre de púas, y entonces sucedió la cosa más extraña que jamás hayan visto mis ojos.

La bestia cayó justo en la mitad del alambrado, y por un breve instante pareció partirse en dos, pero luego se puso como un globo que se desinflara, y al igual que una camisa negra mojada quedo escurriéndose entre los alambres. Su cuerpo se volvió flácido, como un animal al que hubieran desollado y puesto a secar sus cueros al sol. Ahí quedó, aún caliente, pero inerte. Yo no salía del asombro mientras, agarraba a mi hija con la mano que no estaba sangrando, pero las sorpresas aún no habían terminado.  

En la distancia se escuchan voces que lo llamaban, quizás eran sus dueños, y de repente el canino escurrido, parece revivir, se agita en el alambrado, y de un tremendo sacudón se libera de las púas y con un profundo aullido de dolor huye de donde estábamos, y luego en la distancia se pone a ladrar y a todas luces se ve que tiene intenciones de volver a atacarnos. Por eso, esta vez decido pasar a la ofensiva.  Comienzo a buscar piedras para defenderme, pero no encuentro ninguna en el piso, tan sólo lodo, lo que antes era una verde campiña se había convertido en un lodazal, la única opción fue tomar trozos de lodo, hacerlos bola y arrojarle a la bestia furiosa.

En esas estaba cuando del otro lado del camino, aparecen los dueños del perro, y sin mediar palabra, también desde su lugar comienzan también a arrojar bolas de lodo. A los pocos segundos nos enfrascamos en una singular batalla de lodo. Los pegajosos y negros proyectiles volaban de lado a lado.  Mi hija y yo parecíamos locos amasando y arrojando lodo por doquier, de lado y lado llovía lodo, la tarde se puso oscura con esa sucia guerra ambientada por los gritos de los combatientes y el incansable ladrido de los perros.


De repente en medio del fragor de la batalla apareció una joven ataviada con un colorido y hermoso atuendo indígena, estaba impecable, y sin que ni una sola gota de barro la tocara avanzó por el camino hasta donde yo estaba y cuando estuvo a dos pasos de distancia, sacó una pistola de plástico verde de juguete, con intención de disparar a quemarropa, pero antes de que ella lo hiciera yo también había sacado una pistola de juguete blanca, también de plástico. Estábamos a segundos de terminar el engorroso asunto de esta sucia guerra.

Ambos apretamos los gatillos al mismo tiempo, pero no salió ningún proyectil de las pistolas, entonces nos miramos fijamente a los ojos sin rencor, con la miradas más inocentes e ingenuas del mundo y luego nos echamos a reír a carcajadas. Después nos dimos un sincero abrazo de reconciliación.  Le manché el traje con barro, pero eso no pareció importarle; mi mano había dejado de sangrar. Agarré a mi hija de la mano y luego los tres abrazados nos alejamos del lugar, el verde de la campiña parecía retornar poco a poco.

 Atrás en la distancia se podía escuchar aún el ladrido de los perros.

***

John Montilla: Texto e imágenes

Fotomontajes con Imágenes tomadas de internet.

Relatos de sueños

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(12-X-2022)

martes, 27 de septiembre de 2022

MI ABUELO, EL ÁLBUM Y YO

Por. John Montilla     


En los últimos años de trabajo a mi abuelo se le asignó las funciones de celador. En otros tiempos, Mocoa gozaba de tanta tranquilidad, que casi todos dejábamos las puertas abiertas de las casas durante el día. Así que cuidar la dependencia de alguna entidad era una cosa también tranquila y bastante rutinaria.

Una de las entidades en las que mi abuelo tuvo que prestar sus servicios fue la Defensa Civil, en esos tiempos era una casa de familia, habilitada como sede del organismo de socorro, y hasta allí sabía llegar yo con el portacomidas para él.

Mi abuelo recibía las viandas y luego con bastante parsimonia se tomaba todo el tiempo del mundo para comer sus alimentos; yo mientras tanto, para no aburrirme solía husmear en las dependencias en las que él trabajaba, buscando los tesoros que me llamaban la atención: libros, periódicos y revistas. En otras épocas a los celadores no les solían faltar ese tipo de elementos a su alrededor y en esas oficinas era frecuente hallar algún material para leer. Así que cada vez que yo le llevaba la comida, tenía la expectativa por encontrar algo que disfrutar. La lectura era mi recompensa, por hacer el mandado.

Cierta vez que no encontré nada a mano, me puse a observar con curiosidad los estantes que había en una especie de almacén; entre el montón de trebejos y diversos objetos, vi cascos, botas, sogas, algunos uniformes colgados en perchas, palas, picos, y también había algunos cacharros viejos y en desuso cubiertos con telarañas y por supuesto polvo, y justo en uno de estos olvidados rincones, pude notar apretujado entre esos trastos un cuadernillo en papel periódico doblado y totalmente empolvado.

Por supuesto lo tomé entre mis manos, le sacudí el polvo, luego lo desdoblé y vi que tenía entre mis manos un ejemplar de un álbum del mundial de futbol “España 82”. Era una edición publicada por un periódico de circulación nacional y que se llenaba comprando y recortando las figuras que venían anexas a un ejemplar de cada día.


Alguien se había tomado ese trabajo de comprar, recortar y pegar las figuritas; lamentablemente estaba incompleto, pero se podía ver algunos rostros de renombre de la época: Los brasileños Zico, Socrates, Toninho Cerezo, y  algunos argentinos como Maradona, Bertoni, Kempes, e italianos como Paolo Rossi y Dino Zoff, y el polaco Lato, y también mis favoritos de entonces: Los peruanos, Julio Cesar Uribe y Guillermo La Rosa, -aún conservo un clásico afiche de este jugador-, quienes luego jugaron en el América de Cali, y esta es una de la razones por las que me hice hincha de los “diablos rojos”.

El hallazgo de ese tesoro en medio de tanto chéchere, me causó alegría, y fue una de las jornadas más memorables de las visitas obligadas a mi abuelo en su lugar de trabajo. Me entretuve bastante rato ojeando y leyendo el cuadernillo, hasta que llegó el momento de regresar a casa, no sin antes tener la precaución de volver a dejar el objeto en su lugar.

De ahí en adelante, cada vez que iba, me entretenía con ese álbum, y debo reconocer que más de una vez estuve tentado de quedármelo, pero mi abuelo que fue un hombre absolutamente honrado me había dicho: “Nada de lo que hay aquí, nos pertenece”. Y yo seguía, a rajatabla sus enseñanzas. Nunca le hablé a él de ese álbum, estoy seguro que él nunca supo de ese detalle, yo siempre lo ojeaba a hurtadillas. Nunca lo tomé, ni siquiera me atreví a llevarlo escondido para verlo en casa y luego llevarlo a devolver. Tampoco me atreví a pedirle al comandante de la Defensa Civil que me lo regalara, porque pensaba que esto habría implicado decir, donde lo encontré y quizás habría puesto a mi abuelo en problemas, porque sería una confesión mía de que andaba husmeando por ahí, mientras mi abuelo comía.

Al final, no recuerdo si fue que trasladaron a mi abuelo o a la oficina a otro sitio; el hecho fue que perdí contacto con ese tesoro de papel. Estoy seguro que si se trastearon, ese cuadernillo en medio de tantos cachivaches debió terminar en el cesto de la basura, y en honor a la verdad, creo que ahora de alguna manera lamento no haberlo tomado, pues estoy seguro que lo tendría junto a otras reliquias que aún conservo.  Pero la figura emblemática de mi abuelo me enseño a ser honrado y ese regalo es más valioso que todos los álbumes de futbol juntos.

                                                                 ***


John Montilla: Texto e imágenes 2 y 3

Fotomontaje 1: Imágenes tomadas de internet

Fragmentos de mis memorias.

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(26-IX-2022)

miércoles, 6 de julio de 2022

LA TRAMPA

 Por. John Montilla

Alguien había construido la trampa de una manera muy particular: Una plataforma hecha de tablas, la cual se apoyaba en los extremos sobre unos pilotes de madera, quizás de medio metro de alto y debajo de ella había una jaula metálica de forma circular. Un pollo de tamaño mediano o un pájaro grande podrían entrar y salir perfectamente de la jaula, pero una gallina ya no podría hacer lo mismo.

En el centro de la plataforma habían dejado un hueco circular por el que cabían un armadillo, un gato salvaje, y hasta un conejo grande; un venado al pisar en falso, lo más que podría pasarle es que se lastime una pata, pero no caería por ese agujero. Para atraer la atención de las víctimas, había sembrado en la plataforma diversas plantas de apetitosas hierbas y verduras, se podían ver hojas de lechuga, cebollas, repollos, coles y otras especies que simulaban una bella huerta en medio del bosque. El punto perverso de todo ello, era el oscuro agujero que escasamente ocultaban el verde de algunas hierbas.

En esa inverosímil trampa, habían caído un par de conejos grandes. Las dos desafortunadas criaturas, macho y hembra, respectivamente; en un primer instante, habían intentado por todos los medios huir de su celda, golpeándose contra los hierros, intentando morderlos, o dando inútiles saltos para intentar alcanzar el agujero, pero no hubo escapatoria. Al final resignados, encontraron que su cárcel tenía ciertas “comodidades”, había algo de comida en granos desperdigada por el piso, dos pequeños cajones de madera, uno abierto, que usaron como madriguera y otro cerrado, pero que los atrajo mucho porque su instinto les decía que guardaba comida, y también había un recipiente plano metálico que estaba conectado a un pequeño canal y que ocasionalmente recogía agua de lluvia. Quien fabricó esta trampa, lo hizo pensando en que el animal que caiga allí, pudiera sobrevivir por varios días. Aparte de eso, la maleza y hierbas que se colaban por entre los barrotes también brindada un poco más de sustento. Así pues, los dos conejos, se vieron forzados a adaptarse a esta nueva vida en cautiverio.

Y como la naturaleza no se detiene, a las pocas semanas, ya no eran dos conejos en cautiverio sino una docena. El problema del número era la alimentación; en un principio sobrevivieron con lo que tenían a mano, y luego de tanto mordisquear en el extremo del cajón cerrado, terminaron por hacer una pequeña abertura por la que ocasionalmente les caía algo del grano ahí almacenado. Pero eso no les iba a durar para siempre.  


Con la leche de la madre pronto las crías pudieron valerse por sí mismas, y ellos se encargaron luego de acabar con las hierbas que entraban a la jaula, y pronto descubrieron que podías salir un poco más allá y volver junto a sus padres. La vida seguía y los gazapos crecían. Las aventuras exploratorias los llevaron luego a llegar a la parte de arriba de la trampa, es decir a la plataforma y allí descubrieron las delicias prácticamente servidas para ellos.  En el júbilo y derroche de comida, eventualmente dejaban caer algo por el agujero, lo cual era recibido por sus padres que lo esperaban ansiosos. Algunos incluso aprendieron a usar el hueco para de un salto volver a la madriguera, y el día que un gavilán los asustó, ese fue el camino corto que tomaron todos para escapar del cazador, y en lo sucesivo optaron por salir por entre los barrotes de la jaula y entrar arrojándose por el agujero.

 Pero con el paso del tiempo notaron que cada vez les era más difícil poder salir de la jaula; con gran dificultad y con alguno que otro empujón lograban pasar al exterior. Las crías iban creciendo día tras día, y entonces mamá y papá conejo tuvieron que tomar una decisión trascendental para el futuro de su familia:

Los reunieron a todos y con toda la seriedad y solemnidad del caso, les pidieron a sus hijos que esa sería la última vez que estarían juntos, que tendrían que salir antes de que fuera demasiado tarde y nunca más volver a entrar a la jaula. Aunque las crías comprendieron las razones de sus padres, no pudieron evitar las lágrimas y el dolor de esa decisión. O se alejaban de ellos o perderían para siempre su libertad.

Pero como más que una petición fue una orden de sus progenitores, uno a uno y ya literalmente con tremendo aprieto fueron saliendo. La tristeza por dejar a sus padres era inmensa, por su parte mamá y papá conejo eran un mar de emociones opuestas, por un lado, la alegría de la libertad de los suyos y por otro el vacío de su partida. Por un tiempo ellos iban a visitarlos y a llevarles comida, pero al final los padres terminaron el resto de sus vidas solos y en perpetuo encierro.

El autor de la trampa nunca apareció a revisar que presas habían caído por el agujero.

***

Texto: John Montilla (5-VII-2022)

Fotomontaje con imágenes tomadas de Pixabay

Relatos de sueños.

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domingo, 15 de mayo de 2022

LA GRAN LECCIÓN

 Por. John Montilla



 Cuando era estudiante, me encontré una mañana en los pasillos de la universidad con mi maestro de literatura Luis Ernesto Lasso, nos saludamos, charlamos un momento y luego antes de despedirse me pasó un libro y me dijo estas palabras que nunca olvido y que siempre que tengo la ocasión le repito a mis estudiantes. Mi maestro hizo una pausa y mirándome directo a los ojos con esa expresiva mirada que lo caracterizaba me obsequió una de las mejores lecciones de mi vida:

“Te regalo este libro para que aprendas como NO se debe escribir un libro.”

 Era un texto de cuentos muy mal logrados, malos todos; por supuesto no habían sido escritos por él, sino por alguien más que se las daba de gran escritor. A pesar de que no disfruté esa lectura, lo leí porque sabía que mi maestro me preguntaría por ello.  Y por alguna razón, decidí conservar ese libro.

Años después, cierta vez que me estaba trasteando de casa, y estaba quemando papeles, encontré de nuevo ese texto y decidí también arrojarlo a la hoguera, pero en el último instante me arrepentí, y lo rescaté de entre las llamas, alcanzó a quemarse un poco, lo limpié y le di otra oportunidad en mi biblioteca. Aún lo guardo.  Pues sea como sea, era un detalle que me había hecho mi maestro, y lo tengo como referente diario, pues cada vez que escribo algo, procuro que mis narraciones sean mucho mejor que las hay allí escritas; siempre paso por encima de los cuentos de ese libro.

Esa fue la gran lección. Gracias por siempre maestro Luis Ernesto Lasso.


John Montilla.  Texto (15-V-2022)

Imágenes tomadas de internet.

Relatos en mi camino

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