lunes, 19 de agosto de 2013

¿Monumento a la raza o la risa?
John  Montilla

En  este breve recuento rememoro algunos de los singulares episodios  que  han acaecido a  nuestro monumento más representativo.

Hace unos años a cierto profético e ilustre gobernante; probablemente venido de otra región, se le ocurrió recordarnos quiénes éramos; y en la única, mas glamorosa y recién pavimentada avenida del pueblo, denominada Avenida Colombia; llamada así desde  mucho antes de merecerlo; mandó a erigir una portentosa estatua de un robusto indio, en postura retadora con la cara y el brazo izquierdo en alto sosteniendo una especie de manojo de rayos y el  derecho en postura firme a los largo del  cuerpo. En síntesis una actitud desafiante a los dioses y no a los humanos;  quizá esto fue un hecho trascendental de su historia, pues parece que desde los mismos orígenes de su construcción se gestó parte de su pasada desgracia.
Para continuar este recuento, cabe anotar, según señalan algunos; desde el instante  en que se decidió  que la estatua representaría a un indio y no otra cosa se desato una polémica, ya que parece ser que hubo opiniones encontradas, entre ellas las de la  gente que se daba el “lujo” de viajar muy a menudo a la capital de la república y otras grandes ciudades del país, y quienes al parecer ya estaban cansados de repetir por dichos lugares de que no era  verdad que por aquí todavía había aborígenes salvajes, que aún se tiraban flechas, y que no andábamos con taparrabos y  que por tanto , estas habladurías  debido  a la ignorancia de la gente se deberían combatir  con un monumento que le rindiera culto a la modernidad; Por otra parte, me imagino que  los opositores de la  “iniciativa moderna” seguramente habrán sostenido  que precisamente de lo que se trataba era de rendir un homenaje a nuestros ancestros.
De alguna manera la idea de rendirle tributo a los ancestros prevaleció  y esta sería la que se llevaría a cabo, aunque según se dice no faltó quien opine que si de ancestros  se trataba, perfectamente hubieran mandado a moldear la figura de un campesino nariñense con ruana y sombrero, pues al fin y al cabo un gran porcentaje de  la población de Mocoa tiene raíces de gente venida de ese departamento; de  ahí  que un  popular  locutor de la radio local frecuentemente  diga que: “ el que no tiene abuelos pastusos no está en nada”.
El caso fue que una vez tomada la decisión, el proyecto siguió adelante, la obra se encargó a un o una eminente artista, de quien actualmente pocos tiene la menor idea, pero  de quien  se decía tenia obras muy representativas en varias ciudades del país, si su fama no fue tanta, aparentemente su precio si lo fue, de ahí que  la ejecución de la obra costara sus buenos  millones de pesos, lo que suscito (creó) debates de acusaciones y recriminaciones ,de los que hasta el día de hoy quedan  ecos en cuanto a la calidad tanto de la obra como del material  usado para la construcción de la escultura.
Como se anotó anteriormente, la figura presenta un brazo en alto en el que al principio enarbolaba  algo, que hoy ya no tiene; me atrevo a pensar que  sí se realizara una encuesta preguntando “¿Qué tenía el Indio en la mano cuando se  instaló?”, es casi seguro que pocos lo recuerden. Pero lo que sí saben una gran cantidad  de habitantes de esta localidad, es la variedad de estrambóticos elementos que en su momento algunos ciudadanos intolerantes le colocaron en la mano a este “mártir”  para reemplazarle el estandarte perdido.

Le pregunté a amigos y vecinos y las historias emergieron de la siguiente manera:
Me dijeron que  una de las primeras  y memorables cosas que se le vio empuñar después del estandarte perdido fue una botella del “auténtico” aguardiente Putumayo, llena hasta la mitad, pero... de orines, de ahí para  acá fue  mucho lo que nuestro símbolo tuvo que soportar; empezando con  que hubo una época  en que la gente tomó su antiguo pedestal como el sitio principal para terminar cualquier parranda, tanto así que las autoridades prohibieron  frecuentar el lugar,- Según dijo un testigo presencial- desde el día que amaneció un borracho en calzoncillos, amarrado a una de las astas de las banderas  que habían junto al monumento.
Pero, a pesar  de estas medidas no  faltó el irrespeto por la figura; de ahí que de vez en cuando  y a lo largo de los años,  aparecieron en su desafiante  mano   variedad de singulares objetos, tales como : ropa interior femenina, camisetas hechas  harapos, grandes huesos de vaca , incontables zapatos viejos, innumerables frascos y  botellas e incluso hubo un día que se vio  colgado hasta un gato muerto; parecería  ser como si hubiera existido en esos tiempos un concurso clandestino del irrespeto ,para ver quien le acomodaba en su noble  mano el más excéntrico elemento.
Y si de ponerle color se trataba, cabe mencionar las celebraciones o actividades populares cuando nuestro héroe en mención recibía su dosis multicolor de pintura y cosméticos, para de esta manera entrar a formar parte involuntariamente en la fiesta, a esto hay que agregarle las épocas de  campaña electoral cuando  aún se puede apreciar en sus manos diferentes  banderas  o propaganda de los diferentes movimientos  políticos.
Así mismo, durante celebraciones deportivas no sólo se le hizo  enarbolar  banderas verdes, azules o rojas, sino que hasta camisetas, gorras y símbolos de los más renombrados clubes del fútbol colombiano; Una vez  alguien empapó una bandera rival con gasolina, metiéndola directamente   en el tanque de combustible de una motocicleta , luego se subió  al pedestal , la colgó de la mano de  nuestra ilustre estatua y posteriormente le prendió fuego ante la aclamación de júbilo de la muchedumbre  que de esta manera pretendía cobrar revancha por la derrota deportiva previamente sufrida.

Llegada las cosas hasta este punto, hubo una época en que le quedaba a uno la curiosidad por saber que le podía suceder o aparecer en su puño  a nuestra estatua. Desde un comienzo las cosas se le salieron de las manos a nuestro personaje, y en su momento quizá a alguien más, ¿A dónde fue a parar el estandarte perdido?... Nunca se sabrá.
Afortunadamente el destino del nuestro “monumento a la raza y NO a  la risa” cambió cuando se construyó la glorieta en la Avenida Colombia, precisamente en su sitial, por lo cual debió ser removido, circunstancia por la cual también tuvo que padecer un tiempo  a ser enclaustrado en una bodega, pero de la cual salió retocado  y con un nuevo y diferente estandarte, que ahora agarra con ambas manos, como para que no se vuelva a repetir su odisea; por fin en un  lugar más apropiado, sobre todo en su nuevo pedestal,  no tanto  hecho de hierro y cemento, sino sobre una sólida base del respeto y la solidaridad.



John Montilla
Esp. en Procesos lecto-escritores.

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