miércoles, 28 de agosto de 2013

Humilde  centurión de la noche
Por: John Montilla

El vigilante estaba parado en una esquina algo en sombras protegiéndose de la lluvia. Llevaba una capa negra, una gorra igualmente de color oscuro y negras botas de caucho.  Apoyó contra la pared la única “arma” que llevaba en su mano: Un simple pedazo de tubo de PVC.  Sacó una cajetilla de cigarrillos, tomó uno, lo prendió con su encendedor, y acto seguido  se puso a fumar tranquilamente, y para mi disgusto echó una gran bocanada de humo al aire. Yo había llegado a la misma esquina con la intención de cruzar la calle, pero como la pertinaz lluvia y los charcos no lo permitían, me quedé a charlar con él un momento.

Empecé  por preguntarle por su jornada de trabajo y me dijo que normalmente empezaba su rutina a las siete y terminaba a  las cinco y media de la madrugada. Cuando le pregunté que cada cuanto hacía ese turno me  respondió, para mi asombro: “Yo trasnocho todos  los días.”, le dije que eso no podía ser posible, que nadie aguantaba un trote de esa magnitud  y entonces él me replicó: “Yo trabajo de noche y duermo de día.”, acto seguido  me contó que se acostaba a dormir a eso de las diez u once de la mañana y que se levantaba para alistarse para su jornada a las seis de la tarde.

Me dije para mis adentros he aquí un  “Centurión de la Noche”, y los versos del gran Joe Arroyo me vinieron a la mente: “Aurora, soy centurión de la noche Aurora mírame aquí sin dormir.”  Luego  el vigilante siguió contándome su rutina, me dijo: “Yo  a veces no almuerzo.”, me dijo que cuando estaba  durmiendo le pedía a su esposa que no lo vaya a despertar, así no hubiera comido. Los versos de la canción a mí se iban haciendo más claros:
No sé qué es lo que duele sin sentir pero tengo en el alma mi sufrir.”

Entonces me atreví a decir que semejante esfuerzo debería valer la pena y él me contestó que no, que ni siquiera alcanzaba a ganarse un salario mínimo y que lo poco que ganaba tenía que reunirlo recogiendo  los aportes que pagaban aquellos “cien” que obtenían su servicio de vigilancia  nocturna, confesó: “mi mujer es la que pasa recogiendo las cuotas, unos pagan puntualmente, a otros toca ir a cobrarles.”  También agregó que a finales del año  algunos son generosos y  resaltó “algo le regalan a uno en diciembre”.





Luego, con  algo más de confianza, me animé a preguntarle sobre sus vivencias en la calle, me habló de todo tipo de escándalos, de peleas callejeras, del desorden de la juventud y me señaló con el mentón a una pareja de jovencitos, casi niños que iban emparrandados. “Esos chinos deberían estar durmiendo en casa, la noche que me la dejen a mí.” Por mi parte, a mi me seguían bailando las palabras de Joe en la mente “Centurión de la noche, esa noche la pasé igual que ayer… en vela, en vela” 

A continuación pasó a contarme varios sucesos que  había vivido en la calle; me contó que cierta noche encontró tirada una cartera de una dama, dijo: “Cuando la abrí, miré que aparte de los documentos tenía, seis billetes de 50 mil pesos, uno de veinte y dos de diez mil.” Contó que la había recogido y luego se había parado en una esquina a ver qué pasaba; dijo que al rato apareció  una señora con su pareja, y que fueron directo donde él estaba,  pues al parecer alguien les había dicho que  lo habían visto agarrar algo del piso. Nuestro personaje relata: “El tipo me trató mal, yo le dije que no le estaba negando que la tenía, se las devolví y ni siquiera me dieron las gracias, mucho menos para una gaseosa.”

… “Centurión de la noche me volví mírame aquí sin dormir.”

También me narró que otra noche, igualmente encontró una billetera, pero que está vez no apareció nadie a reclamarla; me dijo: “Tomé los 85 mil pesos que tenía y al otro día mandé a dejar los documentos a la emisora, para que el dueño los fuera a reclamar.” Es un fiel testigo de cómo la gente pierde muchas cosas los fines de semana. “Una noche encontré un Sony Ericsson apagado y no sirvió para nada porque parece que lo bloquearon; por ahí debe de andar rodando por la casa”, dice.

En la improvisada charla que tuvimos, me siguió contando sus particulares experiencias de vigilia, dijo que cierta vez halló un reloj, y que algunas personas supieron que lo había recogido, dice que lo tuvo como más de dos meses en su poder   y que nadie lo fue a reclamar y que al final decidió venderlo por diez mil pesos, y justo entonces apareció la dueña y  lo trató de ladrón. Afortunadamente, menciona que el “juez” que intervino en  el asunto le preguntó a la mujer: ¿Es que acaso él se lo sacó de su bolsillo? , con lo cual se dio el veredicto a su favor.
…“Centurión de la noche, de la noche, de la noche sin liberar nada.”

Cuando le pregunto qué hace, cuando mira que algo irregular está sucediendo, por toda  respuesta, saca la mano izquierda debajo de su capa y me muestra un pito que tiene sujeto a un cuerda enrollada  a su mano,  se lo lleva a la boca y emite un corto pitido . Dice, “así he sacado corriendo  a varios.” Yo vuelvo con otra pregunta: ¿Y si eso no funciona?  …“Fácil - dice -  entonces llamo a la policía.”, y me indica  un modesto celular: “Este me lo encontré hace dos meses, esta viejito,  pero, aún me sirve.”

A todas estas, nuestro personaje ya había acabado el pucho de cigarrillo que estaba fumando, se despidió amablemente y dijo que iba a  hacer su ronda rutinaria, se caló la capucha de la capa sobre la gorra y con calmados pasos, echo a caminar bajo la lluvia. Mientras a mí me seguían danzando los versos del Joe en la cabeza: “Centurión de la noche… Centurión de la noche… de la noche … rocío caer.


John Montilla
Esp. Procesos lecto-escritores
(Imágenes internet)








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