miércoles, 28 de agosto de 2013

EL BUQUE EN EL RÍO MOCOA (COLOMBIA)

Por: John Montilla:


¡El Buque en el Río Mocoa! …Me pregunto  cuántos de sus  habitantes  tienen la fortuna de recordarlo o de haberlo visto, y a aquellos que no lo han hecho los invito a conocerlo. No es un buque cualquiera hecho de madera o de metal, este es especial, pues está hecho de roca pura. Puesto a la orilla del río por obra y gracia de la naturaleza.

Ignoró quienes fueron los primeros en descubrirlo, y mucho menos sé, quien fue  el que bautizó a esta bella y maciza roca con el nombre de “El Buque” ya que se asemeja  a un antiguo y poderoso buque semihundido, el cual queda ubicado  río arriba a la salida del Barrio La Independencia en Mocoa (Colombia) ; en otras épocas el peñasco era de un tamaño más imponente, pero los años han hecho mella en su superficie y  se nota la roca más desgastada y erosionada por la acción de la lluvia, el sol, el viento y  lógico la corriente de su misma agua; el inexorable peso del tiempo ha caído sobre el gigante de piedra.

Seguramente todos aquellos que tuvieron el privilegio de posar sus pies sobre su “cubierta de piedra”, también debieron haber gozado el pozo que así se denominaba. En otras épocas era muy usual escuchar la expresión: “Vamos a bañarnos al Buque”. Por supuesto, eso era cuando las aguas del Río Mocoa aún eran suficientes y sobre todo no estaban tan contaminadas.  Pues bien, para la gente de la localidad este era uno de los lugares de esparcimiento de las tardes y los fines de semana.

Antaño caminar por el sendero que llevaba  al viejo Buque encallado era una aventura diaria, por ejemplo para llegar hasta el lugar había que pasar por   un potrero lleno de vacas; cuantas veces tocó correr a campo traviesa cuando uno de estos animales lo correteaba a uno, ya sea porque eran muy ariscos o porque algún osado bromista le diera por provocarlos.

Sendero arriba solía haber al pie del camino un veterano y frondoso árbol de limas, eternamente  cargado; por años brindó sombra al ganado y sus jugosas frutas a cuanto transeúnte pasara. Aún hoy me sorprende el vigor de ese árbol  que soportó estoicamente a cuanta mano inquieta se le posara encima.
N°, 3 
En ese recorrido hacia El Buque, no faltaban los audaces que cruzaban el río buscando las dulces cañas de azúcar y las  suculentas naranjas en los terrenos de un indígena  popularmente llamado “el amigo Daniel”;  muchas veces lo vimos salir azuzando a los perros y blandiendo su machete contra los atrevidos. No con la intención de herir sino simplemente de asustar a más de un travieso invasor de sus terrenos.

Nunca olvido la anécdota que me contaron acerca de una ingenua propuesta que le hicieron a un amigo:  “Anda a decirle al amigo Daniel que me regale dos cañas y te doy una”,  como si eso hubiera sido cosa fácil en esos tiempos.

También en el camino que llevaba al destino del Buque; ya sea a las orillas del río o adentrándose un poco por los matorrales no podía faltar  ese fruto exótico que llamábamos vulgarmente “churimbas” (para los que no la conocen es una especie de guama pequeña cuyos  frutos se hallan contenidos en una vaina de color verde oscuro, sobre las que tengo un capítulo aparte), con las cuales en épocas de cosecha solíamos atiborrar las camisetas o cuanto  recipiente tuviéramos a mano. Algunos simplemente  quebraban las parcas de los árboles y se echaban al hombro las ramas llenas de frutos.


Para darle un toque más realista a la aventura no podía faltar una cabaña en el bosque  construida básicamente con ramas de caña brava, planta que posee por flor un hermoso penacho semejante o quizá más bello que una flor de maíz; del árbol de cachimbo  solíamos recoger sus flores que parecen pequeños gallos  para simular hacer peleas, no podía faltar las piedras con formas curiosas o colores llamativos; con todo esto, no perdíamos el objetivo del recorrido que era llegar hasta “el barco de piedra” en el que cual piratas depositábamos todos los pequeños tesoros que habíamos recogido en el camino.

Pero el inapreciable tesoro de esos tiempos era poder disfrutar de las aguas del Río Mocoa; y eso, al igual que el milenario Buque es algo que va camino a desaparecer, aquella  imponente peña de antaño , se ve nostálgicamente  enterrada entre piedras y arena  en lo que otrora fuera un mar de diversiones para la gente de Mocoa.



John Montilla: Texto y fotografías 1, 2,  4 y 5.
Fotografía N°. 3. Vannebar Fabian Meneses Betancourt
jmontideas,blogspot.com 
2013

PEQUEÑOS PRÉSTAMOS

Por: John Montilla


A escasos metros de la estación de servicio fui abordado  por un “amigo” que me dice: “Profe, haga el favor y présteme dos mil pesos  para recuperar mi celular.”,  con gesto de extrañeza le pregunto: ¿Cómo así?, ¿Qué pasó? Y en seguida me echa el siguiente breve discurso:

De manera precisa  él me explica:  “lo que pasa es que fui a tanquear la motocicleta, y cuando iba a  pagar, me di cuenta de que  se me  había olvidado la plata  y entonces me tocó dejar el celular empeñado,  y por eso es que le pido que  haga el favor de prestarme DOS MIL  PESOS, para ir  a sacarlo, luego paso por su casa y le devuelvo su dinero.”

En primera instancia pensé en ir personalmente para hacerme cargo del asunto ya que  estábamos cerca  de la estación de gasolina; quizá una persona con espíritu  más financiero simplemente hubiera dicho: ¡Pues fácil, vamos allá, yo recupero tu celular, me lo llevo, y luego cuando pases a pagarme lo recoges y asunto saldado!

Pero, ¿No creen, que es un tanto incomodo para uno, como para la otra persona  que se ponga en duda esa amistad tan sólo por esa mínima cantidad?, por eso simplemente lo que hice, confiando en su buena fe,  fue pasarle un billete de cinco mil pesos, ya que no tenía algo más sencillo, me dio las gracias, se marchó y me dijo que ya  mismo pasaría a devolverme el pequeño préstamo… pues bien, hasta el sol de hoy no  he vuelto a saber de él.

Episodios como el anteriormente descrito  hacen parte de nuestro diario vivir, y  de ahí me viene la siguiente reflexión, ¿Por qué en vez de pedir prestado mejor no pedir regalado?, yo creo que si un amigo te dice, ¡Regálame dos mil pesos! , es más fácil que decir  ¡Préstame dos mil pesos! , ya que generalmente esas pequeñas cantidades que no son frecuentes, en primer lugar, en un gran porcentaje no se devuelven y en segundo lugar no se cobran.

No me imagino, a alguien constantemente acosando a un amigo, por una pequeña deuda de tal magnitud, es más me atrevo a imaginar que el “sujeto endeudado” hasta podrá sentirse  ofendido por un reclamo como ese; obviamente no todas las personas actúan de igual manera, pero sí hay aquellos que de pronto tienen esa manía de usar, digamos el lazo de amistad como una forma de “presionar” al otro a que haga algo por ellos: ¡Que tanto son dos mil pesos! , en términos económicos, digamos no es mucho, pero a la larga y en determinado momento pueden resultar muy  necesarios para el poseedor.

Por supuesto hay las circunstancias y personas excepcionales  a las que en determinado momento les puede suceder, que se queden sin siquiera para pagar  el bus, y son aquellos que muy puntualmente llegaran  a devolverte lo prestado, en este caso, lo que más se valora en sí, no es tanto el dinero, si no el respeto por la amistad que esa persona demuestra;  Por tanto, ¿Así, quién se atreve cobrarle  una cantidad ínfima  a un persona de altas calidades? La verdadera confianza en el otro es algo que no tiene precio; cosa que puedo hacer  evidente en el siguiente ejemplo.

Recuerdo mis tiempos de estudiante en la universidad: siempre solía comprar pan en una tienda que quedaba camino a la casa donde vivía, tanto iba que ya los dueños y trabajadores ya me eran algo familiares, pero como todo buen negocio de ciudad ,  allí no le fiaban a nadie,  había que tener en efectivo; hasta que resultó un día en yo iba a pagarles mi ración diaria de pan y ellos no tenían para darme las vueltas del billete con que pensaba pagarles, entonces me dijeron:  “Mañana nos paga”, obviamente así lo hice, al otro día muy puntual les pagué lo adeudado, desde entonces, podrían haber días en que yo no tenía dinero, pero no me faltaba el pan, ¿Por qué ?... simplemente  porque a través del  significativo detalle del cumplimiento de la palabra dada se había construido el sólido puente de la  confianza.

Para cerrar,  quedó demostrado en el caso inicial  que relaté, que  la confianza se rompió;  por  tanto  aún sigo esperando, a que me devuelvan los cinco mil pesos que presté y no regalé.

John Montilla
Esp. Proceso lecto-escritores

(Foto : Internet )

Puerto Umbría: Razones para que un pueblo se “emberraque”

Por. John Montilla



Imagínese que está usted sentado en una banca en el andén de su casa, ha salido a la sombra a tomar el fresco de la calle porque adentro el calor es insoportable  y justo entonces pasa un camión que lo deja envuelto en una nube de polvo  y además de ello debe correr a cerrar puertas y ventanas porque de lo contrario toda su cosas quedaran al final del día cubiertas con una fina capa de polvo. Imagínese esta situación no por un día, 
sino durante muchos años.

También,  imagínese que es el dueño de una pequeña tienda, y que pasa otro vehículo que al pisar las piedras de la calle con sus llantas, estas salen disparadas como proyectiles y le quiebran una vitrina y nadie responde por el daño causado. De ahí que ante ese peligro latente más de uno corriera a atrincherarse cuando sentían venir un vehículo. Imagínese también el estado de las calles en tiempos de invierno con la continua circulación de automotores. Entonces frente a  este estado de cosas algo había que hacer y una de ella era la necesidad de tener las calles pavimentadas.

Fueron estos y otros motivos los que obligaron a la comunidad de Puerto Umbría a organizarse y movilizarse para  conseguir este objetivo; lo que dio como resultado que el pueblo creara un peaje voluntario (mil o dos mil pesos, creo) a los transportadores y vehículos particulares, cuyos fondos se administraron comunitariamente y de manera eficaz para la pavimentación de sus calles mediante la modalidad de minga o trabajo comunitario, esto junto al aporte de materiales que hizo el gobierno local  dieron inicio a la obra comunal.

Doy fe de ese trabajo porque fui testigo presencial y activo de esos ardua labor  acarreada por los moradores de esta población, generalmente se trabajaba en las noches porque el tráfico diario hacía muy difícil la labor durante el día. El asunto no consistió sólo en la pavimentación si no también el cambio necesario de sistema de acueducto y alcantarillado. Los vecinos se veían enterrados hasta la cintura en grandes lodazales y con latente peligro de que se le derrumben las zanjas encima cuando se repente se desgranaba un aguacero.

Las mingas para pavimentar las calles se organizaron por barrios o cuadras y la participación fue muy activa por parte de toda la comunidad, mientras los hombres ayudados con sólo una máquina mezcladora se encargaban de la labor pesada llevando y trayendo arena, grava, bultos de cemento  y la respectiva mezcla, las mujeres se encargaban de preparar el refrigerio para los voluntarios. Esto fue una ardua labor que duro varios meses pero que al final dio como resultado el logro esperado: el pueblo cambió de imagen y parte de sus problemas se solucionaron. LA COMUNIDAD HABÍA PUESTO SU PROPIO TRABAJO, SUDOR Y ESFUERZO  PARA PAVIMENTAR LAS CALLES DE SU PUEBLO.

Ahora bien, el pueblo igual que el resto del Putumayo (Colombia) viene siendo afectado por el flujo del tráfico pesado que ya está haciendo mella y destruyendo lo que con tanto sacrificio fue conseguido. Hace unos años era de por sí complicado el paso de un sólo vehículo pesado debido a la estrechez de la única y principal vía.  Ahora que es más continuo, me comentan algunos de sus moradores que la situación se ha vuelto prácticamente insoportable y que la tranquilidad se ha visto completamente afectada.
De todos es bien sabido que  recientemente se hizo la pavimentación de la vía principal Mocoa- Puerto Asís, y aunque el pueblo solicitó la construcción de una variante para el tráfico pesado, este requerimiento nunca fue atendido y las consecuencias están a la vista de todos: El tráfico de todo el departamento pasa por la única y estrecha vía que tiene el pueblo. Y por tanto uno se pregunta: ¿No hay razón para sentar un grito de protesta?

Y  eso fue precisamente lo que hizo Puerto Umbría  (que pese a nadar en petróleo, tiene un sistema de acueducto del cual baja una agua no acta para el consumo humano, según el dictamen de una investigación escolar avalada por el Proyecto Ondas) , se unió al movimiento de inconformismo regional contra   la movilización del  tráfico pesado y montó su punto de concentración para la protesta , luego llega la policía anti motines, surge el primer roce con uno de los lugareños, la gente se ofende y lo que vino después es algo que siempre vemos en la televisión. Piedras, bolillo, gases, bombas de aturdimiento, lesionados y los ánimos caldeados por  una justas peticiones a las que nadie da respuesta.

 Y entonces uno vuelve a preguntarse: ¿No son razones suficientes para que un pueblo se emberraque?

John Montilla
Esp. en Procesos lecto-escritores.


EL POPO DEL PERRO

Por: John Montilla


Un agradable domingo en la mañana estaba asomado a la ventana, cuando vi venir a una señora que traía a un perro atado con una cuerda a su cuello,   cuando ellos  iban  pasando  en frente de la vivienda, el animalito se detuvo de repente y  cedió al llamado de la naturaleza, y no dejó un bello  recuerdo,  si no un “bollo recuerdo” justo en la entrada de mi casa.

Algo sorprendido por esa  desafortunada coincidencia, me mantuve en silencio y  muy  atento a la  espera del devenir de los acontecimientos, hasta que la dama se percato de mi presencia y al ver que miraba fijamente la escena, pareció  azararse  un tanto por la impertinencia cometida por su mascota.

Entonces, abrí la puerta, salí y le dije a la abochornada señora que no se preocupara, que ya me encargaría del engorroso  asunto, pero entonces, ella me miro dignamente a la cara y me dijo: “Usted no se moleste” y acto seguido metió la mano en su bolso, sacó un paquete de bolsas plásticas, seleccionó dos, se puso una a manera de guante, y con su mano recogió lo que su mascota  había dejado,  echó  el popo del perro en la otra bolsa , se la llevo en su mano y se marchó bien campante con toda su orgullo intacto por delante.

Debo reconocer que tal noble maniobra me dejo algo pasmado y como la señora se fue sin decir adiós, me quedé con la ganas de felicitarla por su acción, ya que, ese no es un hecho que se ve todos los días. ¿Cuántas veces puede usted ser testigo de cómo los dueños de las mascotas recogen lo que estas van dejando por  calles, prados y parques de la ciudad?

Por el contrario, casi todos los días vemos  en las calles  el desorden que van dejando los perros, que se dejan si control para que ellos hagan  sus necesidades donde su naturaleza  les gane, lo más fácil para algunos es dejar las puertas abiertas para que los animales  salgan  correr a sus anchas; es evidente que son pocos los dueños que acompañan en esos “paseos” a sus mascotas.  En cambio es muy frecuente ver a algún resignado peatón restregando sus zapatos contra el prado, muy seguramente porque tuvo la mala fortuna de poner sus pies sobre las marcas que los caninos dejaron en la vía pública.

Para terminar, debo admitir que desconozco las normas que rigen a los ciudadanos acerca de las obligaciones que se tienen con el cuidado y tenencia de mascotas; pero lo mínimo que se debe hacer, es lo  mismo que hizo la dama que me animó a escribir estas líneas, ella demostró ser muy responsable y estar preparada para este tipo de contingencias. Van todos mis aplausos para ella.


John Montilla
Esp. Procesos lecto-escritores.

(Imagen tomada de internet)

FALTARON HUEVOS

Por: John Montilla


Cuando la señora iba a tomar los huevos le dijeron que no podía llevarlos si no compraba una remesa completa.

El asunto es tal cual se describe arriba, a cierta persona que conozco, no le permitieron llevar un  panal de huevos si no compraba más artículos en el local. La razón  de esto es sencilla; debido al paro de los cafeteros  y al cierre de las vías  hubo escasez de productos en la ciudad de  Mocoa (Colombia) ; entre ellos, aquellos de consumo básico como los huevos.

Como resultado de ello, no  es secreto decir que se presento especulación de algunos productos (Lo de la gasolina merece capítulo aparte, sé de personas que pagaron hasta 15 mil pesos por galón, por eso algunos dicen que cuando se normalicen las cosas hasta la gasolina NO subsidiada nos parecerá regalada).

Volviendo al asunto de los huevos, ¿Está uno obligado a comprar más de lo que uno quiere llevar sólo porque se necesita determinado artículo? , Hasta donde tengo entendido creo que no; y planteo estas preguntas: ¿Qué hubiera pasado si la señora  “agarraba los huevos”  aún si no se los querían  vender?, ¿Si la dama en mención hubiera dejado tirado en la caja el costo del artículo y se lo lleva? ¿Quién tiene la razón? ¿Quién infringe la ley en un caso de esos?;  en este episodio  creo que  a la señora  le quedaron “faltando huevos” pues debió haber hecho valer sus derechos como consumidor. 
El asunto me recuerda una anécdota que leí alguna vez sobre alguien a quien le iban a cobrar por algo que no quería consumir:

Un cliente entra a un restaurante y le dicen que el plato en  oferta del día vale $ 3 mil pesos  con huevos al gusto incluidos,   el cliente dice que no quiere comer huevos, y el mesero le responde que en ese caso la comida le costara $  5 mil pesos porque  está ordenando a la carta;

El sorprendido cliente argumenta: ¿Debo pagar más por no querer comer huevos?

Si señor – le responde el mesero.

En ese caso- dijo  el cliente sírvame la comida con huevos.

¿Y cómo los quiere? - pregunta el mesero.

El cliente responde: ¡Crudos ¡  … y se los llevó para la casa. 

A  esto yo le llamo “tener huevos” un cliente y hace valer sus derechos.


John Montilla. 
Esp. Procesos lecto-escritores

(Fotografía1:  Tomada de www.fekrat.org )


Crónica: De cómo se perdió un carro

Por: John Montilla

Por esas casualidades de la vida la “ganadora” del carro que rifaba gratis la alcaldía de Mocoa, resultó ser una de mis ex alumnas, pero no hay dicha completa, les diré porque…
Casualmente , (ya van dos casualidades) estaba escuchando radio local, cosa que casi nunca hago, y me enteré al instante que la feliz ganadora era una persona a quien distinguía, y se me vino la corazonada de que quizá ella no estuviera en el sitio donde se estaba desarrollando el evento. Pues era requisito estar en persona para reclamar el premio. Así que tomé el celular y busque su nombre y número, que aún conservaba gracias a que fui su director durante su último año escolar.

Hice cuatro llamadas seguidas, y no hubo respuesta, a la quinta me contestaron y alcance a escuchar ruidos y tropeles, supuse que estaba en el lugar del evento, pero no; se había ido a Puerto Umbría a la casa de su mamá ya que se encontraba un poco enferma, es decir a casi una hora de distancia de la ciudad de Mocoa (ya se había enterado por radio también) y el plazo que daban para llegar a reclamar el premio era de apenas media hora. No había tiempo que perder le dije: Tienes menos de treinta minutos para llegar.

Posteriormente me enteré que salieron raudos en compañía de un hermano en una motocicleta, me imagino lo temerario de la velocidad a la que se desplazaron en una vía recién pavimentada y en la que ya han sucedido varios accidentes fatales. Minutos después de que salieran volví a llamarla, pero dada la velocidad a la que se desplazaban y a la recepción que no era muy buena, la comunicación se tornó ansiosa y algo desesperante al no poder comunicarnos eficazmente.

Alguien me suministró un número que estaban facilitando en el lugar del evento para que los ganadores se comuniquen directamente con los organizadores y se lo envié vía mensaje de texto, y procedí a llamar de nuevo a los apurados viajantes, pero de nuevo , la señal muy deficiente, le pregunté después de varios apremiantes instantes, si había recibido un mensaje, me dijo que no, y procedí a enviarlo dos veces más, por si las moscas, a tanto hacer logré decirle que se comunicara con ese número y para complicar las cosas me respondió que no tenía minutos disponibles para llamar.

Salí de casa corriendo a la tienda más cercana, para hacerle una recarga a su celular, en el local tenían una radio sintonizada en el evento del bingo y el locutor justo estaba diciendo que faltaban cinco minutos para que se venciera el plazo , y que si no aparecía la ganadora , el carro se volvería a rifar. Confieso que no pude leerle el número al tendero, le pasé mi celular y le dije: “hágame una recarga urgente a este teléfono:” y me dispuse a esperar el paso inexorable del tiempo.

El tendero conversaba con unos clientes sobre el asunto, decía: “Va a perder el carro, eso sí es estar de malas.” Algo nervioso, le dije: esos minutos son para la ganadora, espero que logré hacer la llamada, pero al tiempo no lo detiene nadie, y el plazo se acababa. Justo antes del minuto, alcanzamos a escuchar por la radio, al locutor que decía: “ya viene, ya viene”, pero no, al parecer una amiga suya que también se había comunicado con ella, se había animado a decir que ella ya venía en camino, pero este atenuante según escuchábamos no estaba siendo tenido en cuenta.

Luego, cuando faltaba cuarenta segundos para acabarse el ultimátum, el público coreaba junto al locutor el conteo regresivo que marcaba la hora señalada; la suerte estaba echada. El bullicio de los asistentes que celebraban la mala suerte de otro era una señal muy evidente, al son de los comentarios de los clientes de la tienda sobre la oportunidad desperdiciada, salí de allí con las manos en los bolsillos y un malestar en el estomago fruto de los minutos de estrés y la adrenalina consumida por el afán de ayudar a otro a obtener su premio.

Minutos después de pasado el plazo señalado, recibí una llamada. “Profe, ya llegué, pero ya no hay nada que hacer”, a pesar de que ella, según me contó logró hacer la llamada, y alguien le había dicho que necesariamente debía estar presente.
Me fui a verla, cuando la encontré le di un abrazo de consuelo, y me contó que le habían dicho que había perdido el premio, que el señor alcalde públicamente había acordado hacer la rifa otra vez, me dijo que le había ofrecido como premio de consolación una vajilla, pero ella dignamente, había pedido que le dieran otra cosa y entonces le habían permitido escoger una lavadora. Una humilde y amable señora la consolaba diciéndole. “Todo lo que pasa en la vida es un designio de Dios”, yo lo llamo, estar en el lugar equivocado a la hora equivocada.

Pero como a veces las desgracias de unos son las alegrías de otros, de entre el público una jubilosa señora se convirtió en la feliz ganadora del carro cuando este se volvió a rifar. En lo que a mí respecta me siento bien en haber intentado ayudar en algo, aunque me hubiera gustado otro final para este relato.

John Montilla


Lic. en Lenguas Modernas



lunes, 26 de agosto de 2013

Nativos Digitales

Por: John Montilla


Aunque me había percatado del hecho; desconocía hasta hace unos pocos años, que ya se hubiera asignado una expresión para el floreciente fenómeno social. Y eso  gracias a que tuve la fortuna, de escuchar a una conferencista que trajo a colación el  término “Nativo Digital ” para referirse a la manera como los jóvenes de hoy estudian o realizan todo tipo de actividades.

 Sin duda,  todos ya hemos sido  testigos de cómo los muchach@s en la actualidad   parecen estar haciendo un sinnúmero de actividades al mismo tiempo: por ejemplo para estudiar  ponen música, o se sientan en frente del televisor encendido, y a la vez  que tienen ojos en los libros, tienen su mirada  en la pantalla, o quizá unos cables ocultos tras la ropa o el cabello delatan que tiene colocados unos audífonos para escuchar música; naturalmente no les  falta el celular, con el cual ejecutan  infinidad de  acciones.

 Además hay que agregarle el uso de los computadores y si este tiene conexión a Internet, sus posibilidades  de maniobrar se expanden hasta el máximo con esta herramienta. Esto para mencionar, sólo unos pocos ejemplos de cómo ellos ejecutan sus labores escolares u otras actividades diarias.

 Recordaba la conferencista, antes mencionada, de cómo “antiguamente” a nosotros se nos sugería casi con obligatoriedad, que para estudiar se precisaba de silencio para lograr una mayor concentración, que había que buscar un lugar tranquilo, y preferiblemente un sitio en el que la luz le pegara a uno en la espalda y ojalá por el lado izquierdo; igualmente había que adoptar una buena postura,  tanto para leer como para escribir; obviamente el ruido era un elemento casi prohibido. Si se compara esto con las formas actuales de hacer las cosas, vemos que la brecha generacional es muy grande y de allí vienen las expresiones  que los estudiosos de la educación han acuñado recientemente. 

Según el estadounidense Mark Prensky, quien postuló   el nuevo término: Los “Nativos Digitales” son todas aquellas personas nacidas desde mediados de los 90’ (del siglo pasado) en adelante. Por ende, los “Inmigrantes Digitales” son (somos)  el resto de los mortales nacidos antes que los “Nativos Digitales”.



El hecho es muy serio, porque el problema  se intensifica a  la hora de la educación, ¿Cómo los instructores “Inmigrantes Digitales”, ya sean profesores  o padres de familia hacen para enseñar a esta nueva generación?, ¿Cómo enseñar con una lengua pre-digital a una población que habla  una nueva lengua?; Vilches, un pensador chileno destaca que en la migración digital el mundo no se divide entre ricos y pobres, sino entre los que están informados y aquellos que han quedado fuera de las nuevas tecnologías.

Al respecto hay una frase contundente sobre el tema, que nos ilustra sobre la magnitud del problema al llevarlo al contexto educativo:

“A menudo la escuela enseña contenidos del siglo XIX,  con profesores del siglo XX, a alumnos del siglo XXI”  (Monereo & Pozo); el  escenario es difícil: imagínense la situación tanto de un profesor en clase  o  un padre de familia en casa con  un joven tecnológicamente superior. El reto  a enfrentar es duro ya que estamos perdiendo la comunicación con ellos; mientras nosotros nos  sentimos maniatados, “ellos”; “Los Nativos Digitales”,  la generación de los cables, pasan corriendo. 

Entonces ¿Qué hacer ante esta situación?, nuestra conferencista nos dio también unas luces sobre el asunto; primero que todo, tratar de aprender algo de las nuevas tecnologías, y para  ese propósito bien se podría usar el conocimiento que los Nativos Digitales, (misión imposible dirán algunos), y  en segundo lugar , tratar de orientar el uso controlado de la herramientas tecnológicas, pues está demostrado que el hecho de que las utilicen, no necesariamente implica que ellos le estén dando buen uso.

El tema en mención da para largo, por ahora cabe subrayar, que  si por lo menos no  hacemos el intento de ponernos a su alcance, los “Migrantes Digitales”, es decir los que no pertenecemos a la era de las nuevas tecnologías,  al igual que los dinosaurios  corremos el riesgo de padecer una extinción de naturaleza digital.

John Montilla
Esp. Procesos Lecto-escritores
Imágenes: Internet