Por. John Montilla
A él, la noche del desastre en
nuestro pueblo, vi que agarraba un sofá que venía bajando por la calle y lo
atravesó en la puerta en un vano intento por evitar que las aguas entraran a su
casa. Esa noche de pesadilla de un momento a otro la calle se lleno de todo
tipo de cachivaches que naufragaban en lodosas aguas. Recuerdo que por el mismo
portón por el que a veces aparecía a latirme un agresivo perro ciego, salía esa
noche un tremendo torrente que escupía todos los objetos que agarraba dentro de
la vivienda. La calle de tantos años felices daba miedo esa noche. Luego, paso por frente de la casa del
sargento, él también ya se marchó de este mundo, no apuntaré nada sobre él,
porque ese “sargento si tiene quien le escriba”. A mi mano derecha quedaba la
sastrería “el pollo”, a su propietario quien tuvo la desgracia de caer en el
pozo de las drogas le tengo el borrador y el título de su historia: “El pollo
que salió de la olla.” Pues el hombre está en un exitoso proceso de
rehabilitación
Llego a la esquina y no puedo
evitar acordarme de don Guillermo, un hombre que durante varios años alegró el
barrio construyendo casetas decembrinas en las que nuestros mayores gozaron bailes
inolvidables; a él lo mataron justo cuando celebraba el día del padre en su
casa. Más allá veo la ventana de la que se agarraba desesperado y casi al borde
de la locura un vecino durante el encierro de la cuarentena. Nunca lo vi, pero
alcanzo a imaginarlo agarrado de los hierros y gritando blasfemias y palabras
soeces contra todo el mundo.
Paso por la “casa de los
parrandas”, ahora es un taller y tienda de artesanías de un amigo de toda la
vida, recuerdo que de niños a veces solíamos jugar allí con los instrumentos
musicales que dejaba su padre, su tío y todo el combo; como nunca pude
encontrar mi vena musical, nunca aprendí a tocar ningún instrumento. Pasos más
allá veo el callejón en el que fue asesinado don Guillermo. Los testigos afirmaron
que él salió corriendo de su casa detrás de alguien, y se metió al callejón,
dicen que regresó a los pocos segundos tambaleándose y agarrándose el pecho,
pensaban que estaba borracho, pero no, una simple puñalada fue suficiente para
quitarle la vida. El baile de ese día del padre, se convirtió en un funeral. El
callejón es inocente, el guarda aún algunos grafitis, y sobre todo guarda
secretos de amores inocentes de antaño. En otros tiempos olía a limón. Las
ramas de un árbol caían al callejón, el árbol ya no existe, su dueña tampoco.
Más allá veo la humilde casa de quien
en vida llamamos doña Chavita, cuan felices fuimos algunos allí, pues ella
solía alquilarnos revistas de historietas, allí leíamos las aventuras de
Kaliman, Arandú, Águila Solitaria, Tamakún y muchas otras. Ella fue una persona
discapacitada, su esposo quien trabajaba cargando y descargando bultos en el
mercado o donde lo requirieran, era quien compraba las revistas, él sabía
marcarlas usando una especie de gran tornillo hueco y con filo y de un sólo
martillazo las perforaba. Las revistas que tenían ese agujero de lado a lado
pertenecían a su casa.
Nosotros a cambio de monedas
teníamos el placer de acceder a la lectura, y cuando no teníamos dinero nos
íbamos a pescar a las quebradas cercanas, y luego hacíamos el trueque de
lectura por peces. Pocos comprenderán la felicidad que había en ello. Por
aquellos años las aguas eran más claras y llenas de peces, ahora ya no hay
peces ni aguas limpias. Doña Chavita y su esposo, hace varios años se marcharon
de este mundo. Por ahí tengo en mis archivos una fotografía de un 31 de
diciembre con ella, espero publicarla un día de estos junto con algunas de mis
memorias.
***
John Montilla (9-VII-2024)
Relatos de mis memorias
Imagen: Leonardo AI generated
historias:
jmontideas.blogspot.com