sábado, 30 de mayo de 2015

Homenaje escolar a la obra de Gabriel García Márquez

Por: John Montilla

La sentida partida de nuestro más insigne escritor Gabriel García Márquez, nos trae a la memoria el gran homenaje que la Institución Educativa Pio XII en el año 2012, con motivo de la celebración de su aniversario  número 55   rindió  a la  literatura colombiana con la representación creativa, mágica y festiva de algunas de las más ilustres  obras de las letras colombianas.

En esa insigne fecha conmemorativa   se hizo énfasis  en las novelas de Gabriel García Márquez, pero de manera especial se tomó la obra maestra “Cien años de soledad” de nuestro Premio Nobel como eje central de la celebración.

Para tal efecto  la comunidad educativa de la Institución Educativa Pío XII echó mano de todo el contenido mítico, realidad, espiritualidad, festividad, ambiente social y  cultural del fantástico Macondo descrito allí; y echamos a volar nuestra imaginación para recrear algunos de los pasajes más sobresalientes de la obra cumbre del Nobel  y de esa labor resultó el que en su momento se denominó: El gran desfile multicolor del realismo mágico.

Del fruto de ese trabajo creativo se presentaron cuadros muy representativos de la novela  “Cien años de Soledad”; como el de las mariposas amarillas, Melquiades el gitano paseando un gigantesco imán en Macondo, la violencia partidista, la llegada del tren a Macondo, las fiestas de  Macondo, la peste del olvido, la masacre de las bananeras, los diecisiete Aurelianos hijos del Coronel Aureliano Buendía, y muchos otros cuadros de otras obras de nuestro genial escritor.

En está ocasión mi motivación al presentar estos recuerdos tiene como propósito subrayar que siempre hemos enseñado y dado a conocer  la obra del gran maestro y lo seguiremos haciendo  para que su legado  perdure para siempre.

Finalmente hago mías estas palabras al decir: “… No voy a hablar de esta novela y no voy a intentar resumirla, pues me gusta demasiado como para comentarla en apenas unas líneas. Solo querría rogar a los que no la hayan leído que la lean sin demora. Yo he pasado … días sin apartar realmente mi pensamiento de sus páginas, metiendo de vez en cuando la cabeza para ver los lugares y las caras de los que vivían allí, como contemplamos en silencio las huellas y escuchamos en nuestro corazón las voces de las personas a las que queremos”. (Natalia Ginzburg . Abril de 1969)









John Montilla (Texto y fotografías )
Esp. En Procesos lecto-escritores


PERIPECIAS PARA SALVAR UNA VACA

Por: John Montilla



Cuando ya todo parecía perdido, milagrosamente apareció una fórmula muy poco convencional  para salvar de la muerte al indefenso animal. He aquí la crónica.
Pasado el mediodía un trabajador  había llegado  con la noticia a la casa: “Patrón, la vaca recién parida está enterrada allá en el potrero.” Efectivamente, cuando fueron a mirar, comprobaron que el pobre animal se encontraba profundamente atascado en un gran lodazal, el cual se había vuelto mucho más cenagoso e inestable de lo normal debido a los esfuerzos desesperados de la pobre bestia  por liberarse de su trampa mortal.

El dueño de la vaca, intento en un primer momento sacarla de allí con un par de obreros más, pero sus esfuerzos resultaron  en vano. El animal  no tenía fuerzas para intentar salir por sí mismo. La conclusión de todos fue: “Debe estar encalambrada.” Ya que le calcularon que el animal debería llevar postrado allí más de unas cuatro horas.

Entonces el dueño se dijo: “Hay que ir por más gente”, pero  a esa hora de la tarde y con el  tremendo aguacero que estaba cayendo en la región, casi no había nadie dispuesto a dejar la comodidad de sus casas para ir nadar en el barro, simplemente para ir a salvar una vaca. Pero, el dueño no se resignaba a perder su animal, y por tanto tuvo que ofrecer una buena paga para ir a ejecutar ese trabajo.

Después de no pocos esfuerzos consiguió reunir una tropa de más de media docena de “rescatistas” que fueron ataviados con manilas y palos. Los hombres se enterraron en el pantanoso lugar; según palabras de uno de los obreros, el lodo les llegaba casi hasta la cintura, pero pese a todos los intentos; de nuevo, todo estaba resultando inútil. El animal estaba completamente inerme y casi a punto de sucumbir debido a la fatiga y  a las lastimaduras que le estaban ocasionando los obreros en su intento de salvarla. El tiempo de la pobre vaca se estaba acabando.

Ahora, cada minuto que pasaba estaba resultando definitivo. Tanto así, que ya había llegado, según el propietario del animal: “Un gallinazo  de dos patas en botas  y sin alas, pero con un tremendo cuchillo mataganado.” y quien ya había sentenciado: “Para esa vaca, no queda  otro remedio sino el sacrificio para que no sufra más. Si quiere yo le hago patrón.” El festín de carne que se veía venir ya estaba reuniendo más gente que esperaba el desenlace del episodio. Yo me atrevo a conjeturar que quizás a la hora de los intentos del rescate seguramente algunos con sus manos estaban empujando hacia afuera y con su mente haciendo fuerza para que la desdichada bestia se entierre más.

Pero el patrón no estaba aún dispuesto a rendirse. Me cuenta: “Yo no quería que se muriera mi vaquita”; y  a eso de las 5 de la tarde, y después de toda una tarde de  trabajos infructuosos para ellos y de un largo día de tormento para la infortunada vaca; y cuando el dueño estaba pensando pedir la ayuda del cuerpo de bomberos como último recurso para lograr el rescate de su animal, entonces apareció en ese gris y frío día la persona que le puso una luz de esperanza y calor al suceso.

Pues bien en el  ir y venir del dueño, por buscar la forma de salvar su preciosa vaca, había llegado caminando bajo la lluvia hasta el borde de la carretera  y de pura casualidad se había encontrado con un veterinario que venía de hacer una visita profesional en una finca cercana y a quien le contó de forma apresurada el problema y a quién también le ofreció pagarle por sus servicios si le ayudaba a salvar a su animal. Entonces el hombre le dio una fórmula  no muy convencional para solucionar el asunto:

Lo primero que pidió el veterinario que viajaba en moto en ese día lluvioso, fue media botella de aguardiente, quizás por aquello del clima, pensó el dueño y a esa hora y en la vereda cosa difícil de conseguir; luego pidió tres litros de aguapanela caliente. El dueño se dijo que el hombre estaba resultando  muy flojo para el frío y por último pidió una gran jeringa. Bueno por fin algo de medicina para la pobre vaca, seguía pensando el dueño, quien se dio sus mañas para obtener las cosas que el nuevo rescatista requería.

Pues bien tanto el aguardiente como la aguapanela no eran para el veterinario sino para la vaca. Mando a mezclar los dos componentes en un recipiente y acto seguido dio las instrucciones para que le dieran a beber en un único trago toda  la caliente pócima a la vaca. Luego con la jeringa inyectaron parte del aguardiente en el cuello del animal.  Diez minutos después de que la bebida hiciera su efecto, y con el último esfuerzo de los rescatistas, el animal que se había despertado de su letargo, de un enérgico impulso salió por sus propios medios de su  trampa mortal. El dueño había logrado su propósito mientras algunos se quedaron con ganas de comer carne.

Para terminar nos queda la duda: ¿Cómo está la leche de la vaca ahora?... Esa pregunta habría que hacérsela al ternero.

 John Montilla
Esp. Procesos lecto-escritores.




ODISEA DE UN MOTOCICLISTA: (Crónica)

Por: John Montilla

“Tiene cara de llamarse Esteban.” (Gabo)

Estaba cayendo la tarde de un plácido viernes, y *Esteban* se desplazaba en su moto a una velocidad prudente debido al gran número de vehículos pesados que  transitaban por la vía; y al pasar por una zona de bastantes curvas el tráfico se hizo más lento; por tal razón el motociclista marchaba detrás de  esas aparatosas tractomulas con mayor precaución ante la imposibilidad de adelantar; cuando de pronto surgió como de la nada una motocicleta negra de alto cilindraje, y entonces en cuestión de segundos la tarde se puso gris para el protagonista de nuestro relato.

En la motocicleta fantasma viajaban dos ocupantes que portaban chaquetas oscuras con su respectivos  cascos; de repente de una rápida maniobra se colocaron al mismo nivel  de Esteban y  lo arrinconaron contra un extremo de la vía; al tiempo que el parrillero  lo encañonaba con un arma de fuego, se subió de un salto en la parte trasera de la moto de la víctima y le ordenaron seguir la marcha  como si nada estuviera sucediendo.

En un primer momento nuestro personaje sintió mucha zozobra ante la crítica situación en la que el destino lo había puesto, pero rápidamente recobró un  poco su tranquilidad. (En fracciones de segundo recordó que muchas de las cosas trascendentales de su vida las había hecho solo y esta era una de las más difíciles pruebas  a las que se había enfrentado y las posibilidades de salir bien librado dependían exclusivamente de lo que él de forma inteligente lograra hacer.) Por eso, pese a sentir un aliento caliente y desagradable en su nuca, lo primero que les pidió fue que se llevaran todo lo que tenía, pero que no le fueran a hacer ningún daño, pero los insultos y amenazas de una voz áspera le ordenaron callarse y seguir conduciendo.

Pero pese al fracaso de su primer intento, y  mientras viajaba con el delincuente a sus espaldas apretándole las costillas con una pistola,  mentalmente se repitió a si mismo que la mejor forma para poder salir de allí ileso, era tratar de mantener al máximo la calma; empezando que no sabía aún el porqué de esa situación contra él. A Esteban se le agolpaban en la cabeza las razones que tendrían los delincuentes para asaltarlo, en un primer momento guardó cierta esperanza al pensar que si hubiera sido para matarlo ya lo hubieran hecho; así que pensó también  en un secuestro, y  por ultimo concluyó que necesariamente sería un atraco para robarlo.

Su mente estaba hecho un caos con todo lo que se imaginaba, Y en ese bullir de ideas recordó con indignación que su motocicleta era nueva, no hacía mucho la había sacado del almacén y  aún no había terminado de pagarla. De ahí que por un instante al  ver por donde transitaba -había viajado muchas veces por esa vía- pensó en acelerar la moto y tirarse barranco abajo junto con su indeseable pasajero, o chocar adrede con algunos de los vehículos que pasaban. Pero, al pensar que podría ser asesinado en el intento o lo que es más quedar malherido o inválido, le hizo descartar esas desesperadas ideas.

Minutos después sin que ninguno de los conductores y  viajeros que pasaban por la carretera se percataran de su situación, llegaron a un desvío y lo obligaron a dirigirse por allí. Luego en un paraje solitario siempre bajo la amenaza del arma y los insultos lo bajaron de la moto y lo obligaron a  caminar monte adentro, donde le ataron las manos con cable plástico y luego de rodillas lo amarraron al tronco de un árbol. Esteban por precaución intento no mirar a los hombres en ningún momento  a la cara.

Las primeras sombras de la tarde caían y ahora completamente a merced de los delincuentes lo primero que le robaron fue el celular, el dinero que portaba en la billetera; uno de ellos le había preguntado por el precio de su reloj, y él les mintió que apenas había pagado quince mil pesos, pero aun así decidieron quitárselo. Después con amargura recordó que había dejado las llaves  en el vehículo, lo cual facilitó que minutos más tarde uno de los delincuentes se marchara llevándose su motocicleta, dejándole la propia a su cómplice que se quedó a cargo de la víctima de su delito.

Mientras Esteban seguía amarrado al árbol; por un momento, pese a lo crítico de su situación celebró un par de pequeños puntos a su favor, en primer lugar cuando lo estaban atando había tenido la precaución de tensar un poco las manos haciendo puños firmes, con lo cual había logrado que en cierta medida le diera un poco de movilidad a sus dedos y gracias a ello había logrado salvar su anillo de oro, el cual de manera muy disimulada había desprendido de su dedo y de igual forma había enterrado entre la hojarasca y la tierra, aunque no sabía, si tendría la oportunidad de poder recuperarlo, por ahora la prioridad era tratar de salvar su vida y con ese propósito estaba luchando para intentar liberar sus manos de la tensas ligas plásticas que lo ataban.

Aprovechando las primeras sombras de oscuridad Esteban forcejeaba con las ataduras, él cuenta: “Intenté soltarme, pero vi que la correa más se apretaba.” Pero tanto insistir y con el sudor frío que le bañaba el cuerpo el plástico se hizo resbaloso y después de unos minutos eternos logró zafarse una mano; todo esto ocurría dice Esteban: “Mientras  el man me estaba vigilando. Me hacía preguntas y yo en medio de esas preguntas le rogaba que no me vaya a hacer nada.” Hasta que el cautivo logró liberarse, él relata: “Pero no me solté de una. Hice como si siguiera amarrado.” “Porque si el man me veía, me daba temor que me pegara un tiro.” El drama de Esteban  iba llegando a su punto cumbre, el tiempo se agotaba y había que dar el paso decisivo.

El timbre del celular del delincuente fue como la campana que anunciara el asalto final y el prisionero pudo escuchar que el bandido recibía una información confirmando algo y entonces dice Esteban: “En ese momento me dio miedo, miré  que el hombre estaba distraído hablando y de un salto me puse de pie, eché a correr, y  sin pensarlo dos veces me tiré por un barranco que había a mis espaldas y mientras caía en la maleza, pensé que me iba a disparar, pero no lo hizo, el hombre se asomó con el arma en la mano hasta el borde, yo me escondí, y luego rápidamente el tipo dio media vuelta y se fue a toda velocidad en la motocicleta de su cómplice.” Con lágrimas por toda la emoción contenida Esteban se escabulló en los montes, buscando la forma de llegar a un lugar seguro para salir a contar su historia.

Al otro día Esteban regresó bien acompañado hasta el lugar de los hechos para recuperar su anillo, y al mismo tiempo enterrar de forma simbólica las dudas e inquietudes sobre este escabroso asunto, pero sobretodo buscaba enterrar para siempre la desagradable experiencia de haber tenido como pasajero a un demonio, que quizás aun debe andar rodando por las carreteras del Putumayo - Colombia.

John Montilla
Esp. Procesos lecto-escritores





AVALANCHA DE SUCESOS : (Crónica)

Por: John Montilla


Las primeras palabras que escuché sobre el evento fueron éstas: “La gente anda como loca corriendo porque dicen que se viene una avalancha”, salí a la calle y en efecto vi que había bastante gente afuera, casi todos en un gran estado de  nerviosismo  y ansiedad. Me acerqué a un vecino quien me aseguró que lo acababan de llamar y que le dijeron que había un represamiento de un río y que era eminente una catastrófica avalancha; el problema era que él no sabía cuál de todos los ríos que circundan a Mocoa (Colombia) era el que podía ocasionar el desastre. Este hecho era el que tenía a la gente en el dilema de no saber para donde salir corriendo.

No era cuestión de alarmar, pero sí de estar alerta;  una abuela sabia me dijo que lo primero que hizo fue abrir el grifo del lavamanos, y como vio que el agua salía clara no encontró razón para alarmarse. Por mi parte al pasar junto al puente del río Sangoyaco, con cierta precaución le eché una rápida mirada a las aguas; vi que éstas bajaban algo turbias pero el flujo de la  corriente era normal; lo cual era un buen síntoma de que no había posible represamiento. No está de más anotar que hace algunos años hubo el mismo rumor de avalancha, y en aquella ocasión apenas bajaba un hilo de agua en el mencionado río, prueba de que algo no andaba bien, por tanto esa vez, si hubo una razón para que la gente evacuara las zonas aledañas al cauce.

Como iba camino a una exposición de arte y pintura infantil, pude percatarme de que había mucha gente desalojando el Barrio San Agustín. La alarma iba creciendo y cada vez era mucha más la  gente que se movía apresuradamente, y ya el tráfico vehicular comenzaba a hacerse mucho mas agitado. Con esa incertidumbre llegué al lugar de destino  y le comenté de forma discreta a la organizadora del evento cultural: “Hay un rumor de avalancha y la gente anda muy nerviosa”, ella me miro de forma seria, lo tomó con tranquilidad, sin embargo no dijo ni una palabra, yo mentalmente ya me imaginaba lo que podría  suceder.  

Cuando la sala de exposición estaba  prácticamente llena, y justo cuando  los invitados especiales estaban haciendo sus discursos de apertura del evento, empezó a crecer el incesante  trepidar y pitos de motocicletas y  carros que pasaban completamente llenos de pasajeros y con tremendo alboroto, esto hizo que la palabra avalancha se regara en voz baja, pero de forma efectiva y en un santiamén la sala quedo prácticamente desocupada, ante esto una voz prudente se alzo para decir “ los papás no se olviden de agarrar a sus hijos”. Unos músicos extranjeros que iban a ambientar el evento también entraron en pánico y no sabían para donde ir, alguien les dijo que corrieran para donde se dirigiera la mayoría de la gente.

Ya en la calle el caos vehicular era inmanejable y peligroso, los motociclistas hacían retumbar sus aparatos; los pitos  de motos y carros  ante el trancón que se armó en pleno parque principal le agregaban dramatismo a la situación. Alguien me refiere que el embotellamiento que se dio al encontrarse los vehículos en direcciones contrarias era caótico y no había quien ayudara a controlar la situación, ya que mientras unos iban huyendo de la ciudad otros se adentraban en ella para ir en busca de sus seres queridos.

Los nervios hacían estragos: Una señora presa de pánico había dejado tirada su motocicleta en la vía y le había pedido a una amiga  que iba en carro que  la llevara a recoger a su hija que estaba en una fiesta en el otro extremo de la ciudad.  Me cuentan de una señora que resbalo y cayó en plena calle y que un motociclista le pasó por encima y que algunos ciudadanos que aún mantenían la calma corrieron a auxiliarla. Igual suerte no corrió otra señora que se desmayó en plena Avenida Colombia y que nadie se digno a socorrerla pues todo el mundo andaba en carreras. La dueña de un restaurante me dice que prácticamente echó a la calle a sus clientes sin siquiera cobrarles la cuenta y que apresuradamente cerro su negocio para ir en busca de  su familia.

Por la calle pude observar a muchos niños y señoras llorando; una humilde y aterrada mujer suplicaba entre lágrimas por un taxi, cosa prácticamente imposible en ese pandemónium que se había creado; Un testigo que estuvo en el hospital a la hora del desorden cuenta que vio como más de un enfermo salió despavorido del hospital mientras ellos mismos se sacaban las agujas y se desconectaban de sus medicamentos, pues según él, más de una enfermera salió corriendo  rumbo al Instituto Tecnológico del Putumayo; lugar que dicen se llenó de muchos asustados conciudadanos que buscaron ese lugar como posible refugio ante el inminente desastre. Por su parte alguien que vive junto a un parqueadero me cuenta que se armó tremendo alboroto cuando los dueños fueron a sacar a sus vehículos y que ese estrepito le asustó a los hijos, y que ella pese a vivir cerca a un río, mejor cerró la puerta de su casa y se puso a orar junto a sus niños.

Una de mis estudiantes me cuenta que salió con su familia con rumbo a la salida a Pitalito y que en el camino vio a mucha gente llorando y a unas señoras desmayadas. Un vendedor de chorizos y pinchos de pollo me dice que el miraba como la gente se apresuraba en todas las direcciones y que fue testigo de dos accidentes de motocicletas, y que los implicados  en el afán de huir, conciliaron así: “Mañana arreglamos”. Me cuentan que los hoteles del centro de la ciudad se llenaron de inesperados e intranquilos huéspedes. Alguien cercano a la familia me dice que la avalancha le costó 30 mil pesos de una noche de hotel.

Un familiar que venía de Puerto Asís refiere que justo cuando pasaba por Villagarzón se dispararon las alarmas y que muchas personas  también corrían frenéticas hacia las partes altas del pueblo; para completar el cuadro los mensajes de texto y las redes sociales terminaron por llenar de pánico a casi todo el departamento.  Por fortuna o por desgracia en pleno apogeo del pánico colectivo se destapó tremendo aguacero que tuvo la virtud de paliar un poco el desorden, ya que enfrío los ánimos de los más enardecidos y terminó por crispar más los nervios de los más asustados.
Afortunadamente todo se trató de una falsa alarma, y el asunto no paso a mayores. En este punto recuerdo que alguna vez me contaron que hace más de un par de décadas sucedió algo similar en la ciudad de Neiva cuando unos borrachos en un carro armaron tremendo alboroto al gritar por las calles que la represa de Betania había colapsado, y  al igual que acá se había generado tremendo pánico colectivo, lo que trajo como resultado que a partir de ese hecho se valorizaran las tierras más altas, prueba de ello, dicen, es que hoy son los sectores más caros y exclusivos de esa ciudad.

¿Qué le quedará de ganancia a Mocoa después de este singular suceso? …Primero que todo, seguir el consejo de las abuelas: “Hay que tener agüita de valeriana en casa”, y lo segundo: no sabemos. Por lo pronto, nos queda claro que  el examen que nos hicieron, para saber cuan preparados estamos para afrontar una contingencia de esta magnitud, NO lo pasamos.

John Montilla. Texto, publicado el 30-5-2015
Fotografía:  www.flickr .com
Esp. Procesos lecto-escritores

martes, 26 de agosto de 2014

CASI UNA PESADILLA (Crónica)

Por: John Montilla

 La camioneta que minutos antes había acabado de atropellar a unos indefensos  animalitos en una maniobra imprudente del conductor - pues lo había hecho  a propósito-  seguía su marcha bajo un tremendo aguacero, que se había desgranado minutos después del molesto suceso. La lluvia era tan densa y el viento azotaba tan fuerte que el conductor se vio obligado a reducir la velocidad que llevaba.


El golpe de las gruesas gotas de lluvia sobre el parabrisas y la cabina del carro, junto con el fragor de los terribles truenos contrastaba con el silencio que se había hecho dentro del vehículo, nadie decía nada, todos estábamos atentos a la carretera como queriéndole ayudar al conductor a guiar el carro en la oscuridad de esa terrible noche de invierno.

De pronto alcanzamos a percibir una sombra que venía en  dirección contraria a la nuestra, precedida de las luces tenues de otro vehículo, y entonces nos percatamos que era un motociclista que al parecer se había quedado sin luces, y el carro detrás suyo iba alumbrándole el oscuro camino. Todos, de seguro pensamos que sería un penoso viaje, pues el motociclista no llevaba ni  capa, ni casco, únicamente iba guarnecido con una empapada chaqueta,  y  a la velocidad y en las condiciones que iba,  su llegada al pueblo más  próximo le iba a resultar muy complicada.

Entretanto nosotros seguíamos nuestro viaje, necesitábamos llegar cuanto antes, ya que un familiar muy cercano de mi acompañante había fallecido recientemente y de ahí la premura de viajar a esa hora y en esas circunstancias. Cuando llegamos al siguiente  pueblo como a eso de las once de la noche, notamos que casi todas las calles estaban anegadas y el carro salpicaba mucha agua a  los costados con sus llantas. El pueblo estaba inundado y en silencio; no se miraba un alma en la calle. Todo estaba  cerrado; por eso el conductor se ofreció a llevar a los otros dos pasajeros hasta sus lugares de residencia. Dimos varias vueltas hasta llegar a las direcciones respectivas y también para evadir algunos grandes charcos y zanjas.

Uno a uno los pasajeros se fueron bajando, hasta que por último quedamos el chofer, mi acompañante y yo. Aún teníamos camino que recorrer, nuestro conductor dijo que iba a buscar a alguien que lo acompañe, porque no quería venirse solo al regreso. Efectivamente llamó al dueño del carro que por fortuna  vivía en ese pueblo, y pasamos  a recogerlo y luego en silencio seguimos la marcha ahora los cuatro.

Salvo la lluvia que parecía no amainar - pues la tempestad era continua- el viaje seguía tranquilo en la penumbra de la noche; de vez en cuando aparecía como fantasma luminoso entre la bruma  uno que otro vehículo. Al rato nos topamos en una especie de hondonada en la que no se podía pasar, ya que un gran camión que venía del otro lado se había quedado profundamente atascado en el lodo en un sector en que se estaban adelantando unos trabajos de adecuación de la vía. Luego, a los minutos vimos pasar un vehículo pequeño y entonces dijo nuestro conductor: “Si él pasó, nosotros también podemos”, pero antes de que él  maniobrara, otro carro que venía en sentido contrario al nuestro se metió primero y preciso ahí quedo atascado. El problema era que  nadie tenía a mano herramientas para sacar ese vehículo atorado en el barro.


Después de casi una hora de infructuosos intentos fallidos y de la ayuda de varios voluntarios por intentar  sacar el vehículo del lodo, y de estar encerrados en el carro en la fría, oscura y lluviosa noche dijo nuestro conductor: “Nos va tocar regresarnos”. En el interior de nuestro vehículo ese fue el consenso, nos tocaba regresarnos, mi preocupación era que a mi acompañante la esperaban sus familiares en un velorio. Para complicar las cosas no habíamos reparado que en el transcurso de todo ese tiempo muchos otros vehículos se habían ido apiñando a lado y lado de la carretera y cuando nuestro carro quiso dar marcha a tras fue prácticamente imposible; y en ese proceso de dar vía otro pesado camión a nuestras espaldas también quedó atascado en el lodazal que se había formado. Y ahí si no hubo poder humano que a esa hora pudiera sacarlo. ¡Quedamos en pleno centro del trancón! La situación era patética nos iba a tocar amanecer en el carro en medio de ese lodazal, con el frío que hacía y en la total oscuridad de esa lluviosa noche.

En el deseo de salir de allí, no habíamos reparado que tampoco había señal para podernos comunicar, estábamos completamente bloqueados. Esto es mucha mala suerte se quejaba el chofer; yo me acordé de las criaturas  que él había atropellado adrede en la vía. También en esos momentos recordé que no habíamos cenado, mi acongojada acompañante sacó un pequeño paquete de papas fritas y una botella de agua que llevábamos, y la compartimos entre nosotros.

Súbitamente a nuestro chofer se llenó de coraje - “Yo no pienso amanecer aquí”- dijo, y se bajó del vehículo, yo lo seguí;  la lluvia había amainado un poco. Y entonces, iluminados con las luces de los carros y con renovados esfuerzos y con la ayuda de varios rellenamos con piedra una zanja y tras muchos intentos logramos sacar el carro que enfrente nuestro obstaculizaba la vía.  Como estábamos al frente fuimos los primeros en salir del atolladero; ignoro la suerte de los otros, pero de seguro ningún vehículo grande debió pasar. Por eso nuestro conductor a cuanto vehículo se topaba en el camino le sugería que se regrese porque la vía esa noche estaba bloqueada.

Por fin a eso de la una de la madrugada llegamos a nuestro destino. La lluvia había vuelto a arreciar. Le pedí a nuestro conductor que nos dejará en algún hotel. El hombre ya no parecía aquel que había arrollado a unos indefensos animales, es más se veía más amable que nunca. Nos llevó hasta el mejor del sitio según él. Me bajé del vehículo, para preguntar por una habitación. Subí unas gradas que me llevaron a un segundo piso, llamé, y me salió un joven con cara de haber estado viendo televisión entre sueños y  me dijo que no tenía ningún cuarto disponible. Le pregunté qué donde podría  conseguir un lugar donde quedarme, me dio unas indicaciones. Le di las gracias y salí. Les dije a los que me esperaban en el carro que tendríamos que buscar en otro lado.

Fuimos al otro sitio, y la respuesta fue igualmente negativa. Todo estaba copado, la razón que me dieron es que había llegado últimamente mucha gente por cuestiones de trabajo. Ya me estaba empezando a preocupar, ya que  al parecer no había más hoteles en el pueblo, entonces dijo el chofer, yo conozco otro sitio, es posible que allí consigan algo. Por su parte según alcance a escucharles, ellos pensaban ir a quedarse donde algunos de sus conocidos. ¿Pero y nosotros?, Pues según nos dijeron el conductor y el dueño del carro, el lugar del velorio al que nos dirigíamos no quedaba en el pueblo y ellos no se ofrecían a ir a esa hora hasta allá. La posibilidad de quedarme en la calle, mojado y con ese clima no me hacía sentir muy tranquilo, además no conocíamos a nadie en ese lugar.

Cuando llegamos al siguiente “hotel”, me dirigí por la puerta abierta hasta el fondo de un corredor, llamé y alcance a ver un señor que tenía puestas unas viejas gafas, salía de un cuarto estrecho debajo de unas escaleras; también  se notaba que  estaba mirando televisión. Le pregunté por una habitación, me miró unos segundos y luego respondió que sí. Me preguntó que si la quería con TV  o sin TV, en esas circunstancias y a esa hora no estaba para ponerme a regodear por esos detalles, pero rápidamente deduje que una habitación que tenga televisión debe ser un poco mejor que una que no tenga, por eso le dije que prefería la que tenga televisión. Lógicamente el precio era un poco más alto.

El hombre un tanto ya mayor, se metió a su cuarto y me pasó un desteñido control remoto, mientras me pedía que le pagara la habitación por adelantado, así lo hice, y cuál no sería mi sorpresa cuando lo veo unos segundos después, desconectando y  sacando en brazos su destartalado y aparatoso televisor  de esos que ya no se venden, y se dispuso a subir pesadamente las gradas  mientras arrastraba en su viaje el cable del aparato. Temí que fuera a enredarse y caer, eso hubiera sido el acabose. Lo absurdo de la escena y el cansancio que llevaba me impidieron ofrecerle mi ayuda, por fortuna el hombre llego sin tropiezo y jadeando hasta el segundo piso.
 
Lo habíamos seguido asombrados y prudentemente unos pasos atrás, cuando llegamos vimos que las baldosas del corredor estaban encharcadas, “ha llovido mucho”, dijo el señor. Cuando llegó junto a la puerta del cuarto, dejó el pesado aparato en el piso y mientras buscaba la llave para abrir, nos advirtió: “Hubo un vendaval hace un par de días y se llevo parte del techo”.

Cuando entramos al cuarto notamos que estaba inundado. “Es por culpa de unas goteras en el balcón, el agua se mete por debajo de la puerta”, agregó, el señor. Dejo tranquilamente, el televisor en una mesa y nos pidió que esperáramos un momento. Mi silenciosa acompañante me miro resignadamente a los ojos; al momento  él regreso con un trapeador y diligentemente se puso a trapear. Trapeaba y escurría el agua sucia en el piso del baño. Yo no atinaba a decir ni una palabra. Cuando hubo terminado le dije que había una gotera muy cerca de la cama, me dijo que tranquilo que no caía sobre ella y efectivamente la gotera caía como si la hubieran tirado con plomada a milímetros de la cama. Por primera vez en el transcurso del  día me dieron ganas de reírme a carcajadas, pero no lo hice porque no me pareció prudente, y además era la única habitación disponible en el hotel y en el pueblo.

Luego nuestro hospedero, procedió a instalar el televisor, (ni modo de decirle que ya no me interesaba),  era ya muy tarde en la noche. Lo encendió y justo en ese momento vimos que estaban transmitiendo un combate de boxeo con narración en inglés; televisión internacional me dije. Pero a quién diablos le interesaba una pelea a esas horas. Al comprobar que el aparato funcionaba, el señor nos dio las llaves y se despidió amablemente de nosotros. Yo lo dejé sintonizado en el mismo canal, daba igual cualquier cosa.

Cuando el señor salió, cerré la puerta y corrí a hacer algo que siempre hago cuando entro a un hotel: Comprobar si funcionaban la ducha y el sanitario; y tal como lo sospechaba no había agua en ninguno de los dos elementos. Afortunadamente había dispuesto un gran recipiente plástico con agua, un tazón y un balde más pequeño. Noté que no había papel higiénico; un tubo sellado indicaba que allí debió haber algún día un   lavamanos y  en la pared estaba marcado por un recuadro de mugre el lugar donde debería estar el espejo. Pero, lo que más chocante me pareció,   fue ver   una intermitente gotera que  caía justo encima de la  taza del sanitario. Esto es ridículamente loco le dije a mi acompañante.
 
Abrí la puerta que daba al balcón y comprobé que efectivamente parte del techo estaba roto y levantado. La lluvia seguía cayendo. Cerré de forma apresurada la puerta; el piso se había vuelto a encharcar.  El colchón de la cama estaba forrado con un grueso plástico  y cubierto con una delgada sábana, me recosté un momento y sentí que pesé al clima, hacia un bochorno insoportable dentro de la habitación que olía a trapeador sucio.

Me dije esto tengo que escribirlo, por tanto baje hasta el primer piso a pedirle al señor que me regale papel, me dijo que no tenía nada; le pedí que me diera cualquier cosa en la que pudiera escribir y entonces me pasó dos facturas sobre las que posteriormente copié todos estos apuntes  por ambos lados de las hojas y  en inglés, por si las moscas. Para entrar un poco más en confianza le conté porque había llegado hasta allí, y entonces él me dijo que por nada del mundo me aventurara a salir a la calle y mucho menos con ese clima. Me aseguró que absolutamente nadie me llevaría hasta una vereda a un velorio a esas horas de la noche. Le pregunte por comida y me dijo que como era viernes posiblemente habrían  puestos ambulantes en la calle, pero también me aconsejo no salir. Entonces no hubo más remedio que regresar al cuarto, el agua salía por debajo de la puerta; mi acompañante se había dormido con el televisor encendido en un programa de dibujos animados.

Por último también decidí acostarme. En la oscuridad de la noche sentía caer pausadamente la gotera junto a la cama, pero gracias al cansancio del día,  el sueño me dominó y el hambre nos  despertó a eso de las 7 de la mañana. Nos alistamos y corrimos a desayunar. Luego mientras esperaba el transporte para llegar por fin a nuestro destino, decidí ir hasta el parquecito del pueblo, donde pude ver  a un grupo de perros cómodamente echados sobre todas  las bancas disponibles, y como los muros estaban  aún muy húmedos, me quedé de pie observando la escena y lamentando no haber traído la cámara para captar esa imagen que hubiera sido una  prueba fehaciente de todas mis palabras. Pero, no hubo mucho tiempo para  lamentar porque aún nos esperaba un funeral por asistir y un viaje de regreso por hacer.  (Octubre de 2012)

John Montilla
Esp. en Procesos lecto-escritores












VISITA PRESIDENCIAL (Mini cuento)

Por: John Montilla

El prepotente presidente de una República Bananera llegó de visita oficial  a la nación más poderosa del mundo.  En el imponente palacio de gobierno fue recibido con el acostumbrado protocolo estatal: sobrio,  pero no fastuoso.  Luego lo condujeron al interior del recinto,  hasta que  lo dejaron incómodamente solo esperando frente al despacho presidencial de su anfitrión.

En esas circunstancias y en la inmensidad de esos aposentos por primera vez en su vida se sintió disminuido de la grandeza que él creía eterna en su gobierno. Por eso tras unos segundos de vacilación, se decidió a llamar y entonces una voz potente e intimidatoria le preguntó desde del interior:
-¿Quién es?

-Soy el presidente de la República Bananera- respondió de manera dubitativa el desconcertado visitante.

- ¡Pues lárgate! …que aquí  no hay espacio para dos- fue la seca respuesta.
El humillado presidente de la República Bananera se retiró profundamente aturdido a analizar con toda su comitiva el porqué de ese inesperado y grosero recibimiento. Y en una apresurada asamblea en la que ni por asomo se les pasó por la mente  tener la dignidad de dar la media vuelta y regresar a su país, llegaron  tras una corta deliberación  a una sencilla conclusión. Y por tanto confiados con la fórmula encontrada  enviaron de regreso a su resignado gobernante a intentar  una entrevista con el dueño del mundo.

 Por eso cuando el apocado gobernante estuvo de nuevo frente a las puertas del despacho presidencial volvió a llamar. 

-¿Quién es?- La misma tajante voz volvió a preguntar.

Y  esta vez respondió de forma pusilánime el otrora gran presidente de la República Bananera:

- ¡Nadie! 

Y entonces automáticamente se abrieron las puertas.
 
John Montilla
Esp. En procesos lecto-escritores.
Texto  de mi colección: Cuentos Pendientes




EN SEMANA SANTA NO VIAJO

Por: John Montilla


Uno de mis amigos virtuales había escrito en la red social que se encontraba en determinado sitio del país, y por curiosidad me dio por preguntarle  que cuándo y con quién había viajado. Esta fue su respuesta:

 “Lo puse ahí para que digan que por lo menos me fui de vacaciones.”
Ante esta afirmación, mi primera reacción fue reírme; pero más tarde al reflexionar otro  poco sobre el asunto, llegué a la conclusión que me encontraba ante un típico caso de arribismo; que consiste en el acto de intentar demostrar ser algo que no se es.

Me atrevo a afirmar que este tipo de conducta se genera debido a la presión social  que se da, por el afán de querer mostrar a los demás lo que se está haciendo; cuando lo más sencillo es simplemente decir: En Semana Santa no viajo. Al menos, eso hago yo; y tengo mis razones para contarle a mi amistad porque no lo hago. Sin más preámbulos, entonces  paso a exponer  mi argumento (pesimista si se quiere).

En primer lugar, siempre he considerado que no es una buena época para viajar. Partiendo de que en nuestra región invariablemente llueve, y la idea de quedarme atrapado en la vía, como a muchos nos ha sucedido, con todos los sinsabores que esto acarrea no es algo que me seduzca.
Coincido con varios  apartes de un artículo aparecido en la Revista Shock, sobre el tema de no viajar en la llamada semana mayor: “…Colombia no está hecha para ser disfrutada en temporada alta. No tiene la infraestructura hotelera, vial ni recreacional, y los precios suben a niveles de Dubai. Y cuando unas vacaciones son tan cortas, atravesadas ahí entre enero y junio, el plan no se convierte en un descanso merecido sino en una vorágine en la que hay que volver a casa con la misma rapidez con la que se salió.”
 

En lo referente al transporte no es sino ponerle cuidado a los noticieros y ver cuán congestionados aparecen  los aeropuertos o terminales de buses; el columnista de la revista antes referida,  visualiza  madrugadas, filas eternas, retrasos, esperas, congestión de  buses repletos, maletas,  taxis, y  pasajeros con grandes fardos como si nunca pretendieran regresar a casa.  De manera decepcionante el articulista remata así su experiencia: “Una semana después volví más cansado de lo que había salido.”


Incluso el autor del sombrío escrito va un poco más allá al anotar así sus impresiones sobre viajar en Semana Santa: “Llegan las vacaciones y la gente se vuelve loca: es capaz de meterse a una playa repleta y sucia y pagar por cerveza caliente. Duerme en carpa, se cambia en el carro, se baña a totumadas y se va de paseo con gente que ni conoce o, peor, con gente que le cae mal.”  Y eso sin contar todo el ajetreo que se genera a la hora del regreso a casa.
Debo subrayar que en lo personal mi visión no llega hasta ese extremo, pero de todas formas  indudablemente hay mucho de cierto en esas aseveraciones.  Yo lo veo de una forma más simple; en esta época se percibe más silencio en casa y en la ciudad. Aprovecha uno para descansar tranquilo y sin muchos gastos extras, y si por ahí decretan ley seca aún más. Entonces se abren las opciones para acercarse a la buena lectura, ver televisión, compartir con  la familia, u olvidarse por un momento del trabajo. El autor del artículo titulado “El placer de no salir en Semana Santa”, lo resume así: “Se puede uno quedar en la casa en paz, sin  que nadie lo espere a uno, nadie lo busca, nadie lo jode. Si hay algo más rico que quedarse un domingo en la cama, es quedarse un Domingo Santo”.


 En estos días considerados santos cuando uno se queda en su pueblo, se puede percatar de que el comercio funciona a media máquina; la mayoría de los establecimientos comerciales están cerrados, (quizá los dueños se fueron de viaje)  y los que se quedan, supongo que unos cierran por convicción y otros por guardar las apariencias. De todas formas esto le agrega más calma al ambiente y entonces uno se puede dar una vuelta por el parque y ver a un pintor callejero realizar sus obras, observar artesanías, o escuchar a un vendedor de arroz con leche decirle a otro que vende racimos de frutos de mamoncillos que: “Si no se ha confesado,  aún tiene tiempo de salvarse.” También puede darse el gusto con todo tipo de comestibles y golosinas tales como helados, algodón de azúcar, fritos y cosa rara, hasta tacos mexicanos. Recuerdo que de niño solía asociar la Semana Santa con el olor de los sahumerios, en la actualidad la asocio más con el aroma  a mazorcas asadas. 
 
Ahora bien, si usted es de los que les gusta viajar, perfecto. Cada uno se goza la vida a su manera. Yo les deseo que disfruten mucho y regresen sanos y salvos a sus hogares;  pero, si por una u otra razón, al igual que mi amig@ no pudo salir en esta Semana Santa, simplemente diga que se quedó descansando en casa y no se ponga a decir mentiras.

John Montilla

Esp.  En Procesos Lecto-escritores.