sábado, 29 de julio de 2017

Renacer

Renacer:  Crónicas de Mocoa



Por.  John Montilla


                                                                      “El roble duerme en la bellota;
                                                                       el ave espera en el huevo
                                                                       ... Los sueños son las semillas de la realidad.”
                                                                                                                            James Allen   


Como una semilla guardada brota un pedacito de mi historia de la noche de la tragedia de Mocoa.







A pesar de que íbamos huyendo ya con el agua hasta la cintura,  mi hermana, quizá por el susto debido a la increíble  circunstancia que estaba viviendo,  aún no era consciente de la magnitud de lo que estaba sucediendo;  por eso no me causó extrañeza que en esos vitales minutos de angustia me dijera:  “Olvidé cerrar la  puerta del apartamento”. Yo  para tranquilizarle en algo el nerviosismo simplemente le respondí: “No te preocupes, más tardecito la vengo a cerrar.” Mientras la agarraba más fuerte de la mano, y la forzaba a apresurar el paso por entre las lodosas aguas.

En esos instantes  de miedo, por todas partes miraba gente correr desesperada buscando evacuar la zona; segundos atrás mi hermana había perdido uno de sus zapatos, y por simple inercia habíamos volteado a ver, pero no nos detuvimos, al contrario, aceleramos la marcha;  cada uno con sus pensamientos, mi hermana pensando en que aún tendría casa, y yo con la certeza de que no había esperanza esa noche  después de lo que había presenciado al estar parado en medio de tenebrosas aguas y a quince metros  de un puente, minutos antes que pasara  la avalancha que devastó la ciudad.

Por fortuna, cuando las aguas desbordadas pasaron por ahí,  nosotros ya estábamos un poco distantes; pero no fue si no hasta la madrugada que nos atrevimos a ver los estragos que había causado en el sector donde vivía mi hermana; el resultado era catastrófico: Todas las casas del sector habían desaparecido desde los cimientos. Lo que antes era una concurrida calle, había quedado convertido en playa; contar todo el caos, el dolor y la desolación que allí se sufría, no es una cosa fácil de describir, por eso de todo este doloroso  evento, me voy a detener en un minúsculo episodio, que es la razón de este breve escrito:  








Pocos días después de ocurrida la catástrofe, en la casa de un vecino que quedó destrozada y llena de barro, comenzaron a germinar unas semillas de maíz,  arrastradas de que quien sabe dónde,  los delicados brotes estaban creciendo en un cuarto y por entre los restos metálicos de lo que alguna vez fue una cama, la naturaleza que había causado la tragedia volvía a manifestarnos su lado más tierno.

De igual manera, no hace mucho, en lo que era la vivienda de mi hermana y local de negocio familiar, miré que había crecido y dado frutos una pequeña mata de tomate. La planta a pesar de su tamaño tiene unos frutos grandes y en muy buen estado. Sin pensarlo dos veces decidí trasplantarla, ponerla en una matera y llevarla a casa.  Los frutos aún están verdes, al igual que el recomenzar de mis paisanos de  mi pueblo, pero espero que tanto los frutos como los sueños de mi familia y mi gente de Mocoa crezcan y maduren. Mocoa tiene que renacer, la naturaleza nos vuelve  a dar buenas señales.





John Montilla: Texto y fotografías

jmontideas.blogspot.com 

miércoles, 19 de julio de 2017

“Igor” vuelve a casa. Crónica

“Igor” vuelve a casa.  Crónica


Por.  John Montilla

Nadie se  imaginó que un  sencillo y tedioso viaje para un gatito, se convertiría en una odisea que tardaría casi unos seis meses en culminar.




Yo diría que IGOR es un gato cualquiera, lo que lo hace especial, es ser el consentido de un  niño, que por circunstancias que no vienen al caso,  se fue a vivir de Mocoa a la ciudad de Pasto; pues bien a la hora del trasteo, el gato no fue incluido en primera instancia; lo cual generó un pequeño caos familiar cuando el niño reclamó su mascota preferida; razón por la cual se tomó la decisión de llevar lo más pronto posible al animalito hasta el nuevo hogar.



Lo que nadie se imaginó fue, que este aparentemente, sencillo y tedioso  viaje de IGOR  hasta Pasto, la tierra del Galeras, se convertiría en una odisea que tardaría casi unos seis meses. He aquí los hechos:

A mediados de un diciembre, hace unos años atrás,  a IGOR se le acondicionó una caja de cartón y se lo metió en ella  para que viajara en la parte trasera de las tradicionales camionetas  que hacen el recorrido por la peligrosa vía Mocoa- Pasto. Todo iba bien hasta que en el punto denominado Las Planadas,   a unos 15 minutos de Mocoa; seguramente asustado por el encierro y el traqueteo del automotor, el gato había destruido su improvisada jaula y se dio a la fuga. De la cual dieron aviso unos pasajeros que iban en la parte trasera del vehículo.


El dueño hizo detener la camioneta, para intentar atrapar al felino, pero la tarea era complicada  porque el asustado animal se interno en los matorrales y  no prestó atención a los llamados del amo, además los pasajeros y sobre todo el conductor apremiaban para continuar el viaje; resultado tras unos infructuosos pocos minutos por capturarlo, no tuvo más remedio que abandonarlo a su suerte, no sin antes dejarlo recomendado a unos vecinos que en esos instantes atinaron a pasar por el lugar, con la promesa de una recompensa si lo atrapaban y se lo cuidaban. Conclusión el consentido animal quedó abandonado a su destino en el bosque.

El problema venía en la excusa que había que dar para explicar la pérdida del animal a su pequeño amo. Según me cuentan se le dijo que el animalito se había conseguido una pareja porque quería tener gatitos y que por eso se había ido de casa. Al parecer esto y la promesa de uno de los gatitos lo convencieron.

En Enero, de regreso de vacaciones, el dueño - que entre otras es un amigo- fue a darse una vuelta por el lugar y a preguntar por el animal, algunos vecinos, especialmente unos niños dijeron haber visto un gato merodear por esas vecindades. Entonces él decidió  levantar la recompensa si lo atrapaban, o si le daban información de él.

Una semana después volvió  por el lugar con una bolsa de comida para gatos, y se encontró con que un niño había atrapado un felino, pero cuando fue a verlo resultó que no era el que buscaba; sin embargo les dejo un anticipo de recompensa, así como también la bolsa de concentrado para que le dejen al alcance  por si lo veían. Pero a pesar de varias visitas que hizo al lugar, las pesquisas parecían no dar resultado.


Las fotografías que existían del gato  en sus buenos tiempos, se habían perdido  cuando al computador de mi amigo  fue atacado por un virus y en el proceso de reparación del sistema, esa fue una parte de la información que se perdió. Así que ni modo de repartir su imagen entre la gente de la vereda para que lo reconozcan.

Dos meses después, una agradable mañana de un sábado, fui invitado por mi amigo para que lo acompañara  a dar una vuelta por el lugar; total lo tomé como un pequeño paseo.  Preguntamos  en diversas partes, nos internamos por senderos, con el temor de que nos sacaran corriendo o nos atacaran los perros de las diversas fincas, afortunadamente la gente fue muy amable y cordial, unos vecinos nos dijeron que efectivamente había un gato extraño en el sector, que a ratos aparecía por diversos sitios, que se comía la comida de los perros, los cuales lo correteaban constantemente, por lo cual era muy arisco  y difícil de acercársele.

En una casa nos dijeron que habían atrapado al susodicho gato, pero  con el temor de ser heridos por el animal, no lo habían atado bien y este se les había fugado, además el perro de ellos lo había correteado y desde entonces no regresó por esos lados. No obstante dejamos repartiendo concentrado para gatos en varias casas y dejamos un número telefónico para que llamen en caso de que ellos tengan alguna información.

Casi tres meses después y luego de varias pesquisas y rondas sin resultado, mi amigo se estaba dando ya por vencido, (no olviden que un niño reclamaba con insistencia su mascota), cuando por coincidencia de un trabajo hizo amistad con el celador de la escuelita de la localidad, quien  hizo de intermediario con los niños del sector para difundir la voz de la infructuosa búsqueda, hecho que ayudó a mantener viva la  ilusión de recuperar al animalito que tristemente vagaba solitario por el sector.

Ahora eran más las personas que sabían que había un “gatico” de la ciudad extraviado por la vereda, hasta que un buen día llamaron de urgencia al dueño diciendo que el felino, estaba en determinada parte, mi amigo que afortunadamente tenía tiempo libre en ese instante, se apresuró a llegar hasta allí, no sin antes llevarse una bolsa de concentrado para gatos. Cuando llego al lugar que le indicaron, no fue sino llamarlo por su nombre y el animalito, cuatro meses después de haberse perdido reconoció  y corrió hasta los brazos de su amo.

Por tanto todos los esfuerzo realizados, habían valido la pena y mi amigo llamó a casa para dar la buena nueva, obviamente el pequeño propietario del animalito se sintió muy contento de recuperar su mascota  después de tanto tiempo de ausencia.

Sin embargo, surgió  otro inconveniente: ya no había suficiente espacio para cuidarlo mientras hallaba la forma de enviarlo a Pasto; ya que mi amigo ahora vivía  solo en un pequeño apartamento, por lo cual decidió dejarlo provisionalmente en su taller de trabajo, se le adecuó una caja de arena y por las tardes iba, y le dejaba su ración de comida y agua; pero acontece que de dicho taller  habían otras personas que también tenían entrada, pero que rara vez iban, pues parece ser, que fueron justo cuando  IGOR estaba allí, y no se sabe si lo ahuyentaron a  propósito o dejaron la puerta abierta, lo cierto fue que el animalito después de tanto esfuerzo por recuperarlo se volvió a perder; esta vez en el centro de la ciudad de Mocoa.

Recuerdo claramente las palabra de mi amigo cuando me refirió el hecho: ¡ No sabes lo que pasó: el gato se volvió a perder !, hombre dije yo, eso si es mucha mala suerte. Sin  embargo vuelve y juega la búsqueda: a preguntar por el sector, unos dijeron que lo vieron durmiendo por las escaleras de la casa de la cultura, otros que  lo vieron saltar por los tejados de la alcaldía, y no falto quien diga  que se lo vio cruzar por los  patios de la iglesia  con rumbo  a las orillas del Río Mulato. Lo cierto fue que su rastro se perdió completamente.

Imagínense la frustrante llamada a casa para decir esta infortunada noticia, ¿Qué excusa darle a un niño que había esperado tanto tiempo?, total no hubo más remedio que hacerlo; “este gato se me esta convirtiendo en un verdadero dolor de cabeza” dijo mi amigo, “me va a dañar hasta el matrimonio”. Y a pesar de todo no hubo de otra que echarle tierra al recuerdo de IGOR.

Pero, el asunto no termina aquí; casi dos meses después de la huida de IGOR; resulta que el dueño de la casa donde antes residía mi amigo, que entre otras es todo un “caballero”,  y quien conocía el asunto, un día lo llamó para decirle que en la vecindad hay un gato que todas las  noches llega a maullar al tejado y que dicho maullido “le parecía familiar”, que por que no  se acercaba a dar una vuelta por la vecindad.

No obstante, estar mi amigo un tanto ya  cansado del  tema, decidió una tarde pasar por el lugar y acercarse a su antigua residencia, y cual no sería su sorpresa cuando justo a la entrada de ella se encontraba IGOR, como si  estuviera esperando como en los viejos tiempos a  que él, le abriera la puerta. Otra vez él lo llamó y el fiel animalito instintivamente corrió otra vez hasta su amo de siempre, ¿Cómo llegó el gato desde el centro hasta un extremo de la ciudad? Esa es la pregunta que aún nos hacemos, si ese recorrido no lo había hecho nunca.

Lo cierto fue que casi seis meses después la odisea de  IGOR llegaba a su fin, y fue embarcado esta vez con mayores precauciones y  rápidamente, para que culmine  su frustrado viaje a Pasto, donde unos cariñosos brazos lo estaban esperando.




(Adenda: las tres últimas fotografías corresponden a IGOR después de haber sido recuperado tras cuatro meses en el bosque, con un aspecto y un pelaje casi completamente  diferente a su original)

John Montilla: Texto y Fotografías. 2008
jmontideas@hotmail.com





miércoles, 21 de junio de 2017

Difuminado

Difuminado

Por. John Montilla





                                                                                   ***

                                             El ciclo de la vida en imágenes.























































 John Montilla. Fotografías
jmontideas.blogspot.com 


jueves, 15 de junio de 2017

Tres sillas

Tres sillas

Por. John Montilla


Anécdota sucedida durante una jornada de clase.



Estábamos en las primeras semanas de inicio de año escolar,  periodo en el cual es normal, el movimiento de nuevos estudiantes; por lo general unos llegan y otros se van. Esta es una de las cosas maravillosas de la profesión docente siempre hay  personas especiales  por conocer y hecho memorables de recordar, he aquí uno de ellos.

La clase de inglés había comenzado hacía  más de quince minutos, cuando un joven, llegó hasta la puerta del salón y me llamó. Yo fui a atenderlo y él en pocas palabras me dijo, que era nuevo en el colegio, que ya había hablado con los directivos y   había sido asignado a ese grupo, y me pedía que le permitiera entrar.

Por supuesto que le dije que sí; pero una cosa maluca al comienzo de año es el déficit de mobiliario para los estudiantes; generalmente no hay suficientes mesas y sillas  disponibles para ellos. Le hice saber eso: “Pasa y te acomodas en lo que encuentres por ahora, luego vemos que se hace.”

El joven entro al aula, saludó de forma cordial al grupo; algunas voces dijeron que en la parte de atrás del salón había unas sillas libres. El chico fue hasta allá y esto fue lo que se encontró:

Había tres sillas disponibles pero ninguna estaba completa: a una le faltaba el asiento, a otra le faltaba la mesa y  a la tercera le faltaba el espaldar. El joven más que molesto, estaba perplejo y no sabía si  enojarse o echarse  a reír; por supuesto que el resto del grupo no pudo reprimir una carcajada  al percatarse de la tragicómica situación; la clase se fue al traste. Mientras el recién llegado, me dijo: “Profe, yo mejor voy a hablar con el coordinador para que me colabore”. Y de forma tranquila se retiró del salón”.

Es una pena que nuestros estudiantes tengan que pasar a veces por este tipo de circunstancias.
                                       
                                                               


                                                                                 ***


                                                                        ***

Postdata:  ¿Usted amigo lector cual de las tres sillas elegiría ?


John Montilla. Texto e imágenes.

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martes, 6 de junio de 2017

Colcha de retazos

Colcha de retazos

Por. John Montilla

Pedazo a pedazo construí el siguiente articulo:


A raíz del desastre ocurrido en Mocoa, la solidaridad de Colombia y el mundo no se hizo esperar, de ahí que diversas formas de ayuda llegaron a la ciudad: comida, medicinas,  agua, entre otras y también ropa, mucha de la cual era nueva o en su defecto de segunda pero en muy buena condiciones, pero también se pudo evidenciar que llegó mucha ropa vieja y bastante deteriorada. Otra resultó manchada, rota, sucia e inservible, pero aparte de esto también hubo algunas particularidades como las siguientes:

Llegó mucha ropa ajada de uniformes de colegios de diversas partes del  país, zapatos incompletos o el par pero para el mismo pie, zapatillas taco puntilla de ocho o más centímetros, botas como de esas de bailarinas de cabaret, pero entre  los casos más estrambóticos que se vieron estuvo una tanga brasilera talla XXXL, de color  morado encendido adornada con bellos encajes; Incluso se vio hasta un sombrero mexicano el cual llegó a las manos de una señora que le gusta cantar y que luego usó en una fonomímica  durante un programa de recreación que se organizó en uno de los albergues de los damnificados. También hubo gorras militares, y un “kepis” de la policía nacional.



Alguien encontró tres corsés de distintas tallas, de esos que vienen con muchos broches con varillas incluidas como los que se usaban en la edad media, apropiadas como para dar un talle al estilo Blancanieves. Aunque lo bueno fue que dichas prendas, que parecían completamente fuera de lugar,  encontraron dueño en pleno domingo de ramos, cuando la persona que los tenía miró a una señora llorando y a la vez más que orando gritando a los aires en forma dramática: “Gracias Dios por tenernos con vida” “Gracias Dios por darnos otra oportunidad en la vida.” (La señora era una sobreviviente de la masacre del Tigre, ocurrida en  1999). Esta circunstancia llamó la atención de la persona que tenía los susodichos corsés, y  tras una corta charla, en cierto momento hablaron de esas prendas y cuando la señora en mención, las vio dijo sin dudar: “´Démelas, por favor que yo si me las pongo, porque todas mis fajas se me perdieron con la avalancha”.

Pero entre las cosas más excéntricas que se vio, estuvo  un vestido de novia de color azul cielo, con lentejuelas blancas y tul estilo princesa,  manga bombacha   y  manga tubo, largo hasta  los tobillos,  el cual llegó con la etiqueta de precio incluida: 109 mil pesos; ¿A quién diablos se le ocurre que la gente pensará en casarse en  medio de una catástrofe?

Aunque este vestido, bien podría haber servido para adaptarlo, para que lo  usara una niña, a quien  de manera humilde pero sincera, le celebraron su  cumpleaños número 15 en un uno de los albergues de damnificados. En esa significativa fecha  la cumpleañera lució un sencillo traje que una alma caritativa le consiguió, y luego bailo el vals “Danubio Azul” con quince improvisados edecanes: agentes de policía, voluntarios de la cruz roja, funcionarios de la oficina de riesgos y desastres, y algunos jóvenes vecinos  de  carpa en bermudas y camiseta, incluso un señor en muletas, hizo parte del ceremonial de manera simbólica durante unos segundos; luego se repartió una torta únicamente entre los niños, no alcanzó para darle a los adultos.

A una de mis sobrinas que únicamente quedó con las sandalias que tenía puestas; al otro día del desastre logré conseguirle un par de zapatos deportivos; cuando ella se los fue a poner se pegó tremendo chuzón, porque había clavada una gran tachuela en uno de ellos; luego cuando con unos alicates intentaba sacarla, no pude evitar que se me aguaran los ojos, porque en ese momento tomé conciencia de la miseria que debía sentir la gente al saber que habían perdido todas sus pertenencias.

En una jornada en que estaba colaborando en la entrega de  ayudas en ropa y frazadas miré como casi todo el mundo pisaba y trataba como trapero viejo a una colcha de retazos que estaba tirada en el piso; la mayoría de gente que estaba mojada y con los zapatos untados de lodo, le echaba mano a las cobijas y sábanas, pero a la pobre colcha nadie la determinaba porque estaba húmeda y manchada de barro; le dije a una señora: “Llévela, está buena; de todo lo que hay aquí para mi es una de las cosas más valiosas,  pues es una pieza artesanal.” La doña no me hizo caso, y yo me quedé pensando que quizá en algún distante  pueblo, alguna abuela con el corazón roto por nuestra tragedia, se desprendió con pesar  de ese objeto que con tanto cariño habrá elaborado, y entonces la recogí, la colgué sobre una silla, y como nadie decidió acogerla, al final decidí tomarla y llevarla a lavar a la finca de los abuelos.

Pero una de las cosas más singulares de las que puedo dar fe es la siguiente: en otra tarde de trabajo voluntario, en las que estábamos repartiendo la ropa que llegaba por montones, en medio de ese mar de trapos encontramos un chaleco rojo, nuevo, con etiqueta incluida y con un letrero a la altura del corazón  que  decía : “Juez de Canotaje”, confieso que eso me llamó mucho la atención y  a pesar del barullo en que estábamos a eso de las seis de la tarde, no pude evitar encontrarle gracia y reírme a carcajadas, ¿ A quién diablos también se le  ocurre enviar un elemento así ante una emergencia en la que estábamos ?, luego sin pensarlo dos veces,  a pesar de que era un poco chico para mí , lo cogí y me lo puse, al instante quedé impregnado con un aire de autoridad de funcionario importante, y  le dije a la gente en voz alta, mientras me  señalaba el pecho para  indicarles  el letrero “Ahora yo soy el Juez”, “Vamos a ponerle orden a esta vaina”, quizá alguien en algún lugar del país pensó en que era necesario  hacer sentir la autoridad en medio del caos en el que estábamos naufragando, y por eso había enviado un chaleco de juez, aunque sea sólo de un simple “Juez  de Canotaje”.









John Montilla. Texto y Fotografías
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lunes, 29 de mayo de 2017

La odisea de Zeus

La odisea de Zeus

Por. John Montilla

Crónica de una mascota en la tragedia de Mocoa.


                                                                Zeus  el «recolector de nubes» de Homero
                                                                era el dios del cielo y el trueno.

                                                            ***

En horas de la noche un taxi se detuvo junto al puente del Río Sangoyaco en Mocoa; justo en frente donde alguna vez existió un local llamado “Las Tablas”. –El sector ya no existe fue arrasado por la pasada avalancha que  sufrió la ciudad-.Del vehículo se bajó una persona y dejó abandonado un cachorro de color blanco en la vía peatonal, luego ingresó de nuevo al carro, y se marcharon.

El animalito confundido miraba a ambos lados de la calle, permanecía estático; algunas personas pasaron a su lado sin prestarle mayor importancia, únicamente la señora vendedora de arepas, sin clientes por el momento, lo observaba con atención por entre el humo que salía del carbón. Luego mientras con una mano le daba vueltas a su mercancía, con la otra agarraba su celular y con presteza se puso a hacer una llamada. El cachorro no se había movido del sitio  en que fue abandonado.

Al rato apareció una chica en una motocicleta y se detuvo junto al perrito, se agachó, sacó algo de un  bolso que llevaba y le dio de comer, mientras con ternura le acariciaba la cabeza; ahora el animalito agitaba la cola muy animado, mientras comía con avidez,  el hambre era evidente. Luego sin que nadie se opusiera o dijera algo, ella lo  levantó, lo acomodó en frente suyo en la moto y se marchó con su pequeña carga; la señora de las arepas no había perdido detalle de la escena. El largo viaje lleno de tropiezos en la vida del cachorro Zeus continuaba.

Al día siguiente apareció en facebook una foto del cachorro con un anunció en el que se  pedía que lo adopten. La imagen fue vista por una persona a quien le gustan los animales, quien se puso en contacto con la chica que lo  había recogido, y ella misma se lo fue a dejar a su casa. El pobre perro que estaba flaco, desnutrido y con huellas de haber estado encadenado, parecía que por fin había encontrado un hogar, pero la suerte aún no estaba toda de su parte.

La persona que me relató la historia cuenta que cuando recibieron al perro, se dieron cuenta que estaba muy maltratado, entonces lo llevaron al veterinario, le hicieron cortar el pelo, lo purgaron y lo nombraron Zeus. El problema fue que como aún no habían terminado  de construir la casa, no tenían mucho espacio donde tenerlo y como el perrito permanecía  casi siempre encerrado, cuando lo sacaban se le tiraba a  todo  aquel que le parecía sospechoso; nunca mordió a nadie, pero como  vivían cerca de una escuela, les dio temor que mordiera a un niño y entonces decidieron buscarle otro hogar. El trajinar de Zeus volvía a comenzar.

Entonces lo dieron en adopción y  ellos mismos lo fueron a dejar a  una finca en la vereda Las Planadas; con vitaminas y algo de comida incluida, pero a los pocos días se los devolvieron; la razón: otro perro que había en la finca lo agredía  mucho, por eso antes de que lo mataran, prefirieron regresarlo a sus dueños.

Luego una vecina que supo del caso y que tenía una finca, pidió que le regalen el  cachorro; los dueños lo llevaron y se dieron cuenta que había más perros, pero como no tenían opción decidieron dejarlo; el problema fue que al perrito pareció no gustarle su nuevo hogar y continuamente se daba a la fuga como queriendo regresar a casa,  con lo cual la señora se aburrió  y decidió devolverlo a sus anteriores dueños. Parecía que la mala fortuna perseguía al  animalito.

La dueña no sabía a quién darle el perro; no porque no quisiera tenerlo, si no por cuestiones de espacio y seguridad,  hasta que un día un primo le habló de un familiar a quien podría interesarle el perro, y de esta forma se le consiguió un nuevo amo al animalito. Lo malo fue que el hijo de la propietaria ya estaba encariñado con él y lloró al desprenderse de su mascota, y además la nueva familia a la que iba no nadaba en la abundancia y  encima tenían muchos más perros. Las cosas no se le daban a Zeus, pero lo peor para él aún estaba por venir.

El caso fue que el perro no se quedó ahí y fue a parar a una carpintería en el  Barrio Altos del Bosque.- El sector fue  prácticamente  borrado del mapa por un mar de agua, lodo, palos y piedras-.  Donde lo dejaban amarrado para que cuidara la herramienta; por fortuna para Zeus, la casualidad hizo que el nuevo amo lo dejara suelto la noche de la avalancha en Mocoa. Eso lo salvó en primera instancia de la muerte, pero no del padecimiento  que debió soportar durante ese trágico suceso; pues al igual que los humanos, muchos animalitos también sufrieron el rigor de la furia de la naturaleza.


El primo que había llevado a Zeus hasta esa zona, fue testigo de cómo el primer embate de las aguas desbordadas dio contra una de las casas vecinas, con un resultado catastrófico: después se enteraría que once personas perecieron en una sola familia, y en el caos que siguió  alcanzó a ver como las aguas arrastraban a su hija y a una nieta, y él de forma decidida, se había arrojado para agarrarlas y salvarlas, para luego correr con ellas a un sitio más seguro. Un repentino relámpago le había permitido ver al perro desesperado intentando seguirle sus pasos.

Esa pareció ser la última carta que se jugaron varias mascotas, correr detrás de los humanos -aunque varios testigos afirman haber visto a muchos gatos trepando a los tejados-  Al infierno reinante del fragor del agua, piedras, truenos y gritos de auxilio, se le habían sumado los aullidos y chillidos lastimeros de un grupo de perros  atrapados por un tronco que les impedía el paso. Entre ellos iba Zeus, luchando por darse una oportunidad en su perra vida. El gemido angustioso de los animales había conmovido a un joven que dijo: “Yo voy a rescatarlos”, y  su padre por no dejarlo solo se fue tras él; los dos como pudieron y en cuestión de segundos vitales habían arrojado a los animales bañados en lodo e irreconocibles  por encima del tronco  y luego corrieron a protegerse. El peso mayor de las fatídicas sombras aún no les había caído encima.  

Por fortuna ellos sobrevivieron a los estragos de la noche, pero de los perros no se tenía noticia. Por eso pasado el desastre, la apenada antigua dueña había iniciado la búsqueda de Zeus, y el hijo de su primo le había dicho: “Yo creo que salvé ese perro. Imagínate arriesgue mi vida por un perro que se me hacia popo en el andén de la casa”… Pero ahora no había rastro del sufrido animalito.



Cuatro días después del desastre y pese al temor de entrar en la zona arrasada; la dueña y su esposo pensando en que el perro quizá debía estar herido y  padeciendo hambre, sed y frío; se dieron a la tarea de explorar el sector donde vivía el animal. Lo que vieron los dejó atónitos: ¡Ya no había casa, únicamente playa y piedras!  Sin embargo continuaron la búsqueda; gritando en medio de la desolación: “Zeus , Zeus ” nadie acudió al llamado de ellos. Aún guardaban la esperanza que alguien lo hubiera recogido y llevado a uno de los albergues para animales que algunos voluntarios habían creado.

Sin embargo, pese a que parecía inútil, decidieron seguir buscando en un radio de acción más amplio, mientras continuaban con sus gritos de llamado. La búsqueda los llevó hasta un cultivo de cañas cerca del cual había una casa en la que habían recogido y estaban cuidando a varios perros solitarios. Hasta allá habían llegado sus voces y  un joven de aquella casa había dicho en voz alta a su padre: “Están buscando a un tal  Zeus”, y al instante un perro blanco -quizá lavado por la lluvia-, había levantado la cabeza y agitado nervioso la cola. “Este debe ser Zeus” dedujo el muchacho.

Entonces el joven había decidido salir  al encuentro de los buscadores con un grupo de perros detrás de él. Y cuando el sufrido animal escuchó que lo llamaban y vio a sus antiguos dueños, “había chillado de contento” y corrido con gran emoción hasta los brazos de su verdaderos dueños. La odisea de Zeus había terminado, era tiempo de regresar a una casa en la que ahora si hay espacio para él.


John Montilla.   Esp. Procesos Lectoescritores


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Sector arrasado por la avalancha. (A.D)


Zeus pocos días después de ser rescatado.  (A.D)



Derechos reservados.



sábado, 20 de mayo de 2017

CUAO

CUAO

Por. John Montilla


La lluviosa noche del 31 de marzo de 2017, los Patrulleros de la Policía Nacional, Desiderio Ospina y Gerardo Cuao se dispusieron a iniciar su turno de servicio como veedores de los derechos y libertades de los menores del Municipio de Mocoa, Putumayo, sin sospechar que habrían de enfrentarse a una de las jornadas más  tenebrosas de sus vidas. 

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Sus complicaciones, empezaron pasadas las once de la noche, cuando comenzaron a verse las  emergencias producto del desbordamiento de  casi todas las corrientes de agua que circundan al municipio de Mocoa. Una de las primeras misiones que cumplieron fue acudir al llamado de  auxilio  de una anciana que les pidió ayuda porque no podía abrir las puertas de su casa; los nervios le habían hecho perder las llaves, y dentro de la vivienda se encontraba otra abuela y un niño, quienes aterrados estaban tratando de salir, pero los candados y las aguas incontenibles los tenían atrapados. Ante esto los patrulleros Cuao y Ospina sacaron a relucir su pericia aprendida en el entrenamiento policial y mediante rápidas y eficaces maniobras lograron  poner a salvo a aquellas personas. Para hombres como ellos acostumbrados a situaciones extremas el asunto parecía cosa manejable, 
nunca llegaron a imaginar que el horror de esa  noche sería muy superior a sus fuerzas.

Momentos más tarde los dos patrulleros, junto a voluntarios de la comunidad auxiliaron a otras personas que se encontraban en situación de riesgo. En  esa nefasta noche lograron rescatar a una familia; ante cuyo gesto heroico salió una mujer bañada en lágrimas, temblando de frio y miedo, y quien a modo de  gratificación  les dio sendos abrazos, al tiempo que los comparaba con ángeles guardianes de su familia, y luego con una bendición se despidió de ellos, sin saber que con ese abrazo a Desiderio Ospina, se llevaba el penúltimo abrazo que él recibiría  en su vida.

El patrullero Gerardo Cuao referiría luego, así los hechos: “Con aquel amigo  de trabajo, aquel hombre niño que sin pensarlo dos veces me animaba a seguir ayudando a las personas que nos necesitaban. Caminamos unos pasos hacia una quebrada que corre junto  al barrio El Carmen; la  corriente se veía  crecida pero sin la apariencia de representar mayor riesgo, pero no dejó de inquietarme, sentía que algo no era normal, que algo estaba por fuera de su estado rutinario, deduje que era necesario adentrarnos más en el sector y pedirle a la gente que evacue la zona aledaña al cauce; y de súbito en el preciso instante que nos embarcamos de nuevo en nuestro vehículo policial un tumulto de agua impactó la camioneta y empezó a empujarnos en forma intempestiva, el torrente nos arrastraba con una fuerza descomunal, y sin dar tiempo a ninguna maniobra para evitarlo; estábamos a merced de la furia de la naturaleza.”


“La brutal fuerza del agua descontrolada que venía acompañada de un ruido atronador nos había atrapado dentro del carro y no nos dio tiempo de hacer absolutamente nada. Fue un instante irreal, un instante de  segundos en los cronómetros,  pero de siglos en nuestras vidas.  Fue un instante vital en el cual con Desiderio nos animábamos para darnos una oportunidad en medio de la ferocidad de la naturaleza; Un instante eterno el que nuestras miradas no pudieron conectarse por las violentas sacudidas del carro, pero  la adrenalina de nuestro cuerpo y el espíritu de supervivencia sólo apuntaron a que espontáneamente nos abrazáramos para darnos fortaleza, mientras el ataque de la avalancha nos impactaba con toda su intensidad; el vehículo se convirtió en parte del marasmo de lodo, piedras, agua, y todo aquello que previamente había demolido en su camino de muerte y destrucción. Estábamos dentro del incontrolable torrente, viviéndolo, sufriéndolo, siendo parte del caos. En otro fugaz instante, alcancé a pensar con desespero en cuál sería nuestra oportunidad frente al cataclismo  desatado y solo pude exclamar: ¡Dios mío ayúdanos! , mientras apretaba con todas mis fuerzas a mi compañero de infortunio.”


“Aquel abrazo a mi amigo Desiderio se convirtió en el último de su vida. Vagamente recuerdo que un madero impactó la cabina del vehículo con tal fuerza que la dividió en dos y desde ese momento  perdí contacto con mi compañero que ocupaba el puesto del conductor. Los bruscos movimientos y las vueltas sobre un eje sin punto fijo dejó el vehículo totalmente destruido; las piedras y los objetos golpeaban y dejaban sus marcas en las latas y el chasis. Yo aún abrazaba la esperanza de sobrevivir.”

 “Creo que el carro  hizo un largo recorrido desde el punto donde nos embistió  el  torrente, hasta  el lugar en que finalmente  fue a parar. Quizá cerca de medio kilometro.  Y  de pronto, casi que con la misma rapidez con que empezó a ser arrasado  el vehículo, todo quedó abruptamente quieto. Nuevamente sentí la irrealidad dentro de la realidad: había sobrevivido al embate de una cólera natural irracional, inmisericorde y desmedida.”

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“Agotado, impregnado de barro de pies a cabeza, con frio y encerrado en los latones arrugados del vehículo, y en un estado de estrés extremo le gritaba a mi amigo Desiderio que no me abandonara, que íbamos a salir juntos de la situación en la que estábamos, pero al no recibir respuesta pensé que estaba afuera  inconsciente y entonces entendí con mayor razón que debía afrontar con valentía el tormento  de las heladas aguas y la incertidumbre de no saber el estado de mi compañero de patrullaje. Haciendo uso de mis conocimientos en técnicas de supervivencia, respire profundamente y traté de adoptar una posición más cómoda en el asiento del vehículo para evaluar mi situación; calculé que serían tal vez más de las doce y media de la madrugada y a punto de la hipotermia, comencé a perder la fe, pensé que ya no tenía más opción que resignarme a una suerte fatal, por primera vez asumí la posibilidad de mi muerte y eso me hizo evocar a mi madre, mis hermanos, mis amigos, mi vida; pero sobretodo no dejaba de pensar en mi compañero Desiderio.”

“La lluvia seguía cayendo tenuemente, convirtiendo el frio en un tormento insoportable, tiritando comencé a hacer un chequeo de mi cuerpo en la oscuridad, tenía las piernas separadas y con el muslo izquierdo creí  tocar a Desiderio y nuevamente le dije en voz alta que no me dejase solo, lo animaba a seguir luchando por vivir, mis manos estaban libres y entonces recordé que tenía en mi cintura un radio de comunicaciones, lo tome con ansiedad, estaba empapado y lleno de lodo, pensé casi de inmediato  en descartarlo pues al tratarse de un elemento tecnológico, lo más probable fuera que estuviera averiado, eso me desesperó aún más; ya empezaba a sentir que mi cuerpo se adormecía y un cansancio extraño que me obligaba a no seguir luchando.”

“Sin embargo, decidí intentarlo, encendí el radio y comencé a modular mi voz de auxilio: ¡ De milagro el aparato aún funcionaba ! Tardó un momento eterno hasta que la central de comunicaciones respondió a mi llamado y fue en ese preciso momento que le di rienda suelta a todas mis emociones y lloré, lloré por mi situación, lloré por Desiderio, lloré por sentir el calor humano de mis compañeros. Sentí la ansiedad de la voz del señor Capitán Ocampo que respondía a mi súplica de socorro. Sentí como mi sufrimiento se transmitía por ese aparato de comunicación. Sentí como cada uno de los policías que me escuchaban me animaban a sobrevivir y súbitamente creí que de verdad algún ángel celestial compadecido ante tanto sufrimiento que supuse solo mío, tenía la orden sagrada de  protegerme  y me sentí rodeado de una burbuja celestial que tiempo después otras personas también aseguraron haber experimentado.”

El Capitán Ocampo, policía experimentado y  sobreviviente de circunstancias similares, cerró los ojos y recordando sus vivencias, empuñó sus manos y con voz firme preguntó por el radio de comunicaciones que quien solicitaba ayuda y el patrullero Gerardo Cuao contestó en clave policial que se trataba de él y su compañero Desiderio Ospina. De inmediato el Capitán Ocampo ordenó a sus subalternos que había que ubicarlo y rescatarlo como fuera y al precio que fuese; el capitán se vio reflejado  en Cuao, y recordó como él alguna vez, también estuvo a la merced de la valentía de otros; por eso en una operación diligente y  segura  lograron ubicar a Cuao, casi medio kilómetro distante del punto donde la furia del agua arrasó el vehículo en una  forma tal que parecía imposible que alguien pudiese estar ileso dentro del mismo.

Pero, lo imposible sucedió y entre un montón de hierro y latas retorcidas el patrullero Cuao había sobrevivido. Desesperado por la angustia de una posible  arremetida de una nueva avalancha, Cuao había comenzado a gritar para que sus compañeros lo ubicaran, él sacaba el radio por una grieta del vehículo destruido para que en la negrura de la helada madrugada lo ubicaran, ahora estaba dispuesto a luchar nuevamente por su vida y le decía a Desiderio (aún pensaba que estaba a su lado) que los habían ubicado que todo era cuestión de tiempo.

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Para llegar al lugar donde se encontraba Cuao, tardaron más de media hora, pues tenían que ser muy cuidadosos con cada paso que daban en medio de ese caos que se había formado en la oscuridad; esa circunstancia de cautela permitió que se diera otro milagro, ya que uno de los policías que iba al rescate de Cuao, halló vivo a un niño de de dos años de edad en medio del fango y escombros. El menor fue llevado de urgencia al hospital local. El sufrimiento de Cuao  dentro del automóvil  que fue ubicado en una semi-isla a unos pocos metros del rio Mocoa,  había servido para que sus compañeros salvaran una vida más.

Luego, tras cuatro horas de continuo y arduo trabajo en equipo, el Capitán Ocampo y otros voluntarios  lograron liberar al Patrullero Cuao del cautiverio de las latas nauseabundas de lodo y agua. Con asombro comprobaron que estaba casi ileso, pero aún no muy consciente de la magnitud de los hechos, ya que en medio de su drama, Cuao seguía asegurando que su compañero Desiderio estaba en su puesto de conductor, a lo que sus rescatistas respondían con un silencio doloroso que se mezclaba con la negrura  y el frío  de esa triste madrugada para Mocoa.

Mientras era llevado al centro hospitalario un rescatista de los bomberos voluntarios le decía a Cuao que no se durmiera, temía que algún golpe o la hipotermia afectara su integridad física y mental, le preguntaba por su familia, por su novia, por su mamá, por su profesión a lo cual Cuao respondía en forma acertada y precisa. Cuao no se alcanzó nunca a imaginar que en el hospital se encontraría de frente con una realidad de una tragedia de proporciones dantescas: Vio a tantas personas heridas, niños, niñas, jóvenes, mujeres,  adultos, ancianos, que se negó a ser atendido por dos enfermeras, pues insistió que debían ocuparse de aquellos que a su parecer necesitaban más ayuda. Había tantas lágrimas que fácilmente pudieron inundar nuevamente Mocoa.

El patrullero Cuao anota esto después de su odisea: “Luego  de pasar unos días en mi hogar y llegar nuevamente a Mocoa a pesar de las súplicas de mi madre para que no lo hiciera, cuando relato mí historia aún los más escépticos no se explican cómo logré sobrevivir a pesar de que el vehículo fue arrastrado casi medio kilómetro y quedar  totalmente destruido por el torrente.”

"Por eso sigo apegado a mi creencia de que fue la voluntad de Dios por la cual pude salir ileso; en la negrura de la madrugada, todos estaban cubiertos  de barro como si la naturaleza nos recordara nuestra igualdad y el origen de nuestra existencia a partir de un soplo divino a ese material.  Entonces recuerdo con nostalgia  la frase de mi compañero Desiderio, ya que al enterarme de su deceso comprendí claramente que hablaba en forma clarividente: Él regresaba a las filas celestiales habiendo cumplido a cabalidad con su deber de proteger vidas, incluso  cuando eso representó perder la propia. Cierro mis ojos y al instante rememoró sus palabras: “Aún hay personas que nos necesitan, vamos a tenderles nuestras manos.” 

"A mi no me dejó sus manos,  a mí me dejó un abrazo marcado para el resto de mi vida."

                                                                                                                         (Cuao- 2017)

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Redacción: John Montilla. Licenciado en Lenguas Modernas, 
                                          Esp. Procesos  Lectoescritores.

Recopilación: Jesus Ernesto  Anacona Delgado.  Intendente (Policía Putumayo)

Fotografía 1      : John Montilla
Fotografía 2 y 3: Deiber Trujillo . Subintendente  (Policía Putumayo)

Fotografía 4      :  Caracol.com / Policía del Tolima.

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