domingo, 15 de mayo de 2022

LA GRAN LECCIÓN

 Por. John Montilla



 Cuando era estudiante, me encontré una mañana en los pasillos de la universidad con mi maestro de literatura Luis Ernesto Lasso, nos saludamos, charlamos un momento y luego antes de despedirse me pasó un libro y me dijo estas palabras que nunca olvido y que siempre que tengo la ocasión le repito a mis estudiantes. Mi maestro hizo una pausa y mirándome directo a los ojos con esa expresiva mirada que lo caracterizaba me obsequió una de las mejores lecciones de mi vida:

“Te regalo este libro para que aprendas como NO se debe escribir un libro.”

 Era un texto de cuentos muy mal logrados, malos todos; por supuesto no habían sido escritos por él, sino por alguien más que se las daba de gran escritor. A pesar de que no disfruté esa lectura, lo leí porque sabía que mi maestro me preguntaría por ello.  Y por alguna razón, decidí conservar ese libro.

Años después, cierta vez que me estaba trasteando de casa, y estaba quemando papeles, encontré de nuevo ese texto y decidí también arrojarlo a la hoguera, pero en el último instante me arrepentí, y lo rescaté de entre las llamas, alcanzó a quemarse un poco, lo limpié y le di otra oportunidad en mi biblioteca. Aún lo guardo.  Pues sea como sea, era un detalle que me había hecho mi maestro, y lo tengo como referente diario, pues cada vez que escribo algo, procuro que mis narraciones sean mucho mejor que las hay allí escritas; siempre paso por encima de los cuentos de ese libro.

Esa fue la gran lección. Gracias por siempre maestro Luis Ernesto Lasso.


John Montilla.  Texto (15-V-2022)

Imágenes tomadas de internet.

Relatos en mi camino

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viernes, 1 de abril de 2022

UN CAMELLO EN EL DILUVIO

 Por. John Montilla

Por. John Montilla

Mi vecina, la peluquera tenía entre las cosas que decoraban su pequeño salón una llamativa artesanía: un hermoso camello tallado a mano sobre un angosto y redondo madero; quizás de unos ochenta centímetros de largo. Desde la primera vez que lo vi me llamó la atención y las veces que pasaba por los servicios de sus hábiles manos, no perdía la ocasión para hacer los mismos halagadores comentarios de la figura. Creo que me dijo que lo había obtenido por un buen precio de un artesano que pasó por su negocio. Al hombre le cortaron el cabello y le compraron el camello. Alguna vez a manera de chanza le pedí a la peluquera que me lo regalara, por supuesto ella con un tono cordial me dijo que no.

 




Pero la noche del fatal diluvio que cayó en Mocoa y que ocasionó la tragedia, ella huyó como pudo junto a su familia, ya prácticamente con las lodosas aguas encima, no tuvieron tiempo de sacar nada de sus pertenencias; por supuesto el camello, - emblema de los desiertos- naufragó con la casa incluida.

A la madrugada después del desastre dueños y vecinos fueron testigos de cómo el lugar donde habían estado sus casas, se había convertido en una playa. Metros más abajo una señora de rodillas y con todo el dolor de su mundo deshecho daba golpes en el húmedo suelo, mientras gritaba al cielo sin consuelo: “Por qué no corrieron, Dios mío, por qué no corrieron.” Decían los vecinos que una familia entera se perdió allí; al parecer porque estaban encerrados con llave y en el caos y desespero de la noche no pudieron encontrarlas. No existieron en ese entonces palabras que pudieran servir de consuelo para la señora que castigaba con sus puños el barro. Ese barro que días después de pasado el desastre se convirtió en una suave arena seca, como esa en la que caminan de manera incansable los camellos.

Cinco años después recuerdo el dolor, el miedo, el desconsuelo, a los que se fueron, a las cosas queridas que se perdieron y hago un espacio en mi memoria para evocar también a los objetos simples que llenaban los hogares de nuestra gente, como ese adorno de madera, “símbolo de arenas eternas ”, que al igual que los cimientos de nuestro pueblo, se diluyó en la dolorosa noche del diluvio.

***

John Montilla (31-marzo-2022)

Crónicas de Mocoa.

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sábado, 22 de enero de 2022

NIDO POR CÁRCEL

Por. John Montilla

“¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?”

Oscar Wilde (El Ruiseñor y la Rosa)

                                                           ***


No fue la simple muerte del pajarito lo que me conmovió, sino lo trágico de ella. Lejos estaba de imaginar que ese canto que escuché varias mañanas encerraba un triste lamento. Les voy a narrar un pequeño drama de la naturaleza.

La pareja de pájaros había decidido instalarse en la terraza de mi casa, y a pesar de las molestias que en primera instancia vi; ya que todos los días había que recoger la basura y desechos que dejaban en el piso; decidí dejarlos que terminaran lo que habían comenzado: Estaban construyendo un nido, y habían escogido un resquicio junto a uno de los caballetes del tejado, su obra quedaba a la vista, pero segura porque quedaba lejos del alcance de las manos.

Durante varias jornadas se los vio laborando en su construcción, la prueba era los restos de lo que dejaban caer en el piso. Tiempo después de terminada la obra se podía observar que estaban incubando un huevo y a los pocos días se podía escuchar el canto de un polluelo que había nacido. Los abnegados padres que se esforzaban en el cuidado de su cría, tenían como recompensa un fuerte y bello polluelo. La fecha de abandonar el nido pronto llegaría.

Pero lejos estábamos de sospechar que el nido que sus padres habían construido con tanto esmero se había convertido en una trampa para la inocente criatura. Una mañana vi al pajarito parado al borde del tejado al pie del nido y me dije que pronto echaría su vuelo del adiós.  Ya tenía buen tamaño y se lo veía grande y robusto, pero me extrañaba que no diera ese paso definitivo, la presencia de sus progenitores era ya esporádica, quizás su instinto les decía que ya habían cumplido con su labor de padres. Ahora le tocaba al hijo salir a volar por el mundo.  

Y una mañana después de haber estado ausente de casa todo el día anterior, me percaté que el pajarito colgaba muerto junto con su nido.  Sentí mucha pena al ver la funesta escena, lamenté mi ausencia, pues quizás hubiera podido evitar el trágico desenlace. Luego me puse en la tarea de averiguar la causa. Tomé una escalera para bajar a la criatura y con asombro me di cuenta que el pajarito tenía enredada una de sus patas con una cuerda que sus padres habían utilizado para construir su nido.


Entonces llegué a la dolorosa conclusión que el pajarito había estado todo ese tiempo atado a su casa.  Siempre lo vi en la misma posición. Tuvo un nido por cárcel. Nunca se me pasó por la mente que ese animalito estuviera atrapado desde que nació. Varias veces lo vi y escuché cantar. Lejos estaba de imaginar que era la agonía por su triste situación. Su vida fue una tortura que se desarrolló a la vista de varios testigos.  ¡Como lamenté no haberlo observado con mayor detalle!  Me conmueve el pensar que al sentirse ya sólo y apremiado por el hambre intentó en un vano esfuerzo liberarse de su prisión. Aunque me consuela saber que al menos murió en el intento de luchar por su libertad.

Cuando pude bajar el nido y a la desdichada ave, analice con más detalle la triste escena, y me di cuenta que el pobre pajarito jamás hubiera podido zafarse; una de sus patas estaba completamente anudada a una fuerte cuerda blanca de esa que se usa para elevar cometas, y que paradójicamente aquí evitó el vuelo de un pájaro.  Con pesar vi que los pájaros padres habían utilizado aparte de ramitas, pajas y hojas, una diversa cantidad de materiales peligrosos para ellos: había variedad de cuerdas, distintas fibras, hilos, lana, mota de ropa, fragmentos de nylon, e incluso varios pedazos de alambre de cobre.  Toda una trampa. Ese nido era una prueba de lo que genera la contaminación en la fauna.  El pajarito pagó con su vida en un “nido por cárcel” una condena que nunca mereció padecer.

John Montilla: Texto e imágenes

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2022

jueves, 13 de enero de 2022

DRAMA POR UNA GORRA

 Por. John Montilla

La casualidad me puso en el camino este particular drama:  


Estábamos entrando a la ciudad de Mocoa, después de un largo viaje, cuando vimos en frente nuestro a un pesado tractocamión y encima de su carga venía una persona. Sin lugar a dudas debía ser un migrante venezolano. Hemos visto esta escena muchas veces. En un momento dado el hombre se bajó de la carga -parecía ser cemento- para ubicarse en la parte trasera del vehículo, y fue durante ese arriesgado movimiento cuando de repente el golpe del viento le arrebató la gorra roja que traía puesta para protegerse de las inclemencias del sol de ese día.

Creímos percibir que por unos breves segundos el hombre dudó entre arrogarse del carro y perder su transporte o resignarse a perder su preciado bien.  Hizo un gesto como para tirarse o estirar de manera instintiva la mano en un intento inútil por agarrar su gorra fugitiva.  

El automóvil en que íbamos pasó por encima del objeto perdido, fugazmente pudimos ver que estaba ya desgastada y sucia por el uso y quedó abandonada en la carretera. Mientras tanto vimos que el hombre se agarraba con desazón la cabeza por su lamentable pérdida. Se mesaba los cabellos con cierto desespero mientras continuaba mirando hacia atrás a su prenda que poco a poco irremediablemente se alejaba de él. Les dije a mis compañeros de viaje, que parecía que el hombre estaba llorando por ese hecho. Su gesto de mirar continuamente hacía atrás y de agarrarse la cabeza parecían corroborarlo. Nunca antes había visto a una persona tan desconsolada por la pérdida de una gorra. Alguien que sepa lo que es hacer un viaje largo y además a la intemperie puede comprender de manera fácil el porque de la reacción del desafortunado hombre.

Dentro del auto todos tuvimos el mismo pensamiento: recogerla y pasársela de vuelta, pero no era posible pues el conductor del tractocamión siguió de largo, ajeno al pequeño drama humano que sucedía a sus espaldas, y el tráfico vehicular también seguía su curso.


Cuando el pesado vehículo tomó la misma vía por la cual iríamos nosotros, le dije al conductor de nuestro automóvil, que lo adelantara ya que tenía que pasar por la casa de mis padres a recoger las llaves de mi apartamento y que tal vez tendría tiempo de agarrar y darle una gorra de la que sabía que podría encontrar allí.

Llegando a la esquina del hogar de mis padres, pude observar en la distancia a mi anciano padre sentado en una silla en el corredor de la casa, tenía puesta una de sus gorras. Llegué a casa; por fortuna la puerta estaba abierta, entré a las carreras; no me atreví a quitarle la gorra a mi papá, me pareció que no comprendería que yo llegara a casa después de varios días de ausencia y sin más le arrebatara su gorra y saliera corriendo de allí, sin siquiera saludarlo.  Así que pasé de largo, directo a la cocina, efectivamente allí estaba mi madre, tampoco la saludé, sino que le pedí con prisa y sin dar explicaciones una gorra. Me miró con sorpresa y con calma me dijo que la esperara un momento, le repetí que no tenía tiempo, que era muy urgente, entonces ella dejó con presteza lo que estaba haciendo y corrió a buscarme el objeto. Mi hermano que por ahí estaba me arrojó una gorra que tenía un letrero de un encuentro del “Adulto Mayor” y mi madre también ya corría con otra que llevaba publicidad de una bebida alcohólica.

Agarré ambas con presteza y con ellas corrí a la calle con la esperanza de que el tractocamión aun no llegara, cuando llegué a la esquina, mis compañeros de viaje me miraron y me dijeron con resignación que el vehículo había pasado un minuto antes.  Me quedé con la frustración y las gorras en la mano y pensando en lo que padecería el pobre hombre en el resto de su viaje bajo el duro sol de esa mañana.

Si ven a un hombre viajando sobre la carga de una tractomula y a la intemperie bajo un candente sol, les ruego, le regalen una gorra.

 


John Montilla: Texto e imágenes

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2022

miércoles, 20 de octubre de 2021

GABRIELA

Por. John Montilla

“Escucho su nombre y me invade una emoción.” Areta Franklin

                                                               ***


En una sesión de psicología en la Fundación Operación Sonrisa en Bogotá, nos pidieron a los padres que dijéramos el porqué habíamos escogido el nombre para nuestros hijos. Cada uno fue contando una historia familiar o particular con respecto a ese acto de selección de esas palabras especiales que acompañaran la familia el resto de nuestras vidas.   

Cuando nos tocó el turno a nosotros; conté que siempre había querido un nombre que se relacionara con un personaje que tuviera que ver con el mundo de la literatura, y como admirador y seguidor de Gabriel García Márquez, eso lo tenía decidido de antemano. Además, el hecho de que nuestro nobel hubiera fallecido un par de meses atrás se convirtió en una razón adicional que le daba más peso a nuestra palabra seleccionada, pero también nos hacía falta otro vocablo para complementar el nombre y en ese aún no nos habíamos puesto de acuerdo. Pero con lo que no contábamos era que nuestra bebita fuera a nacer con la condición de labio y paladar hendido que a futuro le acarrearía ciertas dificultades para el aprendizaje y correcta pronunciación de nuestra lengua materna.  


Por eso cuando asumimos y aceptamos con entereza el reto que la vida nos había dado, descartamos un nombre que tantas veces habíamos discutido. Además, mi experiencia como profesor de idiomas me llevó a concluir que nuestra hija iba a necesitar un nombre corto, de fácil pronunciación y que hiciera juego sonoro con el que ya teníamos seleccionado: “Gabriela” que, entre otras, no es una palabra que sea fácil de pronunciar, ni escribir para los niños.

Entonces les narré a los padres que me escuchaban atentos las peripecias que hice en la búsqueda de ese otro nombre; mientras Gabriela recién nacida y su mamá estaban aún en uno de los hospitales de la ciudad de Pasto. Les conté que salí a la calle a buscar una sala de internet y me puse a revisar páginas y páginas de fonética y fonología del español. Les dije que hice un buen paquete de información, lo imprimí y regresé con eso al hospital y allí me puse a matar el tedio que da en esas aburridas salas de espera estudiando de manera concienzuda y con toda tranquilidad esa gramática que detestaba en mis tiempos de estudiante de colegio y que luego me vi obligado a estudiar en la universidad. Nunca antes le había hallado tanto interés en mi vida a ese tema como esa vez que rodeado de enfermos, enfermeras, médicos, quejosos, y gente preocupada buscaba afanosamente una palabra que tuviera las letras que se le acomodaran al futuro de mi niña. El tiempo apremiaba porque se acercaba la hora en que tenía que registrar a mi hija como una ciudadana más nacida en nuestro país.

 


Les conté que mientras la gente se aburria soberanamente en esa angustiosa espera de las salas de los hospitales, yo me pasé largas horas ensimismado en un estudio de la fonología de nuestra lengua y una a una fui descartando palabras, que pensaba no me servían. Recordé que las letras y sus sonidos tienen su modo y punto de articulación, y que pueden ser sonoras y sordas… y que patatín, que patatán. Descarté uno que otro nombre basado en la información que iba sacando: Laura me parecía bonito, pero luego hallaba que para pronunciar la letra “L” la lengua debe situarse en el centro superior de la cavidad bucal y que provoca la salida del aire por los laterales y además encontré que la “R” que tiene ese nombre era muy difícil de pronunciar porque es una letra muy vibrante. Por conclusiones de este estilo descarté Sofía ya que la “F” es labiodental y con ella el labio inferior toma contacto con los incisivos superiores y además la “S” no favorecía mucho, puesto que es una letra fricativa alveolar sorda. Y así de esta forma eliminé palabras como Sara, Isabella, Isabel, Juliana y otras de la lista de nombres que tenía a mano.  Lamentaba al concluir que no podía usar esas bellas palabras porque a todas les encontraba un pero, y también lamentaba estar sólo en el hospital a esa hora con un montón de papeles en la mano sin que nadie me ayudara a dilucidar mi dilema.



Pues bien, al final de tanto darles vuelta a muchos nombres llegué a la conclusión que necesariamente nuestra hija tendría que luchar un poco más que los otros niños para aprender el idioma español. Por eso decidí tomar la palabra “Ana”, como complemento de su nombre, a pesar de lo difícil que me parecía la consonante “N”, pero ese nombre parecía reunir los criterios que me había formulado y además tenía un pequeño e importante detalle agregado; en los nombres de sus abuelas aparece de una u otra manera esta palabra y por tanto la nombramos: Ana Gabriela.

   


                                    

Adenda.

Gracias al trabajo profesional de fonoaudiología de la doctora Fabiola Maya, de los profesionales de Operación Sonrisa, y el apoyo de la familia en casa, Gabriela ha logrado superar muchos obstáculos con el lenguaje, aunque queda mucho camino por recorrer en este largo proceso médico, ella ya puede leer y escribir, y también tiene mucha motivación por aprender inglés. Ese recorrido ya lo inició.

 


John Montilla: Texto y fotografías.

Capítulo de “La sonrisa de Gabriela”

2014.

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martes, 12 de octubre de 2021

"CHICO" PERDIDO

Por. John Montilla

“En ninguna parte hay tantas cosas como en el salón de billar.”

Gabriel García Márquez : “En este pueblo no hay ladrones”.

                                                                  ***

El propietario del billar se rascaba la barriga de manera descuidada, mientras le echaba una miraba de rutina al salón que a esa hora contaba con apenas una media docena de clientes. Después de una larga temporada de haber estado cerrado el local por culpa de la pandemia; el negocio de manera lenta intentaba recobrarse, mientras las deudas seguían su curso sin detenerse y este era uno de los tantos motivos por los que el dueño no tenía cara festiva esa noche.

Uno de los asiduos clientes del local, experto en el juego del taco y las bolas, tampoco estaba de buen humor: al no encontrar a quien “marranear” había optado por sentarse en un rincón junto con un compinche; desde allí miraban también con cierto fastidio a la sala mientras esperaban que algún ingenuo les cayera en las redes del juego de hacerse los pendejos para luego pelarlo. Pero la docena de botellas vacías era un indicador de que la espera iba para largo.

En la única mesa ocupada a esa hora, se disputaba una partida equilibrada y monótona entre una pareja dispareja: un tipo pequeño contra otro muy grande; David contra Goliat jugando billar pool; el juego estaba desnivelado en estatura, pero nivelado por lo bajo, pero a ellos el reto los tenía entretenidos desde hacía más de dos horas.  Aunque la suerte se había inclinado desde el principio a favor del pequeño; su contrincante ya tenía en su haber seis derrotas seguidas contra una sola victoria, y una cuenta pendiente por pagar de una botella de aguardiente y por los menos unas quince cervezas, pero él seguía tacando esperando que la suerte se pusiera de su lado. Un amigo de ellos aburrido del juego estaba concentrado en su celular mientras de manera mecánica se tomaba otra cerveza a nombre de los jugadores.


El único mesero del lugar, un tipo “caracortada”, el menos indicado para ser la cara amable que atendía a los clientes, cantaba casi con rencor la canción que en ese momento se escuchaba en el ambiente, mientras acomodaba unos tacos en sus estantes. Las paredes del local estaban adornadas con unos ya semi desteñidos afiches de unos perros jugando billar y cartas. El letrero del nombre del local, casi a punto de caerse ocupaba el centro de la sala: “Billares El Diluvio”; en el equipo sonaba un tango: “El mundo fue y será una porquería…” Y fue entonces cuando entró el ladrón con pistola en mano, gritando y apuntando a todos lados.

- ¡No se muevan hps o disparo!

Todos en el billar se quedaron expectantes y sorprendidos. El delincuente pasó directo a la caja, que estaba más vacía que su cerebro. Al dueño se le cayó un chorro de babas, no del susto sino de la perplejidad, y le paso los tres pesos y el celular que tenía a mano. El dueño entre la furia y el temor del arma que le apuntaba intentó rezongar, pero otro insulto lo mandó a callar. Luego el asaltante pasó directo a la mesa de los jugadores. Goliat se quedó rígido con el taco agarrado y clavado en el piso. David no tenía su honda sino dos bolas en las manos, mientras el del celular que estaba embobado en la pantalla pareció despertar cuando de un manotazo se lo arrebataban, justo en el momento en que el aparato se puso a timbrar. Quizás una llamada del infierno, porque esto hizo que el ladronzuelo bajara la guardia y por eso no alcanzó a mirar la botella que venía volando y que le dio de lleno en la cabeza; sangre y cerveza se mezclaron. El ladronzuelo no vio estrellas, sino nubes negras, muchas nubes negras y lo que se vino luego no fue una lluvia sino un verdadero diluvio hecho de furia y de golpes que cayeron sin compasión.

El dueño descargó su frustración que llevaba guardada por meses; el tahúr que había sido muy preciso lanzando la botella, sintió que nunca antes había tenido a merced un rival tan fácil para derrotar; Goliat creyó que le había llegado el turno de hacer la jugada de la noche y jamás había usado el taco con tanta destreza; mientras David que había derrotado ya a un gigante le entraba sin compasión al que ya se hallaba tendido en el piso; el del celular también sintió que la sangre lo llamaba a participar, y por supuesto el mesero mostraba ahora su mejor sonrisa siniestra de “caracortada” para atender al  recién llegado.

Nunca antes en ese billar los tacos le habían dado con tanta precisión a las bolas. La suerte estaba echada. Desde que empezó se sabía que ese “chico” estaba perdido.

John Montilla Texto y  fotografías 1 y 3.

Imagen 2 tomada de internet.

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12-X-2021

martes, 20 de julio de 2021

LA PERRA DE LA DESGRACIA

 Por. John Montilla

“Una perra escuálida, arrastrando las tetas sobre el pavimento, se caga en la mitad de la plaza. La espantan por no dejar. El animal no se inmuta. Está en lo que está; mira al público sin miedo y sigue cagando. La gente, toda la gente, detalla lo que es ya un suceso: alguien tendrá que pisar ese bollo, fresco, hediondo, resbaloso. Sube el telón. Se espera con picardía al paciente que se cagará el zapato, para soltar la carcajada general.” (Alfredo Molano Bravo)


                                                           ***

La Independencia es un barrio popular en Mocoa, cuyos orígenes tienen que ver con una reubicación de familias, luego de que estas tuvieron que abandonar sus antiguas viviendas debido a una inundación ocurrida hace ya casi medio siglo.En tiempos remotos se lo conocía de manera despectiva como “Patolandia”, pero con el paso de los años el remoquete se ha ido quedando guardado en los baúles del pasado y aquellos que usaban dicho sobrenombre,  crecieron, se fueron, lo olvidaron o ya fallecieron. De niño asociaba ese nombre con los personajes de Disney de la televisión y que leía en revistas. Nunca me disgustó escucharlo; era sonoro, musicalmente más agradable que el rimbombante nombre oficial: “La Independencia”; confieso que me gustaba más la palabra “Patolandia”, la razón de este apodo, es un tema que no voy a tocar ahora, porque creo se merece un capítulo especial aparte.

Pero en ese antiguo “Patolandia” no vivía el Tío Rico de las historietas, al contrario, en el Barrio La independencia, desde tiempos inmemoriables sus habitantes se ha caracterizado por ser gente humilde y por supuesto trabajadora. Sus primeros habitantes fueron obreros, campesinos, trabajadores de la construcción, carretilleros, vendedores, conductores, músicos, artesanos, en fin, gente que se la ganaba de manera honrada con el sudor de su frente; muchos con raíces nariñenses; la gran mayoría con un grado de escolaridad mínima; sus descendientes fueron quienes dieron el siguiente paso para tratar de conseguir una mejor calidad de vida. En la actualidad muchos hijos de estos fundadores del barrio son grandes emprendedores o profesionales en diversas áreas del conocimiento.


Pero años atrás, la vida diaria era la del rebusque, y de eso es posible que derive la semilla de su gris destino, cuando apareció “la perra de la desgracia”. Alguien me refiere, que la cosa comenzó cuando una doña a quien apodaban “la chucera”, quizás la primera que se vio en el pueblo vendiendo en un pequeño asador portátil, elaborado con hierros y una antigua caja de galletas de metal, los famosos chuzos- brochetas los llaman los chefs de alta cocina- que no son otra cosa que pedazos de carne asada, ensartados en un palo con un pequeño pedazo de papa en el extremo. Me atrevo a afirmar que esos palitos en aquel entonces los elaboraban a punta de machete con retazos de guadua que de seguro iban a recoger de las obras en construcción. Hoy se consiguen con facilidad en paquetes en los supermercados.

Pues bien, parece ser que a “doña chucera” las cosas no se le daban como querían o el negocio no le daba abasto para amamantar a sus cachorros, y  de alguna manera había que sacar la leche de las tetas secas de la perra de la miseria, y fue entonces, según mi fuente, que se vio como en su casa se comenzó a ver gente extraña  deslizándose de manera furtiva, y que de repente la chimenea de su rancho, no daba abasto para expulsar el humo que vaciaban sus  visitantes, que poco a poco se fueron volviendo más visibles, y como ya no alcanzaban en su casa tuvieron que ir a hacer humos a las orillas de los ríos.


Como de la sucia “perra de la desgracia” se estaba sacando la leche para darle de comer a los escuálidos retoños de “la chucera”- Entonces la buena gente del barrio que se estaba creando, cometió el más grande error de su historia: “Pobrecitos, dejémoslos, miren que no tienen trabajo, y con varios hijos por mantener.” Y con ese “pobrecitos” de dejarlos quietos, no reunirse, denunciarlos a las autoridades, pedirles que dejen su naciente actividad ilegal o exigirles que abandonen el lugar; el barrio quedó marcado para siempre con los grandes colmillos de la bestia del vicio y por ende el infortunio de muchos. En algún momento perdido del pasado, la semilla de la adicción a las drogas se desperdigó por el pueblo, germinó y sus raíces se quedaron aferradas al entorno. Fue inevitable que cayera la cosecha de frutos podridos cuya pestilencia manchó para siempre el nombre del barrio, que quedó atrapado en la maraña de los más grises rumores y señalamientos.

Bajo la temible mordida de “la perra de la desgracia”, con el paso de los años han caído varios inocentes, vidas perdidas, sombras en el camino del infierno, de los cuales de algunos tan sólo quedan los alias, pues hasta el nombre se les quedó en el viaje cuesta abajo: “el chimbe”, “el sapo”, “el narcio”, “el invisible”, “tía tirsa”, “el burro de plata”, “el martillo”, “el pollo”, “la chica de rojo”, “el pirata”  y una larga lista que la memoria y el espacio aquí no permiten registrar. 


A este barrio estigmatizado y que ha llevado esa carga por tantos años, tuvo también que sufrir la devastación de la avalancha ocurrida en el pueblo, y a pesar de los estragos del desastre se mantiene en pie. Es paradójico, pero la noche de la tragedia, algunos de las personas mordidas por “la perra de la desgracia”, fueron quienes alertaron a los habitantes cercanos a la ribera del Río Sangoyaco, que corrieran porque la muerte venía en el agua; pues ellos son parte de las sombras que deambulan a diario en sus orillas. Datos no oficiales, refieren   que apenas un par de ellos falleció esa noche. Dicen que a los borrachos los cuida el diablo, quizás también aplica para los caídos en el vicio.  La gente no deja de sorprenderse como ninguno de ellos ha sucumbido contra el covid-19. Debe ser porque a su manera se protegen: Cierta vez vi a un indigente que recogió un tapabocas del piso, lo sacudió un poco entre sus sucias ropas, luego se lo puso y se marchó muy orondo barrio abajo.


Pues bien, a pesar de todas estas adversidades, el Barrio La Independencia sigue en pie, y como un ave Fénix, trata de levantarse por encima de las cenizas quemadas por aquellas almas perdidas en el vicio, así como de las aguas lodosas que lo anegaron. Y Milagrosamente cuando después de la avalancha no se daba un peso por él, pareció resurgir y de un momento a otro en el lapso de tres o cuatro años, tomó un auge más próspero y se instalaron varios locales comerciales. Ferreterías, tiendas agrícolas y de abarrotes, restaurantes, venta de comidas rápidas, peluquerías, tiendas de artesanías, diversos talleres y otros servicios. Tanto así que la empresa de energía, ya mandó a cambiar las facturas residenciales por facturas comerciales. No le dan tiempo a la gente de levantarse siquiera y ya viene el sacudón para que se les caigan las monedas de los bolsillos.


Parte de ese pequeño apogeo comercial se debe a que su calle central se convirtió en una vía necesaria para el flujo del tránsito de la ciudad de Mocoa, y la construcción de la nueva vía perimetral ayudó mucho en ello. Lo malo es que el pavimento que se construyó a mano y pala de los habitantes del barrio nunca se hizo pensando en el tráfico pesado y sus calles y casas ya están sintiendo las consecuencias. ¿A quién tocará pasarle la factura de estos costos?


Y pensar que en sus inicios era un sitio cerrado con una sola entrada, rodeado por Los Río Mocoa y Sangoyaco y por unas hermosas lomas que hoy ya no existen, y las cuales fueron en su momento las cumbres cercanas donde los niños de entonces subían a elevar cometas y a observar los techos de las casas vecinas. Por la única vía de acceso de esos tiempos; un lejano y fatal día de la historia de Mocoa, llegaron por primera de un momento a otros varios carros al barrio. Fue la vez que el grupo insurgente del M-19 se tomó el pueblo y la gente buscando huir del epicentro del problema fue a parar allí. Quizás ese día se dieron cuenta que no había otra salida y sus dueños no tuvieron más opción que esperar a que termine la refriega, mientras los vecinos les daban agua y tinto para calmarles los nervios. Y Luego un aciago día para quienes amaban las lomas, entraron las maquinas, la derribaron, nivelaron el terreno, abrieron otra vía y de allí surgió el Barrio Rumipamba y la piscina de la Villa Olímpica. Nunca más se pudo volver a mirar al barrio desde las alturas, su destino parecía estar condenado a ser visto por lo bajo; pero no son sus habitantes de siempre los que han caído en el agujero sin salida, el estigma adquirido a lo largo de los años se debe en su mayoría a todas aquellas “sombras perdidas” llegadas de otros lugares que han llegado a pasear e instalar sus miserias por sus calles.



Pues bien, en una de las calles de este estigmatizado barrio apareció no hace mucho uno perra flaca, cuyos pellejos se juntaban con los huesos de sus costillas, con unas tetas tan secas que tal vez ni exprimiéndolas todas juntas lograría juntarse una gota de leche. Una postal andante de la miseria; una sombra decadente de la existencia; un monumento a la desdicha; era la viva representación de “La perra de la desgracia”. Este fantasma de cueros sarnosos se acercó hacía mí que le tengo cierto recelo a los perros, y por tanto iba a hacerle el quite y seguir de largo; cuando de pronto, este desventurado animal me quedó mirando con unos ojos tan suplicantes y lastimeros que pude leer perfectamente que me estaba pidiendo comida. Creo que nunca antes había leído un mensaje tan claro en una mirada. Su gesto fue tan diciente –que por un momento rompí mi temor por los perros- Y le hice un gesto de espera con la mano -como si me comprendiera- Luego entré a la tienda más cercana y por primera vez en mi vida compré comida para perros. Salí con una bolsa y el animal ansioso me esperaba. Le puse unos cuantos granos en el piso y se los comió en un santiamén- Llegué a temer que se me comiera los dedos de la mano- Ese pobre animal estaba vivo de puro milagro. Seguí sirviéndole comida de manera gradual – he leído que a los náufragos después de rescatarlos les dosifican los primeros bocados después de ser rescatados- pero el hueco del hambre de este animal no parecía tener fondo. Al final le puse una buena porción y una ración de agua y entré un momento a mi casa, al poco rato salí y el animal ya se había ido. Tan sólo le falto comerse los platos en que le había servido.

Luego me quede pensando en quienes serían sus dueños, y por qué la tendrían en esas precarias condiciones. Quizás ese sufrido animal, con los últimos alientos de vida había tomado la resolución de soltarse de sus ataduras y conseguir su libertad. Y entonces no pude evitar asociarla con la suerte del barrio y concluí que este, en algún momento también tiene que deshacerse de las cadenas de “la perra de la desgracia”, romper el florero del estigma, pegar un grito rebelde, liberarse y de una vez por todas, encontrar el día para hacerle honor al nombre:
“La Independencia”.  


John Montilla: Texto y fotografías 1,4,5,7,8,9.

Víctor Hugo “El chape”: Fotografía 3.

Fotografías 2 y 6 tomadas de internet. 

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(20 -Julio -2021)