viernes, 25 de octubre de 2019

DIEZ APUNTES

Por. John Montilla 


N. *0

1. LA GRAN SORPRESA

Hace unos años tuve un curso difícil de manejar, la indisciplina era dura y había que estar alerta en todo momento para que las cosas no se salieran de control. Cada hora de clase era prácticamente “una batalla”, y la meta era al final poder salir invicto. Pero un día… oh sorpresa, llegué a clase y todos en coro empezaron a cantarme el “HAPPY BIRTHDAY”, debo decir que se lucieron en esa interpretación - Sólo faltó la torta -.  Yo puse cara de circunstancias y los escuché con atención, confieso que me emocioné hasta las lágrimas. Al terminar ellos irrumpieron en un caluroso aplauso, cuando el barullo terminó, yo aún muy “emocionado”, les agradecí el detalle, y aproveché para soltar un discurso en el que les eché todas las flores que pude, mientras todos ellos me miraban y escuchaban con atención, prácticamente estaban con la boca abierta siguiendo mis palabras. Mi discurso fue memorable, sólo me faltó llorar para terminar de convencerlos de la sinceridad de mis palabras. Terminé y la clase siguió con una normalidad nunca antes vista en el grupo. Ese día les gané una batalla decisiva, pues el canto del cumpleaños era una payasada más de ellos: NO era mi HAPPY BIRTHDAY  en ese fecha, pero yo les seguí el juego y les gané. A partir de entonces ellos aprendieron quien tenía el sartén por el mango.   Debo anotar que fue un grupo que me dejó muchas enseñanzas, porque aprendí como lidiar con situaciones complejas del quehacer diario de mi profesión.  (X-2019)


2. LA FIRMA

Cierta noche soñé que había un tipo cuya firma semejaba unas dos cebollas cabezonas, y al hombre le gustaba ir estampando su firma por doquier: En servilletas con lapicero, en vasos usando marcadores, y en la madera usando la punta de una navaja. Por alguna razón la policía lo andaba buscando y la pista principal era seguirle el rastro de su firma regada por varias partes. La policía cotejaba diversos objetos que tenían su particular rúbrica con una minúscula firma estampada en una carta.
Me parece un tema original, que bien valdría para redactar un cuento. Los sueños son una gran fuente de ideas. Me gustaría saber si sueños curiosos les suceden a ustedes.




3. DEMIAN

Hace unos días una de mis estudiantes me había pedido que le recomendara libros; sin dudarlo le dije “DEMIAN” de Hermann Hesse y otros más; hoy me encontré con ella a la salida del colegio, metió su mano en su bolso y me pasó un ejemplar del libro. No sé por qué, pero al contacto con ese texto, a pesar del calor que estaba haciendo, sentí una especie de estremecimiento, hace ratos que no veía uno. El mío se lo presté a un amigo hace años y nunca me lo devolvió. Ella miró que me sentía emocionado con el libro, era evidente. Hubo un tiempo en que ese texto era mi biblia personal, yo juraba con mi mano puesta sobre él. Me dijo que le había gustado mucho y que ya lo había leído tres veces. Yo lo abrí y noté que ya iba por su cuarta lectura, ya que llevaba un bonito señalizador de lectura. Luego empecé a recitar de memoria el párrafo final del libro y ella pareció mucho más complacida. Enseguida abrí la parte final de libro y leí para tratar de corroborar que años después aún me acordaba de ese párrafo y le dije un tanto defraudado que no me gustaba la traducción que le habían dado, que prefería la que yo me sabía de memoria. Me preguntó si me acordaba de la editorial y con pesar le dije que no, pero que me iba a poner a buscar la versión que yo sabía. Esto pareció agradarle, me dio un abrazo de despedida y yo me fui repasando mentalmente una de mis frases favoritas de ese bendito libro y que por mucho tiempo tuve pegada en la cabecera de mi cama en un sencillo afiche que yo mismo había diseñado: “No soy un hombre que sabe. He sido un hombre que busca, y lo soy aún.”
John Montilla (26-IV-2019)




4. TIROTEO EN LA PANADERÍA 

Cuando estaba en la panadería se armó tremenda balacera entre dos niños que estaban jugando a los pistoleros. Sus manos eran las armas. En el caos que se originó a una señora se le derramó la malteada, yo me metí debajo de una mesa para protegerme, los panes quedaron convertidos en rosquillas por los proyectiles. Los sorprendidos clientes no sabían si agarrar las mesas o las bebidas, la dueña que salía con una torta de tres pisos quedó paralizada por el terror, mientras los pequeños combatientes empujando cuanto encontraban a su paso daban una vuelta por el local, para luego salir con tremenda algarabía y continuar el tiroteo en la calle: ¡Pan, pan, pan ! Me imagino que al final ambos salieron ganando. Así deberían pelearse todas las guerras.



5. TOMATES EN FUGA

Una señora y una jovencita se disponían a bajar una caja de cartón de la parte trasera de una camioneta de estacas, cuando de repente de la maltrecha caja cayó al suelo un tomate y se fue rodando calle abajo por la pendiente hasta quedar al borde de la calzada. Las dos al percatarse del problema quisieron volver a poner la caja en su sitio, pero con el apremio de sus movimientos hicieron que una veintena más de tomates se escaparan y también cayeran rodando por el piso; los tomates escabulléndose le daban cierto aire colorido a la noche; salvó yo que observaba desde la azotea de mí casa, nadie más parecía haberse percatado de la escena.  Pensé que la señora la iba a emprender a gritos con la chica, pero en vez de eso, actuó con calma y le alcancé a escuchar algo así como: “te lo dije”, mientras ambas corrían a la captura de los tomates fugitivos. La jovencita se reía de buena gana mientras se agachaba de un lado a otro agarrando los que podía. Después de unos breves instantes recogieron todo excepto un tomate verde y un rojo que quedaron tirados al borde de la calle principal, porque no se percataron de ellos; de repente veo que de la esquina sale presuroso un muchacho hacía los frutos abandonados. Pensé: “he aquí la ayuda que se necesitaba”, pero el joven los recogió ambos, se los metió en el bolsillo de su chaqueta y se fue silbando por el mismo sitio por donde había aparecido. 
(29-IX-2019)

6. OJO EN LA MANO

Me había escrito la palabra “ojo” en la mano, y cuando un estudiante me preguntó por ello le respondí que era un recordatorio. Como noté que no me comprendió bien le aclaré un poco más así: Le dije que en ocasiones acostumbro a escribirme de manera rápida esa palabra en esa parte, y que eso quiere decir que tengo algo pendiente, y me sirve, ya que generalmente al irme a lavar las manos, puedo ver la palabra escrita, y entonces recuerdo que tengo algo por hacer. Para concluir le conté que esta mañana había comprado un tamal por encargo, pero cuando llegó ya había desayunado, por tanto, decidí guardarlo para el almuerzo y que entonces en está ocasión esa marca de hoy quería decir: “Ojo, tengo un tamal guardado en el cajón de mi escritorio.”

N.6
7. NATALY
Una de nuestras mejores estudiantes que por cuestión de traslado de domicilio de  sus padres había tenido que dejar nuestro colegio  pasó a visitarnos aprovechando que tenía que  hacer unas diligencias. Cuando la vi le dije en inglés: ¡Tell me that you came back ! ( Dime que has regresado) y ella me dirigió una mirada brillante y   contesto un simple NO; luego me regalo un abrazo afectuoso.  Intentó mostrarse graciosa, pero no logro evitar las lágrimas que afloraban en sus melancólicos ojos.
Me dijo: “Mi nuevo profesor de inglés es igual a usted”. 
-Como así le pregunté:
“Sí, dijo, porque tampoco enseña nada”.  Se rio entre lágrimas y yo traté de confortarla diciéndole que no se preocupara que ella era muy buena estudiante y que en cualquier parte le iría bien.  Después la invité a sentarse con algunos de sus excompañeros en uno de los muebles de la sala de coordinación y nos tomamos un par de fotos.
Segundos después le pase un lapicero que tenía en el bolsillo de la camisa y le dije que ya que estaba aquí me gustaría que hiciera el examen de diagnóstico que hice la semana pasada al grupo. Busque en mi maletín el cuestionario, ella lo recibió y se concentró en realizar el ejercicio.  Se tardó menos de cinco minutos, me lo pasó y comencé a revisarlo, ella siguió muy atenta mi labor, celebrando la gran mayoría de aciertos, y haciendo comentarios en un par de errores que tuvo. Una vez terminé, le di como antaño la valoración numérica que había logrado: 4.0, ella pareció satisfecha de su registro. Cuando terminé de calificar, saqué el celular y le tomé una foto al examen, luego se lo entregué, y me dijo algo que me hizo sentir orgulloso de esta profesión: “Me lo voy a llevar y lo voy a pegar de recuerdo en mi nuevo cuaderno de inglés”. El timbre sonó, el descansó había terminado, yo tenía que retomar mis clases, ella se despidió y se marchó por el patio con sus amigos.
Buena suerte Nataly.
N.7

8. ¿QUIÉN ES ?

Recuerdo que una vez estando en clase en el colegio, tocaron a la puerta, y nuestro profesor por simple acto reflejo preguntó en voz alta: ¿Quién es ? y la clase entera respondió a una sola voz: " La vieja Inés ". Todos nos echamos a reír, pero el profe no le dio importancia al asunto y fue a abrir la puerta, y para sorpresa de todos, estaba ahí parada doña Inés, una señora que en aquellos tiempos trabajaba como personal de servicios generales. Por supuesto, la presencia de ella y la risa general del grupo nos alegró el rato. 
Recordar es vivir.


9. UNA EN UN MILLÓN

Hace varios años, una noche que no teníamos energía eléctrica, decidí prender la radio y sintonicé una emisora de Cali que me gustaba, y al instante entró una llamada al aire en el programa, y se escuchó una cálida, clara y melodiosa voz de una chica solicitando que la complacieran con un tema musical; el locutor le pregunto por el nombre y un par de cosas más; le puse bastante atención porque pidió una canción que a mí también me gustaba. A la siguiente noche, volví a prender la radio, casi que, a la misma hora, y al igual que la vez anterior, justo en ese momento volvió a entrar una llamada a la emisora y pueden creerlo: Era la misma chica que había llamado la noche anterior. ¡ Una feliz coincidencia !
Casi nadie me cree, pero les aseguro que es verdad.

N.9


 10. A TIEMPO

Una de mis estudiantes llegó 15 minutos después de que había iniciado la clase. Llegó con su maletín y una escoba en la mano. Se detuvo en la puerta y me saluda: "Buenos días profe, ¿ Puedo seguir ? ... antes de autorizarle, le pregunté: ¿Puedo hacer un chiste ? , me contestó: " No, profe". Bueno, le dije, siga, pero le voy hacer la anotación y retomé mi labor. Luego cuando la clase terminó, me acerqué de manera discreta donde ella, que estaba arrimada a la pared mirando su celular y le dije: "¿Quiere saber lo que le iba a decir hace un rato ?. Sí, respondió. Entonces le conté que al verla con la escoba me hubiera gustado decirle: "Tiene transporte propio y llega tarde a clase". Ambos nos pusimos a reír de buena gana. 

                                                                        ***

... Y LA ÑAPA : La historia de la foto de portada, a la que le hice un fotomontaje
N.11
FRUTO INESPERADO


Estábamos por terminar la jornada escolar cuando reparé en que debajo de un pupitre había una maltrecha y pequeña mata de plátano, que un estudiante había traído para una clase de Ciencias Naturales. Como mis estudiantes estaban ocupados en la actividad que les había asignado, tomé la planta y la puse en mi pupitre, acto seguido la regué con un poco de agua que tenía en mi botella, luego decidí que iba a tomar una fotografía. Arrimé el pupitre al tablero, luego dibujé un cuaderno abierto y escribí ABC en una de las páginas y unas líneas en la otra; cuando terminé la instalación, puse mi rúbrica, una especie de J. El escenario estaba listo para la foto.
En esas estaba cuando me di cuenta  que varios de mis estudiantes seguían  atentos mis movimientos, especialmente uno que minutos antes estaba recostado sobre su mesa, no por desidia, sino porque ese día había tenido uno de sus “ataques de narcolepsia” y como había caído enredado en la maraña de la somnolencia, había estado durante toda la clase, completamente ajeno a lo que estábamos haciendo, pero mi intervención sobre la planta parecía haberlo despertado de su letargo, porque levantó con interés su cabeza para seguir observándome. Tomé la foto, y entonces una sonrisa se dibujó en el rostro adormilado del chico, y luego me hizo un gesto de aprobación con el dedo pulgar de su mano derecha, parecía que ya había salido de marasmo, porque luego se puso a ojear los apuntes de su cuaderno. 
La pequeña planta había dado un fruto inesperado.  
(26-X-2019)

John Montilla. Textos y fotografías N: 0, 6,7.9 11. Las restantes tomadas de internet. 

miércoles, 11 de septiembre de 2019

FÓRMULA PARA ESTAR MÁS CERCA DEL CIELO


Por. John Montilla

“No pido otra cosa: el cielo sobre mí 
 y el camino bajo mis pies.”   Robert Louis Stevenson. 




Para estar más cerca del cielo

no necesitas tener alas.

Ni que te hagan soñar despierto.

Tampoco que seas el aviador de tu imaginación.

No necesitas tener la semilla del frijol mágico

que creció hasta llegar a la luna.

No necesitas ser el cosmonauta del apolo 11;

ni pegar un gran salto a favor de la humanidad.

Tampoco es menester un millón de oraciones.

Ni seguir a pie juntillas los 14 pasos que te lleven al cielo,

No necesitas ser un ermitaño flotando 

en la neblina de la soledad.

ni ser un ave santa que lleva a cuestas 

mil escapularios de añejas plumas.

Tampoco se requiere un golpe que te haga ver estrellas.

Mucho menos necesitas darte en la cabeza con

sustancias alucinógenas.

O tomarte la pócima de la planta sagrada.

… Para estar un poco más cerca del cielo;

Lo único que se necesita es un pedazo de escalera.







John Montilla. Texto e imagenes
 jmontideas.blogspot.com 



miércoles, 31 de julio de 2019

PLUMA NEGRA

Por. John Montilla

 “En una bandada de blancas palomas, un cuervo negro añade más belleza incluso que el candor de un cisne.”  (Giovanni Boccacio)


El gallinazo apareció muerto en la parte trasera de la escuela, cerca de una zona a la que alguien, no se sabe quién, bautizó como la “cueva del oso”, quizá por ser el sitio de más difícil acceso de nuestras instalaciones; es un pequeño reducto escolar que aún conserva algo de agreste en medio de los laberintos de cemento que nos rodean. Es una porción de terreno bastante húmeda, hay mucho fango, matas espinosas, escombros, pedazos de vidrio, chamizas, restos de naturaleza muerta de nuestros jardines y por supuesto algo de basura, allí hay muchos insectos, y de vez en cuando se ven unas hermosas lagartijas corriendo bajo el sol de las mañanas, y también se puede observar que está invadida de caracoles africanos.  A ese “pedacito salvaje” le llaman los estudiantes la cueva del oso.

Pues bien, fue al borde de ese sitio, donde se encontró a ese ser de las alturas tirado en el suelo; ¿Quién mató al gallinazo?... No se sabía, por eso nos pusimos en la tarea de averiguar hasta encontrar al culpable.

El cadáver del ave yacía en el piso, su cuerpo rígido y sucio se veía recogido, y eso lo hacía ver más pequeño de lo que era. Algunas grandes moscas negras ya revoloteaban a su alrededor y se posaban de cuando en cuando sobre él.


Me dije que sería necesario buscar la forma de enterrarlo rápido para evitar el inconveniente de los malos olores, que pronto se incrementarían debido al inclemente sol que hacía esa mañana.

Algunos muchachos se estaban congregando curiosos alrededor de los negros despojos del ave muerta; uno de ellos tomó una delgada vara que por ahí estaba e intentó moverlo, pero no pudo; la frágil vara se partió en dos, algunas moscas levantaron el vuelo. Luego otro chico más atrevido trató de moverlo con la punta de su zapato, mientras que algunas de las niñas le decían escandalizadas: “Cochino, deja eso:” y otras hacían gestos de repulsión mientras se cubrían las narices con sus manos. Al mismo tiempo, muchos de ellos ya habían sacado sus celulares y le estaban tomando fotos desde varios ángulos. El infortunado gallinazo era el centro de atención de esa calurosa mañana.

Les recomendé que no lo tocaran y además les conté que en cierta ocasión había visto a un gallinazo morir electrocutado en las cuerdas de energía de alta tensión, que esté había caído pesadamente justo en frente donde estaba y por eso había visto como al instante decenas de moscas salían con rapidez de su cuerpo, les dije que este quizá haya estado igual.  Las niñas contemplaban la escena con asco.

Luego me fui de allí, a buscar a alguien que nos ayudara a disponer de ese gallinazo muerto, pero no encontré a la persona indicada, únicamente pude hablar con uno de los celadores, a quien le conté la novedad y él me aseguró que le iba a pasar el dato al personal del aseo para que se hicieran cargo del no muy agradable asunto. 

Al rato regresé al sitio y vi que los estudiantes habían intervenido sobre los restos del gallinazo: Lo habían cubierto con algunas piedras y fragmentos de  lozas de cerámica, le habían improvisado una cruz  con dos  pedazos de palos amarrados con una cuerda,  y además le habían hecho una lápida con un pedazo grande de  cerámica y  sobre ella habían escrito con marcador: “Descansa, Chungolais”:  Aún habían bastantes muchachos alrededor riéndose de las ocurrencias y al mismo tiempo rindiéndole tributo al muerto. El click de los celulares indicaba que los estudiantes seguían activos registrando la novedad del momento.

 En esas estábamos cuando le escuché a uno de los muchachos decir: ¡Yo sé quién lo mató !

Me volví hacía él con bastante interés, y le pregunté: ¿Estás seguro ?

-Sí – Respondió él- Yo lo vi.

Entonces, lo llamé a la sombra y le volví a preguntar lleno de curiosidad: ¿Quién fue?... Había que llamarle la atención a aquel que estaba atentando contra la fauna regional.

Entonces, el chico me dice con toda tranquilidad: “¡ Fue un gato gris !  Yo vi como lo emboscaba cuando el gallinazo estaba tomando el sol con las alas abiertas, pegó un gran salto, lo atrapó entre sus garras y le destrozó el cuello con sus dientes.” Y luego agregó, que ese no había sido el único, que en la mitad de la cancha de futbol encontraría otro gallinazo muerto. Le agradecí el dato y fui a la cancha, pero por más que busqué e indagué y a pesar de que el chico me repitió que el vio como el gato gris atrapaba a otro gallinazo, no lo pude hallar. Lo único que pude encontrar fue una pluma negra, como prueba de lo que él decía era verdad.

El caso es que hay un gato gris cazando estás benéficas aves, no necesito mencionar los favores que nos hacen; y además no puedo dejar de pensar que en alguna parte, alguien, quizás a esta hora este acariciando al felino que pone sus garras y boca sobre los gallinazos




"Deseo poder escribir algo tan misterioso como un gato." Edgar Allan Poe


John Montilla. Texto y fotografías.
31-VII-2019
jmontideas.blogspot.com


viernes, 12 de julio de 2019

CONEJO DE PIEDRA


Por. John Montilla

“El sueño es un arte poético involuntario.” Kant.

Cierta noche soñé que estaba participando en una singular competencia, y ya estaba entre los finalistas, la última prueba consistía en correr hasta el río, y formar con piedras un conejo de un tamaño grande y luego correr de regreso a la meta cargando las piedras para armar la figura ante el jurado: Ganaría no sólo quien llegué primero si no quien presente la mejor imagen.

Mi contrincante era una dama, ambos llegamos casi que iguales a la orilla del río y comenzamos a buscar las piedras más apropiadas para darle la forma a la figura requerida.

Para las patas traseras agarré dos piedras de forma alargada y sobre ella monté una casi cuadrada que tenía una protuberancia que bien podía servir para la cola. Acto seguido busque otro par de rocas para las patas delanteras, procuré hallarlas más largas porque quería mostrar la imagen como si el animal estuviera agarrando una zanahoria; a toda prisa corrí por entre un cúmulo de piedras y elegí las más apropiadas, y por suerte encontré una casi que perfecta que podía servir como cabeza, después completé el cuerpo con otra piedra proporcional al tamaño de la figura que estaba creando . Agarré un par de piedras planas y alargadas para las orejas, sólo me faltaba la zanahoria y luego a correr.

Estaba tan concentrado en lo mío que no había reparado en lo que hacía mi rival, que al igual que yo, también estaba armando la figura en la arena y también estaba cerca de terminar. Entonces me di cuenta que había elegido para su figura unas piedras un tanto más pequeñas que las mías. Deduje que la carrera de regreso, me iba a resultar más difícil. Calculé que quizá tendría que cargar en promedio unos 25 kilos de peso.

Por tanto, decidí afanarme en encontrar la piedra que me faltaba, cuando la encontré opté por llevarla sin siquiera medirla en la figura que estaba armando. Metí todo lo que había recogido en el saco que nos habían dado, me lo eché sobre los hombros y salí corriendo; de soslayo alcance a ver a mi contrincante aún buscando entre los montones; tenía que aprovechar la pequeña ventaja.

Al poco rato pude percatarme que mi adversaria, ya venía atrás, pero yo ya tenía avanzado un buen trecho, si mantenía ese ritmo a pesar de la fatiga del peso que llevaba, tenía muchas posibilidades de conseguir la victoria. Aunque la meta aún estaba muy distante. La carretera, por la que íbamos se veía desolada, no se veía ni un alma por los alrededores, y por extraño que pareciese, la tarde caía, y las primeras sombras de la noche se hacían evidentes. La competencia se teñía de un aspecto lúgubre. Pero yo llevaba la delantera y eso era lo que me importaba en ese momento.

De repente, de la nada apareció una motocicleta, lo supe por el ensordecedor ruido a mis espaldas, y a los pocos segundos el rayo de la luz frontal dibujaba mi sombra en la carretera, y pude más que ver, adivinar que mi contrincante se había montado en ella cuando pasaron junto a mí como una exhalación en la ya oscura vía, y en un santiamén se perdieron en la distancia. Mientras yo  resignado pese a todo, decidí continuar  el recorrido.

Pero, ¡Oh sorpresa ! , pasos más allá, me percaté que se le había caído una de las piedras a mi rival, la recogí, la eché en mi saco, y en la oscuridad de la noche proseguí la marcha con mi carga a cuestas, animado por la curiosidad de ver cómo registrarían el grito de la victoria.

Imagen Pixabay


John Montilla. Texto e imagen N°.1 creada con fotografías tomadas de internet.
jmontideas.blogspot.com 
12- Julio- 2019 

jueves, 25 de abril de 2019

EL MARTILLO DEL CAMINANTE


Por. John Montilla

El siguiente breve relato es uno más, de los tantos episodios singulares ocurridos en Mocoa después de ocurrido el desastre.

Fotografía: Martillo, Fondo  pintura "Montañas de Mocoa" de Sara Gallego.

Cierta tarde en que habíamos hecho un sancocho comunitario y ya se había repartido el almuerzo, pasó un señor por la caseta donde habíamos instalado el fogón; tenía aspecto de estar cansado e iba sucio de barro. Se acercó donde estábamos y pidió que si le podíamos dar algo de comer y recalcó con franqueza que no tenía dinero para pagar, y pese a las circunstancias en que andaba, trató de mostrarse jovial y dijo que lo único que tenía para ofrecer era un martillo de caucho que había encontrado entre los escombros donde habían tenido propiedades unos parientes.
Las personas que estábamos allí reunidas le dijimos que no se preocupara por ello, que estábamos para servir. Yo por curiosidad le pregunté por el objeto en cuestión que él tenía en sus manos; el me lo indicó; era un martillo de caucho con mango de madera, también estaba untado de barro ya seco, lo sopesé con curiosidad mientras el señor comía con fruición; era evidente que estaba con mucha hambre y para corroborarlo él dijo que no había comido nada en todo el día.
Por tanto, de buena manera le ofrecimos otra porción que el gustoso aceptó y cuando hubo terminado y vio que yo aún jugueteaba con el martillo tratando de especular sobre su origen; me dijo: “Guárdelo”, me rehusé a aceptarlo, pero él insistió: “lo más seguro es que lo deje tirado por ahí, tengo muchas cosas por hacer, y no puedo andarlo cargando. ¡Tómelo!  Quizás le pueda ser útil para algo”.
A pesar de mis negativas, él insistió varias veces en que lo tomara.  Así que al final decidí conservarlo como recuerdo, mientras el señor agradecido por la solidaridad recibida se despedía y echaba a caminar bajo el sol de esa remota tarde de abril de 2017.





J.M y el fogón comunitario, abril - 2017

John Montilla
jmontideas.blogspot.com


sábado, 30 de marzo de 2019

RELOJ DE AGUA

Por. John Montilla

“De noche el reloj que late es el corazón del tiempo”.  D. M. Loynaz
1
Dos, tres, o cuatro minutos, no podría precisarlo, pero creo que el destino me dio un pedacito de tiempo para que hiciera una carrera contrarreloj e intentara salvar la vida de mi hermana. He aquí mi propia crónica de la noche de la tragedia de Mocoa el pasado 31 de marzo de 2017.

Mi madre parada en el andén de su casa me había dicho con bastante preocupación “Estoy llamando a tu hermana y no responde.” Mi hermana vivía en un apartamento nuevo justo al lado del puente del Río Sangoyaco.  Yo que ya estaba en la calle, bajo la torrencial lluvia que se había desatado. -Un par de minutos antes me había puesto a las carreras una camiseta, unos shorts, unas sandalias de correa y una chaqueta amarilla impermeable y además había corrido a la cocina a agarrar una fosforera de esas que poseen linternas diminutas - le respondí sin dudar. “Voy a verla.” Y me metí de prisa a las aguas desbordadas que ya corrían por la calle. Un tremendo trueno rompió el cielo como anunciando que la carrera de mi vida había iniciado.

Cuando llegué a la esquina próxima noté que la vía principal estaba completamente anegada. Y vi con preocupación sin detenerme que a mi izquierda ya estaban sacando gente por encima de los techos, pues el agua ya estaba inundando algunas casas e impedía el abrir de las puertas. Había una moto policial estacionada a un lado de la calle, el agua ya le cubría las llantas, un policía agarraba a patadas una puerta queriendo tumbarla, mientras otro junto con un voluntario ayudaba a una señora y a una niña que estaba saliendo por el tejado. Esta imagen me impulsó a ir más rápido; Aún estaba a más de media cuadra del lugar al que me dirigía; corrí unos metros adelante; el agua aumentaba cada vez más, corrí y el miedo de la lluvia, los relámpagos, los gritos de la gente y el agua fangosa me hizo regresar; llegué donde uno de los policías y le dije ya algo desesperado: “Tengo una hermana atrapada en un apartamento cerca al río, acompáñeme a rescatarla:”

2
Debo subrayar en honor de él que sin dudar dijo “vamos”, este respaldo me dio ánimos, y eché a correr a prisa adelante; como había caminado tantas veces por esas calles, sabía donde pisar a pesar de que las aguas lodosas, la basura y los objetos que bajaba impedían ver bien. Pero en medio de la tormenta pude ver a mis espaldas que el policía se cayó en una zanja y de seguro el miedo y la prudencia lo hicieron regresar. ¿En cuánto tiempo había sucedido todo esto? … medio minuto, un minuto, no sé. El sentirme desamparado me produjo tremenda desazón, pero a pesar de eso lo que si recuerdo es que lo pensé en milésimas de segundo: “Sí, yo no voy, nadie más ira, estoy sólo en esto.” Así que dominando el temor seguí adelante. Mientras la gente huía del río, yo iba hacía él. El agua ya me llegaba casi a la cintura.

Cuando llegué a la esquina -abrazado por el miedo más terrible que he sentido en la vida- vi que corría un temible torrente por la calle por donde ella vivía. El río ya se estaba desbordando. Me detuve allí dudando por unos eternos segundos, en si debía cruzar la calle y entrar al apartamento; mientras miraba con horror la cantidad de agua que se me venía de la parte alta, El agua amenazaba con dejarme descalzo; parado en la esquina, luchando por mantenerme firme, empecé a gritar como loco a mi hermana para que saliera, pero el ruido de las piedras que trepidaban en el rio, del agua que corría por la calle y de los truenos y relámpagos apagaban mis desesperados esfuerzos,

Pensé de prisa en quebrar un vidrió de las ventanas, me agaché en las lodosas aguas, pero no agarré ninguna piedra en el pavimento. Luego saqué de mi bolsillo la fosforera que previamente había agarrado cuando recién salí a la calle, y a pesar de que ya estaba húmeda pude prender su minúscula linterna, para hacer señales, pero nada mi hermana no aparecía. Me daba temor arriesgarme a entrar y que quizá ella ya hubiera escapado de ahí y que me encerraran las aguas estando adentro de la vivienda.

En otros segundos eternos pensé en que lo que debía hacer: esperar o correr por mi vida. Me estremezco al recordar que fugazmente hice una macabra operación matemática, de que era preferible un muerto y no dos en la familia, pues desde mi posición aún creía que tendría la posibilidad de huir si fuera necesario; cuando estaba en esos instantes vitales de mi existencia, mi hermana apareció aterrorizada en la parte alta del apartamento y yo le grite con la mayor desesperación que he sentido en mi vida:  ¡Vamos !, ¡ Vamos  que el puente se va a caer ! Ella al verme corrió escaleras abajo, pero dudó al llegar al primer piso, porque el torrente que nos separaba se veía muy peligroso, y yo me había dicho, instantes atrás que mientras ella no se metiera al agua, yo no iba a entrar al torrente.

Mientras, este dilema vital se resolvía, el tiempo en el reloj de agua inexorablemente se iba agotando para nosotros, y yo seguía mirando con angustia como cada vez más las aguas se nos venían encima, todo esto que narro , sucedió en cuestión de segundos, mientras en esos pedacitos de tiempo ella dudaba y yo gritaba como loco; cuando de pronto alcance a ver como un gran árbol, golpeaba contra el puente,  y del tremendo impacto hizo estallar las mangueras del agua y del gas. La explosión fue terrible; la manguera plástica del ducto del gas se contorsionaba como una espantosa serpiente en los cielos, y el aire se llenó de una neblina oscura, el río comenzó a represarse y justo en el mismo instante tres casas que estaban diagonal a mi derecha cayeron al río. Yo estaba en medio de las aguas a escasos veinte metros de distancia.

Todo, todo esto había sucedido en fracciones de segundo. Mi hermana presa del pánico había corrido de nuevo escaleras arriba, mientras yo abajo bañado en aguas y lágrimas seguía gritando al borde de la desesperación. ¡Vamos !, ¡Vamos, El puente se va caer !  Entonces ella corrió de nuevo abajo, y cuando vi que puso sus pies en el agua, me metí al torrente, nos encontramos en la mitad de la calle con el agua más arriba de nuestras cinturas, la agarré con todas mis fuerzas de la mano, mientras luchaba por mantenerme en pie por la inestabilidad que me daban las sandalias que llevaba.

Mi hermana venía llorando, y en su desconcierto, me pega un jalón y me dice: “La moto.”  “Imposible le respondí. Nunca lo lograríamos.” y le apreté la mano con más fuerza, ella, me grito: “Se me salió un zapato”. Sin detenernos giramos rápidamente, y seguimos corriendo. Mi hermana parecía que no asimilaba la magnitud de lo que estábamos viviendo porque me dijo mientras lloraba: “Dejé la puerta del apartamento abierta”, Ella estaba al borde del shock, y yo por calmarla le dije: “Más tarde la vengo a cerrar.” Se me hacía un nudo en la garganta el pronosticar que todo el trabajo de muchos años se le perdería esa noche.

Ella guardaba la esperanza de conservar sus cosas, pero yo que nunca antes había presenciado un fenómeno de esos, intuía que no había ninguna posibilidad de que eso terminara bien. Mientras huíamos un chorro de agua que nos golpeó de costado en mitad de la calle principal, nos asustó de nuevo, pues nunca esperábamos que saliera agua de esa parte, al parecer la quebraba había pasado por medio de la casa de unos vecinos, esto nos desconcertaba más, pues no sabíamos lo que estaba pasando. Por todo lado las aguas se desbordaban. Todo el mundo corría, y por las calles se veían bajar innumerables objetos arrancados de las casas por el ímpetu de las aguas descontroladas.

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Cada uno corría por su vida, una de las vecinas pasaba a gatas la calle, de milagro aún no se había ido la energía y luego no recuerdo en que momento quedamos en tinieblas. Cuando por fin llegamos a casa, mi hermana angustiada se refugió en la familia, mientras yo me fui a la cocina, ya a oscuras, donde caí de rodillas en el piso por un insoportable dolor debido a un retorcijón de estómago, fruto de la tremenda descarga de adrenalina y del estrés por la dramática experiencia que acababa de tener. Como pude  tomé un poco de agua y luego corrí donde los míos y les dije: “Tenemos que salir de aquí.”  Y eso fue lo que hicimos, en la oscuridad y bajo la lluvia buscamos un lugar más seguro donde pasar con nuestros niños esa horrible noche.

Dicen los testigos que estaban en la parte alta del barrio que al minuto de haber explotado el ducto del gas la terrible avalancha había pasado arrasando la vivienda de mi hermana y la de sus vecinos. No quedó absolutamente nada.  Las casas fueron arrancadas desde sus cimientos. Por fortuna para nosotros nos habían sobrado unos segundos preciosos en el reloj de agua; lejos estaba de imaginarme la magnitud de lo que estaba padeciendo Mocoa en esos mismos instantes.


31 de marzo de 2019.


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ADENDA IMÁGENES

1. Fotomontaje con imágenes tomadas de internet.
2. Imagen captura de video (M.L) grabado en la parte baja del Barrio La Independencia. Cabe subrayar que ya no existen ninguna de las edificaciones que se ven a derecha e izquierda. El video inédito pronto será publicado junto a la crónica del autor. 
3, En esa esquina quedaba el apartamento y negocio de mis familiares.   
4. Fotografía tomada al frente de la casa de mis padres. Cuando recién nos percatamos que las aguas se estaban desbordando. Posteriormente las aguas cubrieron toda la parte baja del arbolito que allí se ve. 

John Montilla. Texto y  fotografías. 
jmontideas.blogspot.com    (Derechos Reservados)











domingo, 24 de marzo de 2019

EL HOMBRE QUE ACARICIA PUERTAS

John Montilla

“Una puerta herméticamente cerrada para los imbéciles, abierta de par en par para los inocentes…”


Eso tiene la  poesía según Aldo Pellegrini, y agrega “No es una puerta cerrada con llave o con cerrojo, pero su estructura es tal que, por más esfuerzos que hagan los imbéciles, no pueden abrirla, mientras cede a la sola presencia de los inocentes.”

Las anteriores palabras me sirven de llave de entrada para poder medio asomarnos a la puerta del alma de un  singular personaje y  es preciso, creo tener algo de sensibilidad poética para  al menos  intentar comprender algo de su existencia:

Cierto día un camionero se encontraba debajo de su vehículo a  eso de las dos y media de la tarde, bajo un calor insoportable, lleno de grasa, polvo y sudor, cuando de repente aparece un personaje alto y delgado, de edad indefinida, se acerca al camión, se agacha un poco y como si fuera un experto observa un momento en silencio,  y luego le pregunta en voz alta  de sopetón al camionero que estaba tendido sobre un cartón en el piso: ¿Señor, está varado? Imagínense el gesto que debió hacer el conductor.

Cualquiera podría adivinar la respuesta a semejante pregunta, completamente impertinente, y es casi seguro que esta contendría un insulto; alguien que no conozca al protagonista de este relato, quizás actúe de manera grosera, furiosa o con sorpresa, pero aquellos que lo conocen, sabrán que es una vivencia más de “Güincho” o “Wincho”, uno de los personajes típicos y especiales (en el buen sentido de la palabra) de Puerto Umbría. Un pequeño y pintoresco pueblo del Putumayo- Colombia. 

Pues bien, es en esta población donde reside nuestro personaje, quien en otra ocasión le preguntó a un vecino de la localidad que se encontraba trabajando a la intemperie en otro caluroso día: ¿Oiga, don Pedro quién suda más, usted o el sol?

A otro señor que tuvo la mala fortuna de salir de una tienda, con un rollo de papel higiénico en la mano, simplemente le preguntó: ¿Qué vecino, va a cagar?

Las preguntas de nuestro personaje no van cargadas de ninguna intención; sencillamente brotan de manera espontánea de la naturaleza “inocente” de su ser. Para una persona que vive abstraída en su mundo, todas las cosas encierran un origen aún no descubierto, por eso, habría que conocerlo para ver la cara de emoción   que presenta, cuando entra a una casa y al presionar un interruptor eléctrico aclama como si fuera él quien la inventara o viera por primera vez: “Llegó la luz”.

Eso no significa que nuestro personaje se haya quedado encerrado en el pasado. Al contrario, también le ha abierto la puerta a la modernidad, por eso también a veces se lo ve con un celular descompuesto, colgado al cuello, y cuando alguien se le acerca, automáticamente lo toma y simula estar hablando con alguien:
“Cómo  no, doña Pastora, la espero el domingo sin falta”

Quienes lo conocen, dicen que Güincho tiene la costumbre de recoger hojas secas  y arrojarlas sistemáticamente al río de localidad, en una especie de ceremonial  que quizá lo conecta con sus espíritus sagrados; sus manos dejan caer las hojas muertas, desde un viejo puente de madera, mientras el murmura oraciones ininteligibles, como rindiéndole tributo a las apacibles aguas del Río Guineo.


Pero lo que lo tiene de  particular  y  hace destacar  a nuestro personaje  es una manía muy peculiar, que quizá  nadie más pueda tener: nuestro amigo  en mención es “el hombre que acaricia puertas” -Hecho casi poético que despertó mi atención y curiosidad- En el pequeño pueblo donde vive, y que por tanto es fácil de  recorrer a pie, es muy frecuente verlo caminar de una casa a otra  exclusivamente para tocar  puertas, no hablo de golpear o llamar, sino de tocar en el sentido de “acariciar”, de rozar, de sentir. Güincho centra su atención en las chapas, cerraduras, aldabillas, pasadores, candados, aldabas, picaportes, trancas, pestillos, cierres, manijas, pomos, cerrojos o lo que encuentre. Con sus dedos lleva a cabo su ritual diario y constante de palpar estos diversos elementos de una puerta cualquiera; cual abeja que va de flor en flor, él va de una puerta a otra.

En un pueblo donde la mayoría de puertas son de madera y pintadas en forma colorida con rojos, verdes, amarillos, naranjas, rosados,  blancos, o azules, nuestro personaje se detiene; cumple religiosamente su ritual y sigue su camino, no importa en que recoveco esté la puerta; ya sea en la calle principal o escondida  en un rincón, hasta allá llegará; puertas grandes, puertas pequeñas, puertas nuevas, puertas viejas, postigos, portezuelas, portones,  puertas de  madera, puertas metálicas,  a todas ellas  las palomas de sus manos acariciarán.

 Las toca, las palpa, las siente, las percibe, pero nunca las abre; Guincho no se entra abusivamente en las casas; es más se podría decir que se asegura que no se abran; es sólo el ceremonial, las acaricia y se va, nadie puede decir en este pueblo de puertas abiertas que él se le haya llevado algo.


¿Cuánto tiempo lleva haciendo esto?, alguien se atrevió a aventurar que quizá dos décadas o más; pero nadie sabe con certeza de donde viene la manía de acariciar puertas - ¿Será acaso un sentimiento interno de libertad? - Quizá nuestro personaje
al igual que lo hace con las hojas secas, nos intenta dar una nueva oportunidad de nuevas travesías, como un ángel especial que posee la llave de sus manos que nos golpea con ternura a la puerta para que nos asomemos a nuevas realidades. Por eso la respuesta a desde cuando este “niño hombre” lleva haciendo está acción está estancada en el mismo tiempo.

Un reloj descompuesto en la mano de su muñeca izquierda, y que según él marca eternamente las dos de la tarde, podría ser la prueba de ello; él vive completamente ajeno a todo prejuicio y presión social, mientras que nosotros no podemos escapar del cerco que a diario nos tienden el tiempo y nuestros horarios. Las puertas de nuestras rutinas nos encierran con sus sombras, pero llega ese ser que es como una llave luminosa a acariciar nuestras puertas, tal vez para invitarnos a salir, y entonces vienen a mi mente unos versos del argentino Facundo Cabral:  

“…Benditamente locos,
y  por locos tan libres,
y por libres tan bellos
que harán un paraíso
de este maldito infierno”


John Montilla: Texto y fotografías
Esp. En procesos lectoescritores.