miércoles, 28 de agosto de 2013

FALTARON HUEVOS

Por: John Montilla


Cuando la señora iba a tomar los huevos le dijeron que no podía llevarlos si no compraba una remesa completa.

El asunto es tal cual se describe arriba, a cierta persona que conozco, no le permitieron llevar un  panal de huevos si no compraba más artículos en el local. La razón  de esto es sencilla; debido al paro de los cafeteros  y al cierre de las vías  hubo escasez de productos en la ciudad de  Mocoa (Colombia) ; entre ellos, aquellos de consumo básico como los huevos.

Como resultado de ello, no  es secreto decir que se presento especulación de algunos productos (Lo de la gasolina merece capítulo aparte, sé de personas que pagaron hasta 15 mil pesos por galón, por eso algunos dicen que cuando se normalicen las cosas hasta la gasolina NO subsidiada nos parecerá regalada).

Volviendo al asunto de los huevos, ¿Está uno obligado a comprar más de lo que uno quiere llevar sólo porque se necesita determinado artículo? , Hasta donde tengo entendido creo que no; y planteo estas preguntas: ¿Qué hubiera pasado si la señora  “agarraba los huevos”  aún si no se los querían  vender?, ¿Si la dama en mención hubiera dejado tirado en la caja el costo del artículo y se lo lleva? ¿Quién tiene la razón? ¿Quién infringe la ley en un caso de esos?;  en este episodio  creo que  a la señora  le quedaron “faltando huevos” pues debió haber hecho valer sus derechos como consumidor. 
El asunto me recuerda una anécdota que leí alguna vez sobre alguien a quien le iban a cobrar por algo que no quería consumir:

Un cliente entra a un restaurante y le dicen que el plato en  oferta del día vale $ 3 mil pesos  con huevos al gusto incluidos,   el cliente dice que no quiere comer huevos, y el mesero le responde que en ese caso la comida le costara $  5 mil pesos porque  está ordenando a la carta;

El sorprendido cliente argumenta: ¿Debo pagar más por no querer comer huevos?

Si señor – le responde el mesero.

En ese caso- dijo  el cliente sírvame la comida con huevos.

¿Y cómo los quiere? - pregunta el mesero.

El cliente responde: ¡Crudos ¡  … y se los llevó para la casa. 

A  esto yo le llamo “tener huevos” un cliente y hace valer sus derechos.


John Montilla. 
Esp. Procesos lecto-escritores

(Fotografía1:  Tomada de www.fekrat.org )


Crónica: De cómo se perdió un carro

Por: John Montilla

Por esas casualidades de la vida la “ganadora” del carro que rifaba gratis la alcaldía de Mocoa, resultó ser una de mis ex alumnas, pero no hay dicha completa, les diré porque…
Casualmente , (ya van dos casualidades) estaba escuchando radio local, cosa que casi nunca hago, y me enteré al instante que la feliz ganadora era una persona a quien distinguía, y se me vino la corazonada de que quizá ella no estuviera en el sitio donde se estaba desarrollando el evento. Pues era requisito estar en persona para reclamar el premio. Así que tomé el celular y busque su nombre y número, que aún conservaba gracias a que fui su director durante su último año escolar.

Hice cuatro llamadas seguidas, y no hubo respuesta, a la quinta me contestaron y alcance a escuchar ruidos y tropeles, supuse que estaba en el lugar del evento, pero no; se había ido a Puerto Umbría a la casa de su mamá ya que se encontraba un poco enferma, es decir a casi una hora de distancia de la ciudad de Mocoa (ya se había enterado por radio también) y el plazo que daban para llegar a reclamar el premio era de apenas media hora. No había tiempo que perder le dije: Tienes menos de treinta minutos para llegar.

Posteriormente me enteré que salieron raudos en compañía de un hermano en una motocicleta, me imagino lo temerario de la velocidad a la que se desplazaron en una vía recién pavimentada y en la que ya han sucedido varios accidentes fatales. Minutos después de que salieran volví a llamarla, pero dada la velocidad a la que se desplazaban y a la recepción que no era muy buena, la comunicación se tornó ansiosa y algo desesperante al no poder comunicarnos eficazmente.

Alguien me suministró un número que estaban facilitando en el lugar del evento para que los ganadores se comuniquen directamente con los organizadores y se lo envié vía mensaje de texto, y procedí a llamar de nuevo a los apurados viajantes, pero de nuevo , la señal muy deficiente, le pregunté después de varios apremiantes instantes, si había recibido un mensaje, me dijo que no, y procedí a enviarlo dos veces más, por si las moscas, a tanto hacer logré decirle que se comunicara con ese número y para complicar las cosas me respondió que no tenía minutos disponibles para llamar.

Salí de casa corriendo a la tienda más cercana, para hacerle una recarga a su celular, en el local tenían una radio sintonizada en el evento del bingo y el locutor justo estaba diciendo que faltaban cinco minutos para que se venciera el plazo , y que si no aparecía la ganadora , el carro se volvería a rifar. Confieso que no pude leerle el número al tendero, le pasé mi celular y le dije: “hágame una recarga urgente a este teléfono:” y me dispuse a esperar el paso inexorable del tiempo.

El tendero conversaba con unos clientes sobre el asunto, decía: “Va a perder el carro, eso sí es estar de malas.” Algo nervioso, le dije: esos minutos son para la ganadora, espero que logré hacer la llamada, pero al tiempo no lo detiene nadie, y el plazo se acababa. Justo antes del minuto, alcanzamos a escuchar por la radio, al locutor que decía: “ya viene, ya viene”, pero no, al parecer una amiga suya que también se había comunicado con ella, se había animado a decir que ella ya venía en camino, pero este atenuante según escuchábamos no estaba siendo tenido en cuenta.

Luego, cuando faltaba cuarenta segundos para acabarse el ultimátum, el público coreaba junto al locutor el conteo regresivo que marcaba la hora señalada; la suerte estaba echada. El bullicio de los asistentes que celebraban la mala suerte de otro era una señal muy evidente, al son de los comentarios de los clientes de la tienda sobre la oportunidad desperdiciada, salí de allí con las manos en los bolsillos y un malestar en el estomago fruto de los minutos de estrés y la adrenalina consumida por el afán de ayudar a otro a obtener su premio.

Minutos después de pasado el plazo señalado, recibí una llamada. “Profe, ya llegué, pero ya no hay nada que hacer”, a pesar de que ella, según me contó logró hacer la llamada, y alguien le había dicho que necesariamente debía estar presente.
Me fui a verla, cuando la encontré le di un abrazo de consuelo, y me contó que le habían dicho que había perdido el premio, que el señor alcalde públicamente había acordado hacer la rifa otra vez, me dijo que le había ofrecido como premio de consolación una vajilla, pero ella dignamente, había pedido que le dieran otra cosa y entonces le habían permitido escoger una lavadora. Una humilde y amable señora la consolaba diciéndole. “Todo lo que pasa en la vida es un designio de Dios”, yo lo llamo, estar en el lugar equivocado a la hora equivocada.

Pero como a veces las desgracias de unos son las alegrías de otros, de entre el público una jubilosa señora se convirtió en la feliz ganadora del carro cuando este se volvió a rifar. En lo que a mí respecta me siento bien en haber intentado ayudar en algo, aunque me hubiera gustado otro final para este relato.

John Montilla


Lic. en Lenguas Modernas



lunes, 26 de agosto de 2013

Nativos Digitales

Por: John Montilla


Aunque me había percatado del hecho; desconocía hasta hace unos pocos años, que ya se hubiera asignado una expresión para el floreciente fenómeno social. Y eso  gracias a que tuve la fortuna, de escuchar a una conferencista que trajo a colación el  término “Nativo Digital ” para referirse a la manera como los jóvenes de hoy estudian o realizan todo tipo de actividades.

 Sin duda,  todos ya hemos sido  testigos de cómo los muchach@s en la actualidad   parecen estar haciendo un sinnúmero de actividades al mismo tiempo: por ejemplo para estudiar  ponen música, o se sientan en frente del televisor encendido, y a la vez  que tienen ojos en los libros, tienen su mirada  en la pantalla, o quizá unos cables ocultos tras la ropa o el cabello delatan que tiene colocados unos audífonos para escuchar música; naturalmente no les  falta el celular, con el cual ejecutan  infinidad de  acciones.

 Además hay que agregarle el uso de los computadores y si este tiene conexión a Internet, sus posibilidades  de maniobrar se expanden hasta el máximo con esta herramienta. Esto para mencionar, sólo unos pocos ejemplos de cómo ellos ejecutan sus labores escolares u otras actividades diarias.

 Recordaba la conferencista, antes mencionada, de cómo “antiguamente” a nosotros se nos sugería casi con obligatoriedad, que para estudiar se precisaba de silencio para lograr una mayor concentración, que había que buscar un lugar tranquilo, y preferiblemente un sitio en el que la luz le pegara a uno en la espalda y ojalá por el lado izquierdo; igualmente había que adoptar una buena postura,  tanto para leer como para escribir; obviamente el ruido era un elemento casi prohibido. Si se compara esto con las formas actuales de hacer las cosas, vemos que la brecha generacional es muy grande y de allí vienen las expresiones  que los estudiosos de la educación han acuñado recientemente. 

Según el estadounidense Mark Prensky, quien postuló   el nuevo término: Los “Nativos Digitales” son todas aquellas personas nacidas desde mediados de los 90’ (del siglo pasado) en adelante. Por ende, los “Inmigrantes Digitales” son (somos)  el resto de los mortales nacidos antes que los “Nativos Digitales”.



El hecho es muy serio, porque el problema  se intensifica a  la hora de la educación, ¿Cómo los instructores “Inmigrantes Digitales”, ya sean profesores  o padres de familia hacen para enseñar a esta nueva generación?, ¿Cómo enseñar con una lengua pre-digital a una población que habla  una nueva lengua?; Vilches, un pensador chileno destaca que en la migración digital el mundo no se divide entre ricos y pobres, sino entre los que están informados y aquellos que han quedado fuera de las nuevas tecnologías.

Al respecto hay una frase contundente sobre el tema, que nos ilustra sobre la magnitud del problema al llevarlo al contexto educativo:

“A menudo la escuela enseña contenidos del siglo XIX,  con profesores del siglo XX, a alumnos del siglo XXI”  (Monereo & Pozo); el  escenario es difícil: imagínense la situación tanto de un profesor en clase  o  un padre de familia en casa con  un joven tecnológicamente superior. El reto  a enfrentar es duro ya que estamos perdiendo la comunicación con ellos; mientras nosotros nos  sentimos maniatados, “ellos”; “Los Nativos Digitales”,  la generación de los cables, pasan corriendo. 

Entonces ¿Qué hacer ante esta situación?, nuestra conferencista nos dio también unas luces sobre el asunto; primero que todo, tratar de aprender algo de las nuevas tecnologías, y para  ese propósito bien se podría usar el conocimiento que los Nativos Digitales, (misión imposible dirán algunos), y  en segundo lugar , tratar de orientar el uso controlado de la herramientas tecnológicas, pues está demostrado que el hecho de que las utilicen, no necesariamente implica que ellos le estén dando buen uso.

El tema en mención da para largo, por ahora cabe subrayar, que  si por lo menos no  hacemos el intento de ponernos a su alcance, los “Migrantes Digitales”, es decir los que no pertenecemos a la era de las nuevas tecnologías,  al igual que los dinosaurios  corremos el riesgo de padecer una extinción de naturaleza digital.

John Montilla
Esp. Procesos Lecto-escritores
Imágenes: Internet


El Florero de Llorente

Por: John Montilla

Un poco de jocosidad  histórica; el 20 de Julio de 1810 es una de las  fechas más conmemorativas y respetables de nuestra historia, día en que se produjo “el grito de independencia”.

Para agasajar  a un  visitante
se puso todo el  esmero,
se consiguió todo lo  importante,
pero  faltaba un florero.

Y resulta  que el criollo Morales,
de nombre de pila  Antonio
por pedirle el favor a González 
Inició  la del demonio.

El  tal González era Llorente.
Quien era español y  tendero
que al ponerse  de indecente
alborotó todo el  avispero.

El chapetón en su torpeza
se negó a prestar el florero,
y Morales le dio en la cabeza
Por  miserable y  por grosero.

Morales bastante  enfurecido
le propinó al chapetón  Llorente
Un puño  tan merecido, 
a nombre de nuestra gente.

Ante  toda esta  agitación
al pueblo se le colmó la  paciencia,
y decidieron  aprovechar  la  ocasión
de  revuelta  y “efervescencia”

Y como el día era de misa y mercado
la  gente llegaba a montones,
y hasta los que se habían confesado
gritaban: “abajo los chapetones”.


Algunos criollos muy  alterados
rompían puertas y vitrinas
y los decretos del virrey pegados,
por su mandato en las esquinas.

Y en medio de aquel enredo
surgió del pueblo  “El  Tribuno”,
el gran y elocuente Acevedo:
“Compatriotas el país es sólo uno.”

Acevedo y Gómez  arengó a su gente.
Agarrando las batutas:
”Afuera  el chapetón  Llorente
Y todos esos   “Hps……”.

Acevedo y Gómez  siguió  contento,
y  exclamó con toda su  elocuencia:
“No perdamos este momento
de calor y efervescencia”.

“Para el calor una cerveza”;
gritó un borracho impertinente:
Y  pa’l dolor de cabeza
la efervescencia de un alka seltzer.

A codazos lo sacaron medio muerto,
mientras gritaban  entusiasmados:
 Queremos ya un  “Cabildo Abierto”,
que  de los chapetones estamos “mamados”

Y aunque el virrey no se lo esperaba,
al pueblo  se le acabó la paciencia
y en su cara de viva voz se lo gritaba:
“Que viva la independencia”.

El virrey sin tiempo ni de ir a misa,
para España corrió sin disimulo
a contarle a su majestad  a toda prisa
que en La Nueva Granada le habían pateado el “_____”.

Y esta versión es la verdad
que conoce el mundo entero
la anhelada  libertad
empezó  con un florero.

* * *

Hoy a pesar de los sucesos históricos pasados,
“La Patria Boba” por  cualquier florero sigue en disputas.
Por culpa de Llorentes de “cuello blanco” engalanados,
los criollos aún  vivimos llevados del “p_____”.



John Montilla
Esp. Procesos lecto -escritores
(2 Fotografías tomadas de Internet.  Fotos de banderas y verduras: autor) 

ATROPELLO

Por : John Montilla



En la oscuridad de la noche, súbitamente aparecieron en la vía unos ojos luminosos que centellearon con la luz de las farolas de la camioneta en que viajaba y aunque la imagen duro tan sólo unos breves segundos, alcance a ver que se trataba de un animal conocido como “raposa” o zarigüeya; la criatura que llevaba en su lomo a sus pequeñas crías estaba a punto de cruzar la carretera, pero el conductor pese a la velocidad en que íbamos decidió hacer una maniobra rápida e imprudente para atropellarla.

Inevitablemente, todos pudimos escuchar el golpe y los chillidos de los animalitos al ser arrollados por el vehículo. La acción del conductor había sido matemáticamente precisa: los agarró de lleno.
Indignado por el hecho le dije secamente al chofer: ¡Que no había ninguna razón para hacer eso! –Me contesto de igual forma- ¡Ese animal es una plaga y hay que acabarlo! Ante esta insolente respuesta opté por quedarme callado; luego una de las pasajeras cortó el brusco silencio que se hizo en nuestro entorno, se puso del lado de él y dijo. “Sí, ese animal es muy dañino, el otro día en la finca se nos metió una al gallinero y nos mató varias gallinas”.
Ante este respaldo el conductor agregó: “Lo mismo pasó en la finca de mi suegro con unas raposas invasoras, los tenían tan azotados que casi cada noche tenían que levantarse a vigilar el gallinero.” – luego contó que las habían eliminado dejándoles de carnada una gallina envenenada- según decía – el veneno resultó tan bueno, que los animales no habían alcanzado ni a correr ni siquiera unos diez metros antes de morir. Y por lo que yo veía él había decidido continuar aún con el exterminio.

De un momento a otro la conversación, dentro de la camioneta se hizo en torno a estos particulares animales, otra de las pasajeras le dio por decir: “Que un caldo de raposa sin sal es bueno para curar el acné y que su carne tenía sabor a gallina”. Eso me hizo acordar de cierto conocido, que un día me dijo que le habían conseguido un ejemplar y que tenía preparado un caldo para que tomaran sus hijos, aunque obviamente no les iba a decir de que se trataba, porque si no de seguro no se lo tomaban. (Pobres raposas, aparte de que las utilizan, las desprecian), claro que el remedio parece que nos le surtió efecto porque luego me contó que el problema persistía, quizá no le dijeron cuantos “bichitos” debería sacrificar para acabar con tan molesta “pesadilla juvenil”.


Pero que yo sepa el mito continúa para desgracia de estos pobres animalitos.
También se me viene a la memoria, la vez que un par de estos animales fueron descubiertos a pleno día en lo alto de unas palmas que producen un fruto popularmente llamado canangucha y un osado muchacho había decidido temerariamente subir a cazarlas; siempre lamenté no haber tenido una cámara a mano para registrar la acción de esa épica cacería a machete en las alturas; ambas fueron bravamente cazadas, digamos que contrario al insensible atropello en carretera, la de los aires fue una muerte digna (si es que puede llamarse así) y con el propósito de usarla como alimento y no simplemente con la mera intención de exterminarlas o como mito regional de usarla para preparar una “pócima anti acné”, cuyo brebaje a algunos les produce repulsión.

A todas estas, yo no había vuelto a pronunciar absolutamente ninguna palabra sobre el incidente. Dentro del automóvil los restantes pasajeros continuaban su charla sobre las raposas con historias que lamentablemente no recuerdo; de repente se desató tremendo aguacero y la conversación pasó al terreno del clima. En mis cavilaciones, pensaba que la naturaleza lloraba por la pérdida de sus indefensos seres, y ahora nuestra marcha nocturna continuaba acompañada de terribles relámpagos y truenos.
¿De cómo terminó el viaje ?… Eso, ya es tema para otra historia.

John Montilla
Esp. en Procesos lecto-escritores


lunes, 19 de agosto de 2013

"MALICIA INDÍGENA"

Por: John Montilla.


La siguiente anécdota da fe de eso que algunos llaman la “malicia indígena” que caracteriza a ciertos habitantes del departamento del Putumayo. Aunque no recuerdo exactamente quien la refirió, si puedo anotar lo sustancial del hecho.

En cierta ocasión un grupo de tres putumayenses arribaban por primera vez a la ciudad de Bogotá; dos de ellos vestidos de manera corriente y el otro ataviado con un traje típico de una nuestras comunidades indígenas, es decir con vistosa corona de plumas, collares artesanales, la tradicional cusma y otros elementos decorativos. Pues bien, el trío de recién llegados, ante el desconocimiento de la ciudad y la imposibilidad de tomar un transporte público económico, decidieron por prudencia tomar un taxi que los condujera hacia su destino.

Es muy probable que por el mismo hecho de ser forasteros no sabían que el costo de este servicio en la capital es de por si elevado; de ahí que una vez llegaron a la dirección indicada, el taxista, quizá al verlos y comprender que no pertenecían a la ciudad, pensó que podría sacar mayor provecho de esa situación y les cobró una cantidad sumamente exagerada por el servicio.

En consecuencia, se armó al momento en el interior del vehículo una discusión entre los ofendidos pasajeros y el taxista sobre el asunto del precio, sobre todo, por parte de los dos señores que iban vestidos de “civil” que alegaban acaloradamente con el conductor; mientras esto sucedía, el “indígena” había empezado a sacar de su mochila ramas, riegos, menjurjes y cascabeles, y había empezado un extraño ceremonial a la vez que entonaba cánticos en su
lengua nativa, ante este inusual acontecimiento, la calma había retornado dentro del taxi.


Al presenciar este curioso suceso, el sorprendido taxista, le había preguntado por lo que estaba haciendo, y el indígena a la vez que sacaba la plata para pagar la tarifa le respondió: “Como usted nos está cobrando un precio más de la cuenta, yo le voy a dejar maldiciendo y salando el carro”, y ante esto, el taxista más espantado que furioso, le había rogado que le desbaratara el “hechizo” y que a cambio NO les cobraría absolutamente ni un peso por la carrera que les había hecho.

Pues bien, el indígena, ante la mirada atónita del taxista, ni tardo ni perezoso había empezado otra vez su particular rito para “exorcizar” el vehículo. Una vez terminada la ceremonia, el conductor sin querer recibir nada de sus pasajeros, se fue de allí tan rápido como pudo, mientras los otros se desternillaban de la risa.


John Montilla
Esp. Procesos lecto-escritores

¿Broma o burla a un profesor ?

Por : John Montilla


Los estudiantes de un colegio en Sincelejo aprovechan la clase para preguntarle al profesor como se dice: “¿muéranse o “mueransen ?” El profesor responde: “¡muéranse! ” Al instante todos sus estudiantes se tiran al suelo, otros bajaron sus cabezas haciéndose los muertos e incluso uno de ellos se estrella contra el tablero y cae.

¿Qué decir ante este tipo de eventos?, en primer lugar el rector de la institución afirmó que “esto obedece a un caso de matoneo, porque se produce violencia dentro del aula de clase.” De ahí que a los estudiantes implicados se hayan hecho merecedores de unas sanciones, entre ellas deben realizar y publicar vídeos de buenas conductas.

Ahora, abordo el tema desde mi punto de vista; en primer lugar, propongo una diferencia entre una broma, y una burla; en una broma nos divertimos todos, todos gozamos; mientras que en una burla, unos se divierten a costa de alguien, es decir se pierde el respeto y entramos en el terreno de la ofensa y en el campo educativo es una línea que debe estar siempre bien demarcada,
En mi experiencia, puedo anotar que dependiendo de un grupo o curso en particular, sería muy fácil clasificar si se trató de una broma para pasar un rato “diferente” o una burla contra uno, me explico, si tal acción es ejecutada por un grupo del cual se tiene buenas referencias de trabajo académico, disciplina, creatividad y respeto, entonces uno dice, listo lo hicieron porque les nació, se gozaron el instante; el evento se hace y luego queda como una anécdota divertida del proceso escolar, fin del hecho.

Pero, está la otra cara de la moneda, si tal acción viene de un grupo cuyas referencias disciplinarias y académicas no son las deseables, entonces, fácilmente se podría deducir que las intenciones no son del todo muy sanas, y entonces sí que hay que entrar a tomar los correctivos necesarios para que la convivencia escolar se mantenga dentro de unos parámetros normales de tolerancia mínima con los demás. Ya que en determinados casos puede ser el punto de partida para posteriores acciones que paulatinamente pueden ir subiendo de nivel y que pueden acarrear grandes inconvenientes en el trabajo escolar, la diferencia con el párrafo anterior es: este es el capítulo inicial, aún no se ha acabado la historia.

Puedo citar algunos ejemplos locales: a cierto colega durante su clase, los estudiantes se pusieron de acuerdo para hacerse los dormidos en sus pupitres, la acción dura lo que demora la toma de una foto, el resultado: el profesor en primer plano en frente del tablero hablando a un grupo de estudiantes dormidos; y listo, la imagen a las redes sociales, luego vienen todo tipo de comentarios que no dejan bien plantado al docente.

Igualmente, cito el episodio de otro compañero que en clase se sentó en su escritorio a revisar unos trabajos escolares, en cierto momento llega una estudiante por la espalda y le da un abrazo no bien intencionado, porque al frente ya se había ubicado una compañerita con la cámara lista para atrapar la imagen, el resultado: una foto completamente fuera de contexto que lo puede poner en problemas.

Recuerdo mis clases de literatura en la universidad, había una estudiante invidente, que usaba una grabadora para registrar todas las clases; y cuando nuestro maestro se iba a despachar con uno de sus memorables discursos socio-políticos, donde no dejaba títere con cabeza, y en los cuales no solía cuidarse mucho del vocabulario a usar; antes de empezar le decía: “Apague el aparato un momento mamita que con ese me puede hacer joder.”

Y eso creo que es lo que pasa en la actualidad; con los “juguetes tecnológicos” en manos de los estudiantes, el quehacer académico con sus altibajos cotidianos se salió del aula de clase, y se volvió universal, el problema es que parece que se le da mayor relevancia y reproducción a las cosas triviales e insignificantes, y se está dejando de lado la esencia del proceso educativo que es la buena formación personal y la excelencia académica.

John Montilla
Lic. en Lenguas Modernas