Por. John Montilla
“Una perra
escuálida, arrastrando las tetas sobre el pavimento, se caga en la mitad de la
plaza. La espantan por no dejar. El animal no se inmuta. Está en lo que está;
mira al público sin miedo y sigue cagando. La gente, toda la gente, detalla lo
que es ya un suceso: alguien tendrá que pisar ese bollo, fresco, hediondo,
resbaloso. Sube el telón. Se espera con picardía al paciente que se cagará el
zapato, para soltar la carcajada general.” (Alfredo Molano Bravo)
***
La
Independencia es un barrio popular en Mocoa, cuyos orígenes tienen que ver con una
reubicación de familias, luego de que estas tuvieron que abandonar sus antiguas
viviendas debido a una inundación ocurrida hace ya casi medio siglo.En tiempos
remotos se lo conocía de manera despectiva como “Patolandia”, pero con el paso
de los años el remoquete se ha ido quedando guardado en los baúles del pasado y
aquellos que usaban dicho sobrenombre,
crecieron, se fueron, lo olvidaron o ya fallecieron. De niño asociaba
ese nombre con los personajes de Disney de la televisión y que leía en revistas.
Nunca me disgustó escucharlo; era sonoro, musicalmente más agradable que el
rimbombante nombre oficial: “La Independencia”; confieso que me gustaba más la
palabra “Patolandia”, la razón de este apodo, es un tema que no voy a tocar
ahora, porque creo se merece un capítulo especial aparte.
Pero en ese antiguo
“Patolandia” no vivía el Tío Rico de las historietas, al contrario, en el
Barrio La independencia, desde tiempos inmemoriables sus habitantes se ha
caracterizado por ser gente humilde y por supuesto trabajadora. Sus primeros
habitantes fueron obreros, campesinos, trabajadores de la construcción,
carretilleros, vendedores, conductores, músicos, artesanos, en fin, gente que
se la ganaba de manera honrada con el sudor de su frente; muchos con raíces nariñenses;
la gran mayoría con un grado de escolaridad mínima; sus descendientes fueron
quienes dieron el siguiente paso para tratar de conseguir una mejor calidad de
vida. En la actualidad muchos hijos de estos fundadores del barrio son grandes
emprendedores o profesionales en diversas áreas del conocimiento.

Pero años atrás, la vida
diaria era la del rebusque, y de eso es posible que derive la semilla de su
gris destino, cuando apareció “la perra de la desgracia”. Alguien me refiere,
que la cosa comenzó cuando una doña a quien apodaban “la chucera”, quizás la
primera que se vio en el pueblo vendiendo en un pequeño asador portátil,
elaborado con hierros y una antigua caja de galletas de metal, los famosos
chuzos- brochetas los llaman los chefs de alta cocina- que no son otra cosa que
pedazos de carne asada, ensartados en un palo con un pequeño pedazo de papa en
el extremo. Me atrevo a afirmar que esos palitos en aquel entonces los
elaboraban a punta de machete con retazos de guadua que de seguro iban a
recoger de las obras en construcción. Hoy se consiguen con facilidad en
paquetes en los supermercados.
Pues bien, parece ser que a
“doña chucera” las cosas no se le daban como querían o el negocio no le daba
abasto para amamantar a sus cachorros, y de alguna manera había que sacar la leche de
las tetas secas de la perra de la miseria, y fue entonces, según mi fuente, que
se vio como en su casa se comenzó a ver gente extraña deslizándose de manera furtiva, y que de
repente la chimenea de su rancho, no daba abasto para expulsar el humo que
vaciaban sus visitantes, que poco a poco
se fueron volviendo más visibles, y como ya no alcanzaban en su casa tuvieron
que ir a hacer humos a las orillas de los ríos.

Como de la sucia “perra de la
desgracia” se estaba sacando la leche para darle de comer a los escuálidos
retoños de “la chucera”- Entonces la buena gente del barrio que se estaba
creando, cometió el más grande error de su historia: “Pobrecitos, dejémoslos,
miren que no tienen trabajo, y con varios hijos por mantener.” Y con ese
“pobrecitos” de dejarlos quietos, no reunirse, denunciarlos a las autoridades,
pedirles que dejen su naciente actividad ilegal o exigirles que abandonen el
lugar; el barrio quedó marcado para siempre con los grandes colmillos de la
bestia del vicio y por ende el infortunio de muchos. En algún momento perdido
del pasado, la semilla de la adicción a las drogas se desperdigó por el pueblo,
germinó y sus raíces se quedaron aferradas al entorno. Fue inevitable que
cayera la cosecha de frutos podridos cuya pestilencia manchó para siempre el
nombre del barrio, que quedó atrapado en la maraña de los más grises rumores y
señalamientos.
Bajo la temible mordida de “la
perra de la desgracia”, con el paso de los años han caído varios inocentes,
vidas perdidas, sombras en el camino del infierno, de los cuales de algunos tan
sólo quedan los alias, pues hasta el nombre se les quedó en el viaje cuesta
abajo: “el chimbe”, “el sapo”, “el narcio”, “el invisible”, “tía tirsa”, “el
burro de plata”, “el martillo”, “el pollo”, “la chica de rojo”, “el pirata” y una larga lista que la memoria y el espacio
aquí no permiten registrar.

A este barrio estigmatizado y que
ha llevado esa carga por tantos años, tuvo también que sufrir la devastación de
la avalancha ocurrida en el pueblo, y a pesar de los estragos del desastre se
mantiene en pie. Es paradójico, pero la noche de la tragedia, algunos de las
personas mordidas por “la perra de la desgracia”, fueron quienes alertaron a
los habitantes cercanos a la ribera del Río Sangoyaco, que corrieran porque la
muerte venía en el agua; pues ellos son parte de las sombras que deambulan a
diario en sus orillas. Datos no oficiales, refieren que
apenas un par de ellos falleció esa noche. Dicen que a los borrachos los cuida
el diablo, quizás también aplica para los caídos en el vicio. La gente no deja de sorprenderse como ninguno
de ellos ha sucumbido contra el covid-19. Debe ser porque a su manera se
protegen: Cierta vez vi a un indigente que recogió un tapabocas del piso, lo
sacudió un poco entre sus sucias ropas, luego se lo puso y se marchó muy orondo
barrio abajo.

Pues bien, a pesar de todas
estas adversidades, el Barrio La Independencia sigue en pie, y como un ave Fénix,
trata de levantarse por encima de las cenizas quemadas por aquellas almas
perdidas en el vicio, así como de las aguas lodosas que lo anegaron. Y
Milagrosamente cuando después de la avalancha no se daba un peso por él, pareció
resurgir y de un momento a otro en el lapso de tres o cuatro años, tomó un auge
más próspero y se instalaron varios locales comerciales. Ferreterías, tiendas
agrícolas y de abarrotes, restaurantes, venta de comidas rápidas, peluquerías,
tiendas de artesanías, diversos talleres y otros servicios. Tanto así que la
empresa de energía, ya mandó a cambiar las facturas residenciales por facturas
comerciales. No le dan tiempo a la gente de levantarse siquiera y ya viene el
sacudón para que se les caigan las monedas de los bolsillos.

Parte de ese pequeño apogeo
comercial se debe a que su calle central se convirtió en una vía necesaria para
el flujo del tránsito de la ciudad de Mocoa, y la construcción de la nueva vía
perimetral ayudó mucho en ello. Lo malo es que el pavimento que se construyó a
mano y pala de los habitantes del barrio nunca se hizo pensando en el tráfico
pesado y sus calles y casas ya están sintiendo las consecuencias. ¿A quién
tocará pasarle la factura de estos costos?

Y pensar que en sus inicios
era un sitio cerrado con una sola entrada, rodeado por Los Río Mocoa y
Sangoyaco y por unas hermosas lomas que hoy ya no existen, y las cuales fueron
en su momento las cumbres cercanas donde los niños de entonces subían a elevar
cometas y a observar los techos de las casas vecinas. Por la única vía de
acceso de esos tiempos; un lejano y fatal día de la historia de Mocoa, llegaron
por primera de un momento a otros varios carros al barrio. Fue la vez que el
grupo insurgente del M-19 se tomó el pueblo y la gente buscando huir del
epicentro del problema fue a parar allí. Quizás ese día se dieron cuenta que no
había otra salida y sus dueños no tuvieron más opción que esperar a que termine
la refriega, mientras los vecinos les daban agua y tinto para calmarles los
nervios. Y Luego un aciago día para quienes amaban las lomas, entraron las
maquinas, la derribaron, nivelaron el terreno, abrieron otra vía y de allí
surgió el Barrio Rumipamba y la piscina de la Villa Olímpica. Nunca más se pudo
volver a mirar al barrio desde las alturas, su destino parecía estar condenado
a ser visto por lo bajo; pero no son sus habitantes de siempre los que han
caído en el agujero sin salida, el estigma adquirido a lo largo de los años se
debe en su mayoría a todas aquellas “sombras perdidas” llegadas de otros
lugares que han llegado a pasear e instalar sus miserias por sus calles.

Pues bien, en una de las
calles de este estigmatizado barrio apareció no hace mucho uno perra flaca,
cuyos pellejos se juntaban con los huesos de sus costillas, con unas tetas tan
secas que tal vez ni exprimiéndolas todas juntas lograría juntarse
una gota de leche. Una postal andante de la miseria; una sombra decadente de la
existencia; un monumento a la desdicha; era la viva representación de “La perra
de la desgracia”. Este fantasma de cueros sarnosos se acercó hacía mí que le
tengo cierto recelo a los perros, y por tanto iba a hacerle el quite y seguir
de largo; cuando de pronto, este desventurado animal me quedó mirando con unos
ojos tan suplicantes y lastimeros que pude leer perfectamente que me estaba
pidiendo comida. Creo que nunca antes había leído un mensaje tan claro en una
mirada. Su gesto fue tan diciente –que por un momento rompí mi temor por los
perros- Y le hice un gesto de espera con la mano -como si me comprendiera- Luego
entré a la tienda más cercana y por primera vez en mi vida compré comida para
perros. Salí con una bolsa y el animal ansioso me esperaba. Le puse unos
cuantos granos en el piso y se los comió en un santiamén- Llegué a temer que se
me comiera los dedos de la mano- Ese pobre animal estaba vivo de puro milagro.
Seguí sirviéndole comida de manera gradual – he leído que a los náufragos
después de rescatarlos les dosifican los primeros bocados después de ser
rescatados- pero el hueco del hambre de este animal no parecía tener fondo. Al
final le puse una buena porción y una ración de agua y entré un momento a mi
casa, al poco rato salí y el animal ya se había ido. Tan sólo le falto comerse
los platos en que le había servido.
Luego me quede pensando en
quienes serían sus dueños, y por qué la tendrían en esas precarias condiciones.
Quizás ese sufrido animal, con los últimos alientos de vida había tomado la
resolución de soltarse de sus ataduras y conseguir su libertad. Y entonces no
pude evitar asociarla con la suerte del barrio y concluí que este, en algún
momento también tiene que deshacerse de las cadenas de “la perra de la
desgracia”, romper el florero del estigma, pegar un grito rebelde, liberarse y de
una vez por todas, encontrar el día para hacerle honor al nombre:
“La Independencia”.
John Montilla: Texto y fotografías 1,4,5,7,8,9.
Víctor Hugo “El chape”:
Fotografía 3.
Fotografías 2 y 6 tomadas de internet.
jmontideas.blogspot.com
(20 -Julio -2021)