viernes, 12 de julio de 2019

CONEJO DE PIEDRA


Por. John Montilla

“El sueño es un arte poético involuntario.” Kant.

Cierta noche soñé que estaba participando en una singular competencia, y ya estaba entre los finalistas, la última prueba consistía en correr hasta el río, y formar con piedras un conejo de un tamaño grande y luego correr de regreso a la meta cargando las piedras para armar la figura ante el jurado: Ganaría no sólo quien llegué primero si no quien presente la mejor imagen.

Mi contrincante era una dama, ambos llegamos casi que iguales a la orilla del río y comenzamos a buscar las piedras más apropiadas para darle la forma a la figura requerida.

Para las patas traseras agarré dos piedras de forma alargada y sobre ella monté una casi cuadrada que tenía una protuberancia que bien podía servir para la cola. Acto seguido busque otro par de rocas para las patas delanteras, procuré hallarlas más largas porque quería mostrar la imagen como si el animal estuviera agarrando una zanahoria; a toda prisa corrí por entre un cúmulo de piedras y elegí las más apropiadas, y por suerte encontré una casi que perfecta que podía servir como cabeza, después completé el cuerpo con otra piedra proporcional al tamaño de la figura que estaba creando . Agarré un par de piedras planas y alargadas para las orejas, sólo me faltaba la zanahoria y luego a correr.

Estaba tan concentrado en lo mío que no había reparado en lo que hacía mi rival, que al igual que yo, también estaba armando la figura en la arena y también estaba cerca de terminar. Entonces me di cuenta que había elegido para su figura unas piedras un tanto más pequeñas que las mías. Deduje que la carrera de regreso, me iba a resultar más difícil. Calculé que quizá tendría que cargar en promedio unos 25 kilos de peso.

Por tanto, decidí afanarme en encontrar la piedra que me faltaba, cuando la encontré opté por llevarla sin siquiera medirla en la figura que estaba armando. Metí todo lo que había recogido en el saco que nos habían dado, me lo eché sobre los hombros y salí corriendo; de soslayo alcance a ver a mi contrincante aún buscando entre los montones; tenía que aprovechar la pequeña ventaja.

Al poco rato pude percatarme que mi adversaria, ya venía atrás, pero yo ya tenía avanzado un buen trecho, si mantenía ese ritmo a pesar de la fatiga del peso que llevaba, tenía muchas posibilidades de conseguir la victoria. Aunque la meta aún estaba muy distante. La carretera, por la que íbamos se veía desolada, no se veía ni un alma por los alrededores, y por extraño que pareciese, la tarde caía, y las primeras sombras de la noche se hacían evidentes. La competencia se teñía de un aspecto lúgubre. Pero yo llevaba la delantera y eso era lo que me importaba en ese momento.

De repente, de la nada apareció una motocicleta, lo supe por el ensordecedor ruido a mis espaldas, y a los pocos segundos el rayo de la luz frontal dibujaba mi sombra en la carretera, y pude más que ver, adivinar que mi contrincante se había montado en ella cuando pasaron junto a mí como una exhalación en la ya oscura vía, y en un santiamén se perdieron en la distancia. Mientras yo  resignado pese a todo, decidí continuar  el recorrido.

Pero, ¡Oh sorpresa ! , pasos más allá, me percaté que se le había caído una de las piedras a mi rival, la recogí, la eché en mi saco, y en la oscuridad de la noche proseguí la marcha con mi carga a cuestas, animado por la curiosidad de ver cómo registrarían el grito de la victoria.

Imagen Pixabay


John Montilla. Texto e imagen N°.1 creada con fotografías tomadas de internet.
jmontideas.blogspot.com 
12- Julio- 2019 

jueves, 25 de abril de 2019

EL MARTILLO DEL CAMINANTE


Por. John Montilla

El siguiente breve relato es uno más, de los tantos episodios singulares ocurridos en Mocoa después de ocurrido el desastre.

Fotografía: Martillo, Fondo  pintura "Montañas de Mocoa" de Sara Gallego.

Cierta tarde en que habíamos hecho un sancocho comunitario y ya se había repartido el almuerzo, pasó un señor por la caseta donde habíamos instalado el fogón; tenía aspecto de estar cansado e iba sucio de barro. Se acercó donde estábamos y pidió que si le podíamos dar algo de comer y recalcó con franqueza que no tenía dinero para pagar, y pese a las circunstancias en que andaba, trató de mostrarse jovial y dijo que lo único que tenía para ofrecer era un martillo de caucho que había encontrado entre los escombros donde habían tenido propiedades unos parientes.
Las personas que estábamos allí reunidas le dijimos que no se preocupara por ello, que estábamos para servir. Yo por curiosidad le pregunté por el objeto en cuestión que él tenía en sus manos; el me lo indicó; era un martillo de caucho con mango de madera, también estaba untado de barro ya seco, lo sopesé con curiosidad mientras el señor comía con fruición; era evidente que estaba con mucha hambre y para corroborarlo él dijo que no había comido nada en todo el día.
Por tanto, de buena manera le ofrecimos otra porción que el gustoso aceptó y cuando hubo terminado y vio que yo aún jugueteaba con el martillo tratando de especular sobre su origen; me dijo: “Guárdelo”, me rehusé a aceptarlo, pero él insistió: “lo más seguro es que lo deje tirado por ahí, tengo muchas cosas por hacer, y no puedo andarlo cargando. ¡Tómelo!  Quizás le pueda ser útil para algo”.
A pesar de mis negativas, él insistió varias veces en que lo tomara.  Así que al final decidí conservarlo como recuerdo, mientras el señor agradecido por la solidaridad recibida se despedía y echaba a caminar bajo el sol de esa remota tarde de abril de 2017.





J.M y el fogón comunitario, abril - 2017

John Montilla
jmontideas.blogspot.com


sábado, 30 de marzo de 2019

RELOJ DE AGUA

Por. John Montilla

“De noche el reloj que late es el corazón del tiempo”.  D. M. Loynaz
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Dos, tres, o cuatro minutos, no podría precisarlo, pero creo que el destino me dio un pedacito de tiempo para que hiciera una carrera contrarreloj e intentara salvar la vida de mi hermana. He aquí mi propia crónica de la noche de la tragedia de Mocoa el pasado 31 de marzo de 2017.

Mi madre parada en el andén de su casa me había dicho con bastante preocupación “Estoy llamando a tu hermana y no responde.” Mi hermana vivía en un apartamento nuevo justo al lado del puente del Río Sangoyaco.  Yo que ya estaba en la calle, bajo la torrencial lluvia que se había desatado. -Un par de minutos antes me había puesto a las carreras una camiseta, unos shorts, unas sandalias de correa y una chaqueta amarilla impermeable y además había corrido a la cocina a agarrar una fosforera de esas que poseen linternas diminutas - le respondí sin dudar. “Voy a verla.” Y me metí de prisa a las aguas desbordadas que ya corrían por la calle. Un tremendo trueno rompió el cielo como anunciando que la carrera de mi vida había iniciado.

Cuando llegué a la esquina próxima noté que la vía principal estaba completamente anegada. Y vi con preocupación sin detenerme que a mi izquierda ya estaban sacando gente por encima de los techos, pues el agua ya estaba inundando algunas casas e impedía el abrir de las puertas. Había una moto policial estacionada a un lado de la calle, el agua ya le cubría las llantas, un policía agarraba a patadas una puerta queriendo tumbarla, mientras otro junto con un voluntario ayudaba a una señora y a una niña que estaba saliendo por el tejado. Esta imagen me impulsó a ir más rápido; Aún estaba a más de media cuadra del lugar al que me dirigía; corrí unos metros adelante; el agua aumentaba cada vez más, corrí y el miedo de la lluvia, los relámpagos, los gritos de la gente y el agua fangosa me hizo regresar; llegué donde uno de los policías y le dije ya algo desesperado: “Tengo una hermana atrapada en un apartamento cerca al río, acompáñeme a rescatarla:”

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Debo subrayar en honor de él que sin dudar dijo “vamos”, este respaldo me dio ánimos, y eché a correr a prisa adelante; como había caminado tantas veces por esas calles, sabía donde pisar a pesar de que las aguas lodosas, la basura y los objetos que bajaba impedían ver bien. Pero en medio de la tormenta pude ver a mis espaldas que el policía se cayó en una zanja y de seguro el miedo y la prudencia lo hicieron regresar. ¿En cuánto tiempo había sucedido todo esto? … medio minuto, un minuto, no sé. El sentirme desamparado me produjo tremenda desazón, pero a pesar de eso lo que si recuerdo es que lo pensé en milésimas de segundo: “Sí, yo no voy, nadie más ira, estoy sólo en esto.” Así que dominando el temor seguí adelante. Mientras la gente huía del río, yo iba hacía él. El agua ya me llegaba casi a la cintura.

Cuando llegué a la esquina -abrazado por el miedo más terrible que he sentido en la vida- vi que corría un temible torrente por la calle por donde ella vivía. El río ya se estaba desbordando. Me detuve allí dudando por unos eternos segundos, en si debía cruzar la calle y entrar al apartamento; mientras miraba con horror la cantidad de agua que se me venía de la parte alta, El agua amenazaba con dejarme descalzo; parado en la esquina, luchando por mantenerme firme, empecé a gritar como loco a mi hermana para que saliera, pero el ruido de las piedras que trepidaban en el rio, del agua que corría por la calle y de los truenos y relámpagos apagaban mis desesperados esfuerzos,

Pensé de prisa en quebrar un vidrió de las ventanas, me agaché en las lodosas aguas, pero no agarré ninguna piedra en el pavimento. Luego saqué de mi bolsillo la fosforera que previamente había agarrado cuando recién salí a la calle, y a pesar de que ya estaba húmeda pude prender su minúscula linterna, para hacer señales, pero nada mi hermana no aparecía. Me daba temor arriesgarme a entrar y que quizá ella ya hubiera escapado de ahí y que me encerraran las aguas estando adentro de la vivienda.

En otros segundos eternos pensé en que lo que debía hacer: esperar o correr por mi vida. Me estremezco al recordar que fugazmente hice una macabra operación matemática, de que era preferible un muerto y no dos en la familia, pues desde mi posición aún creía que tendría la posibilidad de huir si fuera necesario; cuando estaba en esos instantes vitales de mi existencia, mi hermana apareció aterrorizada en la parte alta del apartamento y yo le grite con la mayor desesperación que he sentido en mi vida:  ¡Vamos !, ¡ Vamos  que el puente se va a caer ! Ella al verme corrió escaleras abajo, pero dudó al llegar al primer piso, porque el torrente que nos separaba se veía muy peligroso, y yo me había dicho, instantes atrás que mientras ella no se metiera al agua, yo no iba a entrar al torrente.

Mientras, este dilema vital se resolvía, el tiempo en el reloj de agua inexorablemente se iba agotando para nosotros, y yo seguía mirando con angustia como cada vez más las aguas se nos venían encima, todo esto que narro , sucedió en cuestión de segundos, mientras en esos pedacitos de tiempo ella dudaba y yo gritaba como loco; cuando de pronto alcance a ver como un gran árbol, golpeaba contra el puente,  y del tremendo impacto hizo estallar las mangueras del agua y del gas. La explosión fue terrible; la manguera plástica del ducto del gas se contorsionaba como una espantosa serpiente en los cielos, y el aire se llenó de una neblina oscura, el río comenzó a represarse y justo en el mismo instante tres casas que estaban diagonal a mi derecha cayeron al río. Yo estaba en medio de las aguas a escasos veinte metros de distancia.

Todo, todo esto había sucedido en fracciones de segundo. Mi hermana presa del pánico había corrido de nuevo escaleras arriba, mientras yo abajo bañado en aguas y lágrimas seguía gritando al borde de la desesperación. ¡Vamos !, ¡Vamos, El puente se va caer !  Entonces ella corrió de nuevo abajo, y cuando vi que puso sus pies en el agua, me metí al torrente, nos encontramos en la mitad de la calle con el agua más arriba de nuestras cinturas, la agarré con todas mis fuerzas de la mano, mientras luchaba por mantenerme en pie por la inestabilidad que me daban las sandalias que llevaba.

Mi hermana venía llorando, y en su desconcierto, me pega un jalón y me dice: “La moto.”  “Imposible le respondí. Nunca lo lograríamos.” y le apreté la mano con más fuerza, ella, me grito: “Se me salió un zapato”. Sin detenernos giramos rápidamente, y seguimos corriendo. Mi hermana parecía que no asimilaba la magnitud de lo que estábamos viviendo porque me dijo mientras lloraba: “Dejé la puerta del apartamento abierta”, Ella estaba al borde del shock, y yo por calmarla le dije: “Más tarde la vengo a cerrar.” Se me hacía un nudo en la garganta el pronosticar que todo el trabajo de muchos años se le perdería esa noche.

Ella guardaba la esperanza de conservar sus cosas, pero yo que nunca antes había presenciado un fenómeno de esos, intuía que no había ninguna posibilidad de que eso terminara bien. Mientras huíamos un chorro de agua que nos golpeó de costado en mitad de la calle principal, nos asustó de nuevo, pues nunca esperábamos que saliera agua de esa parte, al parecer la quebraba había pasado por medio de la casa de unos vecinos, esto nos desconcertaba más, pues no sabíamos lo que estaba pasando. Por todo lado las aguas se desbordaban. Todo el mundo corría, y por las calles se veían bajar innumerables objetos arrancados de las casas por el ímpetu de las aguas descontroladas.

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Cada uno corría por su vida, una de las vecinas pasaba a gatas la calle, de milagro aún no se había ido la energía y luego no recuerdo en que momento quedamos en tinieblas. Cuando por fin llegamos a casa, mi hermana angustiada se refugió en la familia, mientras yo me fui a la cocina, ya a oscuras, donde caí de rodillas en el piso por un insoportable dolor debido a un retorcijón de estómago, fruto de la tremenda descarga de adrenalina y del estrés por la dramática experiencia que acababa de tener. Como pude  tomé un poco de agua y luego corrí donde los míos y les dije: “Tenemos que salir de aquí.”  Y eso fue lo que hicimos, en la oscuridad y bajo la lluvia buscamos un lugar más seguro donde pasar con nuestros niños esa horrible noche.

Dicen los testigos que estaban en la parte alta del barrio que al minuto de haber explotado el ducto del gas la terrible avalancha había pasado arrasando la vivienda de mi hermana y la de sus vecinos. No quedó absolutamente nada.  Las casas fueron arrancadas desde sus cimientos. Por fortuna para nosotros nos habían sobrado unos segundos preciosos en el reloj de agua; lejos estaba de imaginarme la magnitud de lo que estaba padeciendo Mocoa en esos mismos instantes.


31 de marzo de 2019.


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ADENDA IMÁGENES

1. Fotomontaje con imágenes tomadas de internet.
2. Imagen captura de video (M.L) grabado en la parte baja del Barrio La Independencia. Cabe subrayar que ya no existen ninguna de las edificaciones que se ven a derecha e izquierda. El video inédito pronto será publicado junto a la crónica del autor. 
3, En esa esquina quedaba el apartamento y negocio de mis familiares.   
4. Fotografía tomada al frente de la casa de mis padres. Cuando recién nos percatamos que las aguas se estaban desbordando. Posteriormente las aguas cubrieron toda la parte baja del arbolito que allí se ve. 

John Montilla. Texto y  fotografías. 
jmontideas.blogspot.com    (Derechos Reservados)











domingo, 24 de marzo de 2019

EL HOMBRE QUE ACARICIA PUERTAS

John Montilla

“Una puerta herméticamente cerrada para los imbéciles, abierta de par en par para los inocentes…”


Eso tiene la  poesía según Aldo Pellegrini, y agrega “No es una puerta cerrada con llave o con cerrojo, pero su estructura es tal que, por más esfuerzos que hagan los imbéciles, no pueden abrirla, mientras cede a la sola presencia de los inocentes.”

Las anteriores palabras me sirven de llave de entrada para poder medio asomarnos a la puerta del alma de un  singular personaje y  es preciso, creo tener algo de sensibilidad poética para  al menos  intentar comprender algo de su existencia:

Cierto día un camionero se encontraba debajo de su vehículo a  eso de las dos y media de la tarde, bajo un calor insoportable, lleno de grasa, polvo y sudor, cuando de repente aparece un personaje alto y delgado, de edad indefinida, se acerca al camión, se agacha un poco y como si fuera un experto observa un momento en silencio,  y luego le pregunta en voz alta  de sopetón al camionero que estaba tendido sobre un cartón en el piso: ¿Señor, está varado? Imagínense el gesto que debió hacer el conductor.

Cualquiera podría adivinar la respuesta a semejante pregunta, completamente impertinente, y es casi seguro que esta contendría un insulto; alguien que no conozca al protagonista de este relato, quizás actúe de manera grosera, furiosa o con sorpresa, pero aquellos que lo conocen, sabrán que es una vivencia más de “Güincho” o “Wincho”, uno de los personajes típicos y especiales (en el buen sentido de la palabra) de Puerto Umbría. Un pequeño y pintoresco pueblo del Putumayo- Colombia. 

Pues bien, es en esta población donde reside nuestro personaje, quien en otra ocasión le preguntó a un vecino de la localidad que se encontraba trabajando a la intemperie en otro caluroso día: ¿Oiga, don Pedro quién suda más, usted o el sol?

A otro señor que tuvo la mala fortuna de salir de una tienda, con un rollo de papel higiénico en la mano, simplemente le preguntó: ¿Qué vecino, va a cagar?

Las preguntas de nuestro personaje no van cargadas de ninguna intención; sencillamente brotan de manera espontánea de la naturaleza “inocente” de su ser. Para una persona que vive abstraída en su mundo, todas las cosas encierran un origen aún no descubierto, por eso, habría que conocerlo para ver la cara de emoción   que presenta, cuando entra a una casa y al presionar un interruptor eléctrico aclama como si fuera él quien la inventara o viera por primera vez: “Llegó la luz”.

Eso no significa que nuestro personaje se haya quedado encerrado en el pasado. Al contrario, también le ha abierto la puerta a la modernidad, por eso también a veces se lo ve con un celular descompuesto, colgado al cuello, y cuando alguien se le acerca, automáticamente lo toma y simula estar hablando con alguien:
“Cómo  no, doña Pastora, la espero el domingo sin falta”

Quienes lo conocen, dicen que Güincho tiene la costumbre de recoger hojas secas  y arrojarlas sistemáticamente al río de localidad, en una especie de ceremonial  que quizá lo conecta con sus espíritus sagrados; sus manos dejan caer las hojas muertas, desde un viejo puente de madera, mientras el murmura oraciones ininteligibles, como rindiéndole tributo a las apacibles aguas del Río Guineo.


Pero lo que lo tiene de  particular  y  hace destacar  a nuestro personaje  es una manía muy peculiar, que quizá  nadie más pueda tener: nuestro amigo  en mención es “el hombre que acaricia puertas” -Hecho casi poético que despertó mi atención y curiosidad- En el pequeño pueblo donde vive, y que por tanto es fácil de  recorrer a pie, es muy frecuente verlo caminar de una casa a otra  exclusivamente para tocar  puertas, no hablo de golpear o llamar, sino de tocar en el sentido de “acariciar”, de rozar, de sentir. Güincho centra su atención en las chapas, cerraduras, aldabillas, pasadores, candados, aldabas, picaportes, trancas, pestillos, cierres, manijas, pomos, cerrojos o lo que encuentre. Con sus dedos lleva a cabo su ritual diario y constante de palpar estos diversos elementos de una puerta cualquiera; cual abeja que va de flor en flor, él va de una puerta a otra.

En un pueblo donde la mayoría de puertas son de madera y pintadas en forma colorida con rojos, verdes, amarillos, naranjas, rosados,  blancos, o azules, nuestro personaje se detiene; cumple religiosamente su ritual y sigue su camino, no importa en que recoveco esté la puerta; ya sea en la calle principal o escondida  en un rincón, hasta allá llegará; puertas grandes, puertas pequeñas, puertas nuevas, puertas viejas, postigos, portezuelas, portones,  puertas de  madera, puertas metálicas,  a todas ellas  las palomas de sus manos acariciarán.

 Las toca, las palpa, las siente, las percibe, pero nunca las abre; Guincho no se entra abusivamente en las casas; es más se podría decir que se asegura que no se abran; es sólo el ceremonial, las acaricia y se va, nadie puede decir en este pueblo de puertas abiertas que él se le haya llevado algo.


¿Cuánto tiempo lleva haciendo esto?, alguien se atrevió a aventurar que quizá dos décadas o más; pero nadie sabe con certeza de donde viene la manía de acariciar puertas - ¿Será acaso un sentimiento interno de libertad? - Quizá nuestro personaje
al igual que lo hace con las hojas secas, nos intenta dar una nueva oportunidad de nuevas travesías, como un ángel especial que posee la llave de sus manos que nos golpea con ternura a la puerta para que nos asomemos a nuevas realidades. Por eso la respuesta a desde cuando este “niño hombre” lleva haciendo está acción está estancada en el mismo tiempo.

Un reloj descompuesto en la mano de su muñeca izquierda, y que según él marca eternamente las dos de la tarde, podría ser la prueba de ello; él vive completamente ajeno a todo prejuicio y presión social, mientras que nosotros no podemos escapar del cerco que a diario nos tienden el tiempo y nuestros horarios. Las puertas de nuestras rutinas nos encierran con sus sombras, pero llega ese ser que es como una llave luminosa a acariciar nuestras puertas, tal vez para invitarnos a salir, y entonces vienen a mi mente unos versos del argentino Facundo Cabral:  

“…Benditamente locos,
y  por locos tan libres,
y por libres tan bellos
que harán un paraíso
de este maldito infierno”


John Montilla: Texto y fotografías
Esp. En procesos lectoescritores.




domingo, 3 de febrero de 2019

RELATO DE CUERNOS

Por. John Montilla
Viniendo de regreso del río después de un día caluroso, me detuve un momento en el camino para comprar unas empanadas. Unos pasos más allá del  puesto de ventas estaba un hombre en indumentaria de trabajo de campo: botas, sombrero y machete en la mano, y noté que estaba atento del paso de los vehículos; era evidente que estaba esperando transporte.
Cuando  iba a reiniciar mi camino en  mi moto, se me acercó -lo vi todo sudoroso y sucio por el trajín del día- y me pidió de manera cordial, si podía llevarlo hasta la ciudad. Dudé un momento y luego le dije que sí, que no había problema. El campesino se subió a la parte trasera y puso el machete en sus piernas, le dije, que no lo llevara cruzado por que me parecía riesgoso; había bastante vehículos y gente transitando a esa hora; entonces él lo tomó del mango  y lo puso de manera vertical a lo largo de su pierna con la punta hacía abajo.
Ya en el camino por  decir algo le pregunté: ¿Qué más vecino trabajando un domingo?;  “si señor” dijo, “tengo una finquita por aquí, y siempre hay algo por hacer, además toca venir a cuidar el rancho para que no se pierdan las cosas.” 
Con un poco de más confianza indagué: ¿Hay ladrones por estos lados? ; sí señor, volvió a decir: “Figúrese que el año pasado, el 24 de diciembre me robaron un lindo toro de 18 meses, que tenía ya casi negociado y con esa plata me iba a casar el 30, y  por tanto no se pudo.”
A pesar de que iba muy pendiente de la carretera, este hecho  despertó bastante  mi atención: ¿Cómo así, le robaron el toro y entonces no se pudo casar? ; Sí señor, repitió. “Mi mujercita lloraba desconsolada, y yo le decía tranquila mijita que eso de alguna manera se arregla”. 
Como ya estaba interesado en la historia seguí con mis preguntas: ¿Y no pudo encontrar su toro?  Me respondió: “Nada señor, por más que busque y di vueltas por ahí, nadie me supo dar razón; de haber sabido quien era le hubiera dado bala o machete; los ladrones nos dañaron la fiesta”.
Como el señor estaba hablando con entera franqueza a mí me dio por bromear: ¿Es decir que la pérdida del toro lo salvó del matrimonio? El hombre celebró mi ocurrencia con una  carcajada  y luego agregó: “Imagínese que luego andaba el chisme por ahí que dizque yo había vendido el toro a escondidas  para no  casarme porque le andaba poniendo los cuernos a mi mujer”.
Ambos nos reímos de buena gana y seguimos de buen humor nuestro viaje a casa. Entre tanto pensaba que había sido afortunado de haberme topado en el camino quizás al único hombre que casi arruina su hogar por la ausencia de unos cuernos.

John Montilla. Texto y fotomontaje. (Imágenes tomadas de internet)
2019

jueves, 24 de enero de 2019

¡ Quítate la camiseta !

Por. John Montilla

“Sólo en las regiones de la fantasía es dado crear.”
                                             José María Vargas Vila
                                                                       ***

CUENTO INFANTIL 

“Nano” era un banano que se le había escapado a una señora  porque no quiso ser parte de una ensalada de frutas. Había aprovechado un descuido de ella, mientras lavaba unas manzanas, al tiempo que contestaba una llamada a su celular con el aparato apretado entre su cabeza y  hombro.

“Esta es mi oportunidad” había pensado Nano, y de un salto  saltó fuera del tazón de vidrio en que estaba; sin querer  aplastó una solitaria uva, con lo cual se manchó parte de su traje que le quedó de un color entre rojizo y morado.  Pero no se detuvo a pensar en ello. Al contrario, en su afán resbaló en la humedad de la mesa y se estrelló  y volcó un frasco de salsa de tomate, que a su vez desperdigo un pequeño tarro de polvo para hornear.

El estrepitó llamó la atención por un segundo de la señora que seguía pegada al celular, y  lo subsanó, con un simple. “Zape gato”, mientras el banano, sin ponerse a dudar se tiró por entre las cosas derramadas y salió al otro lado  como un pintor de  brocha gorda que trabajara en una panadería.

Luego llegó con tal velocidad al borde de la  mesa, que casi se cae de cabeza; por unos segundos vaciló en ese sitio, y pensó en  como haría para poder bajar, pues tirarse habría significado un “bananocidio”. Estaba muy alto. Para comprobarlo agarró un manojo de espaguetis de una bolsa, los dejo caer y vio que la mayoría se hicieron añicos en el piso. Dedujo  que arrojándose desde allí no quedarían restos  ni para hacer una “banana split”.

Desesperado pensó: “¿Y ahora qué hago?; entonces vio a la licuadora, y se dijo aquí está mi salvación. La señora seguía lavando de forma mecánica la misma manzana desde que recibió la llamada. Nano, fue por la licuadora, la empujo a la orilla de la mesa, con mucho esfuerzo porque estaba llena de agua y luego desenrolló el cable y se descolgó como un alpinista por él.

Cuando iba a mitad de camino vio que un gato negro estaba jugando con el extremo del cable, pero ya no había tiempo de echar marcha atrás, al contrario se deslizó con mayor rapidez y le cayó en la cabeza al felino, que del susto dio un salto, no sin antes darle un rápido zarpazo que le desgarró parte de su camiseta. Se le llevó la letra “N” del letrero de “NO a la guerra”, que llevaba en el pecho. Ahora sí quedó más estropeado que antes.  Ante el barullo, se alcanzó a escuchar de nuevo: “Zape gato”, pero Nano ya había logrado parte de su hazaña a pesar de ir manchado y magullado.

Como pudo llegó a la puerta que daba al patio trasero, y salió por allí; un loro que estaba en una estaca cotorreo al verlo: “Rico banano, rico banano.” El pobre casi se muere del susto y fue a caer sobre un charco de tinta negra que allí estaba. Ahora si parecía un banano de esos bien pecosos.  Se levantó como pudo chorreando tinta y se fue rengueando mientras dejaba oscuras marcas  en el camino.

Cuando por fin estaba a punto de abandonar la casa,  escuchó renegar dentro de la cocina a la señora porque no encontraba el banano, y al ver el desorden en la mesa volvió a repetir de muy mal humor: “Zape gato”, al tiempo que miraba al felino volar por una ventana hacía el jardín. Pero Nano no se quedó ahí para ver en cómo iban a parar las cosas. Decidió mejor acelerar los pasos de su huida.

Divisó por fin la calle, y al otro lado de ella un bosque en el que se podría internar. Presuroso fue hacía allá sin saber lo que el destino le deparaba: En lo alto de un árbol había unos micos que al verlo sucio y  estropeado se burlaron de él. “Miren un banano, y que cochino es”, “Banano pareces un marrano”, “Banano límpiate la mano”, “Banano te vamos a echar mano”, el pobre lleno de terror no atinaba a moverse. Y luego el más grande y  bravo de los micos que llevaba una gorra de beisbolista le gritó al tiempo que saltaba hasta el suelo: ¡ Banano quítate la camiseta o te pelamos !   … y sí, para mala fortuna de él, lo pelaron.

John Montilla. Texto y fotomontajes con imágenes tomadas de internet.
2019

lunes, 14 de enero de 2019

Babas de perro

Por. John Montilla

“La huella de un sueño no es menos real que la de una pisada.” 
                                                                                George Duby

                                                                    ***

El hombre, cuyo nombre quizá este escrito en algunos de  los papeles de sus escasas y maltrechas pertenencias, había llegado al pueblo a una hora en que el sol arreciaba con sus rayos. No llevaba sombrero, cosa extraña en un hombre cuyo aspecto denotaba estar hecho para meter las manos en la tierra. Su enmarañado cabello dejaba ver las secuelas del día: polvo y sudor. Con paso firme pero cansino se adentró por las primeras callejuelas que se abrían a su paso; su deambular lo llevó a una barriada de casas multicolores; todo era nuevo para  él. Para ser más justos, aquello de los colores de las casas, eran ya borrosas  huellas del pasado, puesto que la pintura de algunas fachadas ya iba quedando en el recuerdo y  algunas viviendas parecían sostenerse en el orgullo de otros tiempos. El calor y  el cansancio junto  a esas calles estrechas y mal acabadas le dieron la sensación de adentrarse en un viejo laberinto de colores ajados.  La suma de lo vivido durante toda esa jornada  le produjo un leve mareo, pero pese a su desorientación decidió aventurarse por el desvencijado barrio.

Empezó a adentrarse por aquellas callejuelas; solitarias  a esa hora, parecía que todo el mundo le huía al reinante calor. Pero él siguió  tranquilo su recorrido. El hombre al poco rato se topó con una vieja pila de agua, que estaba en medio de un cruce de varias calles, lo cual formaba una especie de pequeña  plazoleta;  este encuentro le alegró por un momento el largo día, y aprovechó, ayudándose con sus manos para  beber con fruición el agua que manaba de una vasija que hacía parte del cuadro de una estatua de un niño -casi un serafín- que la sostenía en sus hombros. Con igual deleite metió la cabeza bajo el chorro y dejó que el líquido chorreara por su cara; en esas estaba, cuando de pronto vio venir hacia él, al perro más descomunal que había visto en su vida,

Por un momento sintió que de repente el día se había vuelto frío, puesto que se había erguido con presteza pero con calma, y entonces sintió que de su cabello húmedo caían gotas que le mojaban pecho y espalda; pero él sabía que la verdadera razón de su escalofrió se debía a que la gran bestia que acabada de divisar, venía directamente en  resuelto  trote hacía él. El colosal perro  cuyo color parecía haber sido tomado del polvo amarillo y pisoteado de las calles, se acercó raudo hacia él. Cuando llegó junto al hombre, lo olisqueó de manera rápida  y luego dio una vuelta pausada alrededor de la pileta para  luego orinar a un costado de ella, después volvió, para está vez husmearlo de manera muy inquisidora. Empezó por cada uno de sus zapatos, mientras emitía un constante jadeo, que le hizo derramar algunas babas sobre el  polvoriento calzado del aterrado hombre. Luego fue subiendo de manera gradual a lo largo de sus extremidades inferiores, mientras el hombre no atinaba sino a tragar saliva. Creyó haber llegado al límite de su temor cuando  el descomunal perro le dio un par de golpes rápidos con su hocico en sus testículos. A pesar de que él se consideraba  un hombre hecho para andar todos los terrenos, desde niño guardaba cierto temor por estos animales, malos recuerdos lo ataban a sus miedos. Por eso el ver semejante animal, cuya cabeza con una gran boca provista de terribles dientes, casi que le daban a la altura del pecho le producían un horror que lo paralizaba, y la sensación  llegó a su límite cuando el animal apoyado sobre cuerpo le lamió parte de la humedad de su cuello.

El hombre no atinaba a moverse un milímetro, pero cuando el animal dio otra vuelta a la pila, él de manera casi que instintiva, rápida, pero no brusca, en un gesto casi que de precisión matemática, se había quitado el poncho que llevaba en el hombro, lo había sujetado con la mano izquierda y se lo había enrollado a lo largo del brazo. Alguna vez había visto a alguien defenderse de esa manera de otro que lo atacaba con un machete.
Así que en  sus apresuradas divagaciones, el hombre había pensado que si el perro lo atacaba le haría morder su brazo protegido por la tela, mientras  ganaba tiempo para sacar su machete, pero al instante recordó que esta vez no lo traía consigo; ¿Cómo pudo un hombre como él haber perdido un objeto tan valioso? Pero no tenía tiempo para recriminaciones, si no para buscar una salida pronta a esta patética trampa en la que se había metido. Mentalmente pensó en lo que llevaba en su precaria mochila y sólo atinó a recordar vagamente que llevaba otra camisa, quizá un par de calcetines, su identificación en medio de un pañuelo cuidadosamente doblado, un cepillo de dientes, y una gastada barbera  herencia de su abuelo; sí, eso sería lo que haría, mientras el perro le destrozaba el brazo, el tendría que darse sus mañas para sacar los más pronto posible ese pedazo de cuchilla afilada y degollar de un fino tajo a ese enorme perro que lo apabullaba con su presencia.

Pero, no tenía la certeza de si debía esperar el ataque o pasar él a la ofensiva; o quizá simplemente esperar que el animal se aleje, y él volver sobre sus pasos sin reparar ya en el asunto que lo había traído al lugar. Mientras su mente vagaba con esos pensamientos, ensimismado como estaba no había reparado que había movimiento en la plazoleta, cuando de pronto sintió el ruido de algunos adultos y niños a su alrededor. Entonces algo de tranquilidad le permitió aflojar la tensión de su cuerpo, mientras el gran perro continuaba implacablemente restregándose contra su humanidad y los bordes de la pila.

En ese momento, el hombre se atrevió a decir con los dientes apretados por el terror:
- ¡Auxilio!

Alguien le grito suavemente que no se moviera, que se estuviera quieto. El perro miró con tranquilidad a las personas que con cierta prudencia se acercaban y  hablaban con el hombre: “Si usted no se mueve nada le pasará”. El hombre  de nuevo se atrevió a decir entre dientes: “¿Podrían llamar al dueño?

Para su terrible sorpresa le dijeron que no sabían quién era el dueño; es más que no tenía amo en la región. Le dijeron que ese animal había aparecido  de repente hace unos  meses  por el  pueblo, justo el día que los vecinos sacaban a palo a unos malhechores que habían pretendido tomarse por asalto  la vecindad; que el perro había salido de la nada y que se había unido al tropel con sus terribles ladridos y  su imponente figura y que se había convertido en parte decisiva en la batalla campal que liberó a la localidad de los indeseables. Todo esto se lo decían mientras el perro continuaba con su incesante curiosidad con el extraño y de un momento a otro se había sentado  a muy poca distancia en frente de él y se había puesto a contemplarlo fijamente. Ambos personajes se había quedado por un rato como dos estatuas que se le hubieran agregado a la vieja pileta. El hombre se sentía como moldeado  con argamasa en ese absurdo  drama.

Mientras tanto los lugareños le seguían  contando desde una prudente distancia, y con voces suaves -como para no alarmar a la fiera- que ese animal no les obedecía a ellos, pero que jamás  había atacado a alguno de los vecinos y que incluso guardaba hasta más respeto con los niños, que le daban de comer por turnos al dejar la comida en los patios o las afueras de las casas, que se dormía al caer la tarde en cualquier rincón. Muchas cosas le dijeron, pero que aún así, no tenían manera de hacer que se alejara de allí, para que él pudiera verse libre de tan terrible guardián, y que tal vez sería  muy peligroso intentar moverse

Le repitieron que  no se moviera;  que era la primera vez que el perro actuaba así con un forastero, que quizá ya se cansaría y se iría. Pero el animal completamente inmóvil, ahora parecía más atento que nunca y sus ojos ya fuera por el reflejo del sol o por furia parecían haberse encendido, y su mirada ahora sí que inspiraba miedo, en tanto  que de su continuo jadeo se veía caer su espesa baba que al momento era engullida por el polvo de la calle.  El  desesperado hombre envió esta vez una mirada de suplica por ayuda, pero volvieron a decirle que conservara la calma, que todo era cuestión de esperar un poco, que por ahora él tenía que mantenerse quieto.


Pero no todo el mundo estaba dispuesto a esperar, entre ellos el hijo del carnicero del pueblo, quien desde el balcón de su casa había sido testigo de toda la escena. El chico tenía unos diez años, y  era muy sagaz y decidido. Él quizá más que cualquiera sabía que ese animal, no era fácil de manejar. Como quiera que frecuentemente se había topado con él en la tienda de su padre, y  creía que más de una vez un pedazo de hueso o carne le había salvado la vida. Puesto que ocasiones había tenido que sobornar a la bestia con migajas para él poder escabullirse de su presencia.

Ante esta circunstancia, lo primero que hizo el niño, al percatarse de la situación del pobre forastero, fue correr a la cocina y robarle a su madre unas añejas salchichas de la despensa, luego se había ido hasta el fondo de un callejón retirado y cortándolas  en trocitos, las fue desperdigando por el camino, mientras se dirigía  rumbo a la pila, donde continuaba el drama del hombre bajo la implacable guardia del gigantesco perro sin dueño.
Cuando el chico llegó a la esquina previa antes de divisar al hombre, se asomó con cuidado; sacó de sus reservas un buen pedazo de salchicha, lo puso en el piso, luego con mayor precaución, arrimado a las paredes avanzó otros pasos, mientras seguía dejando sus huellas de carne por el suelo. En ese momento algunos de los lugareños lo vieron y se alarmaron de sus movimientos; algunos quedamente pudieron  gritarle que tuviera cuidado, que no fuera a enfurecer al animal; pero el muchacho ya no iba a dar marcha atrás a su plan.

El hombre en medio del drama, también había alcanzado a divisar al niño y lejos estaba de imaginar lo que él pretendía. Pues quizá de haberlo sabido hasta podría haber cometido una fatal imprudencia. En tanto el chico al llegar a unos pocos pasos de la pila, se detuvo, se subió como pudo sobre la alta ventana de una casa, luego dio un agudo y corto chiflido, y tal como lo suponía el perro giró la cabeza de forma rápida y entonces el niño arrojó con fuerza a la mitad de la calle el último pedazo de salchicha que le quedaba.

El enorme perro con una agilidad impresionante saltó sobre sus cuatros patas y salió disparado como un rayo a la cacería de ese pequeño manjar, lo atrapó en un santiamén y lo engulló de un solo bocado, y entonces abierto ese instinto de cazador e impelido por el hambre y el olor de la carne rancia corrió babeando de placer con igual presteza por otro pedazo que encontró unos pasos más allá. En segundos desanduvo  el camino hecho por el chiquillo y desapareció como el viento al doblar la esquina; a esa velocidad no tardaría mucho en llegar al punto de partida marcado por el niño.

Mientras tanto la gente y el hombre no se habían quedado quietos tampoco. Algunos alarmados,  le habían gritado que corriera por su vida, otros casi que lo empujaron para decirle que corriera por este o aquel lugar. En medio de la algarabía que se armó, le escuchó a alguien decir que corriera camino de la vieja escuela y no parara hasta llegar al otro lado del río. Mientras el chico colgado de la ventana también se desgañitaba pidiendo que se den prisa.

El hombre presa de la ansiedad y desconcierto corrió según las indicaciones, que le daba un histérico acompañante, quien le  hizo doblar por estrechas callejas hasta sacarlo a un descampado y mientras corría a esconderse le gritó que no se detuviera hasta encontrar un portón que había junto a un viejo muro.

En pocos segundos el hombre se vio en medio de la maleza, y en su huida sintió que a parte de sus pertenencias, dejaba cabello, piel y  camisa entre las zarzas, hasta que jadeante se topó con un infranqueable muro que le cerraba el paso; no muy lejanos  ya se alcanzaban a escuchar unos furiosos ladridos; desesperado, el hombre  siguió su frenético recorrido a lo largo del muro, hasta que se encontró con un ruinoso portón casi que completamente oculto por la maleza, como pudo se abrió paso entre las ramas hasta que diviso un candado y una cadena ya decrépitos por la humedad y el óxido; de una violenta patada, desbarató esos artefactos, y mientras escuchaba con más claridad el gruñir de la bestia,  con frenesí descorrió el cerrojo; el perro ya prácticamente estaba a sus espaldas. En un último esfuerzo de desespero, cruzó al otro lado, y escasamente tuvo tiempo de medio  poner el seguro cuando sintió que el enorme perro convertido ya en una fiera se estrellaba de frente contra los herrumbrosos hierros, pero él no se detuvo para contemplarlo y siguió de largo su escabrosa fuga.

Corriendo sin parar por un campo desconocido, llegó hasta la orilla de un ancho  río, y sin pensarlo dos veces se zambulló en el agua y nadó  con ímpetu hasta alcanzar la otra orilla, donde quedó tendido cuan largo era, jadeante, con  su lacerado rostro sobre la arena, la ropa hecha piltrafas, sus pies desnudos, y pensando en lo que tendría que hacer  la gente del pueblo para calmar  la enorme bestia, cuya furia  se había desatado con su llegada.

John Montilla  (2016) Texto y fotomontajes.