sábado, 8 de octubre de 2016

UN SOLIDARIO KILO DE ARROZ

Por. John Montilla


Un viaje  imaginario siguiendo el recorrido de un kilo de arroz nos demuestra que la miseria no queda tan lejos.

El eco de la tragedia en Haití - la desventurada isla del Caribe,  azotada por tantas desdichas-  inevitablemente tenía que llegar hasta nuestro distante pueblo. Por eso a casi nadie se le hizo extraño ver pasar un vehículo con insignias de la Cruz Roja, con los altavoces encendidos y  con sus respectivos voluntarios pidiendo y  recogiendo ayuda humanitaria para las víctimas de su reciente desastre natural: Un devastador terremoto.

“No hay comida, hay hambre, hay sed, hay cientos de muertos y desaparecidos, hay miseria, es uno de los pueblos más  pobres”, era el monótono y estridente mensaje que se escuchaba,   recordándonos lo que  a cientos de kilómetros se vivía.  

“Y es que la muerte de decenas de niños por hambre, hizo volver los ojos del país sobre una región condenada al olvido; sus habitantes son negados, oprimidos y explotados por gobernantes criollos y foráneos. Donde el  gobierno quiere ocultar la realidad histórica de la marginación y destaca la corrupción como causa del desastre social que siempre ha padecido este pueblo”*

Por eso, no me sorprendió el gesto de una humilde señora discapacitada, quien arrastrándose hasta la puerta de su casa, se percató del asunto y  le ordenó a una de sus hijas que les pasara el único kilo de arroz  que estaba sobre una destartalada mesa, y que con esfuerzo habían conseguido para la familia. La niña con un gesto en la cara entre la sorpresa y el orgullo de aportar, resignadamente - pues había tan poca comida  en la casa- pero con firmeza cumplió con el pedido de su madre.


La jovencita asomándose hasta el borde del vehículo vio como el valioso kilo de arroz  fue introducido en una bolsa, donde habían otros alimentos que a ellos también les hacían falta, y que ordenadamente fueron apilados.

Uno de los curiosos que se habían congregado alrededor del carro, comentó en voz alta: “Y pensar que en este país a veces la comida de los niños se la dan a los cerdos”, otro agregó: “Vi en la televisión un joven que dijo que no había comido nada y que únicamente había tomado agua con sal”. Otro vecino del lugar con un vieja guitarra en la mano sentenció la conversación de esta manera:”  Yo he escuchado que allá cuando un niño nace se llora, y que cuando alguien muere se canta.” y  a la caída de la tarde procedió a arrancarle unas  melancólicas notas a su guitarra y a entonar un “negro” poema:

Qué trite que etá la noche,
La noche qué trite etá;
No hay en er cielo una etrella
Remá, remá.
…
Qué ejcura que etá la noche,
La noche qué ejcura etá;
Asina ejcura é la ausencia
Bogá, bogá! **

Los voluntarios hicieron una pausa para escuchar en silencio al espontaneo cantor, para después  recorrer por un rato más el humilde sector  y
luego procedieron a marcharse con el poco pero significativo producto de su campaña en pro de la humanidad desventurada. Posteriormente, ya en la sede de la organización en forma metódica fueron  empacando las diversas ayudas que habían recogido en toda la ciudad, incluyendo claro está el preciado “kilo de arroz”, que  algún hambriento estomago estaría añorando.

Cuando se  tuvieron listas y correctamente empacadas todas las provisiones  que se  recolectaron en el departamento, se procedieron a enviar vía terrestre hasta la capital de la república. Allí los delegados locales se percataron que la solidaridad del pueblo colombiano una vez más se había puesto a prueba con una positiva respuesta. El resultado de ello es que no había forma de despachar  rápidamente todas esas ayudas; ya que el transporte aéreo dispuesto para ello no daba abasto para llevarlas a donde se necesitaban con urgencia. Con Haití nos separa el mar pero nos une el puente de las mismas necesidades.



Entonces, se decidió enviar parte de esos víveres   vía Medellín - perdido entre el montón iba el valioso  kilo de arroz-  y efectivamente así se hizo. Una vez allí,  a alguien muy eficiente se le ocurrió la idea de usar unos aviones de carga  que el espíritu solidario había logrado poner al servicio de la causa. Con lo cual se le dio agilidad a la operación humanitaria de hacer llegar esas urgidas ayudas a los estómagos necesitados de nuestro planeta.

Ya en su destino, y después de superar todos los  avatares de la larga travesía iniciada desde el momento en que fue donado. El kilo de arroz que había sido unido a  otros productos para formar una humilde pero frugal remesa, fue entregado a unas negras manos que agradecidas los recibieron y luego fue cocinado con el regocijo de la esperanza de saber que en su desdicha no estaban solos en el mundo; y una tibia noche  al son de los milenarios tambores africanos sirvió para alimentar por una vez a una familia del… Chocó en Colombia.





 John Montilla
Adenda:
Fotografías tomadas de internet.
(*). Texto referente al departamento del Chocó un tanto parafraseado.
(**). Fragmento de un poema, autor Candelario Obeso.


domingo, 2 de octubre de 2016

EL PRINCIPITO Y EL INDECISO

Por. John Montilla



Ya en el planeta tierra, El Principito llegó a Colombia y se encontró con un indeciso.

-¿Qué haces? - le preguntó al indeciso,  quien estaba sentado frente a un computador con las manos en la cabeza y rodeado de varios papeles desordenados en la mesa.

-Estoy leyendo para decidir- respondió el indeciso con aire meditabundo.

-¿Decidir qué? –volvió  a preguntar El Principito

Por toda respuesta y mientras se enredaba de manera distraída el pelambre,   el indeciso le pasó un papel y El Principito pudo leer una pregunta que allí estaba escrita:

¿Apoya usted el acuerdo final para terminar el conflicto y construir una paz estable y duradera?

El inocente rostro de El Principito, tomó una expresión  de sorpresa y luego volvió  a mirar al indeciso quien recostado sobre la mesa jugueteaba con un lápiz, marcando una X de manera alterna sobre las palabras SÍ  y NO.

-¿Quieres decir que han estado en guerra? Le preguntó El Principito al indeciso.

-Sí, por  mucho tiempo- Respondió el indeciso que ahora jugaba con una moneda. La lanzaba al aire, la atrapaba con sus manos, la miraba y la volvía a arrojar a las alturas. Luego agregó: Unos dicen que  votar sí en este plebiscito  nos conviene y otros dicen que no.

- ¡Ah ¡- El Principito estaba ahora de verdad  sorprendido- ¿Eso es lo que te tiene  tan confundido ?

- Sí-  musito el indeciso.

El Principito permaneció en  silencio, recogió del suelo una hoja que tenía escrita la palabra “NO”, y de manera distraída empezó a elaborar un avioncito de papel. Cuando terminó,  ágilmente lo arrojó a los aires;  el frágil avión voló por un breve momento y  cayó distante de donde ellos estaban. Luego tomó una hoja que decía “SÍ”, y hábilmente plegó una paloma, se la puso en las manos al indeciso mientras le decía:

-Si yo tuviera que escoger. Yo decidiría que “SÍ”, que sí quiero vivir en Paz.


Jhon Montilla
jmontideas.blogspot.com

domingo, 14 de agosto de 2016

APOCALIPSIS

Por. John Montilla 


APOCALIPSIS
En el último instante supremo,
En el  principio del fin,
En el último profundo suspiro del mundo 
contemplo mi destino.


Todo el fuego de todos los volcanes del mundo
sumado a todos los arco iris de todas las épocas;
Como si les hubieran arrebatado
 las paletas a todos los pintores
y las hubieran arrojado con furia  a  los aires,
para producir una tempestad de colores.
Todos los vientos, empujando todas las nubes,
Las hojas de veinte siglos de otoños
revoloteando en una danza frenética.
El cielo  cual gigantesco queso de cristal
fragmentándose por la acción de la infinita  suma de todos
los rayos  y truenos de tormentas milenarias.
Cientos de diluvios pasados fusionándose en uno solo.
Y la tierra  que pisaba,
como espejo negro arrojado a los suelos
por manos gigantes,
fragmentándose a un ritmo de vértigo,
dejaba ver  todos los abismos del mundo,
que se abrían a mis pies.
Todo, todo, todo ello  comprimido
en un milésima de segundo final.
Avanzaba con todas las velocidades del mundo
hacia  mí;
Que esperaba con los brazos abiertos.
¡ Feliz!

Por. John Montilla

jueves, 14 de julio de 2016

AMIGOS EN LAS MALAS Y EN LAS DIFÍCILES

Por. John Montilla

La  indigente quien iba vestida simplemente con unas gastadas sandalias, una pantaloneta negra  y una sucia y vieja camiseta estaba  terminando de hurgar en las bolsas de la basura, que habían en frente de la panadería; mientras tanto su mascota, un perrito lanudo e igual de desgreñado como su dueña la contemplaba con una paciente mirada atenta, pero con un ansioso batir de su cola.

Por simple curiosidad me había puesto a observarla por unos segundos; mientras ella seguía introduciendo su mano y revolviendo el contenido de las bolsas; imaginé por un instante  las cosas que podría ella encontrar en esos  paquetes de desechos y eso me produjo una desagradable sensación de malestar; con ese pensamiento me adentré en la panadería  con la decisión de comprar y obsequiarle algo de comida. Luego justo cuando estaba pagando por el producto, escuché al unísono los gritos  y el estrépito  de un vehículo al estrellarse contra el pavimento: Acababa de ocurrir un accidente de una motocicleta al otro lado de la avenida.

En un primer instante los arbustos sembrados en el separador de la avenida únicamente me permitieron observar a dos damas que se levantaban adoloridas del suelo y algunos transeúntes que corrían a auxiliarlas, en pocos segundos se formó un corrillo de gente curiosa alrededor del lugar del suceso, alguien que pasó junto a mi lado digo en voz alta: “Parece que no hay heridos”, sin embargo la gente seguía aglomerándose, eso despertó mi curiosidad  y me llevó a cruzar la calle , cuando lo hice descubrí tirada en el piso a la pobre mujer que minutos antes yo había estado contemplando.

La mujer estaba completamente inmóvil; en un primer instante creí que estaba muerta, pero la gente corroboró que estaba aún con vida. Las primeras personas que llegaron solidariamente se pararon en frente para desviar el tráfico y evitar que la atropellaran los vehículos que iban pasando. De manera prudente nadie intento moverla, luego apareció por fortuna una patrulla de la policía que se hizo cargo del manejo del tránsito y el orden en el lugar de los hechos.

La escena de la mujer tirada cuan  larga era, junto a sus miserables pertenencias  desparramadas por el piso  era patética. Luego me percaté que había un elemento más de vida  en ese triste cuadro: Su fiel mascota estaba echada junto a los pies de su dueña en actitud de vigilancia y ladrándole a aquellos que intentaban acercársele mucho a la accidentada.

Fue en ese instante que reparé que casi todos los curiosos estaban muy atentos no tanto de la pobre mujer, si no del noble gesto del perrito ante la calamidad de su dueña. Podría apostar que todos los ojos allí presentes estaban mirando al animalito y no a su dueña.

Por fortuna, esta vez llegó en menos de cinco minutos una ambulancia a auxiliar a la infortunada. El personal de rescate  de manera profesional procedió con los protocolos para inmovilizar y subir a la camilla a la lesionada y en ese momento la mascota se puso a ladrar histéricamente pero sin atreverse a atacar a nadie, y en un momento saltó sobre el vientre de la indefensa mujer para desde allí seguir con sus lastimeros  ladridos en defensa de su ama.

Los curiosos estaban conmovidos ante la escena. Un par de damas tenían los ojos aguados por lo que estaban presenciando. Cuando iban a levantar a la herida para subirla a la ambulancia una señora muy emocionada les preguntó a los rescatistas: “¿Qué van a hacer con el perrito? miren que ella es su dueña, no lo pueden dejar aquí.”Entonces en un gesto muy humano el personal de rescate introdujo a la accidentada junto con su mascota en el vehículo ante la aprobación general de los espectadores. El cierre de la puerta de la ambulancia fue como el  correr del telón al finalizar el drama en el que se había representado por un breve instante la vida, la muerte y la fidelidad de un animalito pese a la “perra vida que llevaba con  su dueña. La gente se desparramó por todos lados, aún comentando emocionada el suceso. Todos hablaban de la mascota; nadie hablaba de la pobre mujer herida.

Me pregunté también como irían a hacer en el hospital para manejar esa situación que antes nunca había visto. Me imaginé la cara de sorpresa que pondría el personal médico de urgencias al ver llegar una ambulancia con su sirena ululando y ver que bajaban un herido en la camilla con un perro encima. Igualmente me imagino la cara de estupor de los demás pacientes y familiares al ver cruzar esa escena por los pasillos del centro médico.


Esa curiosidad me llevo una hora más tarde al hospital a indagar como terminó el asunto; iba decidido a conseguir una fotografía de ese animalito allá. Una persona conocida me dijo: “A esa paciente la tienen en la sala de suturas”, llegué allí, la puerta estaba cerrada. De manera prudente pregunte. Me dijeron que ya la habían atendido. A otra persona conocida le pedí permiso para verla y me autorizó entrar y pude verla: Ella en la camilla y su noble compañero echado en el piso cuidando de su reposo.

Me atrevo a conjeturar que le hicieron el procedimiento médico bajo la vigilancia de ese perrito, así lo pude constatar, ya que el momento de cambio de turno, el enfermero que recibía,  con algo de asombro vio en el suelo al animal, y su compañera que le entregaba le dijo: “No vayas a sacar ese perrito, ella nos pidió que se lo dejemos aquí.”



Al día siguiente aprovechando una diligencia volví a ingresar al hospital. Pregunté por la paciente, al no tener el nombre nadie me daba razón de ella. Continuando con las pesquisas corroboré que por protocolos médicos no se permite ingresar mascotas en los centros médicos. ¿Qué había pasado con la paciente y qué había pasado con su mascota? Indagué hasta llegar a saber que la mujer estaba en la cama numero 32, de manera discreta fui a verla, estaba dormida. No hubo forma de preguntarle a la dueña. Mi curiosidad por el noble perrito era enorme, pero nadie supo darme ninguna noticia. Lo que sí sé es que este episodio fue un claro ejemplo de prueba de  lealtad y que los amigos son aquellos que están en las malas, pero también en las difíciles. 










 John Montilla: Texto y fotografías. 

lunes, 20 de junio de 2016

ODISEA DE UNA HORMIGA

Por. John Montilla





A eso de las nueve de la mañana de un sábado me percaté que había una hormiga dentro de un balde de color azul que estaba en el patio de la casa; por fortuna para el animal, salvo por unas pocas gotas de agua que había en el fondo, el recipiente estaba vacío.  Luego llevado por la curiosidad me detuve a contemplar los ingentes esfuerzos que hacía el bichito por tratar de escapar de la trampa en que se encontraba.

Al prestarle más atención me di cuenta que era una de esas hormigas negras, conocidas popularmente como conguilla. Las cuales acostumbran a tener sus nidos al pie de los árboles, protegidos por la hojarasca,  o sobre los recovecos de las rocas y piedras.

La tal conguilla negra no es tan grande, un centímetro más o menos,   pero cuya picadura, por propia experiencia sé que es dolorosa. Esa hormiga, que pega tremendos saltos cuando se siente amenazada y que emite el particular sonido “tek- tek” es una implacable cazadora, tiene un aguijón que se mantiene “vivo” así le hayan cercenado la cabeza. Varias veces he visto a algunos chicos traviesos descuartizándolas y guardando los aguijones en botellas de plástico con el noble propósito de meterlos por entre la nuca y la camisa de sus compañeros.

Pues bien, un ejemplar de esta maravillosa especie era el que estaba atrapado en el balde de diez litros y de forma desesperada hacía esfuerzos por escapar. Lograba trepar un par de centímetros o más para volver  a caer, y luego volvía tercamente a intentarlo. Ese ciclo de subir y caer por la lisa superficie del recipiente me pareció demencial; un humano de seguro se volvería loco.

Me puse a pensar en cómo había llegado hasta allí, ¿Habrá sido capaz de trepar por la parte externa? ... y una vez arriba se habrá puesto a dar vueltas temerariamente por el borde de ese foso profundo para ella; quizá la atrajo el abismo que se abría ante sus pequeñas patas; en este  punto recuerdo a Milán Kundera cuando dice que: “El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados.” En todo caso si fue atraída por el vacío, ahora no hallaba como salir de ahí.

Luego al observar de manera más detenida me di cuenta que también había una pequeña hoja seca y un pedacito de rama igualmente seco dentro del balde. Quizá esos trozos de naturaleza muerta traídos por el viento, cayeron del tejado. Tal vez la hormiga llegó volando como un piloto trágico que  salta de su avión averiado para ir a caer en manos de sus enemigos.

Por momentos el animalito lograba subir un par de centímetros y se agarraba de las líneas salientes que marcaban la cantidad de litros; lograba llegar hasta donde marcaban dos y luego volvía a caer. Si tuviera inteligencia le habría bastado ir subiendo poco a poco en esa especie de escalera de bordes, e ir leyendo de manera  cruel los números en alto relieve junto a cada escalón  que iba subiendo: 1, 2, 3…hasta llegar a la cima; pero la frenética ansiedad la hacía apurar y caer de nuevo para empezar desorientada en otro lado.

Por mi parte había decidido dejar que la naturaleza siga su marcha y no intervenir. Parecía que la suerte de la hormiga estaba echada: si no salía de allí al final, moriría de hambre; pero luego surgió algo más que vino a complicar más su suplicio.

De repente comenzó a   llover  y al rato empezaron  a caer esporádicamente  unas gruesas gotas del tejado dentro del balde y la pobre infeliz empezó a dar saltos y vueltas  por el fondo del recipiente. Algunas le caían encima y la hacían rebotar de un lado a otro, pero esto no la hacía cejar en su intento por escalar las paredes de su trampa, ahora salpicadas de agua. Trepaba un poco, y cuando se encontraba con una gota de agua caía envuelta en una burbuja del claro líquido; el ahora incesante caer de las gotas no le daban tiempo de acicalarse, sino que la hacían voltear de un lado a otro, y la vasija estaba empezando a llenarse.

Las cosas se fueron poniendo color de hormiga cada vez más para este desafortunado náufrago, y de repente se vio nadando en un mar agitado por el incesante caer de goteras, ahora le costaba asirse a la superficie por cuanto el vaivén de las aguas la hacían despegarse o el continuo impacto de las gotas la  llevaban de un lado a otro.  No le quedó de otra que ponerse a nadar frenéticamente en círculos concéntricos, sus minutos estaban contados.

Pero, el insecto náufrago no se rendía, resultó ser una excelente nadadora y como podía se mantenía a flote. Hasta una bella imagen se vio  por unos segundos al quedar la hormiga dentro de una burbuja de aire, la cual al  estallar la hizo sumergir. La  odisea parecía estar llegando a su límite y cuando parecía que estaba a punto de perecer; La naturaleza vino en su auxilio. Dijo Dostoyevsky  en Crimen y Castigo: "Los que se están ahogando, se agarran
aunque sea de un hilo." Pues bien, la hoja seca y la pequeña rama seca también estaban flotando y de una de ellas se aferró como pudo para volver a la superficie.

La hormiga se trepó encima de la hoja, pero su peso y el agua hacían que levemente se mantuviera a flote, lo suficiente como para no ahogarse. El animalito daba vueltas de manera afanosa alrededor  de su pequeña isla salvavidas. En un instante  el golpe de una gota hizo dar una vuelta de campana a la hoja y la hormiga quedo debajo de ella; es el fin pensé, pero no; el bichito salió  como pudo de abajo y se volvió a trepar afanosamente para luego soltarse a nadar como un desesperado al que echaran de un barco en medio de la inmensidad del océano.


Por fortuna para ella y para desgracia de su larga agonía encontró en esas vueltas frenéticas el pedacito de rama seca en el cual pudo sostenerse mejor y aguantar con mayor firmeza el embate de las furiosas aguas movidas por el incesante caer de las goteras del tejado y de la lluvia. El balde se iba llenando de manera gradual. Me dije que  la hormiga se salvaría si  lograba mantenerse asida a su tronco salvavidas, y no se ahogaba antes, pues continuamente se soltaba y luego volvía a agarrarse como podía de las paredes, la hoja o el pedazo de rama. La naturaleza misma que la torturaba podría ser la misma que la salvara, sólo tocaba  esperar a que se rebose el balde. Pero las cosas no resultarían de esa manera.

De repente, cesó la lluvia y el balde no alcanzó a llenarse, el nivel del agua quedó a escasos tres o cuatro centímetros del borde y por más que lo intentaba la pobre hormiga no lograba coronar su meta,  y cuando parecía que estaba a punto de lograrlo, una gota rezagada venía a caerle encima  y de vuelta otra vez al agua. Parecía que el destino de la desdichada apuntaba a la tragedia. Lo paradójico era que   la suma de aquellas fastidiosas  gotas de agua podrían ser quienes le den la salvación; sólo restaba esperar. La lucha era ahora contra el tiempo. La serenidad sería quien decida la suerte de este valiente animalito.

Manteniéndome en mi posición de no intervenir en los designios de la naturaleza pese al bravío batallar de la hormiga, decidí dejar las cosas tal como estaban. Salí de casa y  cuando regresé en la tarde, fui a echar un vistazo al lugar de los acontecimientos; No había vuelto a llover; observé  el  agua ya en completo reposo; la hoja y la rama flotando libremente y  luego divisé a la heroica  hormiga muerta en el fondo del balde.


John Montilla: Texto y fotomontajes
Imágenes tomadas de internet.

domingo, 1 de mayo de 2016

QUIJOTE DE LA PALA

Por. John Montilla 

Rememoro con una mirada cercana a un personaje que se ganaba la vida tapando  los huecos de nuestras viejas y deterioradas carreteras.



En la principal y única vía que de Mocoa conduce a Puerto  Asís, en el departamento del Putumayo (Colombia),  era familiar entre los conductores  y viajeros frecuentes, encontrarse con un personaje que a diario y de manera voluntaria  trabajaba tapando huecos en la carretera, como forma de ganarse el sustento para su familia.

Sandro, un humilde hombre, por aquel entonces de unos 33 años de edad, localizaba los sitios más  precarios de la vía e iniciaba su trabajo de tapar huecos. El día que lo entrevistamos nos dijo:  “Vivo con mi esposa, cuatro hijos y un entenado  y tengo que rebuscarme la vida por ellos”, refirió además  que creció gracias a una madre adoptiva, que tenía parientes con mejor suerte que él, pero que nunca le habían colaborado. 

Contó que antes se dedicaba a la agricultura y que también  trabajó una temporada como recolector de hoja de coca o “raspachin”, pero que las cosas se pusieron difíciles y que un día desesperado por  no encontrar que hacer, le había dicho a su compañera: “Me voy para la carretera”; Y desde entonces había encontrado en los huecos de la vía un medio para tapar el hueco de sus necesidades.

Por esas épocas Sandro llevaba trajinando en la  carretera, según sus propias  palabras aproximadamente   cuatro años. Y recordaba que el primer día  había conseguido un poco más de  cinco mil pesos, pero que dada su precaria situación había decidido continuar,  dijo no haber tenido ningún inconveniente con los conductores  en sus inicios, y  que luego   muchos lo habían apoyado  y que aunque otros simplemente lo habían ignorado,  el había continuado tranquilamente su trabajo.

Aquella remota tarde de polvo y sol en que nos abrió su corazón y nos contó detalles de su vida, nos dijo que en promedio  se ganaba entre diez mil y veinte mil pesos por día; de los cuales debía pagar su pasaje para llegar a su destino de trabajo ya que algunos conductores le cobraban por ello, manifestaba que así como podían haber días buenos, también  los había habido cuando escasamente recibía muy poco;  refería que lo mínimo que había  hecho después de un arduo día de trabajo habían sido ocho mil pesos, y lo máximo que había logrado recibir  fueron treinta mil pesos; en  jornadas que generalmente él empezaba a las nueve de la mañana  y que iba a veces hasta tempranas horas de la noche, incluidos sábados y domingos.


Cuando un vehículo se acercaba al lugar escogido por él para trabajar, unos de sus hijos que a veces lo acompañaba, levantaba una señal de pare, que consistía en un viejo trapo rojo colgado de una cuerda que estaba amarrada a un extremo a una estaca o alambre de púa de la cercas a orilla de la carretera.  Y él tímidamente esperaba  que el conductor le hiciera un aporte voluntario, algunos le arrojaban a la vía   billetes o monedas, y cuando ellos se iban, él se agachaba a recoger el pequeño tesoro sucio de polvo y tierra tirado en la carretera. Otros conductores se detenían y le entregaban en la mano. Sandro relataba con franqueza, mientras se limpiaba con el dorso de la mano el sudor y el polvo que se acumulaba en sus sienes; que  algunos de ellos le decían:  “No le ha rendido nada compañero” y que él les contestaba “Pues bajen a ayudar”.

Mencionaba  en esa oportunidad en que el sol ya iba en su ocaso, que lo máximo que le había regalado una sola persona habían sido diez mil pesos y lo mínimo que le daban eran  cien pesos, recordaba que por suerte nunca le habían dado billetes falsos, aunque  no había faltado quien le había dejado tirando en la carretera monedas falsas. También  mencionaba que existían  personas solidarias que le obsequiaban diversas cosas, entre ellas  comida, tales como pollo asado, carne, frutas, gaseosas o galletas.

En aquella improvisada charla que sostuvimos esa remota tarde entres paladas de tierra, polvo de los carros, sol de la tarde y miradas curiosas de algunos conductores, le había preguntado si se alegraba del mal estado de la carretera, me respondió que no, que lo ideal era que esta  estuviera en buenas condiciones,  pero que gracias a ello era que  él podía  trabajar. Pero como en esa época, ya  la  carretera estaba en proceso de pavimentación, también  recuerdo haberle  preguntado sobre lo que él iba a hacer  cuando la obra estuviera terminada y me había contestado: “Siempre habrán  carreteras malas, iré a otra parte”.
 

Por eso fue que mientras la vía estuvo  en malas condiciones  pudimos seguir
encontrando a Sandro  a lo largo de ella, con su pala  y su  vieja carreta buscando ganar el sustento para su familia.

Un lejano viernes, a eso de las seis de la tarde, en que yo iba de pasajero en un vehículo  de trasporte público,  nuestro personaje estaba  trabajando como siempre en la ruta. El conductor había seguido  de largo su  rumbo sin reparar en la descolorida señal de pare y sin inmutarse  ante la mirada cansina y casi suplicante  del “Quijote de la pala” a quien dejó envuelto en una nube de polvo. Quizás en esa ocasión Sandro seguramente siguió resignado en su labor, con la esperanza de contar con mejor suerte con el próximo carro que pasara por la otrora destartalada carretera.



En esa ocasión yo lo único que alcance a hacer fue repetir en  mente algunos versos de la “Carretera Vieja” de Quique Palacios. Mientras a través de los vidrios cerrados y empañados por el polvo  pude divisar de nuevo el sudoroso  rostro de aquel noble y sufrido  personaje.

“Carretera vieja  con destino al desafió,
recorre los malos tragos de un paisaje abandonado…
llena de grandes baches de vacíos empapados.
carretera vieja que alimentas  a muchos pueblos… ”

Luego, cuando llegaron las máquinas a pavimentar la vía, desaparecieron los huecos, desapareció el polvo,  y con ellos se fueron la pala, la carreta y su dueño. Me pregunto  dónde estará  ahora ganándose el sustento  de su vida.





John Montilla. Texto y fotografías







domingo, 20 de marzo de 2016

¡ NO PLANCHES !

Por. John Montilla

La casualidad me hizo ver una imagen con un particular mensaje: “Campaña a favor de la aceptación de la ropa arrugada.”  Pienso que la idea no es muy descabellada y que sus promotores tienen mucha razón empezando con que el acto de planchar implica un desperdicio de tiempo, dinero  y energía; entonces decidí ahondar un poco más en el tema y al  indagar, recordar, leer  y entrevistar a algunas personas surgió el siguiente discurso:



Comienzo anotando que no tengo la certeza de cuando a la gente le dio por empezar  a planchar la ropa, lo que sí sé,  es que desde  tiempos remotos llevar la ropa sin arrugas se consideraba un símbolo de refinamiento y pulcritud, pero el prolongado y tedioso oficio del planchado, era un duro trabajo que se asignaba a esclavos y  sirvientes.

Ya en época de los abuelos se utilizaba la vieja plancha de carbón, la cual se llenaba con brasas calientes, se tapaba  y listo para la tarea de desaparecer arrugas;  claro que este  artefacto había que agitarlo o soplarlo un poco para que le entrara aire por los orificios  laterales ubicados en la parte baja para que el carbón no se apagara. Alguien que las usó me dice: “Lo malo de esas planchas era que hacía mucho calor y eran muy pesadas”, y además la ropa blanca se podía manchar cuando volaba ceniza con alguna brisa intrusa o cuando se la soplaba más de la cuenta, y en el peor de los casos, podrías también quemar la ropa si alguna chispa volátil caía sobre ella.

El paso del tiempo dio origen a la plancha eléctrica, lo cual subsano todos los inconvenientes de la plancha artesanal, aún hoy recuerdo un viejo comercial que rezaba: “Como lo que plancha es el calor y no el peso, nueva plancha… etc, etc”, hoy en día existen en toda variedad de gamas y estilos; una página web afirma que cada 2,5 segundos se vende una plancha en el mundo;  lo único que se requiere es haya energía eléctrica, porque de lo contrario les toca hacer como he visto a algunos hacerlo: Calentar al fuego planchas modernas en desuso, cuando no hay energía.

Pero, también están aquellos que de una u otra manera le hacen el quite a este engorroso oficio. Una  dama así lo expresa: “La plancha y yo somos enemigas.”   Alguien me cuenta sobre cierto personaje que tenía su manera particular de lidiar con las arrugas de su vestimenta: “Según él, nunca planchaba, simplemente colocaba su ropa doblada entre lienzos blancos debajo del colchón y listo.” Literalmente se acostaba encima de su ropa. El resultado de esta operación no sabemos; habría que ejecutarla para cerciorarse.

Alguien más me comparte un truco para no planchar: “Ponerse unos cinco o diez minutos en la noche la ropa que vas a usar al otro día.”  Debo confesar que funciona. Pero no hay que llegar al extremo al que llegó un pariente cercano: En los tiempos de estudios  primarios, un primo solía bañarse en las noches, se ponía su uniforme escolar, y luego se acostaba a dormir,   al otro día se levantaba de último y luego se iba  tranquilo para la escuela. No recuerdo cual  sería el aspecto de su traje.

Los que le huyen al planchado recomiendan colgar la ropa en ganchos una vez se ha lavado, así evitará que esta se arrugue mucho. Pero aquellos que de una u otra manera han tenido mucha relación con la plancha, de manera contundente dicen que no les gusta planchar. Uno de las personas que entrevisté, me lo expresa de esta manera: “Me gusta mucho ver a la gente usar ropa bien planchada, pero en mi opinión ese acto es desagradecido, porque dura muy poco, es decir, las arrugas vuelven muy rápido, además quita tiempo, y  requiere mucha energía eléctrica.”

Una página web que promociona un producto para facilitar el planchado hace esta afirmación: “En el siglo 19, se usaba el “hierro caliente” como método de castigo. Hoy en día, con canastas a su alrededor llenas de ropa arrugada, es exactamente lo mismo, una tortura.”  Y luego rematan diciendo que el producto X te libera de la tediosa tarea de planchar, a la vez que protege la ropa de manchas futuras.

Un caballero, que entre otras, fue de las pocas personas que  afirmó que le gustaba la tarea de planchar,  me cuenta, que: “el acto de planchar no me molesta ni me quita nada.” Y que le da pena andar con la ropa arrugada. En ese sentido relata su experiencia de la vida militar: “En el  batallón me tocó planchar con harina revuelta con agua para endurecer el cuello.” Palabras más, palabras menos, nos describe el proceso así: Se mezclaba harina con agua, se remojaba la tela por detrás y luego al planchar el cuello quedaba tieso, y como la tela era de color caqui, no se notaba mucho la mancha de la harina; el mismo proceso de almidonar lo usaban para los bolsillos, las hombreras y la gorra. Obviamente, en la noche tenían que lavar las prendas.


Otra  persona, rememora así su experiencia con la plancha: “Tengo un recuerdo no tan agradable que guardo, pues mi abuelita (hace aproximadamente unos 20 años) me dejaba la tarea de planchar toda la ropa de mis tíos, mi abuelo, en fin de toda la familia, yo sólo observaba una montaña, no solamente de ropa, sino también toallas, sábanas, tendidos, y me preguntaba: ¿Para qué planchar todo eso?, aunque mis favoritos eran los pañuelos,  porque eran pequeños.”

Mi colaboradora continua expresando: “otra cosa que odiaba de planchar era que después de eso no podía salir de la casa, ni tocar agua. Debía calentarla  para bañarme las manos, porque de hecho mis manos, mi estómago y mi cara se ponían calientes tras horas y horas de ejecutar ese acto del que no me quiero ni acordar.” Pero, eso sí es enfática al afirmar: “Aunque aprendí cómo planchar muy bien los cuellos de las camisas.” Vaya usted y pídale que hagan eso a  las nuevas generaciones: ¡No te planchan un pañuelo!, empezando porque desconocen la existencia de esa prenda.

Otra cosa que apunta mi entrevistada, es el clásico olor del planchado, me dice:
“¡ El olor a planchado, aún hoy lo detecto a leguas!, por supuesto,  es un olor inconfundible sobre todo si las camisas de mi abuelito quedaban mal lavadas en la zona de las axilas. Recuerdo que la plancha era de vapor y cuando se dañaba tocaba echarle gotitas de agua a los pantalones para que la línea del centro quedara perfecta; mi abuelita revisaba que no estuviera torcida y que coincidieran las costuras exactamente. Debían de estar alineadas, al igual que los filos de los pañuelos.”

Y remata contándome que: “una vez estando en esa labor me puse a pensar qué sería de mi vida haciéndolo por el resto de mi existencia.” Concluye diciendo que eso le permitió reflexionar y huir de casa en el buen sentido de la palabra, y que tan pronto terminó el bachillerato se fue a estudiar a la universidad. Hoy piensa, de manera jocosa, que todo ese trabajo de planchar los domingos que le asignaban era una estrategia para que no saliera de casa. En la actualidad dice que su esposo plancha su propia ropa, y en tono de broma, expresa, que le ayudaría si fuera necesario, y cuando compra ropa, prefiere aquella que no se deba planchar.







Pues bien, llegados a este punto me encontré que hay una campaña en Argentina  denominada: EL DIA DE LA CAMISA ARRUGADA el cual se celebró el 20 de diciembre con el  objetivo de generar conciencia respecto a la importancia de frenar  el cambio climático; (existe “el día sin pantalón”, cuyo objetivo es defender la libertad de expresión, así que no tiene nada de raro que se inventen una campaña más en favor del planeta).

En la página denominada: nolaplanches.com  justifican su campaña, con  varios convincentes argumentos, entre los que se destacan los siguientes: que no enchufar la plancha equivale a plantar siete arboles. No conectar la plancha genera el oxigeno que necesita un ser humano durante ocho horas y que es como apagar 12 bombillas pequeñas de 100 vatios.  Además los promotores proponen que debería ejecutarse esta acción cada jueves y en  el  portal  piden que se utilice la camisa más arrugada que se tenga y así mismo explicar a los curiosos en qué consiste esta propuesta ecológica. En este sentido la arrugadísima camisa de color chocolate que solía usar un compañero de colegio, sería perfecta para esta campaña. Recuerdo que otro compañero le digo un día: “Hola Nacho, plancha esa camisa” y el hombre respondió: ¡Que va, si así  es su diseño! No lo olvido, porque nunca he visto otra igual a esa.


Puestas así las cosas, y en estos tiempos de ahorro de tiempo, dinero y energía, bien valdría la pena intentar algo similar en nuestro país y crear nuestro propio día con la camisa arrugada, quizás para un día martes, nos quedaría fácil decir: “El martes ni te cases, ni te embarques, ni planches”. También hasta se le podría solicitar la ayuda a Juanes, pidiéndole que nos reforme su canción y nos cante, NO “música para planchar” sino para “desplanchar”. Sería interesante escuchar una versión de  “tengo la camisa negra… y arrugada”. La balada romántica la podríamos usar en la forma que la define el DJ Hugo Florez en el tiempo.com: “… la música para planchar tiene la virtud de unir a los grupos".

Y como de hacer grupos se trata, termino diciendo, que no le jalo a la balada “Caliente, caliente” de Rafaela Carrá, y que para dar ejemplo opto por dejar tirada la plancha eléctrica y me quedo conservando como un tesoro del ayer la ya fría y antigua  plancha de los abuelos, esperando a ver quien se une a esta solitaria y fresca iniciativa.

John Montilla
Esp. Procesos lectoescritores.


Adenda: En la parte inferior, imagen que dio origen a este artículo.