Por: John Montilla
Desde mi casa paterna estoy
escuchando al vecino de enfrente que, junto con su grupo musical, están
ensayando temas de música campesina. Debo confesar que siempre me ha gustado
escucharlos, a pesar de que a ratos pareciera que desbarataran un tanto la armonía
del silencio de la cuadra, pero tiene su encanto porque ellos le dan un
preludio al diciembre que se acerca. Yo me digo: “Desde que don Segundo
enciende, se siente que viene diciembre”. El vecino llegó a vivir al barrio
hace ya varios años y llegó para quedarse. Lo triste de su llegada fue que nos
dejó sin la pequeña cancha de arena donde de niños jugábamos torneos de
banquitas y voleibol. Perdimos ese solar, pero ganamos un buen vecino.
Y mientras los escucho, cae
otro de esos repentinos aguaceros del pueblo, después de un día soleado.
Entonces se me ocurre hacer un barquito de papel para ponerlo a navegar un
momento por el pequeño arroyo que discurre por la calle. Lo hago, lo suelto en
la corriente, que lo lleva rápido por debajo de un automóvil estacionado, y
luego lo veo aparecer pronto calle abajo por el pequeño torrente que ahora
parece impetuoso. Metros abajo choca contra unas piedras que no deberían estar
ahí, y un poco más allá encalla en una grieta del pavimento y hasta allí llega
su efímera aventura de papel. La lluvia sigue cayendo y refresca el ambiente,
la tarde agarra otro aroma. Esa bendita lluvia le da nueva vida a la calle y me
parece que las cosas adquieren un tono festivo acompañado por la música del
vecino y su grupo.
De repente todo me parece más
bonito. Veo a la vecina más abajo que ha pausado un momento su pasatiempo de
llenar sopas de letras para ponerse a conversar con otra vecina que ha llegado
hasta su casa para guarecerse de la lluvia. El gato de otra vecina duerme
perezosamente en una ventana, ajeno al agua que cae. El anciano que arrienda en
la casona cercana hoy sábado no ha ido a recoger reciclaje, sino que se ha
quedado tejiendo. Veo unos ovillos de lana blanca y roja que descansan en el
piso, mientras él, caladas sus lentes y sentado en su silla, hábilmente sigue
en su proceso de tejer bolsos.
Al poco rato, la lluvia, así
como llegó, se fue, el gris del cielo desaparece y vuelve la claridad. Un
momento después, un vendedor de jugo de borojó llega hasta donde los músicos
con su carrito que tiene un colorido letrero llamado “El Borojazo”. Me acabo de
enterar de que es inquilino del vecino. El sol vuelve a asomarse, las plantas y
los bosques ya han saciado su sed. En esas llega mi hija y me saca de mi
ensueño y me pide que le dé dinero para comprarse unas papas fritas, le paso un
billete y la veo correr calle abajo, con la camiseta de la selección Colombia,
que me gusta únicamente porque les hace un homenaje a las mariposas amarillas
de García Márquez. Mi hija regresa pronto, pero con una bolsita de coloridas
gomitas dulces. La tarde se ha vuelto multicolor. Como ya no cae la lluvia, veo
a una madre sacar a pasear a su bebé en su cochecito rosado.
Mi vecino y su grupo continúan
ensayando sus temas para las fiestas de fin de año:
“Sobre el juncal florido del
riachuelo
viene volando un pájaro
amarillo.”
Pienso que la vida se pone
bella en las cosas cotidianas.
***
John Montilla (26-IX-2026)
Relatos en mi camino

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